Prólogo
Esta tinta se mezcla con algo que ya no es sangre, pero que huele a ella. Observo cómo mis dedos —o lo que quedan— deslizan la pluma de ganso sobre el pergamino con una precisión que deberían haber perdido hace años. La piel se ha desprendido en láminas, como pergaminos viejos arrancados de un manuscrito olvidado, dejando ver el hueso amarillento debajo. Las falanges, desnudas ya de todo lo que alguna vez fue carne, se mueven con la destreza de quien ha escrito toda una vida, aunque esa vida termine donde empieza la podredumbre. No duele. Hace décadas que no duele. El dolor se fue con el primero de mis dedos meñiques, el izquierdo, que se desprendió una madrugada de invierno y quedó sobre la mesa como una cosa muerta, como un insecto al que nadie echa de menos.
Me llamo Jan van der Velde o así me llamaban. Los nombres pertenecen a los vivos y lo que soy ahora difícilmente puede llamarse vivo. Hijo del carnicero de Gouda, soldado de la guardia del terrateniente, servidor de una justicia que nunca fue justa. Escribo desde el desván del matadero, el mismo lugar donde mi padre descuartizaba reses con la misma indiferencia con la que yo descuarticé a un hombre. Desde aquí observo los ganchos de hierro que cuelgan del techo como dedos inertes. Algunos aún tienen restos de cuero y tendones secos que el tiempo no ha logrado disolver. Otros se mecen sin que haya viento, balanceándose en el silencio como si esperaran algo que colgar de ellos. Cuando él se acerca, todo se mueve a la vez, en una danza lenta y sin música que eriza lo que me queda de piel.
Debo escribir esto, no porque quiera, sino porque no puedo hacer otra cosa.
La maldición tiene sus misterios.
Una, por ejemplo, es que te permite creer que eres tú que tomas las elecciones mientras te obliga a moverte. Es como si fueras un caballo atado a un poste que camina en círculos creyendo que avanza y fui yo quien ató. Cinco cuerdas de cáñamo, cinco caballos, cinco direcciones. Cada nudo lo apreté con las manos que ahora son hueso, pero que entonces eran manos fuertes, manos de soldado, acostumbradas a empuñar la espada y a cumplir órdenes sin preguntar.
El tobillo derecho al semental negro, el izquierdo al alazán que pertenecía al terrateniente, la muñeca derecha al ruano del molinero, la izquierda al tordo del mercader de quesos, y el cuello —el cuello, ese nudo fue el último— al bayo del propio sacerdote, al animal que solía alimentar con manzanas detrás de la capilla. Recuerdo cada nudo con una claridad que debería haberse borrado con los años. La cuerda era áspera, nueva, comprada expresamente en el mercado de Rotterdam por orden del terrateniente. Todavía puedo sentir su textura entre mis falanges desnudas.








