PRÓLOGO
Hace doscientos años, se firmó un tratado que cambió la historia. Fue el acuerdo que permitió que humanos y vampiros dejaran de ser enemigos para convertirse en vecinos, algo irónico, en realidad. Se prometió que, con reglas estrictas, el miedo desaparecería y con una paz casi irreal podrían mantener su vida cotidiana.
Sin embargo, el miedo no logra desaparecer, es constante, pero se puede camuflar con una sonrisa.
Ambas especies caminan por las mismas calles, frecuentan los mismos lugares y comparten el mismo aire. Es extraño, ¿verdad? Todo parece normal, hasta que un humano se corta por accidente, o un vampiro pierde, apenas por un segundo, el control de su instinto natural. El tratado sigue en pie, pero es un hilo tan fino que parece que bastaría con un simple descuido para que toda esa frágil convivencia se rompa.








