Todo Paso Tan Rápido por Sonnet en Inkitt
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Todo paso tan rápido

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Sinopsis

A veces, el destino te golpea tan rápido que no te da tiempo de ver los errores que cometiste en el camino. Dicen que, cuando la muerte te roza, toda tu vida pasa ante tus ojos. Recordamos el pasado, los momentos tristes, las alegrías y aquellos instantes especiales, buscando desesperadamente una prueba de que nuestra existencia no fue un fracaso. Pero, al final, solo nos queda una dolorosa certeza: todo pasó demasiado rápido

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Sonnet
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El día que te conocí

Me acuerdo como si fuera ayer de cuando pasaba por aquellos hermosos y divinos árboles florales. Tú te veías tan fuerte y hermosa con cada pétalo que caía a tu lado.

Éramos tan jóvenes, unos cien años nada más. Cuando me miraste sentí una profunda vergüenza. Te acercaste a mí con una sonrisa y me tendiste la mano; la miré durante unos segundos, pero aun así decidí tomarla.

—Hola, me llamo Amara Belmonte y soy nueva en el pueblo. ¿Y tú? —dijo ella, mientras seguía moviendo nuestras manos de arriba abajo en un enérgico saludo.

—Yo soy Ofelia de la Croix, vivo aquí desde siempre. Una pregunta, ¿por qué te mudaste?, si no te molesta que pregunte... —dije mientras retiraba mi mano de la suya.

—Por el trabajo de mi mamá, la ascendieron y tuvimos que mudarnos. Yo vivía cerca de las palmeras doradas, ¿y tú? —sonreía con cada oración que decía.

—Yo vivo aquí mismo, en el castillo del Fastimores —respondí, jugando con mis pulgares mientras hablaba bajito.

—¡No me digas que eres la hija del Rey Fastimores! —Sus ojos brillaban con gran fervor.

—No exactamente. Soy la hija del antiguo general de guerra —contesté, con la mirada perdida.

—Oh... El general falleció y, como el Rey Fénix era su hermano, entonces él es quien te cuida —asintió ella, posando su dedo índice en la frente mientras pensaba—. ¿Y tu madre?

—Ella falleció cuando me dio a luz —respondí, desviando la mirada hacia los pétalos que caían con tanta delicadeza.

—Entiendo... ¿Y qué sabes hacer? O sea, ¿cuál es tu tipo de magia? —Cambió de tema rápidamente para apaciguar el ambiente melancólico.

—Yo no tengo magia. Mi tío intentó ayudarme a despertarla, pero nada funcionó. Así que me mandó a la escuela de brujas para ver si puedo llegar a ser algo útil —suspiré pesadamente.

—Mi mamá es una bruja y dice que debo seguir el linaje para que la descendencia no desaparezca —en su rostro se dibujó una mueca triste, pero de inmediato se recuperó—. ¿Quieres que entremos juntas? —preguntó, tomándome de la mano otra vez.

—Eh... claro, no tengo ningún problema —No pude decir mucho más, ya que de inmediato fui arrastrada por aquella entusiasta chica.

Desde lejos se podía notar la escuela. Era enorme, de seis pisos y, si no me equivoco, unas cincuenta aulas, sin contar los despachos de los profesores y del director. Cuando entramos, me quedé pasmada con los enormes candelabros que iluminaban el lugar. Las ventanas en forma de estrella realmente se hacían notar. De repente, alguien hizo sonar una campana y una mujer volando en una escoba apareció en el aire.

—Buenos días, jóvenes. Mi nombre es la señora Hécate Asteria y soy la directora de esta escuela. Me da mucho gusto ver tantas caras llenas de ilusión por aprender el mundo de las brujas, brujos y magos —decía mientras daba vueltas en su escoba—. En el muro grande que ven allí deben poner su mano; aparecerá una hoja diciéndoles su casillero y su aula correspondiente. Si tienen alguna duda, el libro mágico a su derecha les contestará cualquier pregunta. Sin nada más que decir, ¡que disfruten su año!

La vi alejarse y desaparecer de la nada. Sonreí con mucha emoción; me gustaría poder hacer algo así, no estaría nada mal. Miré a la chica a mi lado, quien de repente parecía triste, con los ojos decaídos mientras jugaba con su largo cabello rizado.

—Amara, una pregunta... —le dije, mirándola con curiosidad.

—¿Qué pasó? —No apartaba la mirada del lugar por donde había desaparecido la mujer.

—Si tu madre ya es una bruja, ¿por qué no llevas una escoba? —Arqueé una ceja hacia arriba.

Ella volteó a verme y después sonrió. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia el gran muro que la directora nos había indicado.

—Pues... puede que la haya estrellado. Mamá se enojó mucho y dijo que hasta que no aprenda a usarla bien aquí en la escuela, no me dará una propia. —Su mano tocó el muro y al instante apareció una hoja. La tomó y se quedó un rato contemplándola.

—Jajaja, ya veo. ¡Qué desastre! Pero, ¿por qué te le quedaste mirando a la directora así? ¿No te cayó bien? —Mi mano también se posó en aquella pared y una hoja apareció. La revisé rápidamente.

—Ella es mi madre... —Se quedó mirando su hoja un momento, luego se volteó hacia mí y sonrió—. A mí me tocó el aula 6B, en el piso tres. ¿Y a ti?

—Aula 4B, piso tres —respondí. Preferí no indagar más en el tema de su madre.

—¡Genial, vamos juntas! —dijo, empezando a caminar hacia las escaleras.

Realmente me dio bastante curiosidad y de verdad quería saber por qué tenía esa mirada tan perdida cuando vio a su madre. Pero como aún no nos conocíamos lo suficiente, no quería que creyera que era una chismosa y que después no quisiera volver a hablarme nunca más.

Las clases transcurrieron de manera muy tranquila. Prácticamente solo fue hablar, presentarse y discutir sobre la importancia de la magia, algo que técnicamente no me importaba mucho, ya que el rey solía hablar demasiado de eso... o más bien, de sí mismo.

La hora del almuerzo llegó y el gran salón comedor era totalmente increíble. Las mesas y las sillas estaban flotando; solo llamando al número de mesa, estas se acercaban a ti, te sentabas en la silla y te elevaban en el aire. El menú era bastante normal. Amelia y yo nos sentamos juntas.

—Las mesas flotantes son increíbles, no sabía que las brujas tenían tantas cosas interesantes —dije mientras miraba para todos lados, muy emocionada.

—Para mí es bastante normal. La mayoría de las cosas en mi casa flotan —comentó ella mientras comía.

—Bueno, lo más cercano que estuve de una mesa flotante fue cuando la familia del rey y yo fuimos a visitar al rey de los Insapiens, que tenía absolutamente todo pegado al techo. —Una carcajada sonora salió de la boca de la chica a mi lado.

—Haces muchas cosas con el rey y su familia, ¿no? —preguntó, bebiendo un sorbo de agua.

—Bueno, asisto a las reuniones, aunque no a todas porque algunas son demasiado complejas para mi edad. Visitamos diferentes ciudades y a veces hasta otros países... —Miré el plato frente a mí con curiosidad—. Pero supongo que eso es lo normal. Es lo que hace una princesa —suspiré con pesadez.

—Y dime una cosa, ¿tú realmente quieres hacer todo eso? —Amelia dejó su plato y me miró directamente.

—El problema no es lo de ser princesa. El problema es que siento que algo me falta. Me siento diferente, y a veces siento que no puedo hacer nada, que no puedo ayudar porque no tengo ningún poder especial. Puede que llegue a hacer lo que hacen las brujas comunes, pero una princesa debe ser especial, no una más del montón. —Sentí que mi voz se quebraba con cada palabra que salía de mi boca.

—¿Por qué no hablas con el rey? —Su sonrisa desapareció, reemplazada por un semblante preocupado.

—No. Debo ser fuerte y haré todo lo posible para defender mi linaje con uñas y dientes. —Apreté la cuchara en mi mano mientras en mis ojos se reflejaba una absoluta decisión.

La chica a mi lado me miró con ojos sorprendidos y se quedó pensando por unos segundos. Volvió a concentrarse en su plato y escuché una pequeña risita, seguida de la palabra "tonta". Sin embargo, no lo sentí como un insulto; al contrario, me dio gracia a mí también y dibujé una sonrisa antes de volver a mi plato, el cual no había tocado en todo este rato.

Las clases volvieron y con cada profesor la experiencia era única y divertida, aunque algunos eran bastante estrictos y parecían no tener nada de gracia. Al terminar la jornada, fui hasta el salón de Amelia y la saludé con la mano. Ella me devolvió el gesto y se me acercó con su mochila al hombro.

—¿Nos vamos juntas? —le pregunté mientras caminábamos por los pasillos.

—No puedo, tengo que ir a ver a mamá para que nos vayamos juntas en su escoba. ¿A ti nadie te viene a buscar? —Se deslizó por el barandal de las escaleras y yo la seguí.

—No, yo me iré en los Vehicliros —respondí con una sonrisa.

—Si quieres, le digo a mi mamá que te lleve con nosotras y así te ahorras el pasaje, ¿qué te parece? —Con sus dedos hizo la señal de dinero.

—¡Claro, me encantaría! Así lo guardo en mi alcancía para poder ir a comprar plantas —mi sonrisa se agrandó y empecé a dar vueltas de la emoción; total, ya casi no quedaba nadie en los pasillos.

—¿Tú plantas? ¿Plantas qué? —Me miró con curiosidad.

—Pues de todo tipo: verduras, vegetales y hasta flores —hablé muy entusiasmada.

—¿Eres una clase de jardinera? —se rio un poco—. Yo quiero probar lo que siembras.

—Bueno, ahora en invierno florecerá la planta Dulcamara. Si quieres, te la puedo dar a probar —me encogí de hombros.

—¡No jodas! ¿Pudiste plantar eso? Me dijeron que es extremadamente difícil, que tienes que tener la delicadeza y la paciencia de ocho hadas del bosque juntas. Además, es la única planta capaz de curar el veneno de los monstruos del bosque y de restaurar la energía mágica de una bruja cuando está agotada. ¿Cómo lo lograste? —Su alegría y su potente voz resonaron por toda la escuela. Qué bueno que ya no quedaba nadie adentro.

—Creo que, al parecer, yo soy la novena hada —me reí—. Realmente me gusta eso de poder plantar cualquier cosa. Me tranquiliza y me hace sentir que puedo hacer algo bien.

De repente, el sonido de unos tacones retumbó por toda la escuela. Se escuchaban lentos pero firmes; no andaba con prisa, pero tampoco era una tortuga. Ambas volteamos y pudimos ver a la directora. Cuando estaba flotando en el aire no la detallé bien, pero ahora la veía con total claridad.

Tenía el hermoso cabello azul recogido en un moño elegante y un sombrero de bruja impecable. Su vestido negro, con un hermoso estampado rojo, era largo pero con una abertura en la pierna derecha; era bastante ajustado, dejando ver su estilizada figura. Su piel era sumamente blanca, llevaba un maquillaje muy natural, guantes negros hasta los codos y unos tacones plateados que la hacían lucir hermosa a la vista de cualquiera.

Ella venía hacia nosotras, pero uno de los profesores la detuvo a medio camino y se quedaron parados hablando de quién sabe qué.

—Oye, no es por nada, pero tú no te pareces mucho a tu madre —dirigí mi vista hacia Amelia.

—Es que yo me parezco a mi papá, que por cierto no te lo había dicho, pero es un Lycamis —dijo de lo más tranquila.

—Ah, con razón. Parece que no heredaste nada de tu madre. Entonces, cuando conozca a tu papá ni me lo vas a tener que presentar, ya sabré quién es desde lejos —me reí bajito.

Amelia iba a responder, pero una mano se posó suavemente en su hombro. La directora ya estaba a su lado; tenía una expresión seria, pero se veía tranquila. Cuando me vio, hizo una pequeña reverencia.

—Princesa Ofelia, es un honor tan grande tenerla en mi escuela. Espero que se sienta cómoda —su mirada sobre mí era como si me estuviera analizando detalladamente.

—Claro que sí, me encantó todo, es increíble. Señora, todavía soy muy joven y a veces un poco torpe, así que espero que me tenga paciencia —junté mis manos.

Ella dibujó una media sonrisa, casi neutral.

—Vas a ir aprendiendo poco a poco, tal como lo dijiste. Eres joven y debes ir a tu propio ritmo. Además, si ya he logrado aguantar a esta niña... —Su mirada se posó con cariño severo en su hija.

—¡Ay, vamos, mamá! Te dije que ese muro de piedra salió de la nada —Amelia sonrió enseñando todos los dientes, como si con esa sonrisa pudiera librarse del regaño.

—¿De la nada? Ese muro ha estado allí desde tu séptimo ancestro. No me vengas con esas, Amelia, que yo no nací ayer —dijo con firmeza, para luego volverse hacia mí—. Princesa, ¿por qué sigue aún aquí? Mi hija habla demasiado y no la deja ir. Lo siento si la molestó; es igualita a su padre, un perico.

—No es eso, mamá. Lo que pasa es que Ofelia se iba a ir en los Vehicliros, y para que ahorre un poco le dije que se podía ir con nosotras.

Me reí bajito ante la situación.

—Eso claro... si no es mucha molestia para usted, señora. Aunque no sé si cabremos las tres en su escoba —dije un poco apenada.

—Claro que no es ninguna molestia —respondió la directora mientras sacaba su escoba, la cual se expandió y se hizo mucho más grande.

Amelia me ayudó a subir y nos fuimos. El viaje fue increíble; volaba extremadamente rápido y se movía en línea recta con una agilidad impresionante para controlar la escoba a su antojo. La verdad es que no me di cuenta del paso del tiempo hasta que ya estábamos frente al castillo.

Me bajé con cuidado y suspiré aliviada.

—Muchísimas gracias, señora. ¡Y nos vemos mañana, Amelia! —dije sacudiendo mi mano en el aire.

—¡Adióóóóós! —gritó Amelia, arrastrando la vocal mientras se alejaban rápidamente en el cielo nocturno.

Sonreí para mis adentros. Hoy había sido mi primer día y ya tenía una amiga. Eso me daba una alegría inmensa porque significaba que no estaría sola, al menos durante este año escolar.

—Ofelia...

Escuché mi nombre y se me erizó la piel por completo. Sabía con total certeza de quién era esa voz. Tragué en seco, respiré hondo y me volteé con suma delicadeza, haciendo una reverencia formal mientras levantaba levemente el borde de mi vestido.

—Buenas tardes, Rey Fastimores.

El día se había acabado... y la noche apenas comenzaba.

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