Oscuro Deseo por Lucero Muñoz en Inkitt
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Oscuro Deseo

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Sinopsis

A veces, la vida cambia mucho antes de que nos demos cuenta. El tiempo suele pasar rápido cuando la vida parece acomodarse. No medimos las distancias ni nos damos cuenta del momento exacto en que todo aquello que vivimos comienza a formar parte del pasado. Sofía está a punto de entrar en un mundo que jamás imaginó conocer. Y no tiene la más mínima idea de todo lo que está a punto de descubrir. Porque Sofía aún no lo sabe, pero está a punto de descubrir que su vida nunca fue lo que creyó.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
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18+

prologo (Muñeca de feria


PRÓLOGO

El pánico la vuelve presa fácil.

El aire está denso; el silencio le ciñe el pecho como un lazo invisible. Las cuerdas presionan sus muñecas, altas sobre su cabeza, atada al palo. El vestido blanco que le han puesto no abriga: roza, exhibe, humilla; la tela delgada y diminuta, pegada por el sudor, un frío inquietante descansa sobre su piel caliente.

—Simplemente no soy lo que esperabas… —su voz nace detrás y le peina la nuca. Un escalofrío baja despacio, vértebra por vértebra. Su aliento, tibio y seguro de sí, tantea su mejilla. El corazón le repica y su respiración se acelera. Él sonríe: le gusta escucharla respirar.

Su mano aparece como serpiente paciente: rodea su cuello, toma medida de su garganta y, entonces, el mordisco del metal. Oro. Mano izquierda. Dedo anular. En el aro reluce un lirio, pequeño como un secreto y tan nítido como una sentencia. El símbolo de ellos. Su firma.

—Solo teníamos que ser tú y yo… —susurra, y la sonrisa corta el aire—. No él y tú. Aprieta la frase como si ajustara un nudo.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Qué ganas con esto? —alza la mirada; su voz es una hebra tensa que no quiere romperse.

—Orden —dice, y chasquea la lengua con picardía—. Pureza. Y un pequeño ajuste con tu ángel guardián.

La palabra se clava. Ángel. La pronuncia como quien presume una presa futura.

Sus dedos bajan con paciencia ofensiva: de sus mejillas a la clavícula, del borde del vestido al primer recodo de piel. El pulgar tantea el límite como quien abre una cortina; sube y desciende dibujando rutas lentas. El asco le arranca un relámpago ácido bajo la piel; y, traidora, una chispa mínima, ajena a ella, osa aparecer donde no la llama. No es deseo: es cuerpo. La avergüenza. La enfurece. La hiela.

—No finjas tu pérdida… no finjas tu dolor —canta con mueca alegre; el lirio del anillo resalta cuando la luna se filtra por la ventanita—. Con tu ángel reías distinto. Caminabas distinto. Dime, ¿te entregabas a él de esta manera…? —rechina los dientes; la noche se corta—. Dile que rece. Voy a ir a buscarlo.

La oscuridad respira. Polvo de plata tiembla en el piso. Entre sombras, por fin, aparece el rostro que tanto buscó y que ahora la enferma de certeza: la curva exacta de esa boca que no olvida, la sombra en la mejilla, la mirada que aprendió tarde. Sabe lo que significa el lirio. Sabe lo que él es. Y que no la ama: la reclama como trofeo.

—Te queda el blanco —dice, satisfecho, paladeando—. Aunque ya no te corresponda.

Su risa no estalla: gotea.

Luego, sin aviso, le toma la cara con ambas manos —ternura falsa, muñeca de feria— y la besa. Duro. Largo. Como quien firma un documento. La boca le duele; la náusea sube; un hilo de calor involuntario pugna por hacerse notar.

Ella encaja los dientes.

Él sonríe, satisfecho, y se aparta.

—Tu ángel… —inclina la cabeza, casi tierno, venenoso—. Ese «profesionista» tan correcto, con tratos cerrados y sonrisa de vitrina. Qué pena la máscara. Los hombres que persiguen sombras siempre dejan huellas.

Sus dedos descienden, rozan su pierna y ahora juegan con el nudo de la cuerda, como si calculara un tiempo.

Las cuerdas se tensan; el palo cruje; el vestido pesa como una culpa que no es suya. Reúne el poco aire que le queda y traga el sabor metálico de su nombre antes de pronunciarlo, como si así pudiera despojarlo de algo.

—Esteban.

Él alza el anillo para que el lirio vuelva a resaltar.

—Por fin... —dice, y su picardía luce colmillos—. Que tu ángel no se tarde.

Sofia curva el lado derecho de su boca. Un bufido escapa de sus labios.

Hay una sola certeza:

Él vendrá.

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