Libro 3 Sáname por MayVi en Inkitt
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Libro 3 SÁNAME

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Sinopsis

Ella llevaba el calor de la India en la piel. Él, el invierno ruso en la sangre. Tanvi ha dedicado su vida a salvar personas, convencida de que toda herida puede sanar con el tratamiento adecuado. Roman, heredero de una de las organizaciones criminales más temidas del mundo, lleva demasiado tiempo viviendo entre sangre, violencia y muerte como para creer en la redención. Cuando sus caminos se cruzan, la medicina deja de ser suficiente. Porque hay cuerpos que pueden recuperarse… pero almas que aprendieron a sobrevivir rotas. Mientras enemigos acechan desde las sombras y los secretos amenazan con destruirlos, Roman descubrirá que existe una única persona capaz de calmar el caos que habita en su interior. Y hará lo que siempre ha hecho para conservar aquello que considera suyo: cualquier cosa.

Genero:
Action/Drama
Autor/a:
MayVi
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La Radio

La Radio

No es mi primera ni mi última vez aquí.



Tres años atras…

Tanvi:

Existen décadas de investigación que demuestran que el estado de ánimo no depende únicamente de lo que ocurre dentro de nosotros. El clima también modifica la química del cerebro. La exposición a la luz solar influye en la producción de serotonina; la oscuridad prolongada altera los ritmos circadianos y favorece la liberación de melatonina durante más horas; incluso los cambios bruscos de presión atmosférica parecen relacionarse con migrañas, fatiga e irritabilidad en personas susceptibles. El cuerpo siempre está reaccionando al entorno, aunque la mayoría de las veces no lo notemos.

Sin embargo, había un fenómeno que me parecía todavía más fascinante: la memoria. El cerebro tiene la mala costumbre de asociar estímulos cotidianos con emociones intensas. Un aroma, una canción o el sonido de la lluvia pueden activar los mismos circuitos neuronales implicados cuando el recuerdo se formó por primera vez. Por eso, a veces, uno no recuerda el pasado. Lo vuelve a vivir.

Ya de por sí era bastante melancólico permanecer en un hospital. El olor constante a clorhexidina, los monitores rompiendo el silencio cada pocos segundos y la luz blanca que nunca terminaba de apagarse hacían que el tiempo pareciera suspendido. No ayudaba que, al otro lado de la ventana, estuviera cayendo una de las peores tormentas que había visto desde que llegué a Inglaterra hacía un año.

La lluvia siempre me arrastraba hasta una de las épocas más felices de mi vida.

Antes de cumplir los diez años, mi madre dio a luz a mi querida hermana. Durante su recuperación, mi abuela preparaba panjiri, un postre tradicional hecho con harina tostada, frutos secos, semillas y especias, famoso en la India por sus propiedades nutritivas durante el posparto. Tuve la suerte de que aquel nacimiento coincidiera con el inicio del invierno. Mientras la lluvia golpeaba el techo de nuestra casa, podía comer un plato caliente de panjiri acompañado de un vaso de leche tibia con miel y cúrcuma. Durante muchos años, ese fue el sabor que tuvo la felicidad.

Sin embargo, esa felicidad que embriagaba a las mujeres de mi casa era la misma pena y frustración de mi padre porque aun no tenia el hijo varón que tanto quería y necesitaba. Mis padres, aún jóvenes, me habían tenido nueve meses después de su apresurada boda a los 15 y 17 años. Aún me daba pena pensar a mi madre siendo una adolescente cuidando a una pequeña bebé, con nulos conocimientos de maternidad y lejos de su familia.

Los dos sabían que no podían hacer crecer su familia sin antes tener un buen soporte económico, por lo que mi padre se había ido de su pequeño pueblo a la ciudad de Indore para hacer una carrera universitaria. Años después se convertiría en profesor y arrastraría a mi madre y a mí hasta la urbe citadina. Así que solo después de nueve años se había aventurado a concebir un segundo hijo que resultaría ser nada mas ni nada menos que otra niña.

Yo no tenía queja, siempre quise más hermanos, sobre todo cuando los niños nacidos en la ciudad no incluían a una pueblerina de familia recién elevada a la clase media, en sus juegos o fiestas. Mi padre no celebró el nacimiento de Diya, mi hermana, y estaba segura de que tampoco lo hizo conmigo, pero mi madre siempre nos recordó que éramos igual de valiosas que cualquier persona en el mundo.

Es curioso cómo estas pequeñas afirmaciones pueden darle esperanza a una mujer, sobre todo en esa parte del hemisferio donde, por desgracia, aún hay leyes o costumbres rígidas para nosotras. Así que, aunque mi querido padre me hubiera prometido en matrimonio con el primogénito de su amigo empresario, yo me empeñé en ser más que una moneda de cambio.

No me importó que, a los 10 años, Kabir Mehta tan solo 2 años mayor que yo y su padre hubieran llegado a mi casa con regalos para sellar mi contrato matrimonial. Levanté por primera vez la voz y declaré que sería médico y que solo hasta que terminara la carrera me podría casar. Afortunadamente, el padre de Kabir no lo tomó a mal e incluso cuando le pedí más tiempo al cumplir 24 años, después de graduarme en medicina general, no se opuso, pues pensaba que tendrían mayor relevancia en la sociedad teniendo una nuera profesionista, algo más en su larga lista de logros que presumir.

Hace un año llegué a Inglaterra, no solo con un sueño por concluir siendo pediatra, también traje conmigo maletas casi vacias, muchos libros, la bendición de mi madre y sus esperanzas en que su hija pudiera sobresalir en la vida como ella, muy seguramente, tambien lo soño, en un país completamente desconocido y que no estaba segura de que le dieran una calida bienvenida.

Claro que también llegue huyendo de mi rico prometido, el cual, al igual que yo, no tenía muchos deseos de consumar ese arreglo matrimonial.

—Tanvi, deja de soñar y pon atención —susurró Alicia, mi compañera de especialidad, roomie y mejor amiga desde que llegué.

—La lluvia me distrajo —contesté sin ganas.

—Debiste pensarlo antes de hacer tu especialidad en un país donde llueve el 90 por ciento del año.

—Me acordé de mi madre, eso es todo…

—Doctora Mishra, Doctora Evans, ¿algo que compartir con la clase? —indicó el profesor y jefe de pediatría con el cual no me llevaba muy bien.

Alicia y yo nos pusimos rígidas y nos miramos mutuamente. Si alguna de las dos no decía algo rápido, muy seguramente acabaríamos en alguna sala del hospital limpiando o algo peor, haciendo informes de los residentes.

—Solo me preguntaba, si el caso se trataba de Síndrome de Hutchinson-Gilford, considerando la aparición de rigidez articular y lesiones cutáneas hiperpigmentadas posteriores a las 42 horas de vida, a pesar de un tamizaje y exploración neonatal iniciales normales.

—Es verdad que los signos fenotípicos iniciales coinciden con su sospecha, doctora. Sin embargo, cometió un error metodológico grave al ignorar por completo los hallazgos del electrocardiograma. Un diagnóstico presuntivo es solo una guía de trabajo, nunca una conclusión.

El foro quedó en completo silencio.

—En medicina no podemos darnos el lujo de ignorar lo obvio por buscar lo extraordinario, doctora. Incluso la mejor estudiante sigue cometiendo errores tan básicos —dijo tamborileando los dedos en la mesa, haciendo el único ruido en toda la sala—. Pero debo concederle el logro de que fue la única que dio un diagnóstico mínimamente coherente, así que, de premio, le haré el honor de atender las próximas 24 horas el radio en emergencias. Un cambio de aires no le vendrá mal.

Risas metódicas y susurros podían escucharse por lo bajo.

—Entiendo, profesor, lo haré —dije con una sonrisa.

Me daría el “honor”. Bueno, pues se podía meter su honor por el trasero. Como dije, no era la alumna favorita de este profesor.

—Lo siento —dijo Alicia al salir de la clase—, pero creo que fue un poco cruel al mandarte a monitoreo por tantas horas. Nadie quiere estar en emergencias por tanto tiempo y menos pegada a la radio.

—Da igual, de regresar al departamento no podría dormir.

—¿Sigues sin poder dormir? Pensé que habían funcionado las gomitas de melatonina.

—Estoy harta. Ya intenté de todo, pero sigo despertándome cada dos horas o incluso ruedo por toda la cama hasta que el sol sale.

—Deberías subir a especialidades, tal vez la doctora Johnson te pueda ayudar.

—¿Psiquiatría? No lo creo, por lo menos no por ahora.

—Bien, aun así, si decides ir, te puedo acompañar —me dijo dándome un abrazo—. Me voy, muero de sueño y aún tengo que llegar a lavar. Tengo turno nocturno, así que te traeré la cena.

—Gracias, Ali. Mándame mensaje cuando llegues y cuando salgas del departamento.

Me gustaba compartir piso con ella. Era ordenada, limpia y cariñosa. Fue la única mujer que no me veía como una apestada recién llegada. Incluso teníamos mucho en común y su gato Momo ya no gruñía tanto cuando me acercaba; creo que se empezaba a acostumbrar a mí.

—Otra vez aquí, Ahora ¿qué hiciste, señorita? —me dijo Silvia, la jefa de enfermeras. Era latina, lo que le daba su carácter fuerte para los pacientes difíciles y el carisma para todos los demás—. ¿Volviste a corregir a tu profesor?

—No, Silvia, solo hablé de más.

—Sorpresa, sorpresa —dijo, poniendo una de sus famosas galletas en mi boca.

Aún me resultaba extraño el contacto físico que ella tenía con las nuevas y no tan nuevas como yo. No era molesto, pero sí era nuevo para mí, le apodamos la “Mamá enfermera” por hacernos sentir cómodos a todos los que tratábamos con ella

—. Por cierto, acaban de llamar. Vienen varios intoxicados y, si el doctor Levei no regresa a tiempo, tú nos darás las manos que nos faltaaaan —esa última parte, cantada, me hizo reír, pero no duró mucho.

—Espera, ¿intoxicados?

—Bienvenida a emergencias, preciosa. Luuuz verdeeee... raaadio... tú... ahoooora. ¡A trabajar! —finalizó dándome un golpe en el trasero. Esa muestra de afecto era nueva, muy, muy nueva.

—Carajo.

—Modales en mi sala, señorita.

Y se fue, bailando hacia la ventanilla donde había una fila muy larga de pacientes enojados. Tendría que preguntarle cómo es que siempre está feliz, aun cuando su esposo era policía y en cualquier momento él podría llegar aquí como paciente.

—¡Luz verdeeeee, el radio suena, Tanvi!

Contesté. Dentro de los intoxicados por alimentos vencidos había tres niños, lo que significaba que sí o sí tendría que intervenir esta vez. Bien, para eso me hice médico.

Después de 24 horas y 15 minutos, al fin me liberaron. Amaba ayudar, amaba mi carrera; sin embargo, muy en el fondo, lo mismo que me gustaba hacer hacía que me doliera el corazón. Siempre detesté ver niños enfermos; en un principio, por eso me había decidido por pediatría.

Pero estas 12 horas eran para mí. Una doctora que sería mi mentora en la India me dijo al inicio de mis rotaciones en medicina general que, cuando saliera del hospital, me fuera lo más lejos que pudiera y me olvidara de todo: de lo que había visto, de los que había perdido e incluso de los que había ayudado; de lo contrario, la carrera me consumiría.

Así, cuando tenía horas libres, ocupaba algunas para ser un adulto funcional e independiente, como ir por víveres, lavar mi ropa que casi nunca usaba y limpiar la parte del departamento que me tocaba. Pero las demás las usaba para mi hobby, el más esperado si me lo preguntaban.

Bailar…

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