El demonio del espejo

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Summary

Un joven reservado empieza a ver a un chico idéntico a él en los espejos. Al principio cree que está perdiendo la cordura, pero pronto ese reflejo cobra personalidad propia. ¿Tendrá que ver con la reciente muerte de su abuela, quien era una bruja? ¿Su visita a Catemaco le dará las respuestas? ¿Qué hará cuando el demonio comience a celarlo como una esposa enfermiza? Novela basada en hechos —en su mayoría— reales.

Status
Complete
Chapters
24
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

El reflejo

Tenía que leer, tenía que entender y descubrir si existía una forma de romper este ciclo, pero, de pronto, escuché claramente un susurro. No era mío, uno que me estremeció como no debería haberlo hecho.

Tócate para mí.

Negué, porque no se lo merecía. No había hecho más que manipular mi mente y mi cuerpo.

Hazlo.

Esta vez, el susurro fue más bajo, con un tono de barítono que encendió miles de sensaciones nada inocentes en mi cuerpo. Entonces, mi entrepierna me delató. Los pantalones se sentían cada vez más ajustados y dolían. Necesitaba liberarme… pero si lo hacía, sería como ceder a sus deseos.

Abrí el pantalón y liberé mi excitación. Estaba dura, húmeda, más sensible que nunca. Entonces, algo la sujetó, y no fue mi mano, fue una sensación cálida, apretando con firmeza mi falo erecto. Y no fue amable.

Sin previo aviso, comenzó a masturbarme, provocando gemidos descarados, dignos de una actriz de películas para adultos. Arañé los sillones y eché la cabeza hacia atrás. Aunque intenté resistirme… no pude más.

Fue una experiencia que jamás había sentido.

Esto aún no ha terminado.

Fue como si un velo cubriera mis ojos. Todo se tornó brumoso y, mientras caminaba, el entorno parecía distinto: más colorido, pero borroso. Llegué a mi cama, me quité los pantalones y la ropa interior, y apenas logré desabotonar algunos botones de la camisa cuando algo me empujó hacia el colchón.


Días antes.

Las luces del baño parpadearon otra vez. Ese tipo de parpadeo que no parece una falla técnica, sino una duda. Como si la electricidad tuviera conciencia y no supiera si debía iluminarme o dejarme a oscuras. Me quedé inmóvil frente al espejo, con el cepillo de dientes suspendido a medio camino entre el lavabo y mi boca.

Había terminado de ducharme hacía pocos minutos, y el vapor aún persistía como una niebla densa en el aire, empañando el cristal con una capa fina que se disipaba lentamente. No sabía exactamente qué buscaba en mi reflejo. Solo estaba ahí, contemplando mis propios ojos como si esperara que dijeran algo distinto esta vez, como si un día cualquiera fueran a revelarme un secreto escondido detrás de la rutina. Tal vez era eso lo que me incomodaba: que se sintieran demasiado vivos.

Al principio no supe identificar qué era lo que me perturbaba. No había distorsión aparente, no había sombras ajenas, ningún movimiento inesperado. Solo yo, con mis ojeras cansadas de estudiante, el cabello rebelde que nunca obedecía al peine y esa curvatura leve en mi labio inferior que nunca había notado antes.

Pero algo estaba fuera de lugar. No podía decir si era mi postura, la manera en que mi cabeza se inclinaba hacia la izquierda o la sutil sensación de que el espejo no estaba reflejando en tiempo real. Como si el reflejo necesitara una fracción de segundo para decidir si debía copiarme o no. Sentí que me observaba con más atención de la necesaria, con una intensidad que no correspondía al reflejo de una rutina.

Fruncí el ceño y, al hacerlo, mi imagen respondió como era de esperar. Pero justo en el instante anterior, me pareció ver un leve titubeo. Como si hubiese tenido que elegir fruncir el ceño. Fue tan breve que me dije que lo había imaginado. Y, sin embargo, cuando volví a concentrarme, mi reflejo ya no era completamente mío.

Era yo, claro, con los mismos ojos marrones, la misma piel pálida, pero había algo más. Una quietud peligrosa, una sonrisa que no estaba en mi boca, pero sí en su expresión. Estaba en la forma en que me miraban: burlona, como si supiera algo que yo no.

Retrocedí un paso, el corazón golpeando de golpe como si hubiera estado en silencio hasta ese momento. El cepillo de dientes resbaló de mi mano y cayó al suelo con un golpe hueco. Tragué saliva, respiré y me obligué a mirar otra vez, como quien comprueba que no hay monstruos bajo la cama.

Y allí estaba, el reflejo obediente, imitándome al detalle. Sin embargo, la sensación persistía, esa idea absurda de que había alguien más detrás del vidrio, observando con detenimiento cada uno de mis movimientos. Sentí que si giraba la cabeza muy rápido, podría atraparlo no reflejándome.

Me dije que estaba cansado, que la combinación de luces artificiales y vapor me estaba jugando una mala pasada. Hablé en voz alta, como si la lógica tuviera el poder de restaurar el orden en el mundo.

—Estoy cansado. Eso es todo.

Apagué la luz, pero al hacerlo, noté que el espejo no quedó completamente oscuro. Un contorno tenue, casi plateado, persistía en la superficie. Mi silueta seguía allí, aunque el baño estuviera a oscuras. Y entonces escuché algo. Una voz.

No desde mi garganta, sino desde el espejo. Como un susurro que brotaba desde dentro del cristal, no a través del aire.

—¿Te gusta mirarme, Luca? —dijo—. ¿O es que te gusta lo que podrías ser?

No encendí la luz. No tuve el valor. Porque en ese momento, supe con certeza que si lo hacía… no encontraría un reflejo. Sino algo esperando por mí.

Me repetí que era una alucinación, un mal juego de la mente, producto del cansancio.

No mencioné ni una palabra al respecto mientras me vestía, ni siquiera cuando pasé frente al espejo del pasillo y evité, de forma demasiado obvia, mirarme.

Era absurdo.

No podía tenerle miedo a mi propio reflejo. Así que salí de casa fingiendo que nada había pasado. Como si el mundo exterior pudiera barrer los rastros de lo que había visto.


La calle estaba húmeda, como todo en la Ciudad de México por las mañanas. El aire pegajoso se mezclaba con el olor a comida callejera y gasolina, un cóctel que me había resultado insoportable cuando me mudé aquí, pero al que con el tiempo uno se resigna.

Caminé hasta la estación del metro sin mucho entusiasmo, tratando de concentrarme en lo que tenía que presentar ese día en la facultad, aunque mi mente divagaba más de lo necesario. Al menos el metro estaba relativamente vacío y encontré asiento. Cerré los ojos. Intenté pensar en otras cosas, en lo que sea.

Al menos funcionó.

Cuando llegué a la UNAM, los vi desde lejos, como siempre, esperándome en la entrada principal. Mint y Julián, mis mejores amigos. Novios desde hace más de un año, y en una eterna montaña rusa de amor y reproches que a veces resultaba graciosa y otras extenuante. Mint llevaba hoy una camiseta blanca enorme con estampado de ositos y unas gafas redondas que la hacían ver como una caricatura de sí misma. Julián, en cambio, tenía esa pinta eterna de estudiante de arquitectura desaliñado, pero cool: jeans rotos, camiseta negra, una chaqueta sobre el hombro como si fuera un accesorio. Cuando me acerqué, estaban en plena discusión.

—No puedes comerte el último pastelito y luego actuar como si fuera culpa del universo —decía Mint, cruzada de brazos.

—No fue culpa mía. El pastel estaba ahí, solo, y tenía mi nombre mentalmente escrito —respondió Julián con una sonrisa ladeada que no ayudaba en nada.

—¿Nombre mentalmente escrito? Eres increíble.

—Lo sé —replicó él, inclinándose para besarle la mejilla—. Increíblemente hambriento. Y tú sabes que cuando tengo hambre, no pienso bien.

Mint lo fulminó con la mirada, pero no pudo evitar sonreír. Me acerqué justo cuando ella levantaba los ojos al cielo en gesto de resignación.

—¿Otra pelea filosófica por comida? —pregunté, encendiendo la chispa habitual entre nosotros.

—¡Luca! Dile tú que está mal comerse el último pastel sin preguntar —exclamó Mint, señalándome como si yo fuera el juez supremo de los postres desaparecidos.

—Solo si me traen uno a mí después —dije, encogiéndome de hombros.

Julián se rió y Mint resopló, pero el momento ya había pasado. Como siempre, la pelea más tonta del mundo acababa con un gesto, una broma o una sonrisa, y volvíamos a ser tres cuerpos que orbitaban alrededor de algo parecido a la estabilidad. Caminamos juntos hacia las aulas, entre la multitud de estudiantes que entraban, salían o simplemente se sentaban en el patio central a fingir que estudiaban mientras miraban sus móviles.

Y por un rato, pude olvidarme del reflejo. Pude fingir que era una mañana más, que el vapor del baño no susurraba cosas, que mis ojos seguían siendo solo míos. Pero fue solo eso: un rato.

Porque justo antes de entrar a clase, pasé frente a un ventanal, y por una fracción de segundo, vi que mi reflejo no caminaba al mismo ritmo que yo.

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