Chapter 1
Me acomodo el manto negro sobre la cabeza, lo suficiente como para ocultar la mitad superior de mi rostro. Sigo encerrada en mi habitación, fingiendo con descaro que no voy tardísimo para el desayuno con mi padre. A estas alturas, lo más probable es que ya haya enviado a alguien a cazarme.
Antes de que pueda ajustarme el manto con la pequeña tiara, unos golpes resuenan en la madera. Una pequeña sonrisa se me escapa; ya había escuchado sus pasos arrastrarse por el pasillo desde hacía rato.
Sir Lock. El sirviente más viejo y cascarrabias de todo el reino demonio, pero infalible.
Abro las puertas de golpe y sin ayuda de los guardias, un gesto que sé que le revuelve el estómago al viejo. Siempre repite que esos no son modales dignos de una princesa. Si supiera la mitad de las cosas que hace mi hermano Elson a escondidas, no estaría arrugando la cara solo porque toqué una perilla.
—Buenos días, mi princesa —dice, forzando una pequeña reverencia—. Su familia la espera para desayunar, mi querida. —Concluye extendiendo el brazo hacia el pasillo que conduce al jardín.
Al salir, noto que el día ha despertado soleado y bastante caluroso. Aunque el corset me deja los hombros al descubierto y la falda de seda es ligera, mi obstinación por vestir exclusivamente de negro me hace replantearme mis decisiones de moda por un segundo.
Casi en respuesta a mi queja mental, noto un movimiento brusco a mis pies. Mis sombras se estiran por las paredes y provocan una repentina brisa fresca que inunda el pasillo. Sir Lock suelta un suspiro de resignación. Llevo manifestando mi magia desde el día en que nací, pero el pobre hombre todavía no se acostumbra a que mis acompañantes oscuras tengan opiniones propias.
Caminar por aquellos pasillos era como adentrarse en la garganta de una bestia de piedra. La temperatura descendía con cada paso, y el olor a polvo antiguo y mármol húmedo llenaba el aire. Las ventanas eran tan altas que hacían sentir a cualquiera insignificante, dejando entrar apenas hilos de una luz que moría sobre las alfombras rojas. Esos tapices, desgastados en los bordes pero de un carmín vibrante, parecían colocados a propósito para ocultar lo que fuera que el suelo de piedra quisiera contar.
Era un poco dramático pensar que por estos mismos pasillos donde habían caminado mis ancestros demonios. A través de la tela semitransparente de mi manto, alcanzaba a ver los retratos de cada uno de ellos colgados en las paredes de piedra. Resultaba casi absurdo pensar que esas pinturas eran el único registro físico de sus existencias, sobre todo hoy en día, cuando llevamos teléfonos con cámaras en el bolsillo y la tecnología lo registra todo.
Bajé los últimos escalones hacia la gran entrada que daba al jardín. Desde allí divisé a mi familia, sentada cómodamente bajo el sol. Para los demonios de sangre pura, el calor es una debilidad que nos aplaca, pero al mismo tiempo nos hace sentir extrañamente reales, como si nos recordara que estamos vivos.
—Al fin nos honras con tu presencia, princesa —se burló Elson, mi hermano, en cuanto me acerqué.
Estiró el brazo sobre el respaldo de mi silla mientras yo me sentaba justo a su lado. Vestía unos pantalones oscuros de sastre y una camisa blanca, impecable y elegante, que lograba hacerlo ver más como un soberano y menos como el insoportable que era en realidad.
—Buen día —dije, entonando una voz bastante más dulce de lo habitual.
Lo hice porque la mirada de mi padre era casi aterradora; esos ojos negros, profundos y oscuros, me golpearon de lleno justo después de que yo le plantara una disimulada patada a mi hermano por debajo de la mesa. Elson ni se inmutó, el muy profesional.
—Buen día, mi amor —intervino mi madre, tomándome de la mano para darle un apretón cariñoso—. ¿Cómo amaneciste? —preguntó justo antes de darle un sorbo a su taza de café.
Miré la mesa, repleta de un banquete veraniego: frutas frescas, jugos coloridos, café humeante y tostadas con mantequilla. Aunque los demonios nos alimentamos físicamente, en realidad nuestro verdadero sustento proviene de lo que exigen nuestros poderes. En mi caso, al controlar las sombras, me siento más saciada y fuerte cuanto más oscuro es el lugar donde me encuentro. Pero claro, eso no quita que mi cuerpo todavía necesite nutrientes normales para funcionar.
—¿Sabes qué hora es? —soltó mi padre.
Su tono tenía una labia empalagosa, de esa que disfraza una advertencia letal con absoluta cortesía. Lo observé mientras se servía un trozo de fruta en el plato con una elegancia impecable.
Dravok Beltharion. El rey, el gran soberano demonio.
Vivimos en una sociedad donde, en teoría, los más poderosos gobiernan. Nuestra ciudad principal, ubicada a pocos minutos del palacio, desborda todo tipo de especies mágicas: hadas, duendes, humanos, cambiaformas, brujas, vampiros y demonios. Pero hay rangos muy claros. Los eslabones más débiles son las hadas y los duendes; luego les siguen los cambiaformas, un peldaño más arriba las brujas, y en la cima, disputándose el control, los vampiros y nosotros, los demonios.
Los vampiros... En su momento fueron seres formidables y despiadados que codiciaban la corona. De aquello hace ya unos cien años, cuando se desató una guerra sangrienta entre nuestras especies. Mi padre, que por aquel entonces llevaba apenas unos pocos años en el trono, tuvo que pelear codo con codo para frenar la marea de colmillos y mantener el reino a salvo.
—Tarde, mi querida rata —se mofó mi hermano. Se metió un trozo de fruta a la boca, haciendo gala de esa labia egocéntrica y burlona que tanto me desquiciaba.
Le planté otra patada por debajo de la mesa. Esta vez con más ganas.
—Lo siento, es que no me trajeron el manto a tiempo —mentí. Era una excusa tan grande como el propio ego de Elson.
Antes de que alguien pudiera cuestionar mi pésima coartada, un sirviente se apresuró a interrumpirnos para susurrarle algo a mi padre sobre un asunto urgente de la corona. El rey se disculpó y se puso en pie. Elson, antes de que yo pudiera lanzarle otra patada, me dedicó una sonrisa de suficiencia y se levantó con impecable elegancia para seguir los pasos de nuestro padre, ansioso por demostrar que ya actuaba como el heredero al trono.
Idiota.
—Sabes que eres pésima mintiendo, ¿verdad? —comentó mi madre con una sonrisa divertida.
Suelto un suspiro de resignación y empiezo a comer, ignorando por completo su mirada de complicidad.
—Hablando de mentiras y de mantos que no llegan a tiempo... —comenzó mi madre, dejando la taza de café sobre la mesa con una delicadeza que yo jamás podría imitar. Sus ojos miel brillaron con esa chispa que siempre precedía a una mala noticia envuelta en papel de regalo—. Hoy tenemos una prueba de vestuario, Linne.
Casi me atraganto con el pedazo de tostada que acababa de morder. A mis pies, mis sombras dieron un respingo desordenado contra el suelo del jardín, imitando mi indignación.
—¿Una prueba de qué? —pregunté, esforzándome por no sonar demasiado quejumbrosa—. Mamá, sabes que odio las telas pesadas. Y las costureras reales tienen una alarmante obsesión con apretarme el corset hasta que mis costillas piden piedad.
—Lo sé, mi cielo, pero es estrictamente necesario —dijo ella con esa voz dulce y melosa que usaba para suavizar cualquier golpe—. Mañana por la noche tenemos una cena oficial muy importante. Y no puedes presentarte vestida como si fueras a escaparte a una taberna en la ciudad con Sweeter.
Arqueé una ceja, okay eso ha sido algo más acertado de lo que consideré.
—¿Una cena oficial? —repetí, sintiendo cómo el misterio empezaba a picarme la curiosidad—. ¿Con quién? No me digas que vendrán los viejos del consejo otra vez a quejarse de los impuestos de las brujas.
Mi madre sonrió, pero fue una mueca enigmática, de esas que no revelaban nada pero lo prometían todo.
—Algo mucho más interesante que el consejo, querida. Así que termina tu desayuno. Las costureras te esperan en tus aposentos en una hora, y sabes que no tienen tanta paciencia como yo.
Mientras seguía picoteando la fruta, mi teléfono vibró con el tono especial que tenía reservado para cierta hada alcohólica.
Era Sweeter.
Hada Alcohólica: Buen día, su realeza. Quería saber si ya hablaste con el idiota de tu hermano.
Yo: Hola. ¿Sobre qué? Ahora mismo está lamiéndole las botas a mi padre, así que no he tenido tiempo de charlar con él.
Hada Alcohólica: Bueno, de alguna u otra forma tiene que ganarse ese trono, ¿no? En fin, hoy hay fiesta en el bar de siempre. Va a estar increíble porque la organiza Lilon.
Yo: Uh, eso suena demasiado bien. Mierda, después del día que me espera hoy con las costureras, creo que me merezco un baile de verdad.
Hada Alcohólica: Nena, tú siempre tienes dramas de más, pero como digas.
Yo: Que te la chupen.Loca.
...
Mierda.
Me había puesto y quitado más de doce vestidos, uno más anticuado que el anterior. No es que odie este tipo de actividades, pero llega un punto en que probarse ropa se vuelve realmente agobiante.
—No puede ser que ninguno te guste —dijo mi madre, con un claro tinte de desesperación en la voz.
—Es que todos parecen sacados de un museo, mamá —protesté frente al espejo, modelando un vestido de un verde oscuro que hacía que mi cabello negro se viera todavía más intenso. Tenía unas mangas abullonadas gigantescas, un corset que me aplastaba hasta la dignidad y una falda que pesaba más que una vaca.
—A ver, de acuerdo... Vamos a buscar algo de tu estilo —cedió mi madre, haciéndoles un gesto a las costureras.
Una de ellas salió a toda prisa por la puerta y regresó arrastrando un perchero lleno de vestidos que, de verdad, no había visto en mi vida. Al instante, mis ojos se clavaron en los colores que predominaban en la tela: negro y rojo. Mis colores. Los colores de la sangre pura.
—Estos vestidos, mi princesa, los diseñamos pensando en usted y en su... personalidad bochornosa —dijo una de las damas más jóvenes.
Para ser honesta, no sabía el nombre de ninguna de las sirvientas que estaban en mi habitación. Mala mía.
Le clavé la mirada alzando una ceja. ¿Me acababa de llamar bochornosa en mi propia cara? No estaba muy segura de sí a una sirvienta se le permitía usar esa palabra con la realeza, o si se suponía que debía ofenderme y mandarla a las mazmorras. Pero, al mirar de reojo los diseños, tuve que admitir que eran mil veces mejores, más modernos y letales que todo lo que habíamos visto antes.
Decidí pasar por alto el adjetivo de la sirvienta. Al fin y al cabo, la chica no mentía; mi reputación no era precisamente la de una santa recatada.
Me probé tres vestidos más. Uno de un rojo tan chillón que parecía un tomate real, otro negro con tantas capas de tul que me hacían ver como un murciélago inflado, y un tercero que directamente no me dejaba levantar los brazos. Estaba a punto de mandar todo al demonio literalmente, hasta que sacaron el último.
En cuanto mis ojos se posaron en él, lo supe. Tenía los colores de la sangre pura, pero el diseño era algo totalmente distinto a lo que el palacio estaba acostumbrado a ver en mí.
—Por los ancestros... —susurró mi madre al verme frente al espejo, poniéndose de pie de un salto con los ojos brillantes de orgullo—. Estás preciosa, Linne. Vas a eclipsar a cualquiera en esa cena.
—Bueno, al menos podré respirar y caminar sin tropezar con mi propia dignidad —bromeé, contemplando mi reflejo con una sonrisa de suficiencia. Este era el indicado. Definitivamente.
—Te queda perfecto —sentenció mi madre, dándole una palmada de aprobación a las costureras—. Nos quedamos con este. Pueden retirarse, muchachas.
Las sirvientes hicieron una reverencia y salieron a toda prisa arrastrando el perchero con los descartes. Mi madre, tras dejarme una caricia melosa en la mejilla y recordarme que no me acostara tarde, también se retiró, dejándome sola para cambiarme.
Me quité la joya del vestido con cuidado y me puse mi ropa cómoda de siempre. Agarré mi manto negro, decidida a salir de mis aposentos para buscar al idiota de mi hermano. Teníamos que coordinar los detalles para la fiesta de esta noche en el bar de Sweeter.
Justo cuando me estaba acomodando el manto sobre la cabeza, ajustando la tela para ocultar mis facciones, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.
Me giré de golpe, tensando las sombras a mi alrededor. Mis ojos, que ya de por sí eran rojos, brillaron con una intensidad carmín y salvaje por el susto, clavándose directamente en el intruso.
Era Elson.
Se quedó estático bajo el marco de la puerta. Su típica sonrisa burlona se congeló por una milésima de segundo mientras me sostenía la mirada. Dio un paso lento hacia el interior de la habitación, cruzándose de brazos mientras recuperaba su compostura de príncipe heredero.
—Sabes... —comenzó, con una media sonrisa que no terminaba de ocultar un leve escalofrío—, a veces olvido que eres mi hermanita mimada. Pero cuando te giras así, con el manto a medio poner y esos malditos ojos rojos brillando en la oscuridad... das verdadero terror, Linne. Das un miedo de la puta madre.
Cerré la puerta con mis sombras a su espalda y me senté frente al tocador, acomodándome el manto con la rapidez de quien lleva años haciendo el mismo truco.
El hecho de tener los ojos rojos siempre traía problemas. En el reino se decía que portar ese color exacto era un mal augurio, una marca de peligro puro. La gente común tendía a salir corriendo si me los veía directamente, y esa era la verdadera razón por la que prefería mantenerlos ocultos bajo la tela. La discreción ahorra muchos dramas innecesarios.
—Qué halagador, Elson —dije, mirándolo a través del espejo mientras me retocaba el labial.
Él se tiró a mi cama como una estrella de mar, haciendo que el colchón rebotara por el impacto. Un idiota profesional, como ya había mencionado.
—Quería saber si mi princesa favorita está al tanto de que hoy Lilon dará una fiesta —comentó con la voz amortiguada, ya que tenía la cara medio enterrada en mi almohada—. Y que, por supuesto, estamos invitados.
Lilon. Un vampiro joven que conocía a medio mundo y cuyas fiestas eran de una puta madre. Descontrol asegurado.
—Sí, de hecho de eso quería hablar contigo —respondí, pero justo en ese momento algo me dio una punzada de duda en el cerebro—. Espera... ¿tú sabes quién viene mañana a la cena?
Al escuchar mi pregunta, Elson giró la cabeza hacia mí. Me mostró sus ojos color miel —idénticos a los de mamá— y su cabello rojizo, que ahora estaba completamente despeinado contra las sábanas. Arqueó una ceja, intrigado.
—No —admitió, incorporándose un poco sobre los codos—. Solo sé que es gente importante que dirige el sur del país... —Se interrumpió a sí mismo, y una sonrisa de sospecha cruzó su rostro—. ¿Por qué? ¿Acaso mamá te soltó algo mientras te asfixiaban con el corset?
—No —dije, dándome la vuelta en la silla para sentarme de frente a él—. Bueno, sí. Dijo que para nuestro padre es difícil volver a verlos. Y que temía que vinieran a reclamar algo que no estaba previsto —añadí, intentando unir las piezas en mi cabeza.
Elson arrugó la cara. Su ceño fruncido delataba que estaba intentando hacer el mismo esfuerzo mental que yo para descifrar el acertijo, pero sin mucho éxito. Mi hermano es sumamente inteligente para algunas cosas, pero para captar sutilezas y leer entre líneas, simplemente no le da el cerebro.
Las piezas empezaron a encajar con una rapidez fría en mi mente. El sur. El dolor de mi padre. El miedo a un reclamo imprevisto. Solo había un grupo de poder en el sur que encajaba con todo eso, un grupo que mi padre había sometido hacía un siglo pero que seguía gobernando sus tierras como señores feudales.
Los vampiros.
—Espera... —le interrumpí, antes de que pudiera soltar alguna de sus teorías inútiles—. ¿Los vampiros del sur han hecho algo extraño estos días? Tú que estás todo el día metido en las reuniones de papá, debes haber oído algo. ¿Ha habido movimientos en las fronteras o algún reporte de los Von Borst?
Elson se me quedó mirando, y la expresión burlona que solía llevar pintada en la cara desapareció por completo. Se frotó la nuca, de repente incómodo bajo mi escrutinio.
—¿Los Von Borst? —repitió en un susurro, como si pronunciar el apellido de los señores del Castillo Oscuro pudiera invocarlos en mi habitación—. Bueno... ahora que lo mencionas, llegaron un par de cartas selladas con cera negra al despacho de papá esta semana. Pensé que eran los tributos de siempre, pero el viejo se encerró con su mano derecha durante horas.
Mis sombras se tensaron contra el suelo, volviéndose tan rígidas como mi propia espalda.
—Si son ellos los que vienen mañana... —murmuré, sintiendo un escalofrío de pura anticipación.
El ambiente en la habitación pareció enfriarse de golpe, y mis sombras se agitaron sutilmente alrededor de mis pies, captando la repentina tensión.
…
Escaparnos del palacio siempre ha sido la parte fácil. Lo verdaderamente difícil era llegar hasta Sweeter, que nos esperaba con el auto estacionado en medio del bosque con las luces apagadas para no llamar la atención.
Elson y yo nos deslizábamos como dos sombras más, fundiéndonos con la oscuridad del bosque que, como de costumbre, nos rodeaba con sus árboles frondosos y flores de colores extraños que solo crecen bajo la luna.
—Ahí —susurró Elson.
Iba cubierto por una capa negra idéntica a la mía, ocultando por completo su silueta de príncipe.
A unos metros, el sendero de piedra y tierra se abría ligeramente. Gracias al brillo plateado de la luna, distinguimos la inconfundible figura de un descapotable rosa. Junto al auto, destacaba el brillo azulado de la pantalla de un teléfono que iluminaba a medias el rostro impaciente de nuestra hada favorita.
Elson se acerca lentamente por detrás de ella, que parece estar chateando con alguien tan concentrada que ni siquiera nota nuestra presencia. Antes de que se dé cuenta, él se estira por encima de su hombro y le arrebata el teléfono de un tirón limpio.
—¿Con quién hablamos, campanilla? ¿Algún novio nuevo o solo estás pidiendo otra ronda de contrabando? —se burla Elson, alzando el aparato fuera de su alcance con una sonrisa de suficiencia.
Sweeter da un salto del susto, soltando un grito ahogado. Sus pequeñas alas traslúcidas vibran con furia de inmediato, despidiendo un sutil polvo de brillo rosado en la oscuridad del bosque.
—¡Hijo de puta, Elson! —brama, intentando inútilmente trepar por su brazo para recuperar el teléfono—. ¡Casi me da un paro cardíaco! Devuélveme eso antes de que te convierta en un sapo... o algo peor, en un chiguagua.
Suelto una carcajada silenciosa desde las sombras antes de quitarme la capucha y acercarme al descapotable.
—Ya dejen de pelear, parecen niños —digo, subiéndome de un salto al asiento del copiloto—. Hola, Sweeter. Sácanos de aquí antes de que mi padre note que sus dos herederos se escaparon por la ventana.
Se estiró hacia mí para plantarme un beso en la mejilla a modo de saludo. Estaba bellísima, como siempre. Llevaba un vestido corto en distintos tonos de rosa, lleno de volantes, junto a sus altísimos tacones de siempre. Al moverse, sacudió su cabello color caramelo, que le caía sobre los hombros en unas ondas espectaculares.
Sweeter es un hada del amor. Las de su clase transpiran belleza, adoran el romance y brillan con luz propia, pero también tienen un humor de perros. Lo irónico de mi amiga es que, a pesar de su naturaleza, está completamente cerrada al amor. Una larga historia. Además, es la heredera de la familia más adinerada del país. Nos conocimos en una fiesta el día en que su padre la castigó obligándola a trabajar de camarera en nuestro bar de siempre; un castigo que, por supuesto, no duró ni veinticuatro horas.
—¡Alcohol aqui vamos! —gritó Sweeter.
Arrancó el descapotable a toda velocidad, riéndose a carcajadas de alguna estupidez que soltó Elson desde el asiento trasero. El viento de la noche nos golpeó la cara con fuerza, arrastrando bien lejos el estrés del palacio, las costureras y las preocupaciones imperiales.
Así comenzaba nuestra noche de alcohol y adrenalina.
El lugar estaba por explotar. Había gente de todas las especies imaginables; como dije, Lilon conocía a medio mundo y su bar siempre se llenaba hasta el tope.
Elson me hizo una seña para que me agarrara de su mano, y yo hice lo mismo con la de Sweeter para no perdernos entre la marea de cuerpos. Nos abrimos paso directo hacia la pista de baile; este era, sin duda, nuestro momento más esperado de la semana.
Nadie nos reconocía allí dentro, y menos con las fachadas que llevábamos encima.
Ver a Elson con una gorra informal y jeans blancos no era precisamente la imagen que la gente tenía del heredero a la corona. Que la multitud estuviera completamente alcoholizada y que las luces del lugar fueran un destello caótico de sombras y neón jugaba totalmente a nuestro favor. Éramos invisibles. Éramos libres.
—¡Linda, que estás preciosa hoy! —me gritó Sweeter al oído, balanceándose al ritmo de una canción de rock pesado que hacía retumbar el suelo bajo nuestros pies.
Llevaba un vestido bastante corto con detalles de encaje que resaltaban mis atributos ,cortesía de los genes de sirena de mi madre, y unos tacones de aguja negros. Para ser honestas, técnicamente el vestido era un pijama de seda, pero nadie en este antro tenía por qué saberlo. Lo que realmente le daba el toque definitivo era que había encontrado una tira de encaje a juego y la había usado para vendarme los ojos.
Una jugada maestra: ocultaba mis ojos rojos delatores bajo una fachada de misterio absoluto y alta costura nocturna.
La música pesada vibraba en el suelo y nos envolvía, haciéndonos bailar de un lado a otro mientras sacudíamos las caderas al unísono. Sweeter se movía con una gracia sobrenatural y Elson, a pesar de sus botas, le seguía el ritmo con una soltura envidiable. Sin importar que tuviera la vista medio nublada por el encaje, sentía las miradas clavadas en nosotros. A pesar de todo el caos del lugar, éramos, sin duda alguna, el centro de atención de más de la mitad de la fiesta.
Tras unos tragos y un par de rechazos de nuestra parte ,obviamente, llegó la parte que más odiamos de la noche: ir al baño.
—Odio con mi alma hacer fila —se quejó Sweeter, recostándose contra la pared con los brazos cruzados. Estaba un poco borracha, lo que hacía que arrastrara las palabras con un tono fastidiado. Esbocé una sonrisa al escucharla.
Antes de que pudiera contestarle, una chica me empujó al pasar, haciéndome perder por completo la estabilidad. Pero antes de que mi preciosa nariz llegará a estamparse contra el piso, una mano firme me tomó de la muñeca, jalándome hacia arriba con una suavidad impecable.
—¿Estás bien, Linne? —me preguntó Sweeter, sosteniéndome ahora de los hombros. Su voz, que por lo general era burlona o quejumbrosa, sonaba cargada de una preocupación real, limpia y directa.
—Sí, solo calculé mal la altura de los tacos —bromeé, acomodándome el vestido de seda para disimular el susto.
Sweeter soltó un suspiro, pero esta vez fue de puro fastidio hacia la horda de gente. Dio un paso más hacia mí, acortando la distancia. Con una delicadeza que rara vez mostraba ante el resto del mundo, estiró los dedos y me acomodó la venda de encaje con suavidad, asegurándose de que mis ojos rojos siguieran perfectamente ocultos y que el nudo no me apretara la cabeza.
—La próxima vez te obligo a venir en zapatillas, no me importa que seas de la realeza —susurró, y en su rostro se dibujó una sonrisa pequeña y sincera, libre de esa máscara de chica dura que solía portar—. No quiero que nadie te arruine la noche. Bastante tienes ya con lo que te espera mañana en el palacio.
Le sonreí de vuelta, sintiendo una calidez en el pecho que nada tenía que ver con el alcohol que llevábamos encima. En un mundo donde todos me miraban con miedo por mis sombras o con puro interés por mi título, Sweeter solo veía a Linne. Su mejor amiga.
—Gracias, Sweet —le dije, dándole un apretón rápido en la mano.
Ella me guiñó un ojo, dejando atrás el momento sentimental con la rapidez típica de un hada, y me tomó del brazo lista para avanzar.
Cuando por fin salimos del baño, sintiéndonos un poco más humanas, nos abrimos paso de vuelta al caos de la pista de baile. El aire caliente del bar, cargado de olor a alcohol, humo y perfumes caros, nos golpeó de repente.
—¿Dónde carajo se metió mi hermano? —pregunté, barriendo el lugar con la mirada a través del encaje negro.
—Buscá donde haya un círculo de idiotas gritando. Seguro está en el medio —respondió Sweeter, dándole un trago a un vaso que le había arrebatado a un desconocido de la barra en el camino.
No se equivocaba.
A unos metros de la barra principal, rodeado de un grupo de vampiros y licántropos que vitoreaban como locos, estaba Elson. Se había sacado la gorra y estaba subido a una de las banquetas altas, sosteniendo un vaso de chupito en alto mientras hacía un pulso con un tipo que le doblaba el tamaño.
—Ese es el futuro rey —susurré, frotándome las sienes con fingida vergüenza—. Qué orgullo nacional.
—Un aplauso para la corona —se burló Sweeter, dándome un codazo—. Vamos a salvarlo antes de que apueste el carruaje real o algo peor.
Al llegar a la tarima para bajarlo a la fuerza, un par de brazos fuertes nos tomaron a Sweeter y a mí por la cintura, levantándonos en el aire para subirnos junto a él. La sonrisa de Elson se ensanchó más de lo normal; a estas alturas, estaba claro que por sus venas corría más alcohol que sangre de demonio.
Justo en ese momento, el ambiente del bar cambió por completo. El ritmo estridente del rock pesado dio paso a una melodía lenta, densa y sumamente sexy, cargada de un bajo profundo que hacía vibrar la madera bajo nuestros pies.
Cerré los ojos detrás de la venda de encaje, ignorando los silbidos y los gritos de la multitud desatada abajo. Esta era mi noche, mi momento de escape, y no pensaba desperdiciar ni un segundo de adrenalina. Empecé a moverme, dejando que la cadencia de la música guiara mis caderas. El vestido de seda se deslizaba contra mi piel con cada roce, y sentía la respiración pesada de la gente que nos rodeaba, rindiéndose ante el espectáculo.
De repente, una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Sentí como si un líquido espeso, caliente y eléctrico subiera lentamente por toda mi columna vertebral, erizándome los poros y haciéndome soltar un suspiro contenido. Mis sombras, que usualmente dormitaban bajo mis pies, se agitaron en un ronroneo silencioso y salvaje, reaccionando a algo en el aire.
No abrí los ojos. No lo necesitaba.
A través del encaje negro y de mis sentidos agudizados, podía percibir la voracidad con la que toda la pista me devoraba con la mirada. Pero entre la marea de ojos hambrientos, había una presencia distinta. Un magnetismo tan denso y pesado que cortaba el aire como un cuchillo.
Alguien me estaba mirando.
No era una mirada cualquiera; era un hilo invisible y ardiente que se enredaba en mi pecho y me jalaba hacia un punto específico de la oscuridad del VIP. No necesitaba intentar llamar mi atención; su mera existencia en esa habitación emitía una vibración de peligro y poder tan intensa que me quemaba la piel a la distancia. Una vibración de depredador absoluto.
Mi respiración se volvió un poco más rápida, y una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en mis labios mientras seguía bailando bajo el influjo de esa mirada invisible, disfrutando del calor que me encendía por dentro.
Abrí los ojos de golpe. Mierda, ¿qué había sido eso?
El corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho, desbocado, y la venda de encaje de repente me pareció demasiado estrecha, casi asfixiante. Miré a mi alrededor con desesperación, barriendo la penumbra del bar con la mirada y buscando a alguien que ni siquiera sabía si existía. Era una maldita locura. La vibración seguía allí, flotando en el aire espeso del VIP, pero mi cuerpo ya no toleraba la presión.
Necesitaba aire. Aire frío, limpio y urgente.
Me bajé de la tarima de un salto, apoyándome a ciegas en el hombro de alguien cuya cara ni siquiera me detuve a mirar. Ignoré los gritos de Elson y la mirada de desconcierto de Sweeter que se perdieron detrás de mí, y simplemente corrí. Esquivé cuerpos sudorosos, pasé de largo la barra y empujé las pesadas puertas dobles de la salida.
El aire helado de la noche me chocó de lleno en la cara, llenando mis pulmones que buscaban con desespero un trago de oxígeno.
Me apoyé contra la pared de piedra del callejón lateral, con la cabeza hacia atrás y el pecho subiendo y bajando con violencia. Me arranqué la venda de encaje con un tirón rápido, dejando que mis ojos rojos se adaptaran a la bendita oscuridad del bosque que rodeaba el bar. El contraste del frío exterior con el calor abrasador que todavía sentía corriendo por mis venas me hizo soltar un gemido ahogado.
Pero la sensación de seguridad duró poco.
Me adentré corriendo en el callejón más cercano, buscando devorar la mayor cantidad de penumbra posible.
La oscuridad absoluta del lugar me hizo sentir mejor al instante; era como un bálsamo helado para mi piel que aún ardía. Sin embargo, mis sombras estaban tan descolocadas como yo. En lugar de flotar a mi alrededor como solían hacer para protegerme, se replegaron violentamente, metiéndose bajo mi piel sin previo aviso. Sentía un cosquilleo frío y eléctrico corriendo por mis venas, como si tuviera tinta helada fluyendo directamente hacia mi corazón.
Apoyé las manos contra la pared de ladrillo húmedo, tratando de controlar mi respiración y obligar a mi propio poder a calmarse. ¿Qué carajo me estaba pasando?
Entonces, el sonido de los pasos se detuvo justo a la entrada del callejón.
A contraluz de las luces de neón del bar, la silueta de un hombre recortó la entrada. No alcanzaba a ver sus facciones por la oscuridad y la falta de mi venda, pero esa energía... esa insoportable y adictiva corriente magnética que me había asfixiado en la pista de baile volvió a golpearme de lleno.
Las sombras bajo mi piel se agitaron con violencia, como si quisieran salir a recibirlo.
—Corrés rápido para estar en tacones, diablilla —dijo una voz que hizo el mismo efecto que su mirada sobre mí, pero mucho peor.
Como si se tratase de una descarga de electricidad pura directa al corazón, un imán biológico que reclamaba mis sombras y las obligaba a agitarse bajo mi piel, desesperadas por salir a su encuentro. Mi respiración, que apenas empezaba a calmarse, volvió a cortarse por completo.
Me pegué un poco más a la pared de ladrillo, sintiendo el frío de la piedra a través de la seda de mi vestido. Traté de mantener mi postura más regia, la de la princesa que no le teme a nada, pero con el corazón desbocado en la garganta era una tarea casi imposible.
La silueta dio un paso al frente, saliendo de la penumbra más densa del callejón. La luz mortecina de un farol de la calle principal le dio de lleno, revelando lo suficiente como para hacerme contener el aliento.
Era alto, de una elegancia depredadora que resultaba insultante en un callejón mugriento detrás de un bar. Tenía el cabello oscuro y unos ojos que, incluso en la penumbra, brillaban con una intensidad felina y peligrosa. Una sonrisa de suficiencia, lenta y ladeada, se dibujó en sus labios al ver cómo mis sombras se rebelaban, delineando mi cuerpo como hilos de humo negro que no podía ocultar.








