Prólogo
Cataleya
Cataleya así era como la había nombrado su madre al verla abrir sus ojos por primera vez. La había abrazado y balanceado entre sus brazos y tarareado canciones que no identificó hasta que se hizo mayor.
Siempre la había cogido en brazos, con ese amor y dulzura que se reflejaba en sus hermosos ojos color miel. No le importaban los dolores del parto, o las consecuencias del posparto. Decía que no quería acostumbrarse a oírla llorar cuando podía estar para ella. Pero lastimosamente un día la soltó y nunca más volvió a sentir su calor.
Pausó y rebobinó el video para verlo una y otra vez. Su madre había sido una mujer realmente hermosa. Según su tía, bastaba con encontrarse con sus ojos unos segundos para que cualquier hombre cayese rendido a sus pies.
Tal vez ese había sido el principal culpable de todo. No su belleza, los hombres. No todos se tomaban los rechazos con elegancia. Algunos creyeron que, con la insistencia, o detalles como cartas o flores e invitaciones a cenar ella cedería.
Pero todos fracasaban estrepitosamente. Hasta que llegó su veintiséis cumpleaños.
Según su tía, su madre había llegado a casa entusiasmada. Se había cruzado con un hombre alto, de pelo negro musculoso y atractivo. Y por primera vez su madre había suplicado porque sus encantos funcionaran durante esa décima de segundo en que sus miradas se cruzaron.
Y así fue: su encanto funcionó y cedió ante el único hombre que la maravilló. Comenzaron a salir y al cuarto año se casaron. Pero como cualquier encantamiento terminó por romperse. Ella perdió ese brillo por él y se lo confesó. Había tomado la decisión unos meses después de su nacimiento. No quería ofrecerle a su hija un hogar ausente de amor. Así lo había justificado. Y él, como todos los demás hombres que no sabían lidiar con el rechazo, tomó una aberrante decisión. Y justifico su violencia con una ya conocida oración:
Si no eres mía, no seras de nadie.
Veinticinco años habían pasado desde aquello. Demasiado tiempo para ella, para todos. Se levantó de la silla, guardó su móvil en el bolso y se acercó a la camilla. El cuerpo de su madre se movía sutilmente debido a una pausada respiración. Por un segundo deseó que abriera esos hermosos ojos y verlos por última vez. Pero sabía que era imposible. De no ser por el video, no los recordaría. Se la habían quitado tan pronto, pensó.
Acarició su rostro; conservaba algo de calor, pero no era más que un recipiente fino y
vació, que parecía poder quebrarse en cualquier momento. Aunque el paso de los años le había arrebatado su juventud, pero no su belleza. Se pregunto si así se vería ella cuando llegara a esa edad.
La puerta se abrió y su tía entró en la habitación junto con el medico y la enfermera. Su tía tenía mal aspecto. Sus ojos estaban hinchados, y su perfecto traje de dos piezas estaba arrugado; algo poco común en ella. Entre sus manos llevaba un sobre blanco y grueso. Seguramente eran los papeles que habían tenido que firmar antes de comenzar con el procedimiento.
El medico la saludo, asintió y se apartó de su madre. Su tía le extendió los brazos y se acomodó a su lado. Abrazadas, vieron como la enfermera se posicionaba junto a la cama.
—Por favor,
comience con el procedimiento—pidió el médico a la enfermera.
Marta, la enfermera, se acercó a la máquina donde se reflejaban las débiles constantes de su madre. Soltó un débil <<lo siento>> a su tía y a ella. Y lo agradeció. Marta no era solo una enfermera para ellas. Las había acompañado durante años en este largo proceso. Además de haberla visto pasar por todas sus fases, desde la infancia hasta su adultez.
El cuerpo de su tía comenzó a temblar y la abrazo con más fuerza, pero no la miro. Nunca había visto a su tía llorar. Y temía que, al hacerlo, las fuerzas también la abandonaran a ella. Y no era justo. Su tía, se merecía su apoyo. Se había mantenido fuerte a pesar de tener que ver a su hermana en ese estado y de tener que criar la hija de un psicópata y asesino. Hoy no era su turno de llorar.
Marta esperó la orden del médico.
El medico nos miro a ambas y asentí.
—Adelante.
Apagó primero la máquina de respiración asistida y le retiró la máscara de oxígeno. Por suerte, no sentiría ningún tipo de dolor. Le habían administrado un sedante antes de que entrara a la habitación. Segundos después se acercó a la anterior máquina, la de sus constantes. Y se quedó, inmóvil esperando.
Todos en la sala fijaron sus miradas en la máquina, excepto Cataleya, que se dedicó a observar a su madre hasta que un pitido sordo inundó la habitación.
El rostro de su madre se contrajo solo unos segundos y luego un último aliento… y nada más.
Una muerte rápida e indolora, al igual que esa pequeña esperanza que siempre había vivido en ella de ver a su madre despierta.
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