La última vez
Diego y Camila aguardaban la llegada de Alan. Él les había prometido mostrarles algo "sorprendente", pero ambos compartían la misma corazonada: nada bueno podía salir de esto.
El Versa negro apareció doblando la esquina, con los cristales tan polarizados que era imposible ver quién iba dentro. Alan estacionó, bajó del auto y cerró la puerta de un golpe seco. Se apoyó contra el vehículo, dedicándoles una sonrisa cargada de arrogancia.
—¿Qué les parece? —soltó Alan, soltando una risita—. Sé lo que están pensando. Parece mentira, ¿verdad? Me costó lo suyo, pero al final aquí está. ¿Quién se apunta para estrenarlo?
Diego dio un paso lento hacia la puerta del copiloto, analizando el auto con sospecha.
—¿"Costó lo suyo"? —repitió Diego—. Es una forma bastante interesante de ponerlo. Mira, no te voy a mentir, el coche está impecable, se ve bien. Pero conocemos cómo funcionan las cosas, Alan. Y tú no eres precisamente alguien que trabaje de nueve a cinco en una oficina, ¿o sí? Me parece que es robado, o me equivoco.
Alan agitó la mano, restándole importancia, aunque su tono intentaba sonar convincente. Dirigió una mirada rápida hacia Camila antes de clavar sus ojos en los de Diego con total seriedad.
—¿Robado? Por favor, Diego, ¿me crees capaz de arriesgarme así?
—No sé qué tipo de "negocios" te hayan dejado para pagar un Versa así de la nada —replicó Diego sin ceder—, pero estas cosas no aparecen mágicamente en la calle sin que nadie las reclame. Me preocupa que, por presumir algo que se ve demasiado bien para ser real, nos metas en un problema en el que no deberíamos estar.
—Los papeles y las placas... todo a su tiempo —interrumpió Alan, impaciente—. Acaba de llegar, es un progreso. No se preocupen por eso, yo controlo la situación. ¿De verdad van a dejar que los nervios les arruinen el paseo? Vamos, súbanse.
Camila se acercó a Diego, rompiendo su espacio personal a propósito.
—Diego, por favor, no te pongas así —dijo ella, intentando suavizar el ambiente—. Ya lo conoces, a veces hace cosas raras. ¿Crees que me dejaría subir si esto fuera realmente peligroso? Confía en mí, ¿sí?
—No sé si debería...
—Hazlo por mí —insistió Camila, acariciándole el pecho antes de darle un beso rápido—. Me hace ilusión ir a dar una vuelta y no quiero ir sola con él mientras tú te quedas aquí amargándote. Deja de lado esa desconfianza solo por hoy. Si te subes, te prometo que la pasaremos genial... tú y yo. ¿No puedes dejar de pensar en problemas un momento?
—A ver, ¿podemos enfocarnos? —Alan interrumpió el coqueteo, visiblemente molesto por el beso—. Me alegro de que tengan tanta confianza, de verdad, pero estamos en la calle. Dejen las muestras de cariño para otro momento, vine a mostrarles el coche, no a verlos ser pareja.
Alan se subió al asiento del conductor y bajó la ventana.
—Si vas a seguir con esa cara de sospecha, Diego, mejor quédate ahí. Camila, deja de perder el tiempo y entra de una vez. ¿Se suben o me voy?
—Perfecto, Alan. Qué carácter te cargas cuando alguien cuestiona tus jueguitos —respondió Diego, destilando un odio difícil de disimular. Abrió la puerta bruscamente y se metió en el vehículo.
Una vez dentro, Alan suavizó el tono, aunque la tensión seguía en el aire.
—Ya, no se pongan así. Perdón por lo de hace rato. Fue un comentario estúpido, es solo que... odio que actúen como la pareja perfecta.
Diego suspiró, mirando cómo el paisaje empezaba a correr por la ventanilla.
—Mira, Alan, no hace falta que nos llames así. Sabes perfectamente que las cosas entre nosotros no son lo que parecen, así que ese comentario estuvo fuera de lugar. Pero acepto la disculpa. Se nota que tienes la cabeza en mil sitios. Solo intenta no volver a tratarnos así; si estamos aquí es porque, a pesar de todo, confiamos en que no nos vas a meter en un lío real.
—¡Ya, ya, por favor! —intervino Camila soltando una risa forzada—. Ni ustedes son unos santos. Vamos a dejarnos de sermones y disculpas, que parecemos un grupo de ancianos amargados. ¡Es un día increíble para pasear!
Camila le guiñó un ojo a Alan para cortar el drama y miró a Diego por el retrovisor, esperando que el ambiente se calmara.
—Está bien —dijo Diego—. Me disculpo por cómo te contesté.
—Yo también lo lamento —añadió Alan, aunque se le notaba el rencor en los dientes—. ¿Contenta, Camila?
—Llévenme al centro comercial Hosl Tear. Tengo que comprar un regalo especial, algo para un compromiso que tengo pendiente.
Dejaron a Camila en la plaza y aprovecharon para comprar alcohol. Mientras conducían hacia su destino, Alan se distrajo contestando un mensaje en el teléfono. En un parpadeo, el Versa se metió en sentido contrario. Al darse cuenta, Alan soltó el móvil de golpe y trató de reaccionar.
—¡¿Pero qué mierda estás haciendo?! —rugió Diego. El coche esquivó a otro vehículo por milímetros—. ¡Nos vas a matar! ¡Te dije que no me fiaba, pero esto es una locura absoluta!
Alan, lejos de asustarse, se reía mientras maniobraba.
—Lo ves, seguimos en sentido contrario y ni así el diablo nos mata.
—¡Alan, el maldito carro! —gritó Diego, lanzándose sobre el volante para intentar enderezar el coche, pero terminaron saliéndose del camino.
BOOOOM!!!
El impacto dejó todo en silencio. Diego despertó mareado y logró sacar a Alan, que apenas recuperaba la consciencia. Cuando Diego buscó su teléfono para pedir ayuda, vio que tenía veinte mensajes perdidos de su padre. Antes de que pudiera contestar, varias patrullas de policía les cerraron el paso.
Los agentes bajaron con armas en mano, los arrojaron al suelo y, tras quitarles los teléfonos y el dinero, comenzaron a golpearlos sin piedad antes de esposarlos.
Ya dentro de la patrulla, adoloridos y derrotados, Diego rompió el silencio.
—¿Contento, Alan? —susurró, escupiendo sangre al suelo—. Ahí tienes tu aventura. Ahí tienes tu maldito Nissan, tus negocios y tu ego. Mira dónde estamos: destrozados y arrestados.
—Estoy demasiado contento, idiota —respondió Alan con rabia—. Por tu culpa mi auto nuevo está destruido.
—Espero que la adrenalina haya valido la pena, porque nos espera un infierno legal y físico gracias a ti. No vuelvas a hablarme de "confianza", Alan. No quiero volver a verte ni en pintura. Me arruinaste mi última salida con Camila.
Alan soltó una carcajada amarga.
・◡・








