Atada Al Dios Que Me Odia por MTAMAKI en Inkitt
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Atada al dios que me odia

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Sinopsis

Hace miles de años, un juramento de amor a la luna condenó a un dios a vagar por la Tierra. Hoy, Tsukuyomi, el dios de la noche, sigue atado al mundo mortal por culpa de una promesa que jamás pidió. Su ancla: Yua, una chica con la peor suerte del universo, que detesta su vida y su desgracia. Cuando la mala suerte de Yua la lleva a un encuentro con el dios, el odio es instantáneo. Él la desprecia por su temperamento e ignorancia. Ella lo detesta por su arrogancia y crueldad. Sin embargo, su vínculo es más fuerte que su enemistad, y la tensión entre ellos es palpable. Atrapados en una convivencia forzada, Yua y Tsukuyomi se verán obligados a cooperar. El destino los quiere juntos, pero su naturaleza los empuja a destruirse. La pregunta no es si pueden amarse, sino si pueden sobrevivir a un vínculo tan peligroso como la noche misma.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
MTAMAKI
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1



Capítulo 1: Juramento Bajo la Luna Llena

La luz de la luna llena se filtraba entre los cerezos en flor, pintando sombras danzantes sobre el rostro de la joven. No era una belleza convencional, pero sus ojos, profundos y curiosos, ardían con una pasión inusual. Frente a ella, el altar de piedra pulida resplandecía bajo el pálido influjo nocturno. El aire vibraba con la promesa de algo trascendente.

Con las manos elevadas, los cascabeles de su pulsera resonaron y la tela de su kimono ondeando suavemente al viento, pronunció el juramento con una voz clara y firme, cargada de una devoción que trascendía el tiempo.

—Tsukuyomi no kami —dijo—, dios de la noche, de la luna y la naturaleza. Hoy te juro amor eterno, una promesa que ni la muerte ni el renacimiento podrán romper. Que mi alma te busque a través de las eras, y que solo en tus brazos encuentre mi destino final.

La luz de la luna pareció intensificarse un instante, como si la promesa hubiera sido escuchada y aceptada por el mismísimo cielo.

[Miles de años después]

El eco de esa promesa se había desvanecido para la joven que ahora era Yua. Su suerte, en esta vida que distaba mucho de ser mística, era un chiste de mal gusto. Despertar cada mañana era como jugar un pésimo videojuego de pelea: luchaba con todo, y al final, sin lograr nada. Totalmente patético. Su realidad consistía en trabajar en una librería de segunda mano, con un olor perpetuo a papel viejo y moho.

Hoy no era la excepción. Un cliente de mal gusto se quejaba nuevamente por un libro mal catalogado mientras Yua intentaba, con una sonrisa forzada, resolver el problema. Cuando fue a buscar otro ejemplar, tropezó con una pila de novelas apiladas torpemente, enviando una cascada de lomos gastados al suelo. El estruendo fue seguido por un coro de quejas del cliente, que ya la miraba como si fuera la mismísima encarnación del caos.

En el amor, por otra parte, las cosas eran peores. Su última cita había terminado con el chico confesándole que en realidad estaba enamorado de su mejor amigo. Antes de eso, otro tipo que supuestamente no tenía tiempo y a la semana ya tenía novia nueva. Y así, siempre. Era como si el universo le hubiera puesto un cartel de “No Tocar: Peligro de Desastre Romántico”. El cansancio de ese día, y de tantos otros fracasos, pesaba en sus hombros. Cuando cruzó la puerta de su apartamento, lo único que deseaba era desaparecer.

—Ya volví —dijo Yua mientras se tiraba en la cama, totalmente agotada, recibiendo consuelo solo de su pobre conejo que la miró con ojos somnolientos.

Tomó su celular y comenzó a mirar las redes sociales, tratando de despejarse. En eso, mientras bajaba, vio una publicación sobre un templo que, al parecer, si uno le rezaba, todo mejoraba. Obviamente no creía nada, ya que, siendo realista, con su suerte, ¿acaso creería en alguien a estas alturas? Obviamente no, aunque recordó que su familia decía que sí servía.

—Bueno, a esta altura, mejor un exorcismo, ¿no? Jajaja —le dijo al conejo, que comía como si este pudiera responder—. Y… por eso los clientes me llaman loca —suspiró y dio un aplauso, decidida—. Bueno, me voy.

Se puso un suéter y fue al mismísimo templo que prometía una vida mejor. Al llegar a las escaleras, ya se arrepentía al ver la cantidad de escalones que había. Tomó aire y subió. Obviamente, a la mitad ya se estaba muriendo. Luego de llegar a la cima, donde estaba el templo, estaba totalmente agotada.

El incienso, espeso y dulce, se aferraba a la ropa de Yua como una segunda piel, pero aun así no lograba calmar la irritación que la carcomía. Las ofrendas florales adornan discretamente los rincones, y el suave sonido de una campana lejana acentuaba la quietud del atardecer. Era difícil creer que había ido, aun cuando el sol ya estaba desapareciendo, y ahora estaba de pie en este antiguo templo, no por devoción, sino por pura desesperación. Llevaba años escuchando a su tía y a su madre decir: “¡Ve a un templo! ¡Limpia tus energías! ¡Sácate la mala suerte!“.

Y la verdad era que la mala suerte, ya sea en el amor o en la vida, le había echado raíces profundas y dolorosas. Cada cosa que intentaba con todas sus fuerzas terminaba en un desastre cómico o una herida abierta. Era como si una fuerza invisible y cruel se interpusiera entre ella y cualquier atisbo de felicidad. Por eso estaba aquí, con las manos juntas, la cabeza gacha, esperando sentir algo, lo que sea, que le indicará que el universo por fin le daría un respiro.

Levantó la vista hacia la estatua principal, un rostro sereno y enigmático que parecía mirarla con una infinita paciencia. ¿Realmente creía en esto? No estaba segura. Pero si había una mínima posibilidad de que este lugar, o cualquier deidad, escuchará su súplica, estaba decidida a intentarlo.

—Tsu… —solo cerró los ojos un segundo para suplicar con fervor, cuando sintió una salpicadura tibia y pegajosa en su frente. Abrió los ojos de golpe. Un olor agrio. Llevó una mano a su frente y la retiró asqueada: ¡popó de pájaro! ¡Justo a ella! De todos los lugares, en medio de un templo sagrado, una paloma había decidido coronar con su “bendición”.

Fue la gota que colmó el vaso. Toda la frustración acumulada explotó en su interior. Miró la estatua, que ahora parecía burlarse de ella con su imperturbable calma.

—¿¡Esto es lo que me das, eh!? —masculló Yua entre dientes, la voz temblorosa de rabia—. ¡Tanta charla sobre la paz y la buena suerte, y lo único que recibo es una mierda de pájaro en la cara! ¡Mi vida ya es un desastre, no necesito más de esto! ¡Estúpidos dioses que no sirven para nada! ¡Pedazo de porquería, solo les gusta ver sufrir a la gente y burlarse!

Con un gruñido furioso, su pie se levantó y pateó la base de la estatua con toda su fuerza. El golpe resonó en el silencio del templo, un sonido de irreverencia pura.

Con el corazón latiendo a mil y la cara ardiendo de vergüenza y furia, Yua se alejó a zancadas, buscando desesperadamente un lugar para limpiarse. Tropezó con un pequeño pabellón de madera, con un techo arqueado y una fila de cacerolas de bambú reposando sobre una fuente de piedra. Era el temizuya, el lugar donde los visitantes se purificaban antes de entrar al templo principal. Con prisa, tomó una de las cucharas de bambú, abrió la llave del agua y dejó que el chorro cristalino llenará la cacerola. La mancha en su frente ya se sentía como una marca vergonzosa, un sello de su mala suerte y de su explosión de mal genio.

Mientras se lavaba la frente con el agua fresca, sintió un extraño escalofrío que no venía del frío del agua. Era como si una corriente helada le subiera por la nuca. Al levantar la vista, volteó a todos lados nerviosa y volvió a lo suyo, pero mientras estaba terminando, alzó la vista y la presencia se hizo innegable.

Una figura se materializó frente a ella, justo al otro lado del temizuya, como si la propia sombra de la luna se hubiera solidificado. Era un hombre con una presencia que eclipsaba todo lo demás. Sus ojos, tan fríos y plateados como la luz de la luna en una noche sin estrellas, la taladraban con una mirada cargada de irritación y disgusto. Sus ropas, de tonos oscuros y profundos, parecían absorber la poca luz alrededor. El aire a su alrededor se volvió gélido.

Su voz resonó en el silencio del templo, no como un susurro, sino como el eco de una autoridad ancestral, teñida de un evidente mal humor.

—Tú —comenzó, y su mirada se detuvo en la mancha húmeda sobre la frente de Yua con un asco evidente—, la que tiene mierda de pájaro en la frente... ¿Te atreviste a patear mi estatua?

Yua se quedó helada, el agua goteando de su frente y su mano. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Era una cámara oculta? ¿Estaba soñando? La figura frente a ella era demasiado real, demasiado imponente para ser una ilusión. El asombro la golpeó, seguido de una punzada de terror. Sus ojos fríos no eran de este mundo, ni la forma en que el aire a su alrededor parecía comprimirse.

—¿Y… y a ti qué te importa? —logró tartamudear Yua, su voz apenas un hilo. Se sentía pequeña, insignificante, y ridículamente vulnerable con la mancha de guano aún reciente.

La mirada del desconocido se endureció aún más, y un destello plateado cruzó sus pupilas. Sus ojos se fijaron en ella con una intensidad escalofriante, y en su muñeca, una pulsera con cascabeles vibró sutilmente. Un reconocimiento gélido, una comprensión repentina, invadió sus rasgos perfectos. No era solo rabia por la patada; era algo más profundo, un resentimiento ancestral que lo recorrió como una descarga eléctrica.

—¡Tú! —su voz ya no era un simple fastidio. Era un trueno reprimido, lleno de siglos de frustración y un destino no deseado. Sus dedos, que antes parecían hechos de luz de luna, se tensaron. Con una velocidad que Yua apenas pudo registrar, el hombre se lanzó hacia ella, y sus manos, sorprendentemente fuertes y frías, se cerraron alrededor de su garganta.

La presión cortó su aliento. Sus ojos plateados, a centímetros de los de Yua, ardían con una furia incontrolable.

—¡Tú eres la culpable! —siseó, y el temizuya pareció estremecerse con el eco de su ira—. ¡Por tu juramento, por tu estúpida promesa, he estado atado! ¡A tu existencia patética!

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