Personalizar legibilidad
Aa

La flama de la serpiente emplumada

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En un mundo donde la bondad es castigada y la supervivencia tiene un precio cruel, Lir ha pasado su vida soportando el desprecio y el abuso. Vendido como una simple moneda de cambio por una familia que lo adoptó solo para usarlo, su destino parece sellado la noche en que es entregado como tributo a Yaak, una imponente deidad dragón de fuego temida por los hombres. Sin embargo, cuando el monstruo contempla a su ofrenda, descubre algo insólito: un corazón puro y ajeno a la maldad humana. En lugar de devorarlo, el dios lo perdona, y lo que comienza como un rescate despierta una peligrosa y fascinante atracción. Pero las deudas con los dioses no se pagan fácilmente, y entre cenizas, secretos ancestrales y un amor tan cálido como letal, la vida de Lir está a punto de cambiar para siempre, arrastrándolo a un abismo donde los verdaderos monstruos caminan a la luz del sol.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Riko Ishikawa
Estado:
hace 23 días
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

El sol se colaba con timidez por los vitrales del Orfanato Segunda Esperanza, dando inicio a otro nuevo día y con ello al rígido orden de labores. Conforme los niños iban creciendo se les asignaba una mayor carga de tareas o se aumentaba su dificultad para que colaboraran con los quehaceres de la institución, puesto que no contaban con suficiente personal contratado. Sin embargo, para Lir, un chico esbelto de apenas doce años, era preferible disuadir su mente en las tareas domésticas que dejarse agobiar por sus oscuros pensamientos internos y por el rechazo constante de quienes lo rodeaban.

— ¡Lir! — alzó la voz la madre superiora, sacándolo de su ensoñación —. Tú te encargarás de limpiar el gallinero: cambia la paja, dales de comer, recoge los huevos y, si te sobra tiempo, ayuda en la cocina con la preparación —. Sin esperar respuesta, el muchacho salió al patio con absoluta obediencia.

Las instalaciones ocupaban una hectárea entera de terreno. El edificio principal se erguía imponente en cuatro niveles: los dos pisos superiores albergaban los dormitorios separados para las monjas y los niños; el piso intermedio funcionaba como salón de clases para la instrucción diaria; y la planta baja estaba destinada a la capilla, donde rezaban a diario y un sacerdote oficiaba misa cada domingo. A un costado se levantaba una segunda edificación que albergaba el comedor, la despensa y la cocina en la planta baja, mientras que el segundo piso servía como lavandería y bodega general.

Entre los pasillos se extendía un hermoso jardín de hortensias, gardenias, claveles y margaritas, cultivado y cuidado con esmero por los internos. El huerto comunitario se hallaba a pocos pasos de la cocina, y el área de los animales estaba situada en el extremo más alejado para evitar que el hedor molestara en las zonas comunes. En el corazón del complejo se alzaba una vieja noria conectada a un pozo de agua potable que abastecía a todo el lugar, flanqueada por un granero de madera oscura para resguardar las herramientas y las cosechas.

Lir disfrutaba de las actividades al aire libre; al ser un niño retraído y solitario, la naturaleza era su única forma de comunicarse sin sentirse juzgado. Aunque el trabajo era duro, siempre se hacía tiempo para conversar con las plantas y los animales.

— Lo has hecho bien, Ámbar, te lo agradezco — susurró Lir, acariciando con ternura a una de las gallinas como si intentara consolarla por arrebatarle sus crías. Se colocó ambos huevos cerca de los oídos, cerrando los ojos por un instante —… Lo siento, esta vez tampoco lo has conseguido — sonrió con melancolía, intentando animarla —. Quizá la próxima sea la buena —. Les propinó unas cuantas caricias más antes de pasar al siguiente animal, empleando un tono de voz tan dulce que parecía esperar una respuesta. Siempre procuraba dejar algunos huevos fecundados ocultos en los rincones para que las aves pudieran continuar empollando, con la esperanza de amenguar la culpa que se calaba en su pecho.

En el orfanato, Lir era tildado de loco, raro y mentiroso, lo que hacía que prefiriera la compañía de los animales. En las jornadas de adopción, nadie se interesaba jamás en él. No era por falta de atractivo; al contrario, poseía unos rasgos tan finos, delicados y una piel tan tersa que parecía una muñeca de porcelana. Sin embargo, ése encanto se desvanecía en cuanto alguien lo tocaba y él, sin poder evitarlo, decía lo que pensaba, lo que sentían las otras personas.

Unas pocas monjas le llamaban “don”, pues el pequeño era capaz de leer los corazones de las personas, revelar sus secretos más oscuros o exponer sus pesares más profundos. Al ser tan niño, carecía del tacto y la prudencia necesarios, lo que provocaba que más de uno se sintiera ofendido, profundamente avergonzado e intimidado por las verdades directas de un pequeño.

Con el gallinero limpio, la paja renovada, las aves alimentadas y la cesta repleta, Lir regresó a la cocina para ver en qué más podía colaborar. Al cruzar la puerta, escuchó murmullos tensos provenientes de la despensa y se detuvo, ocultándose tras el marco para escuchar a través de un pequeño resquicio.

— No se puede evitar, ya son dos meses de adeudo con los proveedores. No hay más que decir — sentenció la madre superiora, azotando la mesa con fuerza y haciendo temblar los frascos de conserva.

— Tenemos muchas bocas que alimentar, madre — secundó la hermana Silvia con voz temblorosa.

— Pero madre... eso sería peor que la excomunión. Ser cómplice de ése hombre es como convertirse en el mismo pecador — refutó con horror la hermana Karina.

— Ojos que no ven, corazón que no siente. No se preocupen por los detalles, yo me haré cargo de todo — aseguró la anciana con frialdad.

El pequeño de cabellos rubios se dio la vuelta cabizbajo. Sabía que el orfanato llevaba meses atravesando una crisis financiera devastadora; por esa razón habían enviado a los mayores a conseguir empleos de medio tiempo y los más pequeños ayudaban vendiendo lo poco que sacaban del ganado y la huerta. Él solo deseaba que todos los niños encontraran pronto un hogar cálido al cual pertenecer, sin sospechar el oscuro trasfondo de los acuerdos económicos de la institución.

Pasaron semanas de tensión hasta que llegó el día mensual de visitas de adopción. Las puertas se abrieron para recibir a parejas, hombres y mujeres solitarios que deseaban formar una familia o servir temporalmente como hogares de acogida. La sala bullía de murmullos, risas fingidas y preguntas vacías entre los asistentes.

— ¿Cómo te llamas? — quiso saber un hombre maduro que se apoyaba pesadamente en un bastón de madera —. No pareces muy interesado en la reunión, ¿o me equivoco? — esbozó una sonrisa torcida, una mueca rígida que no alcanzaba a reflejarse en sus ojos fríos y calculadores.

— Me llamo Lir, señor — contestó el chico, apretando las manos con fuerza por debajo de la mesa para disimular el temblor. Una intuición visceral le advertía que ese sujeto desprendía peligro.

— Qué lindo nombre. ¿Cuántos años tienes, Lir? — preguntó el hombre, quitándose el sombrero de fieltro para revelar canas prematuras que enmarcaban su rostro anguloso.

— Doce años, señor — respondió, tragando saliva con dificultad mientras intentaba mantener la postura requerida.

— Oh, ya todo un hombrecito, mi estimado. ¿Y qué te gusta hacer por aquí? — se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio personal del chico con una falsa amabilidad que helaba la sangre.

— Me encargo de las gallinas, limpio a las vacas y a veces alimento a los cerdos... Señor — murmuró, queriendo morderse los labios por los nervios, recordando las estrictas directrices de las monjas sobre la cortesía debida a los adultos.

— ¡Vaya, qué muchacho tan trabajador y obediente! — soltó una carcajada seca antes de incorporarse con lentitud y perderse entre la multitud, apoyándose con torpeza en su bastón.

Poco después, las monjas permitieron que los adoptantes interactuaran libremente con los niños. Varios menores tuvieron la fortuna de partir hacia nuevos hogares, pero Lir permaneció marginado en el patio trasero. Sin embargo, su aislamiento se vio interrumpido cuando una de las novicias lo llamó con urgencia para llevarlo a la oficina principal por una “última entrevista”. Lir no recordaba a ninguna pareja interesada en él; de hecho, había pasado toda la tarde lavando los establos para mantenerse alejado de las miradas ajenas.

— ¡Oh, ahí está mi querido muchacho! — saludó el hombre del bastón con su característica sonrisa torcida. Extendió los brazos para recibirlo y, al ver que Lir se paralizaba, acortó la distancia, pasándole un brazo pesado por los hombros para empujarlo al interior de la oficina.

— Yo... no me siento bien... — intentó excusarse, llevándose una mano al estómago mientras una intensa ola de náuseas lo invadía.

— Tonterías, amiguito. Un paso a la vez, ¿sí? — soltó una carcajada ronca —. Adoro a este chico, hicimos clic al instante, ¿verdad que sí? —. Sin pedir permiso, lo levantó en vilo como si fuera un muñeco de trapo y lo sentó bruscamente sobre sus piernas, frotando su pelvis contra el cuerpo del menor con disimulada perversión.

Lir se deslizó de inmediato al suelo, arqueando la espalda en una arcada seca por el asco y el terror.

— ¿Muchacho? ¿Te encuentras bien? — cuestionó la madre superiora, alzando la vista de los documentos de adopción sobre su escritorio.

— Claro que está bien, solo es la emoción de dejar este lugar, ¿verdad, hijo? — mintió el hombre, inclinándose con brusquedad para aferrar el hombro de Lir con una fuerza dolorosa —. Haz lo que te digo y pórtate bien, o me enojaré — siseó junto a su oreja antes de levantarlo en un abrazo asfixiante —. Nos llevaremos de maravilla, se los aseguro — anunció a las monjas con una falsa bonhomía.

— Mejor que bien... — susurró de nuevo contra el lóbulo del niño, rozándole la piel con los labios en una caricia repugnante que provocó que Lir lo empujara con todas sus fuerzas.

— Ellos... ellos... — la mente de Lir estalló en un caos ensordecedor. Imágenes vívidas, sucias y crueles comenzaron a atropellarse en su cabeza: escenas de aquel hombre secuestrando, golpeando y abusando de otros niños en callejones oscuros y orfanatos olvidados — ¿Por qué...? ¡¿Por qué les haces eso?! — rompió a llorar a borbotones. El miedo, el asco y la impotencia quemaban cada fibra de su ser.

Tanto el hombre como las monjas lo miraban estupefactos. Lir podía ser impertinente o directo, pero jamás había protagonizado un episodio de llanto tan salvaje frente a un adoptante. Parecía completamente fuera de sí.

— Amigo, deja el drama de una vez. Vamos a casa, ¿sí? — insistió el hombre, intentando atraparlo de nuevo mientras Lir se encogía sobre sí mismo, tapándose los oídos con desesperación como si intentara apagar voces insoportables.

— ¡¿No le duele la conciencia?! ¡¿No le da asco todo lo que hace, señor Jones?! — gritó el niño, rompiendo el aire con un nombre que nadie le había revelado en voz alta, pronunciándolo con absoluta certeza.

Justo cuando el sujeto se disponía a someterlo por la fuerza para llevárselo, una migraña fulminante y agónica estalló en el cerebro del pederasta, haciéndolo chillar de dolor y derrumbarse hecho un ovillo en el suelo, retorciéndose exactamente igual que los fantasmas mentales que Lir acababa de desenterrar.

— Hermana Sandra, llévese a Lir a su habitación de inmediato — ordenó la madre superiora con el rostro pálido, contemplando al hombre que aullaba en el suelo —. Llamaré a un médico ahora mismo... —.


Cuando Lir estuvo a solas en la penumbra de la bodega con la hermana Sandra, intentó explicarle lo que había visto en la mente del hombre, pero la monja se cruzó de brazos con desdén. Convencida de que eran alucinaciones propias de un niño problemático —y aterrorizada por los gritos sobrehumanos del visitante—, concluyó que el chico estaba maldito o poseído por un demonio. Como castigo por su “insolencia” y por haber arruinado la adopción, lo encerraron en el frío calabozo de la bodega para que reflexionara.

No era la primera vez que sufría un confinamiento similar. Su "don" lo convertía en blanco constante de los sermones de la madre superiora, quien le repetía con dureza: “Nadie te va a querer así, debes aprender a callar”. Tampoco era ajeno a los castigos físicos y psicológicos derivados de las burlas de sus compañeros; los otros niños, intrigados por los hematomas que desaparecían de su piel en cuestión de segundos sin dejar la menor cicatriz, solían golpearlo a propósito para divertirse o comprobar si era un monstruo. Al no quedar evidencia física de los abusos, las monjas siempre culpaban a Lir de mentiroso y provocador.

Aquella noche de luna llena, los ojos azul verdoso del chico estaban enrojecidos e hinchados por el llanto. Su piel pálida parecía translúcida, haciéndolo lucir completamente desamparado en el rincón más frío de la habitación, abrazando sus propias rodillas contra la pared de piedra húmeda.

Apartó los mechones rubios de su frente sudorosa, levantando la vista hacia el pequeño ventanuco enrejado que dejaba ver el resplandor de la luna. Se preguntó, una vez más, si en algún lugar del mundo su madre biológica contemplaría la misma luna, o si su padre vendría algún día a rescatarlo. Aunque abrazar falsas esperanzas le dolía en el alma, era el único hilo invisible que lo ataba a la cordura.

— Mañana será un nuevo día... me esforzaré más — sorbió los mocos en silencio, acurrucándose sobre sí mismo para capear el frío de la madrugada.

El mes transcurrió entre los muros grises del orfanato, con el rubio confinado en la bodega separado de los otros, con más carga de trabajo para compensar su "mala conducta", sermones junto con horas de reflexión hincado hasta que cierta noticia sacudió las calles del pueblo: Una exhaustiva investigación policial, detonada por la extraña e incoherente confesión que el propio señor Jones había balbuceado a los médicos tras sufrir su colapso mental, destapó una red atroz de trata de menores, abusos y homicidios. El hombre había sido internado en una institución psiquiátrica de máxima seguridad, incapaz de volver a articular una frase coherente que no fuera un lamento de terror paranoico.

Para las monjas, el arresto fue un alivio providencial que evitó un escándalo mayúsculo, aunque ninguna de ellas reconoció jamás la intervención de Lir en la caída del criminal. Preferían continuar con su castigo, para evitar futuras entrevistas similares.

Esa misma tarde, durante la visita mensual de benefactores, un hombre de alta alcurnia irrumpió en el comedor con una presencia arrolladora. Vestía un traje impecable de corte extranjero y escaneaba a los niños con una mirada glacial y metódica, como si evaluara ganado en una feria.

— Este. Sí, me lo llevo — anunció con voz gélida, señalando directamente a Lir.

— ¿Disculpe, señor Moruga? — intervino la hermana Karina, desconcertada por la falta de preámbulos.

— El rubio delgaducho de ahí — repitió, acortando la distancia con un par de zancadas imponentes —. ¿Hablas y entiendes órdenes? — le exigió al muchacho, deteniéndose a centímetros de él.

— Sí, señor — respondió Lir, irguiéndose lo más derecho posible para contener el temblor de sus piernas.

— Bien por ti. Vienes conmigo — sentenció sin darle margen de réplica —. Recoge tus pertenencias, nos vamos en cinco minutos. No tolero la impuntualidad —.

Minutos más tarde, en el despacho principal, la madre superiora intentaba interesarlo en los proyectos de beneficencia de la institución, pero el aristócrata apenas se dignó a escucharla.

— Lir, te presento al señor Moruga. Él ha decidido adoptarte formalmente — anunció la monja con una sonrisa ensayada.

— Es un honor, señor — inclinó la cabeza el rubio, sin obtener la menor respuesta del hombre de ojos oscuros.

— Tiene otros hijos, pero requiere un compañero de juegos y asistencia para su hija menor, cuya madre falleció recientemente. Es un chico dócil y trabajador; no les dará problemas — concluyó la hermana, entregándole al magnate una pequeña bolsa con la escasa ropa del muchacho.

— Nos entenderemos bien. No se preocupe por eso — replicó el señor Moruga con tono áspero, dándose media vuelta sin despedirse de la religiosa. Lir lo siguió en silencio, dispuesto a soportar lo que fuera necesario con tal de empezar de nuevo.

El trayecto en automóvil se prolongó durante cuarenta minutos a través de caminos apartados hasta llegar a la hacienda de los Moruga, una propiedad colosal que se alzaba como un monumento de piedra y hierro forjado de dos plantas. Un jardín desmesurado, fuentes de piedra esculpida y árboles tallados con formas caprichosas que Lir no logró descifrar daban la bienvenida al recinto. Al descender del vehículo, el dueño avanzó con paso firme por la escalinata sin importarle si el niño le seguía el ritmo.

— Dormirá en la zona de lavandería; creo que aún hay un catre disponible junto a las calderas. Quiero que lo instruyas en todo, Bruno; a partir de este momento, este muchacho es tu absoluta responsabilidad — indicó a un hombre de tez morena, maduro de ojos color chocolate y porte estricto que aguardaba en la entrada.

— Comprendido, amo — asintió el mayordomo, echando una mirada evaluadora a Lir y tomando su modesto hatillo.

— Sígueme, por favor — le ordenó Bruno, guiándolo por pasillos interminables donde Lir apenas tuvo tiempo de vislumbrar establos de madera pulida, una piscina rodeada de baldosas y dependencias tan lujosas que ni siquiera sabía nombrar.

— Y-yo soy Lir, por cierto... — balbuceó el niño, trotando para no perderle el paso al mayordomo —. Tengo doce años cumplidos... —. Cuanto más avanzaban por la inmensidad de la hacienda, más diminuto y frágil se sentía.

— Vaya. Por tu complexión tan raquítica pensé que tendrías apenas nueve, pero si eres mayor, mejor. El señor Moruga suele traer chicos bajo la excusa de la adopción para integrarlos al servicio de la casa... No te hagas ilusiones de familia — advirtió Bruno con severidad, abriendo una puerta pesada que revelaba un cuarto funcional provisto de lavaderos industriales, hileras de tendederos y máquinas de vapor —. Esta será tu habitación. Acomódate donde puedas en ese rincón. Cambia tus harapos por el uniforme que está sobre el catre y preséntate en el jardín trasero antes del atardecer; tenemos que podar el césped y regar los rosales —. Sin esperar respuesta, le arrojó un manojo de ropa y cerró la puerta de un golpe seco.

Así fue como Lir, envuelto en una falsa promesa de acogida, terminó siendo adoptado por los Moruga.

¡Cuéntale a Riko Ishikawa lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Amor En Peligro [Kookmin]

Anel: El sabia lo que buscaba al comprar un Omega para hacerlo parte de su vida , la vida es tan sorprendente

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Odio a mi jefa

Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

Leer ahora
Marido y mujer, ¡solo en papel!

Claudia: Hgytvbggghhhhhh Hu yhhhhhhyh

Leer ahora
Casado con el Omega 🌑 Kookmin Adap.

Laura: Senti que algunos capitulos eran muy largos y eso fue lo que me encantó no quería que acabará además los personajes demuestran un símbolo de compromiso amor pasión y respeto. Estoy ansiosa por leer el segundo libro

Leer ahora
MAKE IT RIGHT - KTH&&JJK

Yamile: Me ha gustado mucho la historia

Leer ahora
It All Fell Down | KookV

ana: Me encantó muchísimo, cada tanto la releo. 😍🩷 muy entretenida y bien escrita ✨

Leer ahora
EL PRECIO DEL DESEO

Ana: La trama me gusta, el desarrollo de los personajes, todo perfecto 💯

Leer ahora
BETTER MAN

jarae8650: Me gusta todo de la historia, muy bien escrito de fácil comprensión cada personaje tiene su historia, su carácter se la recomiendo a todos sobre todo alos jóvenes... Se que normalmente no siguen consejos pero conocer est tipo de relaciónes puede orientarlos mejor.

Leer ahora