☆
🌺⊰⊹ฺMax se sentía preso.
En su propia casa, en su propio cuerpo.
Y ahora, con ese estúpido niñero encima.
—“No confío en ti, eres inmaduro, un inútil”— le había escupido Jos, su padre, con la frialdad habitual.
Max le devolvió la mirada sin responder. Por dentro ardía de rabia.
Entonces llegó Checo.
Alto, moreno, pecoso, con brazos que parecían esculpidos para castigar.
Un hombre hecho y derecho al que le habían encargado "cuidarlo", como si fuera un mocoso.
Desde el primer momento se odiaron.
O eso quería creer Max.
La realidad era más compleja.
Lo miraba demasiado.
Se le clavaba la mirada en los labios, en las manos, en los muslos.
Y cuando Checo alzaba la voz, Max temblaba. Se mojaba. Se mordía el labio.
Las reglas eran claras:
Nada de salidas.
Nada de dulces.
Nada de videojuegos.
Nada de visitas.
Nada de ropa “inapropiada”.
Y eso encendía algo en Max.
Una tarde, Checo lo encontró en el jardín coqueteando con el vecino.
El muy cabrón estaba echado boca abajo en el pasto, con una blusa cortísima y un short que dejaba media nalga fuera. Se reía como perra en celo.
—¿Te diviertes? —le gruñó Checo desde el portón.
—¿Celoso? —sonrió Max, sin molestarse en cubrirse.
—Te dije que no salieras.
Y sin más, Checo lo agarró del brazo y lo metió a rastras a la casa.
Max pataleaba, pero no decía que no. Gritaba solo por joder.
Otro día, intentó ir al supermercado en medias blancas con moñitos y un short de encaje rosa.
—¡¿En serio vas a salir así?! —le gritó Checo desde las escaleras.
—Voy a comprar tampones.
—¡Date la vuelta ahora mismo!
Lo regresó jalándole del cuello de la blusa, tan fuerte que casi se la rompe.
Max… volvió a mojarse.
Todo era una provocación constante.
Un tira y afloja.
Un juego.
Hasta que dejó de serlo.
El día que se escapó por la ventana fue el final.
Checo lo encontró medio cuerpo fuera, con una faldita azul clarito que se le volaba con el viento y una tanga blanca tan delgada que el sol la transparentaba.
—¡¿QUÉ PUTA MIERDA HACES?! —rugió Checo.
Max trató de bajarse, pero ya era tarde. Checo lo agarró por la cintura y lo empujó contra la pared con el pecho.
—¡Quería un poco de aire!
—¿Aire? ¿O te ibas a buscar una verga que te calmara?
Max soltó una carcajada burlona, provocadora.
Ese fue su error.
Checo lo levantó en vilo y lo lanzó sobre la cama.
—¡Estás loco!
—Llevo una semana aguantando tus mierdas. ¡Una semana sin dormir, sin paz, cuidando a una puta niña calenturienta que no sabe cerrar las piernas!
Max trató de incorporarse, pero una palmada fuerte le partió la nalga derecha.
—¡AH! ¡Eres un enfermo!
—No. Eres tú el problema. ¡Eres tú el que me pone así!
Checo le alzó la falda.
Le bajó la tanga de un solo jalón.
La entrepierna de Max estaba empapada.
—Mira este coño. Chorreando por castigo. ¿Te gusta que te humillen, Max? ¿Es eso?
Max apretó los dientes. Las mejillas rojas, los ojos vidriosos.
—Dilo.
—...
—¡DILO!
—Me gusta...
Otra palmada, ahora más dura.
Le dejó la piel caliente, marcada.
Max chilló. Pero no se movió.
Checo se bajó el pantalón. La verga gruesa, erecta, latía con furia. La tomó con una mano, mientras con la otra abría las piernas de Max, separándolas como a una muñeca.
Le pasó la punta por toda la vulva. Lenta, húmeda, sucia.
Arriba y abajo.
Rozando el clítoris, empapándolo.
Deslizándola entre los labios como si lo estuviera lamiendo con carne caliente.
—Estás babosa. Qué asco.
—Ah…
—¿Qué, te gusta que te froten como perra antes de cogerte?
Max apenas podía respirar.
Checo siguió pasándola. Más fuerte. Más duro.
Se la refregaba por toda la entrada, sin meterla. Solo el roce.
Y cada vez que Max movía las caderas por impulso, otra nalgada le caía.
—Te vas a quedar así hasta que aprendas.
Max lloriqueaba, sudaba.
Gimoteaba como si cada golpe fuera un beso enfermo.
—Checo, por favor...
—¿Por favor qué?
—Métela...
—No. Aún no. Primero quiero que me supliques como la zorra que eres.
Le dio otra.
Y otra.
Ya tenía las nalgas rojas, brillantes, marcadas.
Checo escupió sobre la entrada y presionó la cabeza contra ella.
Esta vez más firme.
Sin entrar del todo, pero dejándola sentir.
Presionando, rozando, al borde de partirla en dos.
—Sientes eso, ¿verdad?
—Sí...
—Te vas a quedar con la verga en la entrada y el culo ardiendo. Porque no te mereces más todavía.
Y otra nalgada.
Seca. Cruel. Ardiente.
Max gritó. No sabía si de dolor, de placer, de desesperación.
Tenía el coño tan abierto que palpitaba solo.
Y aún así, no se movía.
No escapaba.
🌺⊰⊹.
Max tenía el pecho pegado al colchón.
Las piernas abiertas.
El coño húmedo, palpitante, frotado hasta el límite sin ser tomado.
—Te vas a quedar con las ganas, ¿eso quieres? —escupía Checo, respirando entrecortado, con la verga babeando contra esa carne caliente.
Max lloraba en silencio.
Tenía los ojos cerrados, el cuerpo tenso, el culo aún rojo por las nalgadas.
Cada fibra en él gritaba: tómame ya.
Pero no se atrevía a pedirlo otra vez.
Checo lo miró por unos segundos más.
El sudor le bajaba por la frente, la mandíbula apretada de tanta contención.
De pronto, sin aviso, lo tomó por la cintura y lo giró boca arriba.
Max jadeó, confundido, expuesto, con la faldita subida hasta el ombligo y la tanga colgando de una pierna.
—Abre las putas piernas —ordenó Checo, con la voz rota por el deseo.
Max obedeció.
Y esa fue su condena.
Checo le agarró las muñecas, se las levantó por encima de la cabeza y se las sostuvo con una sola mano.
Con la otra, se acomodó entre sus muslos, apuntando directo a su centro ya dilatado y desesperado.
—Ya fue suficiente. Ya me tienes hasta la madre —escupió—.
Te voy a enseñar a ser buena.
Te voy a enseñar a obedecer.
A cerrar las piernas.
A no calentarme.
Y sin más, se la metió entera de una sola embestida.
—¡AHH! —gritó Max, arqueando el cuerpo.
La carne fue partida.
El coño, estirado.
La entrada, abierta a la fuerza, sin piedad.
—¡Aaaaah, mierda, Checooo!
—¡Eso! Grita.
¡Para eso tienes esa boca!.
Checo no paró.
Comenzó a moverse dentro de él con toda la rabia acumulada.
Golpe tras golpe.
Choque tras choque.
El cuerpo de Max se sacudía con cada embestida.
La cama crujía.
El aire olía a sexo, a sudor, a desesperación.
El coño de Max estaba empapado, tragándosela entera, marcándole la verga con cada latido.
—¡Así es como aprenden las niñitas malcriadas!
—¡Agh, joder... Checo... me parteees...!
—¡Te gusta! ¡Te gusta que te traten como la puta que eres!
Le soltó las manos solo para agarrarle las piernas por detrás de las rodillas, y las empujó hacia el pecho.
Max quedó totalmente doblado, con la entrada aún más abierta, la vulva hinchada, visible, brutalmente estirada por la verga que lo rompía.
—¡No pares! —gimió Max, casi sin voz—. ¡No pares, por favor!
Checo bajó el rostro. Le escupió en la boca, sin aviso.
—Trágatelo.
—…
—¡TRÁGATELO!
Max lo hizo.
Otra embestida le partió el alma.
Una más sucia. Más profunda. Más enferma.
—¡Te vas a portar bien!
—¡Sí!
—¡Vas a dejar de salir vestida como una perra en celo!
—¡Sí!
—¡Vas a pedirme permiso hasta para orinar!
—¡Sí, papi!
La palabra salió sola.
Sucia. Quebrada.
Pero sincera.
Checo gruñó como un animal.
Le agarró una teta con violencia, se la chupó hasta dejarle la marca de los dientes.
Max se convulsionaba de placer, gimiendo, llorando, jadeando.
El coño lo tenía tan abierto que parecía ya no poder cerrarse.
Checo lo volvió a girar.
Lo empujó contra el colchón, una mano en la nuca, otra sujetándole la cadera.
La verga aún dentro.
Apretando.
Moviéndose.
Chocando contra ese punto escondido una y otra vez.
—¡AH, CHECO, AHH!
—¡Vas a aprender!
¡Aunque sea a nalgadas!
Y empezó a golpearle las nalgas de nuevo.
Con la verga adentro.
Con cada palmada, el coño apretaba más.
Más sucio.
Más desesperado.
Más húmedo.
Max gritaba, se estremecía, le babeaba la almohada del placer y el castigo mezclado.
—¡Te gusta que te maltraten, malcriada!
—¡Sí, papi, sí!
—¡Te gusta que te rompan como a una muñeca barata!
—¡Sí, más, más!
—¡No vas a volver a desobedecer!
—¡No!
Las nalgas ya no eran rojas, eran carmesí, temblaban, marcadas con los dedos de Checo, calientes, castigadas.
Y ahí, con la verga enterrada, el culo llorando y el cuerpo partido en dos, Max no pensaba en nada más.
Solo quería seguir.
Ser usada.
Ser corregida.
Ser domesticada.
🌺⊰⊹ฺ
Max tenía la cara aplastada contra el colchón, la almohada empapada en baba y lágrimas dulces.
El coño lo tenía tan abierto, tan caliente, tan usado, que con cada empuje de Checo le latía hasta el estómago.
Ya no sabía si estaba gimiendo o rezando.
Y aun así… quería más.
Sentía que lo necesitaba como aire.
Checo seguía enterrado en él, bombeando sin pausa, una mano apretándole la nuca contra las sábanas y la otra restregándole el clítoris inflamado con el pulgar.
No era caricia.
Era castigo.
—Vas a entender a la fuerza, ¿verdad? —gruñó, jadeando, con la voz seca, el sudor cayéndole del mentón—. Te voy a dejar tan usada que no vas a poder ni gatear.
Max gimoteó. El placer era brutal, desgarrador, delicioso.
El cuerpo le temblaba, los pezones duros, el vientre apretado.
Estaba ahí…
al borde.
—No… no puedo más, Checo… me vengo…
—No. —Le gruñó junto al oído—no te puedes correr.
Max lloró bajito, temblando, el coño palpitando de forma casi dolorosa.
El cuerpo entero le pedía venirse.
Checo le tiró del pelo, acercándole la boca al colchón.
—¿Tienes mierda en los oídos o qué?
—¡P-pero…!
—¡Cállate! ¡No vas a correrte hasta que yo te diga!
La verga dentro de él se movía, profunda, lenta ahora, frotando justo donde lo hacía convulsionar.
Y Max no podía más.
El cuerpo se le fue solo.
Como una cría desesperada, empezó a frotarse el clítoris contra la cama, moviendo la pelvis hacia adelante con movimientos rápidos y temblorosos.
Checo lo notó enseguida.
—¿Qué mierda estás haciendo?
—No… no puedo más, Checo, ¡no puedo!
—¡MAX, PARA!
Pero era tarde.
Max jadeó agudo, con los ojos en blanco, y el cuerpo se le sacudió violentamente.
—¡AAHHH!
Se vino. A chorros.
Empapó las sábanas, el colchón, su entrepierna vibrando, el clítoris palpitando con locura.
Chorreó por completo.
Mojó incluso la base de la verga que aún tenía metida.
—¡Hija de puta! —gruñó Checo, saliéndose de golpe.
Max quedó ahí, temblando, con las piernas abiertas y todo el sexo brillando, chorreando, pulsando de tan fuerte que había sido.
El olor a orgasmo se expandía por toda la habitación.
Checo estaba completamente furioso.
Le agarró de los cabellos y lo alzó de golpe.
—¿Así que aún sigues desobedeciendo?
—N-no… lo siento…
—¡No te dije que te vinieras! ¡TE DIJE QUE NO!
Max gimoteaba, el rostro manchado de lágrimas, pero había algo en sus ojos…
Algo travieso.
Algo que quería que lo castigaran más.
Checo lo notó y soltó una risa entre dientes.
Lo empujó contra el suelo.
—Perfecto.
Te gusta hacerte la malcriada.
Entonces ahora te voy a enseñar cómo se le trata a una zorrita rebelde que no sabe controlarse.
Max intentó incorporarse, pero Checo ya lo tenía boca abajo en la alfombra.
—Te dije que no te corrieras.
Le separó las piernas con fuerza.
Le escupió el coño.
Y volvió a metérsela.
De una.
Furioso.
Duro.
Castigando.
Max gritó, apretó los puños, el cuerpo ya casi colapsado de tanto goce, y aun así se lo tragó entero.
—¡MALCRIADA! —rugió Checo, dándole otra nalgada brutl.
—¡PIDE PERDÓN!
—¡Lo siento, papi! ¡Lo siento!
Checo estaba irreconocible.
Le sujetó los brazos por detrás, lo arqueó como un juguete, la verga entrando hasta el fondo, chorreando con los restos del orgasmo anterior.
Cada embestida era un castigo.
Cada movimiento, una lección.
Las nalgas de Max ya eran un mapa de dedos, enrojecidas, calientes, marcadas.
—No vas a volver a correrte sin permiso —gruñía Checo—.
Seguía.
Golpeando con la cadera.
Metiéndola entera.
Max solo lloraba.
De placer.
De exceso.
De castigo.
Y de ganas de seguir desobedeciendo.
🌺⊰⊹ฺ
Max ya no lloraba.
Gemía.
Temblaba.
Con la espalda arqueada y la cara contra el suelo, sentía que el alma se le salía con cada embestida.
El coño lo tenía completamente destruido, hinchado, caliente, tan abierto que ya ni siquiera le dolía.
Solo le palpitaba.
Le suplicaba más.
Checo lo tenía completamente bajo su cuerpo, una mano en su nuca, otra en la cadera, metiéndosela fuerte, sin descanso, el sudor cayendo por su espalda mientras jadeaba contra su oreja.
—Te portaste como una malcriada… —le escupió con rabia entre los dientes—.
Como una puta insolente.
Max asintió, con la boca abierta, la lengua colgando.
— lo siento…papi
La palabra “papi” lo hizo gruñir, enterrársela más profundo, hasta la base, hasta hacerle llorar otra vez.
—¿Ahora sí vas a obedecer?
—S-sí… voy a ser bueno…
—¿Vas a hacer lo que te diga?
Max gimió. Su cuerpo estaba bañado en sudor y temblor.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Voy a portarme bien!
—¿Vas a dejar de vestirte como una puta delante del vecino?
—¡Sí, papi!
—¿Vas a dejar de meterte cosas por el culo cuando me salgo por cinco minutos?
Max se mordió el labio inferior. No podía mentir. No podía decir que no.
Una embestida tan profunda lo hizo gritar.
El vientre le dolió de tan adentro que lo sintió.
Checo jadeaba. Ya no podía más.
Su cadera chocaba contra él con un ritmo animal, primitivo, caliente.
—Entonces, quédate quieto —le ordenó—. Quédate bien abierta y recibe todo, como buena niña.
—S-sí…
Max no se movió. Solo se ofreció. Abrió más las piernas. Bajó la cabeza.
Y dejó que Checo hiciera lo que quisiera.
—Eso es… así me gusta…
Que aprendas a comportarte.
Que aprendas a obedecer.
Así, buena. Mírame. Dime que soy tu dueño.
Max volteó la cara con esfuerzo, la boca llena de saliva, los ojos húmedos, el cuerpo hecho una puta ruina.
—Eres mi dueño… papi…
Checo rugió. Literalmente rugió.
Se le tensó todo el cuerpo.
Y con un empuje tan hondo que Max quedó medio arqueado en el suelo, terminó.
Se vino dentro.
Todo.
A borbotones.
Temblando.
Mordiéndole el hombro.
—¡Tómalo todo!
—¡Aahhhnnn…!
—¡Todo! ¡No te muevas!
Max jadeó sintiendo cómo le llenaba el coño, caliente, espeso, lento.
Sentía los chorros rebotar dentro de él, mezclándose con sus propios jugos, con el orgasmo anterior.
Las piernas ya no le respondían.
Estaba completamente hecha mierda.
Pero feliz.
Checo se quedó unos segundos encima, respirando contra su espalda.
La verga todavía dentro.
Las manos aferradas a su cintura.
—¿Ahora sí vas a portarte bien? —le preguntó, con la voz rota.
—Sí… papi…
—¿No más ventanas?
—No más.
—¿No más coqueteos?
—Nunca.
—¿Y si te digo que me la chupes ahorita mismo, qué vas a hacer?
Max sonrió. Aun llorando. Aun sin sentir las piernas.
—Abrir la boca, papi…
Y tragar todo.
🌺⊰⊹ฺ
Checo se corrió tan adentro que el cuerpo de Max quedó caliente por dentro.
Quedaron así, unos segundos.
Jadeando.
Sudados.
Empapados de sexo, de leche, de sudor,sin despegarse de el checo lo puso en la cama de nuevo.
Max se dejó caer al colchón, cara contra las sábanas, el coño completamente deshecho, temblando de piernas, con la lengua colgando y el cuerpo latiéndole como un tambor.
No podía pensar. No podía hablar.
Solo existía, rota, desarmada, abierta.
Checo se acomodó sobre sus rodillas y la sacó lento, dejando un rastro caliente que se deslizó por los labios internos de Max como una baba espesa.
Se la había dejado toda adentro.
Hasta el último chorro.
El coño palpitó fuerte.
Una gota resbaló por el muslo.
Y otra.
Y otra más.
Hasta hacerse un chorrito sucio que manchó la cama.
Checo lo vio. No dijo nada.
Solo agarró a Max de la cintura con una mano, lo giró como si fuera un trapo mojado, y lo dejó boca arriba, las piernas todavía abiertas y temblando.
—Cierra las putas piernas, Max —ordenó.
Max intentó cerrarlas. Pero no podía. Las rodillas no respondían.
Checo bufó.
—¿Ya no puedes, eh? —dijo, con esa voz suya grave, ronca, sin un gramo de dulzura—.
Mírate. Toda rota.
Merecido lo tenías.
Max solo asintió, con los ojos húmedos y la boca abierta.
Checo se levantó desnudo, caminó hacia el baño y cocina. Regresó con una toalla húmeda, un vaso de agua y una botella de loción.
Se sentó al borde de la cama.
Y lo limpió.
No fue tierno.
No fue suave.
Pero fue necesario.
Le limpió las piernas llenas de leche, el coño irritado, los muslos manchados.
Le pasó la toalla por dentro, sin decir palabra.
Max apenas se quejaba, con un quejido agudo. Pero no lo detuvo.
Checo se detuvo frente al sexo expuesto y dijo, sin una pizca de ternura:
—Míralo.
Max gimió bajito, bajando la mirada, sintiéndose más suya que nunca.
Checo lo empujó con la palma en el pecho para que se echara. Le pasó la crema en los muslos, en las caderas. Lo masajeó con fuerza. Sin cariño, pero con necesidad.
—Tómate el agua —le ordenó—.
Max bebió. Como pudo.
Después de eso, Checo le puso una camiseta grande, lo tapó hasta la cintura con la sábana y lo dejó ahí.
Como cría enjaulada.
Como juguete rendido.
Como castigo cumplido.
—Duerme.
Max, con la cara contra la almohada, solo alcanzó a susurrar:
—¿Me vas a volver a castigar si me porto mal?
Checo lo miró desde la puerta del cuarto, desnudo, con la verga medio dormida colgándole, pero los ojos todavía encendidos.
—Solo si sigues de puta
Y apagó la luz.
MAÑANA SIGUIENTE – 9:45 A.M.
El portón eléctrico se abrió.
Un auto negro se estacionó en la cochera.
Jos Verstappen regresaba de su viaje de negocios con su expresión de siempre: dura, fría, calculadora. Entró por la puerta como dueño del mundo. Ni tocó. Ni avisó.
Checo ya estaba listo, con su mochila sobre el hombro, recién salido de la regadera, camiseta blanca y pantalones deportivos.
Jos lo vio.
—¿Qué tal estuvo todo?
—Tranquilo —respondió Checo, neutral—. Se portó como lo esperabas. Un poco rebelde, pero nada que no se corrigiera.
Jos asintió. Sacó un sobre grueso del portafolio y se lo extendió.
—Buen trabajo. Te lo ganaste. ¿Dónde está?
—En su cuarto —respondió Checo sin titubear—. Le dije que se quedara encerrado. Lo castigué anoche por una tontería. Seguro sigue durmiendo.
Jos ni se molestó en subir a comprobarlo. Confiaba más en Checo que en su propio hijo.
—Perfecto. Gracias. Puedes retirarte.
Checo le dio la mano como si fuera un empleado cualquiera. Como si no hubiera dejado el coño de su hijo empapado en semen desde anoche.
Como si no lo hubiera dejado tan marcado que ni podría caminar sin recordar cada embestida.
—Un gusto, señor Verstappen.
Y salió por la puerta.
Sin mirar atrás.
Sin despedirse.
Sin dejar rastro.
Jos se quedó revisando papeles en la cocina, completamente ajeno a lo que había ocurrido entre esas paredes.
Creía que todo estaba bajo control.
Pero no lo estaba.
Nada lo estaba.
Y pronto, todo iba a joderse.
🌺⊰⊹ฺ
La cama estaba fría.
Max abrió los ojos lentamente, pegajosos aún por el sueño, con la boca seca y la espalda sudada.
Las sábanas tenían arrugas profundas, manchas entre las piernas y un olor fuerte, animal, rancio.
A semen.
A castigo.
A Checo.
Pero él ya no estaba.
La habitación estaba vacía.
Silencio.
Solo la brisa leve que entraba por la ventana mal cerrada.
Ni pasos. Ni voces.
Nada.
Max se quedó boca arriba, con el cuerpo adolorido. El coño aún palpitaba.
El interior húmedo.
Irritado.
Lleno.
Pero vacío de Checo.
—¿Checo…? —susurró apenas, con la voz rota.
Nadie respondió.
Se sentó despacio. Le dolían las piernas. Las caderas. Los muslos.
Se tocó el centro. Estaba caliente aún. Pegajoso.
Como si su cuerpo lo esperara otra vez.
Como si aún creyera que iba a volver.
Se puso de pie con dificultad y se acercó a la puerta.
La abrió lentamente.
Jos estaba en la cocina. Leyendo papeles. Con el rostro serio de siempre.
Max tragó saliva.
—¿Dónde está Checo?
Jos ni lo miró.
—Ya se fue. Le pagué esta mañana. Hizo bien su trabajo.
Al parecer, lograste no matarlo con tus caprichos.
Max bajó la mirada. Apretó los dedos.
Todo en su interior se encogió.
—Fue… una buena persona —murmuró, apenas audible.
Jos ni se inmutó. Siguió leyendo.
Max cerró la puerta otra vez. Más fuerte de lo necesario.
Volvió a su cama.
Se dejó caer.
Y entonces lo sintió otra vez.
El calor.
El ardor.
El vacío.
Las manos de Checo.
La voz.
La fuerza.
El olor.
El cuerpo le ardía por dentro, pero la entrepierna le suplicaba más.
No sabía si era dolor, deseo, rabia o todo junto.
Pero tenía que tocarse.
Tenía que hacerlo.
Tenía que recordar.
Se llevó la mano entre las piernas.
Deslizó los dedos por los labios abiertos, calientes, pegajosos, todavía marcados.
Gimió bajito.
Se frotó.
—Checo… —susurró, contra la almohada—.
Hijo de puta…
Se abrió las piernas más. Metió dos dedos, con torpeza.
Estaba húmedo.
Resbaloso.
Demasiado.
La leche seca, mezclada con el calor de su interior, hacía que cada roce fuera más sucio.
Más ardiente.
Más vergonzoso.
Se restregó contra la almohada, contra la cama, con las manos temblando.
Recordó cómo lo tenía agarrado del cuello, cómo lo hacía callar, cómo le decía que no se corriera.
Cómo lo azotaba.
Cómo lo llamaba inmaduro.
Cómo le llenó el coño sin avisar.
Y se corrió.
A chorros.
Violento.
Sudando.
Gimiendo su nombre.
La cama volvió a mancharse.
Sus dedos temblaban.
Su coño se contrajo fuerte, casi como si lo estuvieran follando otra vez.
Pero no era él.
Era su recuerdo.
Su olor.
Su nombre.
Se quedó boca abajo, respirando agitado, con el rostro pegado a la almohada, las piernas abiertas, temblando.
Rota otra vez.
Pero esta vez no habría voz grave diciéndole que cerrara las piernas.
Ni toalla húmeda.
Ni crema.
Ni mano dura.
Checo se había ido.
Y lo había dejado así.
Sucia.
Tirada.
Incompleta.🌺⊰⊹ฺ
S.k.☆








