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Las crónicas del abismo: Imperio de Ceniza

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Sinopsis

Marcada como terrorista y desterrada a los decadentes distritos subterráneos conocidos como el “Husk”, Isolde debe liderar una revolución para derrocar a los Soberanos. Con su propio cuerpo deteriorándose bajo la influencia del Espectro del Vacío y Valerius cautivo en la capital, deberá unir a los desterrados y a los dioses quebrados para asaltar la ciudad flotante. La serie culmina en una batalla desesperada donde la elección no se reduce a quién ocupará el trono, sino a si el mundo podrá sobrevivir al regreso de los dioses.

Estado:
Completado
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: La caída a los Husks

Isolde despertó con la sensación de haber sido arrojada desde una altura imposible, no solo en el cuerpo sino en algo más profundo, más difícil de nombrar. Durante unos segundos no supo si seguía cayendo o si el mundo era el que se había descompuesto a su alrededor. El aire olía a metal húmedo, ceniza vieja y agua estancada. Su espalda dolía con una intensidad sorda, como si cada vértebra hubiese decidido recordar su existencia al mismo tiempo. Intentó respirar hondo y el gesto se quebró a la mitad, convertido en una tos seca que le raspó la garganta.

Abrió los ojos.

La oscuridad no era total. Jamás lo era del todo en los Husks, aunque la luz aquí llegara mutilada, filtrada por capas de tuberías rotas, estructuras derruidas y grietas por donde se colaba una claridad enferma desde niveles muy por encima de ella. Vigas torcidas se alzaban como huesos expuestos. Los restos de edificios antiguos se inclinaban unos sobre otros, enterrados a medias en tierra compactada y residuos de siglos. Todo estaba cubierto por una pátina de hollín, humedad y abandono.

Y, sin embargo, no era un lugar muerto.

Isolde lo comprendió antes de moverse, antes incluso de intentar incorporarse. Había sonidos. Pasos en la distancia. Un golpeteo metálico. Voces apagadas, discutidas detrás de paredes improvisadas. El eco de una ciudad escondida debajo de otra. Una ciudad que había aprendido a sobrevivir masticando ruinas.

Durante años había pensado que perder el cielo era la peor forma de exilio. Ahora entendía que lo peor no era perderlo, sino descubrir que nunca había pertenecido a él.

Giró el rostro con esfuerzo. A su lado había una lona rasgada, sostenida por tubos doblados y restos de madera. Más allá, una hilera de refugios hechos con paneles desprendidos de estructuras superiores, cables retorcidos y placas de piedra rescatadas del derrumbe. No había uniformidad, pero sí intención. Orden. Una forma de disciplina nacida del hambre.

Isolde intentó sentarse y el mundo osciló. Una punzada le atravesó el costado, obligándola a detenerse con un jadeo. Llevó una mano al abdomen y se quedó inmóvil.

Algo estaba mal.

No solo la debilidad de siempre, no solo la fatiga que venía arrastrando desde la vinculación, desde el laboratorio oculto del cuerpo, desde la presión del espectro del vacío como una presencia cada vez más difícil de separar de su propia sangre. Esta vez había otra cosa. Una frialdad extraña, como si su interior no terminara de pertenecerle. Una especie de eco en sus nervios. Sintió un temblor leve en la mano y apretó los dedos para detenerlo.

Por un instante, recordó el Archivo.

El polvo. La piedra. La sensación de que todo podía ser archivado, incluso lo prohibido, incluso lo vivo. Pensó en Lysa, en la respiración frágil sostenida por tratamientos que no curaban sino aplazaban. Pensó en lo poco que había quedado de su vida anterior, en lo fácil que había sido convertir el pasado en algo que dolía menos si se mantenía en silencio.

No le gustó cuánto se parecía ese pensamiento a una despedida.

—No te levantes tan rápido.

La voz surgió desde su izquierda.

Isolde giró la cabeza con brusquedad.

Una mujer estaba sentada sobre una caja de suministros, limpiando una hoja corta con una tela gris. Tenía el cabello recogido en una trenza apretada y el rostro marcado por una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda. No llevaba armadura, pero sí una chaqueta reforzada con placas de cuero y metal fino, útil más que ornamental. La miraba con una calma que no era amabilidad, sino evaluación.

—¿Quién eres? —preguntó Isolde, y su propia voz sonó más débil de lo que esperaba.

—Mara. —La mujer pasó la tela por el filo con lentitud—. Y tú eres más famosa de lo que pareces.

Isolde frunció el ceño.

—Eso no responde a la pregunta.

—En los Husks no solemos responder primero y preguntar después. —Mara levantó la vista por fin—. Pero puedo hacer una excepción. Respuesta corta: te recogimos viva. Respuesta larga: llevas dos días entre fiebre y delirios.

Dos días.

Isolde cerró los ojos un instante. El tiempo se había roto en fragmentos desiguales desde su caída. Recordaba una plataforma, un golpe de aire, el derrumbe de luces lejanas. Después, sombras. Voces amortiguadas. Manos que la arrastraban. Nada más. O tal vez demasiado.

—¿Dónde estoy?

—Debajo de la ciudad que te expulsó. —Mara dejó la hoja a un lado—. Bienvenida a los Husks.

Isolde volvió a abrir los ojos y observó mejor el entorno. Ahora veía más detalles: cadenas de lámparas recicladas, depósitos de agua, niños descalzos corriendo entre ruinas con una rapidez que delataba costumbre; un hombre reparando una pieza de metal con herramientas caseras; dos figuras discutiendo junto a un muro cubierto de marcas talladas. No había miseria pasiva aquí. Había actividad. Una energía áspera, feroz, nacida de la necesidad y de algo más peligroso.

—Esto no es un campamento —murmuró Isolde.

Mara soltó una risa breve, seca.

—No. Esto es lo que queda cuando un campamento decide dejar de morir.

Isolde intentó ponerse de pie otra vez. Esta vez lo consiguió, aunque apoyándose en el borde de la plataforma donde había despertado. La fuerza le llegó por capas, como si el cuerpo tardara demasiado en recordar que todavía estaba completo. Notó entonces que llevaba una venda en el brazo y otra alrededor del torso, debajo de la ropa. Alguien la había atendido.

—¿Quién me trajo?

—Gente con mejores costumbres que los Sovereigns. —Mara se incorporó y guardó la hoja—. Ven. Si vas a desmayarte otra vez, prefiero que lo hagas caminando.

Isolde la siguió con cautela.

El pasaje por el que avanzaron era estrecho y zigzagueante, formado por arcos agrietados, escaleras improvisadas y plataformas superpuestas que parecían desafiar el peso de cualquier cosa viva. A cada pocos metros, alguien alzaba la vista hacia ella. No con sorpresa, sino con reconocimiento incompleto. Como si ya hubieran oído el rumor, pero no supieran aún qué forma exacta tenía.

—Me están mirando como si fuera un arma cargada —dijo Isolde al cabo de un momento.

—Porque eso creen algunos.

—¿Y tú?

Mara no respondió de inmediato.

—Yo creo que, si sobreviviste a caer aquí y sigues respirando, el problema ya no es quién eres, sino qué te sigue.

La frase se le quedó pegada al pecho.

Siguieron avanzando hasta que el espacio se abrió en una especie de plaza subterránea excavada entre ruinas mayores. Allí la resistencia se mostraba sin ocultamiento: mesas con mapas extendidos sobre lonas, cajas de munición, cuencos de comida, radios desarmadas, trozos de cristal estelar envueltos en tela aislante. Varias personas trabajaban alrededor de un núcleo central hecho de piezas recuperadas de maquinaria antigua. Un generador. O algo mejor disfrazado de generador.

En una pared lateral colgaban estandartes hechos con retazos negros y marcas pintadas en rojo oscuro: un símbolo que Isolde no reconoció al instante, aunque algo en su forma le resultó incómodamente familiar. No era el emblema de los Archivos. No era el de los Custodios. Era otra cosa, más antigua o más rota.

Una mesa al fondo estaba ocupada por dos hombres y una mujer que discutían en voz baja sobre rutas y suministros. Al verla entrar, callaron al instante.

Uno de ellos se puso de pie.

Era alto, de hombros anchos, con la mandíbula marcada por una barba mal recortada y una expresión que parecía haber sido tallada en piedra. Tenía el brazo izquierdo inmovilizado con un vendaje grueso, pero su postura no mostraba debilidad. Más bien todo lo contrario: la clase de firmeza que nace cuando alguien ya ha perdido demasiado como para seguir temiendo.

—Pensé que no despertarías —dijo.

Isolde lo estudió.

—No te conozco.

—No todavía. —Se acercó solo hasta donde la distancia dejaba de ser hostil—. Soy Kael.

Mara se cruzó de brazos.

—Y antes de que preguntes, sí, es quien manda cuando la paciencia falla.

—Eso explica el aspecto —murmuró Isolde.

Kael no sonrió, pero su mirada se afiló un poco.

—Y tú debes de ser la archivista que hizo temblar a media ciudad.

Isolde sostuvo la mirada sin apartarse.

—No hice temblar nada.

—Cierto. —Kael inclinó apenas la cabeza—. Solo sobreviviste a lo que no debía sobrevivirse. Eso suele molestar a los poderosos.

El comentario habría sonado ligero en otro contexto. Aquí era una advertencia.

Isolde miró alrededor una vez más.

—¿Qué es este lugar?

—Un refugio. Un arsenal. Un cementerio que se negó a quedarse quieto. —Kael señaló las mesas, los mapas, las personas—. También una red. Si caes de lo alto, quieres caer cerca de quienes todavía saben cómo levantarse.

—No caí por accidente.

—No. —Su tono se volvió más frío—. Te arrojaron.

Isolde no contestó.

No había necesidad.

Él la observó con una precisión incómoda, como si también supiera leer los intervalos entre sus respiraciones.

—Te importará saber que en el momento en que tocaste el suelo de los Husks, en la capital te declararon traidora y agente de sabotaje. La versión oficial dice que colaboraste con una entidad de corrupción estelar y que provocaste la inestabilidad del sistema.

Isolde soltó una exhalación corta.

—Más o menos cierto.

—La mitad de las mentiras mejores funcionan así. —Kael entrecerró los ojos—. La diferencia es que en tu caso dejaron fuera la parte política.

—¿Qué parte?

—La parte en que los Sovereigns necesitan un monstruo público. —Mara dio un paso al frente—. Uno que justifique la cacería.

Isolde sintió que algo se acomodaba con violencia dentro de su pecho. No sorpresa. Confirmación.

—¿Y ustedes por qué me ayudan?

La pregunta quedó suspendida.

Varios rostros se tensaron a su alrededor, como si la respuesta no fuera cómoda para nadie.

Kael tardó un momento en hablar.

—Porque hubo un tiempo en que pensamos que nadie iba a venir por nosotros. Luego descubrimos que estábamos equivocados. Los envíos bajan, los cuerpos desaparecen, los niveles superiores se limpian con regularidad, y los que quedan abajo terminan convertidos en materiales de algo peor. —Hizo una pausa—. Nosotros no perdonamos eso tan fácilmente.

Isolde bajó la mirada hacia las manos.

Llevaban suciedad bajo las uñas. Eso le resultó extrañamente tranquilizador.

—¿Y qué quieren de mí?

—Todavía no lo sabes —dijo Mara, casi como una acusación.

—Quieren ver si puedo ser útil.

Kael negó lentamente.

—No. Queremos ver si puedes seguir siendo peligrosa.

El silencio que siguió tuvo peso.

Isolde alzó la vista.

—Eso depende de muchas cosas.

—Entre ellas, de si tu cuerpo aguanta lo suficiente para llegar al siguiente amanecer —replicó Mara.

La brusquedad del comentario no era crueldad. Era sinceridad.

Isolde sintió el pinchazo en el costado otra vez, más profundo esta vez, y por un instante el borde de la plaza se le dobló frente a los ojos. Parpadeó una vez. Luego otra. El mundo se estabilizó, aunque no del todo.

Kael notó el cambio.

—Te están drenando.

Isolde no respondió al instante.

—Lo sé.

—No solo por el vínculo.

La mirada de él se clavó en la suya con una intensidad insoportable.

Ella apretó la mandíbula.

—El espectro del vacío.

Nadie habló durante un segundo.

Incluso los sonidos de fondo parecieron apartarse, como si la sola mención de aquello trajera consigo una capa adicional de silencio.

Mara fue la primera en romperlo.

—Pensábamos que era un rumor.

—Lo era —dijo Isolde—. Hasta que dejó de serlo.

Kael cruzó lentamente los brazos.

—Explícalo.

Isolde vaciló. Durante un instante le bastó con mirar a su alrededor para entender que la información tenía precio en ese lugar. Aquí no se regalaba nada. Sin embargo, también comprendió algo más: si no hablaba, ellos llenarían los huecos con versiones más peligrosas.

—Está unido a mí —dijo al fin—. No sé de qué forma completa. No sé si es una presencia, una fractura, una herencia o una infección. Solo sé que consume algo en mí cada vez que lo uso. Cada vez que intento… comprender. —Su voz se tensó apenas—. Cada vez que lo dejo acercarse.

Mara y Kael intercambiaron una mirada rápida.

—¿Y sigues viva? —preguntó ella.

—A duras penas.

—Eso no responde.

Isolde la sostuvo con frialdad.

—Es lo único que importa.

Kael soltó aire por la nariz, como si tomara nota de algo que ya sospechaba.

—Entonces estás más rota de lo que parecía.

—Gracias por el diagnóstico.

—No era un diagnóstico. Era una advertencia.

Hubo un ruido al otro lado de la plaza. Un grupo de niños pasó corriendo tras una cuerda, uno de ellos riendo con una libertad que a Isolde le resultó casi ofensiva en un lugar así. Más allá, una mujer golpeaba una pieza incandescente sobre un yunque improvisado. El eco del metal reverberó en la estructura de piedra. El refugio seguía vivo.

Y esa vida, entendió Isolde con una claridad dolorosa, no era decorativa. Estaba organizada para resistir. Para morder. Para recordar.

—Quiero ver el resto de los Husks —dijo.

Mara arqueó una ceja.

—No pides permiso.

—No vine aquí a pedirlo.

Kael observó a ambos con una concentración tranquila.

—No te preocupes. Ya tenías la respuesta correcta.

Se giró y comenzó a caminar.

—Si vas a quedarte, necesitas entender dónde estás parada. Y lo que estás pisando no es tierra. Son capas de ruina sostenidas por túneles viejos, drenajes, depósitos y restos de infraestructura estelar que los Sovereigns abandonaron hace generaciones. Aquí abajo se esconde lo que la ciudad superior fingió haber resuelto.

—¿Y la gente?

—La gente aprendió a no morir con elegancia.

Descendieron por una escalera de hierro que crujía a cada paso. A medida que bajaban, el olor cambiaba. Menos humedad, más humo. Después aceite. Luego carne asada y residuos químicos. Los Husks se extendían en niveles irregulares, como un organismo construido con restos de varias épocas. Había mercados clandestinos, talleres, salas de descanso, clínicas improvisadas y zonas marcadas con pintura blanca donde nadie hablaba demasiado. Las paredes estaban cubiertas de avisos, nombres de desaparecidos, rutas de escape y símbolos de advertencia.

Isolde miró a través de un arco derruido y vio una hilera de jaulas vacías.

—¿Qué eran eso?

Mara respondió sin detenerse.

—Antes servían para transporte. Luego para castigo. Ahora recordamos dónde estuvieron, para no cometer el error de reconstruirlas.

Isolde pasó junto a un muro donde alguien había escrito frases cortas con carbón:

NO HAY CIELO.  

NO HAY MESA BAJA.  

NO HAY PERDÓN PARA LOS QUE CAEN.

La frase final estaba tachada y reescrita debajo con mano distinta:

SÍ HAY VUELTA.

El eco de esa palabra la persiguió durante varios pasos.

—Los tuyos tienen memoria —dijo Isolde en voz baja.

—No. —Mara caminaba delante de ella sin mirar atrás—. Los Husks tienen rencor. La memoria es lo que queda cuando el rencor se organiza.

Llegaron a un corredor más ancho, protegido por compuertas y torres de vigilancia recicladas. Allí el movimiento era más escaso. La gente que caminaba por ese tramo lo hacía con propósito visible. Algunos cargaban cajas, otros llevaban armamento, otros sostenían planos o cristales envueltos en tela negra. Nadie parecía ocioso.

—Aquí está la célula central —explicó Kael—. La resistencia no es una sola facción. Es una alianza precaria de grupos que deberían odiarse más de lo que se toleran. Exmineros, desertores, sanadores, contrabandistas, descendientes de viejas casas derribadas, y los que fueron tocados por cosas que la superficie no quiere nombrar.

Isolde lo miró de reojo.

—¿Y tú?

—Yo soy el tipo al que culpan cuando el plan funciona.

—Eso sonó a experiencia.

—Lo es.

Se detuvieron frente a una puerta reforzada con placas metálicas y sellos hechos a mano. Dos guardias la abrieron al reconocerlos. Dentro había una sala circular llena de mapas colgados, maquetas de la ciudad superior, rutas verticales trazadas en rojo y una estructura principal que representaba la ciudad flotante suspendida sobre los restos del mundo como una herida luminosa.

Isolde se quedó quieta al verla.

No por admiración.

Por odio.

Había algo obsceno en esa arquitectura: la soberbia de mantenerse arriba mientras todo debajo se pudría. Las torres, los anclajes, los canales de energía, la maquinaria estelar. Todo parecía diseñado para dar la impresión de estabilidad cuando, en realidad, sostenía una mentira a gran escala.

En el centro de la mesa había una figura de metal marcada con símbolos de los Soberanos.

—Éste es el punto de acceso principal —dijo Kael—. El ascenso no será frontal, al menos no al principio. Pero para llegar allí necesitamos tres cosas: rutas, unidades y legitimidad suficiente para que los indecisos dejen de esconderse.

—¿Legitimidad de quién?

Mara respondió antes que él.

—De los que aún recuerdan cómo era el mundo antes de que los dioses dejaran de responder.

Isolde la miró, tensa.

—¿Hay dioses aquí abajo?

—Hay restos —dijo Kael—. Y a veces eso es peor.

Un murmullo atravesó la sala antes de que alguien pudiera añadir algo más. Una de las personas reunidas en la mesa, una joven de cabello plateado y manos manchadas de tinta, levantó la cabeza de repente.

—Tenemos movimiento en el corredor norte.

Todos se tensaron.

—¿Custodios? —preguntó alguien.

—No. —La joven tragó saliva—. Peor.

Kael ya estaba de pie.

—Describe.

Ella tragó aire.

—Vienen con insignias del capital. Pero no están entrando por las entradas. Están usando los ductos viejos. Y no vienen solos.

Isolde sintió que el interior del pecho se le enfriaba.

—¿Qué traen?

La joven miró a Kael, luego a ella.

—Cadenas.

El silencio fue inmediato.

Mara fue la primera en maldecir.

Kael cerró los ojos un instante, como si ya hubiera temido esa noticia.

—¿Está confirmado?

—Sí.

Isolde sintió el nombre antes de oírlo.

Valerius.

No lo dijo nadie, pero atravesó la sala como una descarga.

—¿Quién está al mando? —preguntó Kael.

La joven vaciló apenas.

—No lo vi bien. Pero llevaba una máscara de captura y un sello de contención de alto rango.

La máscara.  

El sello.  

Las cadenas.

Isolde ya no escuchó el resto con claridad.

Todo el aire del refugio pareció volverse más denso. El espectro del vacío se agitó dentro de ella, una presión sorda detrás de los ojos. No era dolor, no todavía. Era reconocimiento. Como si algo en la noticia hubiera tocado una parte enterrada de su sistema interno.

Y entonces reaccionó.

No con miedo.

Con memoria.

Por un instante no vio los túneles. Vio estrellas encadenadas. Millones de voces apagadas esperando un nombre que había sido olvidado.

La impresión duró menos que un latido, pero bastó para dejarle el pecho helado.

—Isolde —dijo Mara con cautela—. ¿Estás bien?

Ella no respondió.

La palabra bien se había vuelto inútil hacía mucho.

Lo único que sintió con nitidez fue esto: si Valerius estaba en movimiento, entonces el capital también lo estaba. Y si los Sovereigns habían enviado cadenas hasta los Husks, no venían a capturar una célula.

Venían a provocar una guerra.

Kael tomó la decisión antes que nadie.

—Bloqueen el corredor norte. Nadie entra sin verificación. Quiero a los vigías en el nivel tres y los túneles sellados. —Luego miró a Isolde—. Tú vienes conmigo.

—¿A dónde?

—A ver si el rumor que trajiste consigo terminó trayendo otra cosa.

Isolde sostuvo su mirada, y durante un breve instante la sala entera quedó suspendida entre una respiración y la siguiente. La desconfianza era visible en varios rostros. El miedo también. Pero había algo más: expectativa.

Esa era la parte más peligrosa.

Porque empezaban a mirarla no como sobreviviente, sino como posibilidad.

Y en los Husks, toda posibilidad era una forma de deuda.

Isolde dio un paso hacia adelante. Luego otro.

El costado volvió a dolerle, pero esta vez no se detuvo. No podía permitírselo. Si el capital había bajado sus manos hasta allí, entonces el juego se había movido a una escala nueva. Y ella, le gustara o no, ya estaba en el centro.

Cuando cruzó la puerta junto a Kael y Mara, algo en el fondo de los túneles vibró.

Levemente.

Pero lo suficiente.

Isolde levantó la cabeza.

Esta vez no fue solo una presión vaga sobre el mundo. Fue una respuesta física en la carne del espacio. Un latido profundo, enterrado. Como si algo debajo de la ciudad hubiera oído su nombre sin que nadie lo pronunciara.

El espectro del vacío se removió con una violencia nueva.

No de miedo.

De reconocimiento.

Y de hambre.

Isolde sintió que el suelo bajo sus pies parecía más antiguo de pronto, como si la piedra guardara una memoria anterior a la ciudad, anterior incluso a los Soberanos. El aire se densificó en el fondo de los túneles. Las lámparas parpadearon una vez. Dos veces. La sombra proyectada por las paredes se contrajo en un gesto imposible, como si algo invisible hubiera abierto un ojo en las profundidades.

Durante un instante terrible, Isolde entendió que el exilio no era el final de su historia.

Era el primer temblor de algo mucho más antiguo despertando debajo de ella.

Y que la revolución, al parecer, no venía sola.

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