El Legado por Tephy B en Inkitt
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El Legado

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Sinopsis

Un terrible mal yace atrapado en donde se encuentran los cuatro reinos, y solo el sacrificio los salvará a todos.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Tephy B
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 - Amaya


El sudor recorre mi frente. Me siento tensa. Mis músculos están fatigados, pero a pesar de eso consigo levantarme del asfalto en el que mi cuerpo impactó. Un dolor punzante recorre mi brazo izquierdo. Es mi hombro dislocado. Muerdo mi labio para evitar gritar ante el dolor al momento de reducir la luxación. Exhalo con fuerza y me dejo caer. Unas figuras corpulentas van acercándose en mi dirección. Visualizo a tres hombres frente a mí y escucho las pisadas de dos más aproximándose en mi punto ciego. Me incorporo rápidamente, pero los dos de mi espalda me rodean con el humo que desprenden de sus cuerpos. El olor es sofocante y la sensación térmica es casi insoportable. Nadie que no domine el fuego elemental podría resistir algo parecido. Es casi inhumano.

Veo dos destellos de luz pasar por mi costado: el primero consigue atrapar mi atención, mientras que el segundo aprovecha la ventaja e impacta contra mí, provocándome un corte en mi costilla izquierda. Hago el intento por cauterizar la herida, pero en un movimiento imprevisto sale un tercer hombre. De sus puños emana un fuego azul que se intensifica en el acto en que salta y aterriza con brutalidad en mi posición. Rápidamente consigo esquivarlo y contraataco lanzando una patada lateral que impacta en su mejilla. Retrocedo. Aprovecho esa única ventaja que tengo para golpear la tierra, levantando un anillo de fuego a nuestro alrededor para aislarlo de sus aliados. Observo que intenta absorber las llamas con su habilidad ígnea.

Es inútil.

Me mira de reojo intentando reincorporarse.

—Mis flamas tienen una composición distinta a la de tu elemento. No vas a poder absorberlo sin sufrir quemaduras.

Alza la mirada y, asumiendo que intentará impulsarse con su habilidad para escapar de mi prisión, decido cerrar la superficie, encapsulándonos en una cúpula.

La densidad de mi fuego es superior. Unos minutos más y el oxígeno se agotará para él.

Me acerco con lentitud mientras observo cómo empieza a ahogarse. Sujeta su garganta con ambas manos, como si pretendiera direccionar el aire a sus pulmones. Se deja caer y veo sus ojos observándome con anhelo, con ese impetuoso atisbo de súplica que ya he visto en otras personas antes de lo inevitable.

—Me parece curioso cuando las personas hacen eso que tú estás haciendo ahora, como si pretendieran que yo seré misericordiosa frente a la situación.

Sus ojos empiezan a cerrarse.

—¿Por qué haces esto? —pronuncia con lo último que le queda de oxígeno.

Disipo las llamas que forman la cúpula de fuego y veo cómo se aproximan el resto de mis oponentes. Me abro paso a través de ellos lanzando flechas ígneas a quienes se me atraviesan.

Uno de ellos bloquea mi visión con el humo negro que expande de su cuerpo. Saco mi espada y retrocedo manteniendo alerta mis sentidos. Sé que me atacarán por detrás. Siento unos pasos rápidos. Volteo con cautela. No hay nadie.

Los escucho otra vez. El humo se hace denso. Volteo nuevamente y veo una gran esfera de magma dividirse en diez, apuntándome.

Me tienen rodeada.

Bloqueo su ataque creando anillos de fuego a mi alrededor que impactan contra las esferas, las cuales salen dispersadas a gran velocidad, alcanzando a mis adversarios. Veo que intentan repeler el ataque utilizando muros de fuego, pero la incompatibilidad elemental que tienen algunos con esa técnica termina por herirlos.

Solo quedan dos.

Saco mi espada y avanzo con rapidez hacia ellos. Lanzo un tajo en dirección diagonal que esquiva el más alto de los dos con una de sus dagas, mientras que el otro me apuñala en donde uno de sus refuerzos me había hecho un corte. Pierdo el equilibrio y caigo.

El más alto me atrapa con unas cadenas de fuego, mientras el más bajo, visiblemente agitado, sostiene la empuñadura de su espada con ambas manos. Respira con dureza y viene con furia hacia mí.

Me preparo esperando el ataque.

Sujeto las cadenas y regulo mi temperatura corporal para fusionarme con estas. En ese último segundo llevo las cadenas hacia adelante, juntándolas y encadenando a mi oponente.El segundo intenta contraatacar, pero en un barrido consigo derribarlo al impactar el cuerpo de su aliado contra el suyo.

—Maldita perra… —Azrael, el de la espada, escupe entre dientes mirándome con desprecio, intentando recuperar el aliento. Veo el horror en la cara de su aliado ante su expresión—. ¡Hija de puta! ¡Lo asesinaste, maldita psicópata!

—Su debilidad solo representaría desventajas en un momento de tensión bélica como el que vivimos.

Su mirada no se aparta de la mía, pero realmente no causa nada en mí más que insatisfacción.

El chico no había muerto. La cúpula había sido abierta antes de dejarlo completamente sin oxígeno. Sin embargo, era vital para el entrenamiento que así lo creyeran. Ellos no parecen ser conscientes de lo indisciplinados que son, y he ahí las consecuencias.

—Tendrías que tener un mínimo de inteligencia para considerar las bajas que habríamos tenido con un desperdici...

El impacto húmedo frenó mis palabras de golpe.

No me inmuté ante la situación. Normalmente es algo de rutina.

Suspiro, limpiándome el rastro de saliva en mi mejilla.

—¡Princesa Amaya! ¡Lo siento mucho! Disculpe a Azrael. Yo asumiré toda la responsabilidad. Prometo que mejoraremos para la siguiente prueba, pero, por favor, permítanos seguir entrenando para ser parte de la Guardia Real.

Nunca he entendido la súplica. Me parece de lo más patético, sobre todo en tiempos como en los que estamos. Preferiría aceptar mi muerte que suplicarle a alguien que perdone un error mío y me permita la vida.

Estos no son más que niños queriendo ser soldados.

—¿Por qué tendría que hacer eso? ¡Tienen una oportunidad para probar su valía para el Reino de Ignar!

Alzo la voz asegurándome de que los caídos alcancen a escucharme.

—¡Su incompetencia pudo costarle la vida a su capitán, sarta de imbéciles!

El fuego responde ante mi intensidad.

Jamás le quitaría la vida a uno de mis entrenados, pero el que lo supusieran no es lo que me enfurecía, sino el hecho de que nadie más que yo parecía entender que el poder territorial del reino de Ignar dependía de mantener nuestra superioridad bélica. Ellos tenían que asumir su error y aprender a ser competentes. Aun así, ellos no eran los únicos que habían dado un desastroso espectáculo en el campo de entrenamiento. Sin más que decir, me dispuse a retirarme del lugar. Tenía que encargarme de mis asuntos.

—¡Su Alteza!

Escucho a Basilio, el Comandante en Jefe de la Legión Carmesí, acercándose a mí mientras entramos al cuarto de armas.

Ese hombre está a cargo desde que tengo cuatro años. Unos veinte años después sigue exactamente igual, aunque su cabello oscuro empezaba a aclararse. De hecho, parte del entrenamiento de las nuevas tropas se debe al retiro del Comandante. Otro debe asumir su puesto o faltará cuerpo bélico en las misiones.

—Permítame un momento hablar con usted.

—Tú me entrenaste desde que tengo uso de razón. Prácticamente eres como un padre para mí, así que te agradecería que puedas prescindir de los títulos.

Me quedo viéndole unos segundos para luego dedicarme a limpiar mi espada.

—Perdóname, Amaya.

Carraspeó la garganta antes de proseguir.

—Me da mucho gusto que puedas recordar esas largas jornadas de entrenamiento. Nunca, en todos mis años entrenando a los jóvenes que hoy conforman la Legión Carmesí, he podido notar esa ferocidad y precisión que tú tienes.

No negaré que eso alimentó mi ego.

Que alguien como él, a quien Ignar debe la presión territorial que tenemos sobre el resto de los reinos, me reconozca como alguien valiosa para las tropas es un honor.

—Y por lo mismo, tengo una fuerte preocupación por cómo diriges a tus entrenados.

Su mirada dejó de verme con orgullo. Pasó a darme esa mirada que tanto me genera tirria.

Como si sintiera lástima por cómo soy.

—Permíteme cortarte ahí.

Dejo la espada de lado y hago un ademán con la mano para que no continúe su sermón.

—Tú me entrenaste para que se me quedara grabado en la mente que, una vez estando en guerra, la misericordia se vuelve un valor obsoleto por todos aquellos que luchan.Ninguno de nosotros puede titubear cuando estamos en el campo de batalla, porque ellos no dudarán en utilizar eso como ventaja.

—Yo sé bien lo que te he enseñado, niña. Conozco con precisión tus destrezas y, por más que pretendas ser perfecta, también puedo reconocer que evalúas demasiado tus movimientos, otorgándole ventaja estratégica al enemigo.

Continúa sin siquiera respirar.

—Tu defensa es débil. Tu capacidad de reacción para curarte a ti misma es inexistente, sabiendo que tu elemento te da la habilidad de poder hacerlo, a diferencia del resto.

Bajé la mirada y la fijé en un punto de mi espada.

Me había descubierto. Maldito viejo. Incluso a su edad era capaz de reprenderme. No obstante, él tenía razón. Todos esos errores pudieron costarme la vida en una batalla real.

—No te lo señalo para hacerte sentir mal ni desmerecer tu esfuerzo, porque, como dije antes, eres la guerrera más formidable de la Legión.

—Pero sí deberías considerar que cuando entrenamos a nuestra gente, nuestra función es hacerlos feroces e implacables, pero también servir como guías para que puedan mejorar y ser piezas valiosas.

Se queda en silencio unos segundos, buscándome la mirada, como si esperara una suerte de disculpa o redención de mi parte.

—El chico va a estar fuera de servicio un par de días hasta recuperarse.

No pensaba decir nada. No iba a disculparme por mi forma de hacer fuertes a los soldados. Son mis entrenados y nadie, ni siquiera Basilio, tendría que inmiscuirse en cómo decido llevar a cabo el entrenamiento.

—Hasta entonces, designaré a otra persona para que pueda reemplazarte en el campo y quedarás relevada de tus misiones hasta que vea un cambio positivo en ti.

—¡¿Pero qué putas estás diciendo, viejo de mierd…?!

Sentí el ardor en mi mejilla.

Su rostro había cambiado de expresión. Yo sabía que había ido lejos.

—¡No te atrevas a pronunciar una palabra más, mocosa insolente!

Al menos ya no me miraba con lástima.

—Tus reclamos me son completamente indiferentes. Podrás ser la princesa y heredera absoluta de Ignar, pero en el campo de batalla, soy tu superior y harás lo que yo te ordene, ¿comprendes?

Escupió con furia un susurro cerca a mi oído. Me callé y solo procedía a asentir.

Basilio tomó distancia intentando calmarse, para luego salir del cuarto de armas.

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Esa noche tenía que prepararme para la cena que tendríamos con el consejero real de Ignar y su hijo, Astor Draven. Era parte de mis obligaciones darle un heredero al reino y continuar con el linaje real, que la pureza elemental prevaleciera durante generaciones. Mi madre, Aurora Solvariam, era una mujer con una alta conciencia del deber. Desaprobaba categóricamente mi deseo de pertenecer a la Guardia Real de Ignar: diseñar planes para expandirnos territorialmente, comandar tropas y participar de manera directa en la guerra. De hecho, fue todo un reto intentar convencerla de que mi deseo personal no iba a interferir con mi deber como princesa.

Parte del trato fue que, cuando llegara el momento, yo estaría dispuesta a contraer nupcias con el hombre que ella considerara adecuado para mí. Ese día había llegado y, muy a mi pesar, solo me quedaba verme presentable para un perfecto desconocido al que le prometería amor y fidelidad por el resto de mis días. Mis pensamientos se desvanecieron al instante en que mi madre entró intempestivamente, acompañada de dos de sus damas. Una de ellas llevaba una caja bastante grande que, por el diseño y la textura del cartón, parecía contener mi vestido.

—Amaya, ¿acaso requiero una audiencia contigo para solicitarte que te quites la armadura? Es inaceptable —reprendió mi madre mientras hacía una señal para que la dama que cargaba la caja la dejara sobre mi cama—. He hecho un cambio bastante insignificante en el diseño de tu atuendo. Me parece que te gustará.

—¿Por lo menos puedo elegir qué ropa interior utilizar?

Las damas rieron como respuesta a mi comentario, pero, ante la mirada de mi madre, las risas cesaron.

—Perdón, madre. Estaré presentable para la cena de esta noche. Pierde cuidado.

—Apresúrate. Es inapropiado llegar tarde a tus compromisos.

Mi madre se retiró. Mi dama entró un poco temerosa de la situación que seguramente había escuchado detrás de la puerta de mi habitación.

—Mi lady, disculpe la demora al preparar su baño para la ocasión. Hablaré con la reina y asumiré la culpa.

Oxanna, mi dama, a veces podía ser bastante lenta con las funciones que se le encargaban, pero, antes que todo, era mi mejor amiga… o algo parecido. Por sobre todo, era la persona en quien más confiaba en todo el reino.

—Ox, está bien, fue mi culpa. El entrenamiento ocupó más tiempo del necesario y no pude avisarte.

Me dispuse a quitarme la armadura frente a ella. Las piezas metálicas habían magullado mi piel, además de la propia naturaleza del entrenamiento, que me había dejado ligeramente adolorida. Oxanna se apresuró a ayudarme a desvestirme y a colocarme una bata blanca de seda, pero el tinte rojo tiñendo la tela no tardó en delatarme.

—¿Qué… es esto? —increpó Oxanna, sujetándome de las muñecas, innegablemente preocupada por los cortes que tenía en ellas. Heridas frescas de las cuales brotaba mi sangre.

—Sabes que hoy entrené y…

—¡No me tomes por idiota, Amaya! Te sigues lastimando…

No dije nada. Ella no entendía el porqué, y explicárselo había sido más contraproducente que favorable. Me callé y dejé que hablara.

—Simplemente no te entiendo. Eres un prodigio en tu elemento y todo el reino lo reconoce. ¿Por qué no puedes aceptar que tienes límites y que ellos no te hacen débil?

—Yo siento la presión constante de ser suficiente para Ignar. No basta con ser prodigio. Necesito ser perfecta.

—¿A costa de tu integridad física? Dime en qué le beneficia esto al reino.

—Aqualem ha estado incrementando su poder armamentístico y bélico. ¿Sabes por qué razón? Su príncipe comanda las tropas en misiones de expansión territorial, sale al campo de batalla, y el reino simplemente no hace nada al respecto cuando son más de setenta de nuestros soldados los que han masacrado. Ese hijo de perra necesita que lo detengan, pero no me envían a esas misiones. No tengo idea si es para protegerme o porque Su Majestad considera que no estoy preparada. De cualquier modo, es mi culpa, porque en ambos casos he representado debilidad.

—Entiendo tu posición y tu deber con el reino, tú sabes que es así, pero… simplemente no puedo…

Oxanna se giró. Escuchaba sus sollozos, a pesar de solo ver su cabello castaño atado en un perfecto moño. Me acerqué con cautela y la abracé por detrás, reposando mi mentón sobre su hombro. Dolía escucharla. Yo era consciente de lo que sentía, pero mi deber estaba por encima de cualquier situación. Oxanna lo entendía, y eso siempre me atrajo. Me apoyaba y me cubría cuando la situación lo ameritaba. Si bien sentía que estaba siendo injusta con ella, y que por distintas razones debería dejarla ir, no quería hacerlo. Oxanna era hermosa, frontal y fuerte. Ella era mi debilidad.

—¿Puedes girar? Quiero verte.

Oxanna giró, evitando hacer contacto visual conmigo.

—Mírame.

Apenas alzó la mirada, esos grandes ojos verdes me cautivaron por un instante. Me aparté y dejé expuestas mis muñecas.

—He practicado… La verdad duele, pero es soportable.

Las heridas en mis brazos empezaron a quemarse desde el interior, soltando una especie de humo que poco a poco se desvanecía, dejando a la vista mi piel en un estado saludable.

—¿Cómo has hecho eso?

—Te lo explicaré, pero ya es tarde. Debo prepararme para… bueno, ya sabes.

Oxanna soltó un suspiro y se limpió cualquier rastro que delatara que había estado llorando.

—Mi lady, prepararé su vestido y la joyería que usará esta noche mientras toma su baño. Por favor, apresúrese.

Asentí y salí de la habitación.

Me dirigí al baño, donde otra de mis damas estaba esperándome. Me sentía como basura por ser tan indiferente en esta situación con Oxanna, pero ambas entendíamos cuáles eran nuestras obligaciones y la posición en la que nos encontrábamos. La verdad, no creía que este día llegaría con tanta premura.

—Lady Amaya, ¿traigo su vestido o prefiere cambiarse en sus aposentos?

—Me cambiaré en mi habitación. Por favor, comunícale a mi madre que tardaré un poco más.

Salí de la tina, me coloqué nuevamente la bata y me dirigí a mi habitación en compañía de mi dama. Una vez que llegué, Oxanna me esperaba con el vestido que mi madre había preparado. Era indiscutiblemente ostentoso, muy al gusto de la reina. Era carmesí, con detalles en oro en la parte frontal del corset y las hombreras de la capa. Las mangas eran de un tul negro que, a su vez, cubría la parte interior de la falda. Bastante incómodo, a mi parecer, pero apto para la situación a la que me enfrentaría.

—Se verá hermosa esta noche, lady Amaya. Comunicaré a su madre que bajará enseguida.

Ivette, mi segunda dama, era bastante más eficiente que Oxanna. Quizá también por el hecho de ser mayor. Ella no me cubría en mis impertinencias; de hecho, se las comunicaba a mi madre. Deshacerse de ella, sin embargo, era bastante fácil. Apenas cerró la puerta, me apresuré a vestirme. Tomé una de las túnicas que solía usar para pasar desapercibida en el reino. La tela era negra y el corte llegaba a mis muslos. Los pantalones estaban confeccionados con el mismo material, lo suficientemente holgados para desplazarme con facilidad. Sobre la túnica, me puse la sobrevesta y el cinturón que portaba mi espada. Terminé con las botas de cuero y tomé mi capa carmesí para disponerme a trabar la puerta, ante la mirada nerviosa de Oxanna.

—¿Qué haces? Tienes una cena con la familia Draven esta noche. ¡No vas a escaparte para hacer tus babosadas de rutina!

Me apresuré a taparle la boca para no llamar la atención y que alguien viniera por mí.

—Necesitas bajar la voz.

Solo cuando sentí que se tranquilizaba bajé la mano.

—¿Puedes confiar en mí una última vez?

Asintió con inseguridad.

Salir por la puerta principal de mi habitación no era una opción viable. Los guardias custodiaban los pasadizos cercanos, así como las escaleras y las murallas del castillo. Ni siquiera era posible salir por la ventana. Ya había agotado ese recurso, por lo que habían enrejado esa zona de mi habitación. Sin embargo, la chimenea que yacía en el estudio de mi pieza era mi única opción.

—¿Recuerdas cuando te enseñé a desaparecer con las cenizas?

Oxanna me miró desconcertada.

—Necesito que lo hagas cuando te diga.

—Pero no lo he practicado. Voy a quemarme apenas toque el fuego.

—No pasará. La materialidad de tu elemento son las cenizas. No puedes quemarte, porque las cenizas son la última etapa de transformación del fuego.

Oxanna soltó un suspiro pesado. Tomó mi mano con fuerza y asintió.

—Está bien. Hagámoslo.

La llevé frente a la chimenea. El fuego era bastante intenso. Oxanna cerró los ojos.

—Bien. Entrarás conmigo a mi señal.

Me detuve a observarla. Estaba nerviosa. Sinceramente, yo también. No sabía qué sucedería luego de mi desacato, pero necesitaba esta última noche para nosotras. Necesitaba creer que solo seríamos Oxanna y yo para siempre.

—¡Ahora!

Oxanna y yo nos hicimos cenizas.

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