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Revisiones de rutina. Las oigo antes de verlas: el chirrido metálico de las puertas al final del pasillo, el arrastre de botas pesadas sobre el concreto húmedo, el tintineo de las llaves colgando de sus cinturones como cascabeles anunciando la próxima humillación. Entran a la celda, hurgan, olfatean todo como perras callejeras, metiendo las narices en cada rincón como si mi miseria tuviera un olor que pudieran robar. Revisan el catre, las costuras del uniforme, el hueco bajo el lavabo oxidado, hasta el fondo de mis zapatos gastados. Francamente me da asco. Me imagino poniéndoles una correa y obligándolas a husmear cada rincón hasta que se ahoguen en su propio hedor… pero supongo que aquí no tengo autoridad.
Todavía.
Me llamo Adelin. Antes de este agujero vivía un sueño —o una pesadilla surrealista, como a él le hubiera gustado decirlo—. Un evento artístico de proporciones magníficas a punto de reclamarlo todo: luces, público, el corazón de una ciudad entera latiendo al ritmo de nuestra función. Un momento diseñado para quemarlo todo, para que Carnivallium recordara nuestros nombres hasta que las piedras mismas se desgastaran. Faltó preparación, sí. La improvisación de una niña asustada arruinó el compás perfecto que habíamos ensayado durante meses, cada paso, cada nota, cada respiración calculada al milímetro. Pero en parte estoy feliz: él se quedó a mi lado. Le ofrecieron el mando, una amnistía limpia, la posibilidad de caminar libre mientras yo me pudría aquí sola, envejeciendo entre estos muros grises. Y no cedió. Eso le costó la cordura y la libertad. A veces pienso que ese fue el regalo más hermoso que alguien me ha hecho jamás, y otras veces, en las noches más oscuras, quiero gritarle por habérmelo dado, por haber elegido esta miseria compartida sobre una libertad solitaria.
Le prometí a él —y a mí misma— que nos protegería. Cuanto antes salga de este cuchitril, mejor.
La cárcel de mujeres de Carnivallium está bien organizada, impecable en su crueldad. Los muros son grises, pero de un gris calculado, casi artístico, como si hasta el sufrimiento aquí dentro tuviera que respetar cierta estética digna de la ciudad que nos vio nacer. Guardias alertas, seguridad en cada esquina, turnos que se relevan con una precisión militar que envidiaría cualquier coreografía de la Academia. Es difícil que una presa destaque o mande aquí… aunque hay una que parece flotar por encima de las reglas sin romperlas nunca, como si las hubiera memorizado tan bien que ya no necesitara obedecerlas del todo. Por cómo camina —lenta, deliberada, sin prisa por demostrar nada— y por cómo las demás se apartan sin que ella lo pida, casi por instinto animal, asumo que es Nora. Su cuerpo tiene la firmeza de quien se ha entrenado durante años, hombros marcados, brazos tonificados sin llegar al exceso, el tipo de fuerza que no necesita presumirse porque ya se nota en la manera de sostenerse erguida. No es una fuerza bruta ni desmedida, pero sí una que promete disciplina, control, la clase de cuerpo que se forja a base de repetición y voluntad, no de un solo arrebato. Y las cicatrices que le trepan por los brazos, viejas y superpuestas como capas de un mismo dolor repetido durante años, hablan por ella con más fuerza que cualquier músculo. No necesita amenazar; ya sobrevivió a lo que sea que la marcó así, y eso, aquí dentro, vale más que cualquier puño cerrado.
Ya veré cómo me acerco a ella. Todo a su tiempo. Toda buena obra necesita un ensayo antes del estreno, y yo, más que nadie, sé cómo esperar el momento exacto para levantar el telón.
Mientras tanto, me encargo de mi “hermanita”. O debería decir hermana mayor… ja. Leslie lleva tiempo aquí desde que la mandé yo misma, con la misma delicadeza con la que se cierra una puerta que no volverá a abrirse jamás. Está furiosa, claro. Ya me ha pateado, empujado, escupido insultos que en otra vida me habrían dejado temblando durante días enteros, encerrada en mi cuarto contando las horas hasta que el dolor se disolviera. Antes me habría intimidado. Ahora solo es una mosca zumbando alrededor de mi vida, molesta pero insignificante, un ruido de fondo que ya no altera el ritmo de mis planes. Y hasta las moscas pueden ser útiles… si sabes cómo aplastarlas en el momento justo, con la mano abierta y la paciencia de quien no tiene prisa.
A veces, cuando las luces se apagan y el silencio se espesa hasta volverse casi líquido, escucho su respiración agitada al otro lado del pasillo. Irregular. Nerviosa. Sigue pensando que puede vengarse, que el tiempo juega a su favor, que algún día tendrá la oportunidad perfecta para devolverme cada golpe de nuestra infancia compartida. Qué ingenua. Yo ya estoy contando los días, las horas, los errores de los demás, catalogando cada descuido de las guardias como quien guarda monedas bajo el colchón para un invierno que sabe que llegará. Pronto saldré. Y cuando lo haga, no será sola.
Cada mañana es idéntica, con la monotonía de un ritual que ya no necesita palabras para representarse. Las guardias entran como lobas, bastonazos secos contra los barrotes para despertarme, empujones y risas ásperas para ponerme en fila con las demás, todas alineadas como muñecas rotas esperando su turno de baile. Me dirigen al desayuno como a un animal, arrastrando los pies descalzos sobre el piso helado que muerde la planta de mis pies cada mañana sin falta.
El comedor es el único momento de calma, una tregua silenciosa entre la crueldad de la mañana y la de la tarde, un paréntesis donde el hambre logra callar incluso el rencor. Todas valoran su comida más que su orgullo; comen en silencio, con la cabeza baja, la mirada fija en el plato desportillado, como si el pan rancio fuera lo único que les queda de dignidad en este lugar que se traga todo lo demás.
Luego vienen las duchas. Un circo de risas, toallazos mojados y patadas para las débiles, un espectáculo que las demás disfrutan como si fuera el único entretenimiento permitido en este lugar sin escenarios ni telones. Yo soy débil en físico, así que recibo mi parte: latigazos con toallas empapadas que dejan marcas rojas y ardientes en la piel, patadas en las costillas que me sacan el aire de los pulmones, burlas sobre mi cuerpo “frágil” que resbalan por mis oídos sin dejar huella real, palabras vacías que ya no tienen filo para mí.
No me molesta. He vivido abuso desde niña; esto es solo una variación menor de una melodía que ya conozco de memoria, una que mis padres compusieron mucho antes de que Leslie aprendiera a tararearla. Nada de esto puede romperme ahora… salvo perderlo a él. O fallar en mi escape. Hice una promesa. Y juro que la cumpliré, aunque tenga que tragarme cada golpe con una sonrisa guardada bajo la lengua, esperando el aplauso final.
Leslie interrumpe mis pensamientos. Me empuja contra las baldosas frías y resbaladizas con una fuerza que busca humillar más que herir. Caigo de rodillas, el agua helada me golpea la cara, se me mete en la nariz, en la garganta, casi ahogándome por un instante. Ella se ríe, me patea el estómago, me llama “muñequita rota” con ese tono cantarín que reserva solo para mí, como si hubiera ensayado el insulto frente a un espejo. Dentro de mí sonrío. Me alegro de no ser la misma de antes, la que hubiera llorado de verdad por esto, la que hubiera suplicado piedad en lugar de calcular tiempos.
Por un segundo regresan las memorias: sus manos en mi cuello, sus insultos como cuchillos afilados en la cocina de nuestra casa, el eco de portazos y gritos que definieron mi infancia entera. La rabia intenta salir, quema en la garganta como un ácido que conozco bien y que he aprendido a tragar sin que se note en el rostro. Pero no. No ahora. Debo mantener el perfil bajo. Es por el plan. Por el escape. Por él. Por mí. Por nosotros.
Recibo otra patada. Aguanta, Adelin. Aguanta. Lo que haga falta.
Espera por mí, amor. Saldré de aquí.
Y cuando lo haga… Leslie será la primera en recordarlo.
Las demás se retiran, riendo, dejando charcos de agua y desprecio en el suelo, sus voces perdiéndose por el pasillo como un eco que no vale la pena guardar en la memoria. Nosotras —las débiles— nos levantamos despacio, como si cada hueso pesara una tonelada de piedra mojada. Yo más lento que nadie, arrastrando el cuerpo entumecido, cada músculo protestando en silencio. Me apoyo en la pared húmeda, resbaladiza de moho y jabón barato, y escupo un hilo rojo que se mezcla con el agua fría de la ducha, diluyéndose en espirales rosadas hacia el desagüe oxidado.
Me odio por este cuerpo frágil. A veces quisiera arrancarme la piel a tiras y colgarla a secar como una maldita bandera de rendición, deshacerme de esta fachada quebradiza que tanto trabajo me cuesta sostener día tras día sin fisuras.
Pero hoy no. Hoy lo necesito débil. Hoy lo necesito roto.
Respiro hondo, dejo que el cabello mojado me cubra la cara, que los hombros me tiemblen lo justo, ni un ápice más de lo necesario para completar la actuación. Y entonces siento la mano.
Firme. Cálida. Segura.
Una mano que no duda.
—¿Estás bien?
Levanto la vista muy despacio, con los ojos cargados de una vulnerabilidad cuidadosamente calibrada, ensayada durante noches enteras frente a la oscuridad de mi celda. Y sonrío por dentro.
Por fin.
La reina acaba de tocar a su nueva peón favorita. Y todavía no sabe que la partida ya terminó.




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