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The Truth Untold | KOOKMIN

Sinopsis

Jimin es un Omega que debe asegurar la posición de su familia casándose con el poderoso Alfa, Kim Namjoon. Pero su destino da un drástico giro cuando descubre el secreto de la Mansión Jeon; Jeon Jungkook, un Delta aislado. Considerado una mancha peligrosa en el linaje, es todo lo que la ley prohíbe. Cuando la atracción instintiva supera al deber, Jimin debe elegir entre el Alfa que garantiza su seguridad o el Delta que condena sus vidas. ↬ The Truth Untold...

Estado:
Completado
Capítulos:
17
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

↬ 01: Crowville

Crowville era un pueblo bastante grande al norte de Arkansas y, sin embargo, sus valores eran muy arraigados y sus habitantes, pocos.

Todos se conocían entre sí y sabían que en aquella pequeña región del estado solo tres familias, tres enormes manadas, eran las gobernantes.

Los Kim eran los primeros y de los más influyentes del pueblo. Dueños de exitosas corporaciones fuera de Crowville y de la mitad del territorio. Sin embargo, los Jeon eran los dueños de la otra mitad: intocables y misteriosos.

Quien recurría a los recintos y locales en posesión de los Jeon jamás se acercaba a los lugares pertenecientes a los Kim.

Dos manadas fuertes, en las que los alfas abundaban y controlaban todo a su paso.

La tercera familia, y la última más poderosa en la jerarquía de Crowville, eran los Park. Una manada dividida entre dos alfas, dos hermanos con una rivalidad casi peligrosa e incontenible.

El mayor de los hermanos, Park Bogum, tenía dos hijos varones alfas, conocidos por ser los dioses de la capital de Arkansas. Sus negocios siempre resultaban victoriosos y las ganancias de sus empresas habían impulsado el éxito de su padre, quien había ganado la alcaldía de Crowville por tres años consecutivos.

La segunda familia Park pertenecía a la hermana menor, Park Shinhye, una alfa lo suficientemente astuta como para asegurarse de ser la dueña legítima de la mitad de las tierras del pueblo.

Cada vez que su hermano necesitaba algo que el pueblo podía brindarle, debía acudir a ella, lo que alimentaba su ego.

La única desventaja que Shinhye consideraba frente a su hermano era que solo había podido tener un hijo, y este había nacido omega, al igual que su padre.

Eso le aseguraba una debilidad, pues su único heredero pertenecía a la rueda más débil de la jerarquía social. Sin embargo, Shinhye era conocida por todos allí como una mujer fría, capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quería bajo su poder.

Ese año lo que más anhelaba era un puesto más influyente que el de su hermano. No quería la alcaldía de un pueblo, quería la de todo el estado de Arkansas, y su única manera de lograrlo era hacer un trato con la manada más poderosa y de fácil alcance; los Kim.

No era un secreto para nadie que Kim Jihoon buscaba un omega para casar a su heredero, y eso era algo que Shinhye podía ofrecerle sin ningún problema. Después de todo, incluso su hijo, Park Jimin, le pertenecía.

—No me interesa lo que tú quieras, ya está decidido —espetó la mujer, apagando su tabaco en el cenicero de su escritorio.

—¿Me venderás solo para conseguir ese maldito puesto en el gobierno?

—Considéralo un intercambio, Jimin.

—Para mí suena a la misma mierda.

—Cuida tus modales —gruñó con una voz más grave, causando que Jimin bajara automáticamente la cabeza y su postura se encogiera. Odiaba cuando su madre usaba esa voz de alfa para controlarlo—. Kim Namjoon es apuesto, millonario, educado. No puedo imaginar un mejor prospecto.

—Solo que no es mi tipo —musitó el omega, casi como un gemido.

—No tiene que ser tu tipo —dijo Shinhye, colocándose de pie y rodeando su escritorio hasta llegar frente a Jimin—. Tu padre no era mi tipo y luego, me comenzó a agradar.

—Sí, y siempre lo has visto como inferior a ti

—Bueno, hijo —murmuró, colocando una mano sobre el hombro de Jimin, quien levantó la mirada—. En teoría lo es, y tú también lo serás ante Namjoon si no aprendes a controlarlo. Recuerda el poder que puede tener un omega frente a un alfa como ese.

—No puedo creer lo que estás diciendo, mamá. ¿En serio no hay en ti una pizca de aprecio hacia mí?

—Lo hay, claro que sí. Yo te creé, eres mi hijo.

—Y tu marioneta —masculló el rubio omega, apartándose con brusquedad del tacto de su madre.

—No olvides que mañana tendremos una cena en la mansión Kim. Ponte lindo y no te quejes.

—¿Y si no me da la gana de ir? —inmediatamente, y de manera impredecible, la alfa tomó el cuello de Jimin con fuerza. Sus garras salieron y sus ojos se tornaron de un rojo asesino.

El rubio jadeó, sentía cómo las garras le lastimaban la piel, pero en ningún momento bajó la cabeza ni apartó la vista.

—Más te vale que te dé la gana, porque sino, volveré a encerrarte en Bellshold —gruñó antes de soltarlo con la misma brusquedad.

Jimin respiró profundamente, tratando de recuperar el aire que había perdido y llevó automáticamente la mano a su cuello, acariciando sus recientes heridas.

Sin decir nada más, abandonó la oficina de su madre casi corriendo.

Salió de la enorme mansión que, más que moderna, parecía un castillo antiguo y tenebroso. La noche ya había caído y gracias a la nieve de diciembre, las carreteras estaban congeladas.

Aun así, eso no detuvo a Jimin, quien de inmediato subió a su camioneta, tomó el volante con fuerza y encendió el motor sin mirar atrás, aunque le pareció escuchar la voz de su padre gritar su nombre al alejarse.

Tenía asco de sí mismo. No podía creer lo débil que era y el miedo que le tenía a su propia madre. Ya una vez lo había mantenido encerrado en Bellshold por un año, y no volvería a arriesgarse a ello.

Puto Bellshold.

Era una especie de manicomio para alfas y omegas defectuosos, o mejor dicho, para deltas y gammas.

Lo peor de lo peor en cuanto a la jerarquía social.

Jimin no soportaba que su madre lo hiciera pasar por un demente cada vez que no cumplía con sus deseos. La primera vez de encierro fueron solo un par de semanas. La segunda vez tardó seis meses en salir. Y la última vez le había costado un año entero.

Mientras más se resistía a los deseos de su madre, más tiempo pasaba encerrado y rodeado de verdaderos dementes.

Como si de una falla extraña se tratara, o tal vez como un llamado de atención del más allá, la radio de su auto se encendió sola. No había más que un sonido chirriante e insoportable y Jimin intentó bajar el volumen, pero era imposible; incluso eso parecía fallar.

—¡Me lleva el diablo! —se quejó, golpeando el volante.

Miró que no viniera nada delante y se inclinó nuevamente, esta vez tratando de encontrar la manera de apagar o desconectar la radio.

Al final, sus intentos lo llevaron a golpear con toda la fuerza que tenía la maldita pantalla, causando que esta se rompiera en pedazos y destrozara sus nudillos, pero al fin se apagó.

Jimin escuchó de pronto el pitido de un auto y levantó la mirada hacia el camino.

Su corazón se apretó, un grito ahogado salió de su garganta y sin importar el dolor de su mano, apretó el volante y giró lo más rápido que pudo.

Su camioneta se desvió de la carretera, salió hacia el bosque y se estrelló contra un árbol.

Jimin gruñó en cuanto su cabeza cayó de nuevo recostada en el asiento.

Gracias al impacto, su frente había golpeado el volante y la sangre que salía de esa herida le nublaba la visión. Con dificultad y con el aire escapando dolorosamente de sus pulmones, el omega bajó como pudo del auto, encontrándose en medio de la oscuridad del bosque.

—No puede ser, Luna —se quejó con la voz entrecortada, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no logró contener más tiempo—. Este no es mi día, pero la solución no era asesinarme.

Jimin miró a su alrededor, dándose cuenta de que se había alejado demasiado.

Tenía que comenzar a caminar para encontrar de nuevo la carretera y pedir ayuda, pero en lo único que pensaba era en la enorme cantidad de dinero que se gastaría reparando aquella camioneta. Quizá comprar una nueva sería la mejor opción, pensó, y dejó escapar un suspiro.

Cuando estaba a punto de comenzar a caminar en dirección contraria a la camioneta estrellada, un aullido grave resonó por todo el lugar y un escalofrío recorrió la espalda del omega.

Observó el cielo y se dio cuenta, por primera vez esa noche, de que la luna llena bañaba la copa de los árboles con un blanco intenso.

Frunció el ceño y quiso ignorarlo, pero de nuevo escuchó aquel aullido, que esa segunda vez sonó más como un alarido de auxilio.

—¿Es una señal? —cuestionó hacia la diosa lunar y exhaló decidido.

Con pasos inseguros, el corazón latiendo descontrolado en su pecho y las manos temblorosas, caminó más adentro del bosque, siguiendo aquel fuerte aullido que nunca antes había escuchado.

Caminó y caminó en medio de la oscuridad, con temor, pero sin detenerse. No tenía idea de por qué lo hacía; era como si su lobo interior lo guiara.

Quizás la luna llena lo estaba volviendo loco.

Antes de darse cuenta, se detuvo en medio de un hermoso jardín despejado, como un claro. A menos de trescientos metros vio cómo una enorme casa con estructura aristócrata y renacentista se alzaba con paredes blancas. Reconocía bien esa mansión; había estado allí un par de veces antes.

La casa de la manada Jeon.

Dio un paso adelante con inseguridad, ya que algo en su corazón le gritaba que no se acercara más. Pero nuevamente aquel aullido llegó a sus oídos, más fuerte que los anteriores y volteó inmediatamente hacia su derecha.

Divisó a lo lejos unas puertas enormes y enrejadas que parecían ser la entrada de un búnker contra tornados. Tragó en seco y prácticamente sin pensarlo, caminó hacia el lugar. Este ni siquiera tenía candado, como si los dueños estuviesen más que seguros de que nadie se atrevería a bajar allí.

Pero Jimin no era cualquier omega; era un omega conocido por ser desafiante e impredecible.

Tomó las puertas y las abrió sin pensar e inmediatamente, frente a él se mostraron unas extensas y oscuras escaleras que, aunque le causaban escalofríos, se atrevió a descender.

Mientras más adentro estaba, el sonido agonizante de gemidos se intensificaba.

Jimin bajó hasta el último escalón y caminó hasta llegar al centro de una extensa habitación con paredes de piedra húmeda. Sobre el techo había un hoyo, como si se tratara de una especie de pozo de agua, por el que se filtraba la luz de la luna.

En el fondo divisó algo parecido a una pelusa enorme y blanca, pero no le halló forma, no hasta que decidió acercarse más.

De pronto, un paso en falso lo hizo resbalar torpemente, aunque logró sostenerse de las paredes húmedas antes de caer.

Fue en ese momento que aquella pelusa blanca tomó forma.

Se trataba de un enorme lobo, de ojos dorados y brillantes, pero de contextura delgada, casi desnutrida. Jimin dio un paso atrás con nerviosismo, en cuanto el lobo se irguió sobre sus cuatro patas y le gruñó.

El olor que desprendía era ácido, como vinagre de manzana, y de inmediato su instinto le gritó que saliera de ese lugar.

Pero no lo hizo, porque más que molestarlo, aquel olor le generaba atracción y curiosidad.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó con voz temblorosa, dando un paso adelante, pero antes de que pudiera acercarse más, el lobo se abalanzó hacia él, intentando morderlo.

No lo logró gracias a unas cadenas que sostenían sus patas traseras, aunque de igual manera Jimin cayó de lleno al suelo y se arrastró hacia el fondo para alejarse.

—No trato de molestar —musitó, extendiendo su mano herida y temblorosa hacia el enorme animal.

Este dio un paso más hacia el omega, atraído por su fuerte aroma a cerezas frescas, el cual se intensificaba mientras más temblaba su cuerpo.

Los ojos dorados del lobo se posaron sobre la sangre de sus nudillos y sin poder evitarlo, se acercó a oler el metal de su herida.

El rubio cerró los ojos, viéndose perdido, mientras las uñas de la mano que mantenía apoyada en el húmedo suelo de lodo se enterraban con la intención de aferrarse a algo más que a su vida.

Sin embargo, el supuesto ataque que temía, no llegó.

En su lugar, sintió la calidez y la suavidad de algo sobre sus nudillos doloridos y abrió los ojos de golpe.

Su corazón dio un brinco y su estómago se apretó en cuanto sus ojos se posaron sobre aquel hombre frente a él. Estaba completamente desnudo, con marcas de cicatrices en los costados de su cuerpo y brazos. Su abdomen estaba marcado, al igual que su pecho, aunque su contextura seguía siendo delgada.

Su cabello negro caía húmedo sobre la frente y entre sus manos, sostenía la de Jimin mientras pasaba suavemente su lengua sobre las heridas del omega.

—¿Cuál es tu nombre? —volvió a preguntar, sin apartarse.

El hombre levantó su mirada de ojos dorados hacia Jimin, pero no dejó de lamer sus heridas. Fue en ese momento que los ojos del omega se tornaron más oscuros y su lobo interior aulló, queriendo dejar salir sus instintos más salvajes.

El rubio temblaba, pero ya no era por miedo, sino por lo que ese extraño le hacía sentir.

Este dejó de lamer sus nudillos y se acercó con lentitud hacia Jimin, quedando sobre su cuerpo.

Jimin no se movió ni un centímetro; al contrario, lo observó detenidamente. El hombre olfateó el cuello del rubio con una satisfacción que no supo esconder y luego volvió a mirarlo a los ojos.

Sus rostros estaban tan cerca que sus respiraciones y aromas se mezclaban.

—Soy… Jung… kook —dijo tartamudeando, aunque sonó más a un gruñido—. Jungkook —repitió, un poco mejor.

—Eres un delta —jadeó Jimin en cuanto reconoció de nuevo ese aroma ácido.

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