Capítulo 1
CHRISTOPHER
El bourbon raspaba en mi garganta con un ardor familiar y amargo, pero a estas alturas de la noche era lo único que lograba adormecer el ruido en mi cabeza. Me apoyé en la barandilla de cristal de la terraza de mi ático, contemplando el horizonte de la ciudad. El cielo nocturno estaba salpicado de estrellas, pero mis ojos se desviaron inevitablemente hacia dos de ellas que brillaban de forma distinta: una era de un azul gélido y la otra, más tenue y oscura.
Esa maldita asimetría. La heterocromía que me perseguía en sueños.
Dos luces distintas que, sin importar cuántos años pasaran, siempre me devolvían a la mirada de Annabelle.
Sentí unos brazos delicados rodear mi cintura desde atrás y el aroma a perfume de alta gama inundó mis sentidos, rompiendo el hechizo. No era su olor. Nunca lo era.
—¿En qué piensas, mi amor? —preguntó la voz suave de Sara, antes de ponerse de puntillas y dejar un beso rápido en mi mejilla.
Forcé una sonrisa de manual, esa que había aprendido a perfeccionar a lo largo de los años para que nadie hiciera demasiadas preguntas.
—En nada importante. Solo en la gala de mañana —mentí, dándole un trago a mi vaso—. Estoy bien.
Ella me miró con una sonrisa sugerente y dio un paso más, acortando la distancia. Deslizó una de sus manos por mi pecho, dejando que sus dedos subieran lentamente hasta acariciarme la nuca con suavidad.
—Vuelve dentro conmigo —me susurró al oído, con voz mimosa—. Si quieres... yo puedo ayudarte a relajarte de toda esa presión.
Sentí una punzada de incomodidad que me recorrió toda la espina dorsal. No era ella; era yo. Era el vacío físico que sentía cada vez que alguien intentaba ocupar un espacio que solo le pertenecía a un fantasma. Aparté su mano con la mayor delicadeza que pude simular y di un paso lateral, fingiendo mirar de nuevo el horizonte.
—Más tarde, Sara. Ve entrando tú, enseguida voy —le respondí, con un tono que no admitía réplicas.
Ella asintió, aunque se le borró un poco la sonrisa, y volvió a entrar al apartamento cerrando el gran ventanal tras de sí. Yo me quedé solo con el viento frío de la noche, agradeciendo el silencio que volvía a envolverme.
«Bien». Qué palabra tan vacía.
Si supiera que en realidad estaba pensando en el mejor verano de mi vida. Aquellos meses previos a nuestra supuesta partida a Gold Coast, cuando el mundo parecía detenerse solo para nosotros. Recordé el calor de la arena, las risas y la paciencia infinita con la que Annabelle me enseñó a surfear. Pasamos los mejores meses de mi existencia flotando sobre el agua, pero también perdiéndonos el uno en el otro. Hacíamos el amor en cualquier parte: en la playa bajo las estrellas con el sonido de las olas de fondo, en el coche con los cristales empañados, en mi habitación a escondidas sintiendo que cada caricia era un acto de rebeldía. Era una conexión tan salvaje, pura y real que, por mucho que lo hubiera intentado a lo largo de estos diez años, jamás había vuelto a tener un sexo así con nadie. Todo lo que vino después con otras mujeres no fue más que un burdo intento de llenar un vacío insaciable.
Aquel verano curé mis miedos y sentí, por primera vez, lo que significaba ser verdaderamente libre. Habíamos planeado irnos juntos a Gold Coast; ella se convertiría en surfista profesional y yo en el mejor jugador de fútbol. Queríamos construir un futuro donde el mar, nuestras caricias y nosotros mismos fuéramos nuestro único testigo. Un verano perfecto que terminó de golpe, marchitado por la sombra de mi padre.
Aquella primera cena hace 10 años para presentar a Annabelle en casa de mis padres en realidad había ido bastante bien; cenamos en un ambiente de tensa cortesía que me hizo creer, de manera ingenua, que la aceptarían. Pero poco a poco, la actitud de mi padre fue a peor. Empezó a lanzar comentarios hirientes, a presionarme con el fútbol y a boicotear cada momento que pasaba con ella. Ahora, con los años, comprendía que todo se debía a la pura envidia: a mi padre le carcomía verme tan feliz con una persona a la que de verdad amaba, una felicidad que él jamás había experimentado.
Hasta que llegó el día en que rompió el tablero de juego.
Aún podía escuchar su voz fría y calculadora retumbando en el comedor de nuestra casa. Se había plantado frente a mí, con una copa en la mano y esa superioridad destructiva que lo caracterizaba, amenazándome con destrozar la vida que Annabelle y su hermana pequeña apenas estaban empezando a reconstruir.
«Si no la dejas, me encargaré personalmente de que pierdan la custodia provisional de esa niña. Hablaré con mis mejores abogados y destruiré su mundo pobre y perfecto, dejándola sin su hermana, sin dinero y sin un futuro. ¿Sabes lo fácil que es para mí hacer una sola llamada y que esa estúpida beca de surf de Rip Curl se vaya a tomar por culo? Una muerta de hambre no va a arrastrar el apellido de esta familia».
No tuve opción. Para salvarlas a ella y a Lily, tuve que romperle el corazón y aceptar las condiciones de mi padre. Él ya se había encargado de hablar a mis espaldas con otros ojeadores que me ofrecían contratos millonarios en Capital City, un lugar gris, ruidoso, de asfalto y rascacielos, completamente alejado de la playa, del surf y de los ojos de Annabelle. Me obligó a marcharme allí, desterrado de mi propio sueño.
Tuve que convertirme en el malo de su historia, desaparecer sin darle explicaciones reales, dejando que me odiara. Era el precio de su libertad.
Los primeros seis años después de aquello fueron un torbellino, pero el primero de ellos fue, sin duda, el peor. Annabelle no paraba de llamarme, de enviarme mensajes desgarradores preguntándome qué había pasado, qué había hecho mal. Me dolía el alma no poder contarle la verdad, pero me repetía a mí mismo que lo hacía por su bien y por el de Lily. Sabía perfectamente lo lejos que era capaz de llegar mi padre si yo flaqueaba, y no podía arriesgarme.
Para acallar la culpa, me enfoqué en el fútbol y en la carrera de Medicina, exprimiendo cada hora del día para no tener tiempo de pensar. Triunfé en el fútbol profesional en Capital City, gané títulos, cumplí las expectativas de la prensa y me convertí en el jugador estrella que todos esperaban. Pero el destino tiene una forma muy retorcida de cobrar las deudas.
Después de seis años de éxito rotundo, todo se acabó en un segundo a causa de un maldito accidente de coche. Iba borracho, intentando ahogar en alcohol una noche especialmente dolorosa. Por suerte, en mi egoísmo y mi estupidez, solo me hice daño a mí mismo.
El impacto me destrozó la pierna izquierda, triturando el hueso de tal manera que los médicos tuvieron que ponerme una prótesis interna de titanio solo para que pudiera volver a ponerme en pie. El fútbol se acabó para siempre. La retirada forzosa me obligó a reinventarme, a terminar mis estudios y a meterme de lleno en los despachos, asumiendo finalmente la dirección general del hospital. El chico de oro de los campos de juego ahora vestía trajes de tres piezas, firmaba presupuestos millonarios y se apoyaba en un elegante bastón de madera oscura que ahora me acompañaba a todas partes, un recordatorio físico y diario de mis errores. Tenía poder, tenía estatus, pero por dentro seguía sintiéndome tan roto como mi propia pierna.
Miré de nuevo las dos estrellas en el cielo, apuré el bourbon de un solo trago y me di media vuelta para buscar a Sara. Apoyé mi mano sobre el pomo de mi bastón y caminé de regreso al interior del apartamento. Debía volverme a olvidar de esa heterocromía que rondaba en mis sueños desde hacía ya diez años.
Mañana era la gala benéfica del hospital. El evento más importante del año, no podía fallar, no ahora.








