Prólogo
La noche en Dreadmoor no caía; se deslizaba.
Tenía una forma particular de meterse en la piel, una
capa fría y pegajosa que parecía quedarse adherida al cuerpo como una sanguijuela.
No era simple ausencia de luz. Era algo más pesado, una especie de aliento oscuro que salía de la tierra vieja y traía consigo el olor de cosas que deberían haber permanecido enterradas. Bajo las farolas de hierro, la realidad parecía deformarse: la luz amarillenta no iluminaba realmente, solo revelaba las formas torcidas de las calles, donde las sombras parecían tener peso, moviéndose con una autonomía inquietante.
Había llovido, y el pavimento retenía agua oscura que reflejaba las lámparas como ojos enfermos. Cada ráfaga de viento traía un olor dulce y podrido, un recuerdo lejano a matadero que hacía que la piel de la nuca se erizara.
A esa hora, Dreadmoor parecía un cadáver a cielo abierto.
Lucas Anderson arrastraba los pies, con la mente nublada por el alcohol que ahora le quemaba el estómago. El frío de la madrugada no solo lo hacía temblar; parecía atravesarlo, buscando cualquier punto débil en su cuerpo. El silencio era tan profundo que el sonido de sus propios pasos parecía demasiado fuerte.
Giró hacia la zona antigua. Allí, los árboles se retorcían, extendiendo ramas que parecían dedos negros y secos, como si quisieran engancharse en su ropa. La oscuridad entre las farolas era absoluta, un vacío que parecía respirar.
Entonces el aire cambió.
Se detuvo.
No fue un ruido lo que lo alertó, sino una sensación repentina, como si algo grande hubiera aparecido a su espalda. Un olor lo golpeó de lleno: el aroma metálico de la sangre mezclado con algo húmedo y antiguo, como una tumba abierta.
—¿Hola? —su voz salió áspera.
En el borde de la luz apareció una silueta.
Era demasiado alta. Sus extremidades parecían más largas de lo normal, como si algo en su cuerpo estuviera mal.
—Oye... si quieres mi billetera... —balbuceó, aunque el miedo ya le estaba cerrando el estómago.
La cosa no se movió. Simplemente estaba allí, como una mancha imposible dentro del mundo real.
Lucas se dio la vuelta para correr, pero sus piernas no respondían bien. Al tercer paso, el mundo estalló.
El golpe no fue humano.
Fue como chocar contra algo lanzado con una fuerza brutal. Lucas sintió cómo sus costillas se rompían contra el ladrillo húmedo con un sonido seco. El aire abandonó sus pulmones en un estallido de saliva y sangre. Su teléfono cayó al suelo, iluminando desde abajo la pesadilla que lo tenía acorralado.
Una mano, más parecida a una garra fría, se cerró alrededor de su garganta. Los dedos se hundieron en su cuello con una fuerza imposible.
Fue levantado del suelo sin esfuerzo. Sus pies patalearon en el aire, golpeando la pared.
La criatura acercó su rostro.
No había humanidad en esa cara pálida. La piel era tan fina que las venas oscuras se marcaban debajo, latiendo con un hambre antigua. Sus ojos eran negros, completamente negros, como pozos sin fondo que reflejaban el terror de Lucas.
—P... por... favor... —intentó decir.
La súplica murió en su garganta.
La boca del monstruo se abrió con un chasquido húmedo. Los colmillos no parecían dientes: eran largos, afilados, hechos para desgarrar.
Cuando el vampiro se hundió en su cuello, no hubo nada elegante en ello.
Fue una carnicería.
El sonido fue húmedo y brutal cuando los colmillos atravesaron la piel y encontraron la arteria. Lucas sintió un tirón violento dentro del cuerpo, como si algo estuviera arrancando la vida directamente desde su pecho.
El vampiro no bebía.
Devoraba.
El sonido era repugnante, un gorgoteo profundo de una garganta muerta que volvía a llenarse de sangre.
Lucas intentó gritar, pero solo logró expulsar una espuma rojiza por la boca mientras su visión comenzaba a apagarse.
La criatura se apartó un instante... solo para morder de nuevo.
Esta vez arrancó un pedazo de carne.
Finalmente, el monstruo lo soltó como si fuera un objeto vacío.
Lucas cayó sobre el charco de su propia sangre. Sus dedos rasparon el cemento mientras intentaba aferrarse a algo.
El teléfono, a pocos centímetros de su rostro que ya perdía el brillo, marcaba la 01:43 a.m.
Intentó respirar, pero cada intento era un burbujeo húmedo.
La criatura lo observó por última vez. Sus labios estaban manchados de rojo.
Luego retrocedió.
Se deslizó hacia las sombras con un movimiento antinatural, como si la oscuridad lo absorbiera.
El latido de Lucas se volvió cada vez más débil.
Un eco apagándose en la inmensidad silenciosa de Dreadmoor.
Nadie salió de sus casas.
Nadie llamó a emergencias.
En ese pueblo, el silencio era una forma de supervivencia.
Y el hambre de la noche... nunca se saciaba.


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