Capítulo 1
El zumbido
El primer sonido del día en el Instituto Hoya Negra no era el murmullo de los estudiantes.
Era el zumbido de los fluorescentes.
Un tono agudo, clínico, clavado detrás de los ojos. El tubo que pendía sobre Gabriel estaba cubierto de polvo gris y grasa. Parpadeaba con una cadencia irregular.
Zzzzzzz...
Clic.
Zzzzzzz...
Gabriel permanecía de espaldas a la pared, bajo aquella luz enferma. No miraba el móvil ni fingía buscar algo en la mochila. Sus ojos recorrían el pasillo vacío con movimientos pequeños y precisos.
A la izquierda, una puerta mal cerrada.
Al fondo, dos profesores hablando junto a las escaleras.
Una chica salió de un aula con el estuche abierto. Los lápices cayeron y rodaron sobre el terrazo. Tres alumnos pasaron por encima sin detenerse. La madera crujió bajo sus zapatillas.
La chica se agachó a recoger los restos.
Nadie la ayudó.
Gabriel registró el detalle y volvió a mirar hacia la entrada.
El instituto era una cicatriz de hormigón en el fondo de la hoya. Las paredes, pintadas de un beige amarillento, conservaban la humedad de los barrancos. En las esquinas se acumulaba un polvo negro y fino que entraba desde el exterior, pegado a los zapatos y a la ropa. Picón molido por cientos de pasos.
El mundo de fuera había penetrado en el edificio.
La roca.
La humedad.
La sensación de vivir rodeados por algo demasiado grande para poder verlo entero.
Gabriel conocía todos los rincones donde una persona podía desaparecer sin abandonar el pasillo. El ángulo muerto entre las taquillas. La columna junto al extintor. La franja de sombra que dejaba el alero en el patio.
Su especialidad consistía en permanecer donde nadie esperaba encontrarlo.
No lo acosaban. Para eso tendrían que reparar en él.
Cuando alguien chocaba contra su hombro, solía pedir perdón sin mirarlo, como quien se disculpa con una puerta que se ha cruzado en su camino. Los profesores tardaban varios segundos en localizarlo después de pronunciar su nombre. Incluso sus compañeros de clase parecían sorprendidos cada vez que lo veían ocupar el mismo pupitre de la última fila.
Gabriel había aprendido a sacar provecho de aquello.
La invisibilidad ofrecía una posición privilegiada.
Podía observar.
El timbre estalló.
No sonaba como una campana escolar, sino como una plancha de metal arrastrada por el suelo de una fábrica. Las puertas se abrieron a la vez. El pasillo se llenó de uniformes, mochilas y voces. Un río desordenado de cuerpos se precipitó hacia las escaleras.
Gabriel no se movió.
Los estudiantes se abrían a su alrededor en el último instante. Algún hombro lo rozaba. Una mochila le golpeó el brazo. Nadie se giró.
Sus ojos permanecían fijos en la entrada.
Esperó.
El pánico empezó a subirle desde el estómago.
Quizá Víctor no había ido.
Quizá estaba enfermo.
Quizá había decidido pasar la mañana con Rebeca en otro lugar y ni siquiera se había molestado en avisar.
Gabriel sintió el impulso de sacar el teléfono, pero se obligó a mantener las manos quietas. Comprobar la pantalla no haría aparecer ningún mensaje. Solo confirmaría el silencio.
Entonces se abrieron las puertas dobles.
Víctor entró en el pasillo.
La multitud no se detuvo. No hizo falta.
Se reorganizó.
Los alumnos modificaban su trayectoria antes de alcanzarlo. Algunos se apartaban por respeto; otros, porque habían aprendido que llamar la atención de Víctor podía tener consecuencias. Él avanzaba por el carril que se formaba a su paso, rodeado por tres compañeros que se disputaban el privilegio de hacerlo reír.
Llevaba la camisa blanca ajustada a los hombros y el pelo negro peinado hacia atrás. La sonrisa era fácil, casi perezosa. Saludó a una chica con un gesto de la barbilla y ella se volvió para seguirlo con la mirada.
Gabriel dejó de oír el pasillo.
Víctor tenía una forma de ocupar el espacio que parecía natural hasta que uno se fijaba en los demás. En las risas demasiado rápidas. En la distancia exacta que mantenían sus amigos. En cómo todos esperaban una fracción de segundo antes de tocarlo, hablar o interrumpirlo.
Javi olvidó esa regla.
El delantero del equipo de fútbol dijo algo que Gabriel no alcanzó a escuchar. Los demás se rieron. Javi celebró su propia ocurrencia con una carcajada estridente y golpeó amistosamente el hombro de Víctor.
La palmada sonó por encima de las voces.
Víctor se detuvo.
Su sonrisa permaneció intacta.
Levantó la mano con lentitud y la apoyó sobre el mismo hombro que Javi acababa de tocar.
Los dedos se cerraron.
La tela del uniforme se hundió entre ellos.
Javi dejó de reír.
Durante un momento intentó mantener la expresión, quizá esperando que aquello fuese una broma. Después el dolor le alcanzó la cara. Las mejillas perdieron color y sus ojos bajaron al suelo.
Víctor se inclinó hacia su oído.
Dijo algo.
Gabriel no oyó las palabras, pero vio cómo aterrizaban.
Javi tragó saliva. Asintió una vez. Luego otra, más deprisa.
Víctor le dio dos golpecitos en la mejilla y retiró la mano.
La conversación continuó.
Uno de los chicos soltó una risa insegura. Las dos chicas fingieron que no había ocurrido nada. El pasillo recuperó su movimiento alrededor de ellos.
Gabriel sintió un estremecimiento en la base del cuello.
Aquello era lo que admiraba de Víctor.
No la fuerza. Cualquiera podía golpear a otro en un ataque de rabia.
Víctor no necesitaba perder el control.
Le bastaba con administrarlo.
Como si hubiera percibido el peso de su mirada, levantó la cabeza.
Sus ojos recorrieron el pasillo.
Pasaron sobre decenas de rostros y se clavaron en Gabriel.
La sonrisa que había dedicado al resto cambió. No desapareció, pero se volvió más pequeña. Privada.
Gabriel se separó apenas de la pared.
Víctor abandonó a su grupo y caminó hacia él.
Cada paso redujo el mundo.
Las conversaciones, el golpe de las taquillas y las suelas sobre el terrazo se alejaron hasta convertirse en un rumor profundo. Incluso el fluorescente pareció callarse.
Víctor se detuvo demasiado cerca.
Gabriel podía oler el jabón de su camisa, el desodorante y algo metálico debajo, semejante al aroma que dejaban las monedas calientes en la palma de la mano.
—¿Sigues respirando, fantasma?
La voz era baja, un secreto reservado para los dos.
Gabriel asintió.
Víctor ladeó la cabeza.
—Bien. No dejes de hacerlo.
Levantó una mano.
Gabriel siguió el movimiento sin parpadear.
Los dedos de Víctor se posaron sobre su hombro izquierdo y se cerraron sobre la tela. El agarre aumentó poco a poco, tanteando el músculo, buscando el hueco junto a la clavícula.
El dolor llegó como un latido.
Gabriel no se apartó.
Durante el resto de la mañana, cientos de personas pasarían junto a él sin verlo. Víctor, en cambio, sabía exactamente dónde presionar.
—Te he visto mirando —dijo.
Gabriel intentó sonreír, pero tenía la garganta seca.
—Lo de Javi ha sido...
—Víctor.
La voz femenina cortó el espacio entre ambos.
Rebeca estaba a un metro de distancia, con la mochila colgada de un solo hombro. No miró a Gabriel. Sus ojos estaban puestos en la mano de Víctor, aunque su expresión no reveló sorpresa ni molestia.
—Nos vamos.
Víctor giró la cabeza.
Algo se tensó entre ellos.
Rebeca no poseía el carisma de Víctor. No lo necesitaba. Su poder se encontraba en la incomodidad que producía sostenerle la mirada. Observaba a las personas como si ya conociera la parte que intentaban ocultar y estuviese decidiendo cuánto podía obtener de ella.
Gabriel había visto a profesores cambiar una reprimenda por una advertencia vaga después de que Rebeca los mirase durante varios segundos.
Ahora ella esperaba.
Víctor volvió los ojos hacia Gabriel.
La intimidad se había cerrado.
Sus dedos apretaron con brusquedad.
Gabriel jadeó. El dolor atravesó el hombro y descendió por el brazo. Las rodillas estuvieron a punto de cederle.
Víctor acercó la boca a su oído.
—Luego.
Lo soltó de golpe.
Gabriel chocó contra la pared. El hormigón le raspó la nuca.
Víctor se ajustó la chaqueta y regresó junto a Rebeca. Empezaron a caminar sin tocarse. La gente se apartaba antes de que llegaran, como si ambos proyectaran por delante una presión invisible.
Javi se reunió con ellos unos pasos después. Mantenía el brazo rígido junto al cuerpo.
Gabriel continuó apoyado en la pared hasta que desaparecieron por las escaleras.
El pasillo se vació.
Quedaron un envoltorio aplastado, varios lápices partidos junto a una puerta y el olor mezclado de sudor, perfume barato y humedad.
El fluorescente regresó.
Zzzzzzz...
Clic.
Zzzzzzz...
Gabriel se llevó una mano al hombro.
La zona palpitaba bajo la camisa. Presionó con los dedos y el dolor se avivó, limpio y exacto.
Cerró los ojos.
Víctor lo había encontrado entre todos los demás.
No necesitaba nada más.
Benítez golpeaba la pizarra con la tiza cada vez que escribía una palabra.
CONQUISTA.
El polvo blanco se desprendió y flotó frente a las letras.
CONVERSIÓN.
Otro golpe.
EL DEGOLLADERO.
Al oír el nombre, varios alumnos levantaron la cabeza. Un murmullo recorrió el aula.
Gabriel ocupaba su sitio habitual en la última fila, junto a la ventana. Tenía el cuaderno abierto, pero no copiaba lo que aparecía en la pizarra. Dibujaba líneas alrededor de una mancha de grafito hasta convertirla en un ojo.
Después añadió otro.
Y otro.
En la fila central, Víctor estaba inclinado sobre la mesa de Rebeca. Ella le enseñaba algo en el móvil. Javi permanecía dos pupitres más allá, fingiendo atender a Benítez mientras se masajeaba el hombro.
—Profe —dijo una chica—, ¿es verdad que tiraban gente dentro?
—Según tu abuela, probablemente también se comían a los turistas —respondió Benítez sin girarse.
Algunas risas débiles.
Benítez dejó la tiza sobre la bandeja y se limpió los dedos en el pantalón. Era un hombre delgado, con el pelo gris recortado demasiado cerca del cuero cabelludo. Hablaba de las guerras, los muertos y las conquistas con el mismo tono con que otros profesores explicaban ecuaciones.
—La tradición de Hoya Negra afirma que el Degolladero se utilizaba para demostrar devoción absoluta. Una persona entregaba aquello que más amaba y descendía con ello hasta las cámaras inferiores.
—Muy romántico —murmuró alguien.
Esta vez Rebeca levantó la vista.
Benítez miró hacia el origen de la voz.
—Las leyendas suelen volverse más simples cuanto más tiempo sobreviven. También más sangrientas.
Se volvió hacia la pizarra y trazó una línea debajo del nombre.
—Lo que sabemos es que existe un complejo de cavidades bajo la ladera. Hay canales, cazoletas, restos humanos y animales de diferentes periodos. Lo que no sabemos es qué significaba cada elemento para quienes utilizaron el lugar.
—Entonces sí sacrificaban gente —insistió la chica.
—Hubo muertes. Eso no convierte todas las historias posteriores en ciertas.
Víctor dijo algo al oído de Rebeca.
Ella no sonrió.
Guardó el teléfono bajo el pupitre y miró hacia Benítez con una atención que Gabriel nunca le había visto en clase.
—¿Por qué no lo han excavado entero? —preguntó.
El profesor tardó un instante en responder.
—Porque la entrada inferior es inestable. Porque una de las campañas acabó convertida en un circo de prensa. Porque se mezclaron restos antiguos con otros mucho más recientes. Y porque la arqueología también depende de presupuestos, permisos y gente dispuesta a asumir responsabilidades.
—Mi padre dice que no encontraron nada —dijo Javi.
—Tu padre dice muchas cosas.
Las risas fueron más fuertes.
Javi bajó la cabeza. Víctor no lo miró, pero la comisura de su boca se levantó apenas.
Benítez tomó de nuevo la tiza.
—La conquista no destruye únicamente edificios o cuerpos. También decide cómo serán recordados. Un espacio para juramentos puede convertirse en un matadero. Una ceremonia puede terminar reducida a superstición. Y una comunidad vencida acaba descrita por quienes necesitaban justificar que la vencieran.
Escribió una última palabra bajo las anteriores.
DEVOCIÓN.
Gabriel dejó de dibujar.
La tiza chirrió mientras Benítez la subrayaba.
—No confundáis devoción con cariño —dijo—. El cariño permite regresar. La devoción empieza cuando alguien acepta que no recuperará aquello que entrega.
El hombro de Gabriel latió bajo la camisa.
En la fila central, Víctor se volvió.
No debería haber tenido ninguna razón para hacerlo. Benítez continuaba hablando y el resto de la clase miraba la pizarra. Sin embargo, sus ojos encontraron a Gabriel en el último pupitre.
Durante un segundo no sonrió.
Solo lo observó.
Gabriel cerró la mano sobre el hombro dolorido.
Víctor había dicho luego.
Y Gabriel sabía que acudiría cuando lo llamara.








