Encontré El Camino De La Desesperanza por Geraldine en Inkitt
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Encontré el camino de la desesperanza

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Sinopsis

Fue entonces cuando dejé de preguntarme por qué yo estaba rota y empecé a preguntarme qué podía llegar a romper si nunca aprendía a sanar. Me vi a mí misma como una grieta que avanzaba en silencio, como una herida abierta que podía extenderse a todo aquello que tocara. Comprendí que las personas rotas no siempre hacen daño por maldad. Muchas veces lo hacen porque nunca conocieron otra forma de amar.

Genero:
Drama
Autor/a:
Geraldine
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1


Prólogo

El día que realmente fui triste fue cuando me di cuenta de que, después de haber hecho todo lo que pensé que me haría feliz, nada funcionó.

Caminé por esta tierra en busca de algo que jamás iba a encontrar. Hay objetos rotos, como yo, que por más que intentes volver a pegarlos, si les falta una pieza, nunca volverán a funcionar.

Durante años creí que la felicidad era un destino. Pensaba que existía un lugar, una persona o un logro capaz de llenar el vacío que llevaba dentro. Por eso nunca dejé de buscar. Recorrí lugares lejanos, perseguí sueños que parecían imposibles, me convertí en alguien que muchos admiraban y amé con todas las fuerzas que tenía. Pero cada meta alcanzada duraba lo mismo que el alivio de una herida cubierta con una venda: tarde o temprano el vacío encontraba la manera de abrirse otra vez.

Siempre perseguí el amor. Amaba amar, pero me costaba aceptar que alguien pudiera amarme a mí. Vivía convencida de que, si alguien llegaba a conocer todas las partes rotas que escondía, tarde o temprano terminaría alejándose.

Con el tiempo comprendí que no era la soledad lo que más miedo me daba.

Era convertirme en la causa del dolor de alguien más.

Fue entonces cuando dejé de preguntarme por qué yo estaba rota y empecé a preguntarme qué podía llegar a romper si nunca aprendía a sanar.

Me vi a mí misma como una grieta que avanzaba en silencio, como una herida abierta que podía extenderse a todo aquello que tocara. Comprendí que las personas rotas no siempre hacen daño por maldad. Muchas veces lo hacen porque nunca conocieron otra forma de amar.

Viví en carne propia las carencias del alma. Aprendí a sobrevivir con vacíos tan antiguos que dejaron de doler. Un día simplemente los aceptas como parte de ti y continúas caminando, convencida de que ya no existen. Pero las heridas que ignoras no desaparecen; solo esperan el momento de manifestarse de otra manera.

Qué difícil es intentar construir paz cuando toda la vida has aprendido a sobrevivir al caos. Qué difícil es ofrecer calma cuando nunca la conociste. Y qué aterrador resulta descubrir que uno puede convertirse, sin darse cuenta, en aquello mismo que tanto sufrió.

Durante mucho tiempo pensé que mi mayor enemigo era el pasado. Hoy sé que mi verdadero miedo siempre ha sido otro: vivir sin conocerme lo suficiente como para detener aquello que aún permanece roto dentro de mí.

Quizá la paz interior nunca consistió en dejar de sentir dolor, sino en asumir la responsabilidad de no convertir ese dolor en la herencia de alguien más.

Este libro nace de esa búsqueda. No es la historia de todo lo que me ocurrió, sino del largo camino que recorrí intentando descubrir si una persona puede aprender a amarse antes de que sus heridas terminen definiendo la vida de los demás.


Nunca esperes nada de nadie

No generar expectativas muchas veces es lo único que puede mantenerte de pie cuando la fortaleza mental ya no da para más. En ciertos momentos, la desesperanza puede convertirse en un salvavidas. ¿Cómo podría perturbarte algo que nunca esperabas que ocurriera?

Depositar tus esperanzas en otras personas puede ser profundamente desgastante, sobre todo cuando aquellas en quienes decides confiar terminan decepcionándote.

Viví muchos años siendo infeliz por culpa de eso. Ahora que lo pienso, me parece absurdo haber esperado algo diferente de mi padre: un hombre que rara vez expresaba sus sentimientos o se detenía a tener una conversación casual conmigo. ¿Qué me hacía creer que un día, por arte de magia, iba a detenerse a hacerlo?

No puedes esperar que alguien cambie de un momento a otro. Después de años de conocer a una persona, el propio vínculo termina revelándote hasta dónde es capaz de llegar y qué tan probable es que tenga ciertos gestos contigo. Esperar algo que nunca ha sabido dar es condenarte a una decepción que, en el fondo, ya conocías.

Quizá la paz no llega cuando las personas cambian, sino cuando dejas de exigirles que sean alguien distinto de quien siempre fueron. Porque las expectativas no solo hablan de los demás; también hablan de las historias que inventamos para convencernos de que algún día nos amarán de la forma en que siempre lo hemos necesitado.

Pero aceptar a las personas como son no significa justificar conductas que nos lastiman. Tú decides dónde está el límite, qué tan baja está la vara y cuánto estás dispuesto a tolerar. No esperar nada de alguien no implica renunciar a tu dignidad ni acostumbrarte a aquello que te hiere.

Me fui a trabajar por más de tres años a Monterrey. Podría contar con los dedos de una mano las veces que mi padre vino a visitarme, y aun así me sobrarían dedos. Durante mis primeros meses aquí, mi sueldo de pasante apenas alcanzaba los catorce mil pesos. Con suerte comía dos veces al día, mientras intentaba sobrevivir en una ciudad donde el costo de vida era considerablemente más alto que en Torreón.

Nunca esperé que resolviera mis problemas económicos. Lo único que anhelaba era sentir que, de vez en cuando, alguien cruzaba la ciudad solo para preguntarme cómo estaba. Con el tiempo entendí que no era falta de oportunidades; era una forma distinta de querer, o quizá una incapacidad para demostrarlo. Y comprenderlo no hizo que doliera menos, pero sí dejó de sorprenderme.

Hay decepciones que desaparecen cuando dejas de esperar. Otras permanecen, no porque sigan ocurriendo, sino porque te obligan a aceptar que hubo cosas que necesitabas y que nunca llegaron.

La gota que derramó el vaso, el momento en que me dije “nunca más”, fue una Navidad.

Había pasado meses ahorrando para comprar los boletos de autobús y poder regresar a casa. Incluso trabajé horas extra para irme un par de días antes sin desestabilizar tanto mi economía. En ese entonces, dejar de trabajar dos días podía significar que ya no me alcanzara para terminar el mes.

Para mí, ese viaje representaba mucho más que unas vacaciones. Era la ilusión de volver a sentir que tenía un hogar al cual regresar.

Pero esa Navidad mi padre simplemente se fue a trabajar.

No hubo una conversación, no hubo un intento por quedarse, no hubo un gesto que me hiciera sentir que mi esfuerzo había valido la pena. Mientras yo había contado los días, sacrificado horas de descanso y administrado cada peso para poder estar ahí, él actuó como si fuera un día cualquiera.

Ese fue el momento en que entendí que llevaba años esperando algo que probablemente nunca iba a suceder. Dejé de esperar que un día despertara siendo el padre que yo necesitaba, porque comprendí que nadie puede dar aquello que nunca aprendió a ofrecer.

No fue ese día el que rompió nuestra relación. Fue el día en que dejó de existir la esperanza de que algún día fuera diferente.

A diferencia de otros años, esta vez ya no dolió. No volví a llorar. Es más, ni siquiera me importó. Ya lo veía venir.

—Es que le ayudé a un compañero a cubrir su turno porque tiene hijos pequeños.

Después venía la historia más triste que pudieras imaginar, una explicación que pretendía justificar su ausencia

Yo también fui pequeña. Mis hermanos también fueron pequeños. Sin embargo, para él siempre fue más fácil escapar de cualquier situación con el pretexto de tener que trabajar.

Con el tiempo entendí que el trabajo nunca fue el verdadero problema. Era la excusa perfecta, la respuesta que nadie podía cuestionar. Porque ¿quién se atreve a reprocharle a alguien que está trabajando para sacar adelante a su familia? Lo difícil era aceptar que, aun cuando estaba presente, muchas veces también estaba ausente.

Aquella Navidad dejó de ser una decepción para convertirse en una confirmación. Ya no esperaba nada de él. Y, aunque suene extraño, esa fue la primera vez que sentí un poco de paz. No porque hubiera dejado de necesitar a mi padre, sino porque, por fin, había dejado de esperar que algún día se convirtiera en el padre que imaginé.

Una vez que la ilusión se rompe, lo más difícil no es aceptar los defectos de esa persona, sino aceptar que siempre estuvieron ahí y que tú elegiste no verlos.

Nadie es perfecto. Con el tiempo entiendes que tus padres también son seres humanos, con sus propias heridas, frustraciones y limitaciones. Pero creo que una de las experiencias más dolorosas para un hijo es descubrir que la imagen de protección y admiración con la que creció no siempre era real.

Durante la infancia creemos que ocupamos un lugar especial en la vida de nuestros padres. Pensamos que somos su prioridad, que harían cualquier cosa por nosotros. Esa idea nos hace sentir seguros; es la base sobre la que construimos nuestra manera de entender el mundo.

Por eso duele tanto cuando la realidad contradice esa creencia. No porque descubras que tus padres son imperfectos, sino porque entiendes que, en algunos momentos, no fuiste tan importante para ellos como ellos lo fueron para ti.

No todos los padres dejan de amar a sus hijos. A veces simplemente no saben demostrarlo. Otras veces sus propias carencias ocupan tanto espacio que ya no queda lugar para atender las de alguien más. Pero, desde los ojos de un niño, esa diferencia casi nunca existe. Un niño no interpreta la ausencia como una limitación del adulto; la interpreta como una falta de amor.

Y quizá esa sea una de las primeras desilusiones que realmente nos convierten en adultos: comprender que las personas a las que más admirábamos nunca fueron los gigantes que imaginábamos, sino seres humanos incapaces de sostener el peso de nuestras expectativas.

Lo más doloroso no fue descubrir que mi padre tenía defectos. Fue aceptar que, muchas veces, yo no ocupaba el lugar que siempre creí tener en su vida. Durante mucho tiempo sentí que era una carga más que una prioridad, y esa idea terminó moldeando la forma en que aprendí a verme a mí misma.

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