Capítulo 1: La reliquia del museo
El sótano del Museo Arqueológico de la ciudad siempre olía a lo mismo: polvo acumulado, humedad subterránea y el aroma químico de los barnices de restauración. Para Clara, ese aroma era el único recordatorio de que seguía viva. A sus veintidós años, prefería la compañía de los objetos inanimados del pasado antes que el ruido y la falsedad del mundo exterior. Huérfana desde los diez años, tras una tragedia familiar que la policía archivó como un asalto violento pero que en su memoria permanecía como una noche de sombras y colmillos, Clara había aprendido a refugiarse en el silencio de los archivos. Su trabajo como restaurador de reliquias antiguas era su escudo contra la realidad.
Clara se colocó las lupas de aumento y tomó un bisturí de precisión para retirar una costra de sedimento alojada cerca de la guarda de la daga. El pomo de la reliquia estaba decorado con la figura de un lobo aullando hacia una espiral geométrica. Mientras limpiaba los bordes con un pincel humedecido, el metal emitía un sutil zumbido que vibró directamente en sus dedos. Clara parpadeó, desconcertada por la sensación física de calor que desprendía el objeto. Forzó el bisturí para limpiar una runa oculta bajo el óxido, pero el instrumento resbaló debido a la tensión acumulada en su mano. La hoja de plata de la daga le rozó la palma izquierda con una rapidez quirúrgica.
—Mierda —susurró Clara, soltando el arma sobre la mesa.
Asustada por el fenómeno y por el dolor punzante en su mano, Clara decidió dar por terminada su jornada laboral. Envolvió la daga en un paño de fieltro, la guardó en el cajón de seguridad del taller y subió las escaleras hacia la salida del museo. La tormenta arreciaba con fuerza sobre las calles de la ciudad; las gotas de lluvia golpeaban el asfalto con la fuerza de pequeños proyectiles metálicos. Clara caminó a paso rápido hacia su pequeño apartamento, ubicado en un viejo edificio de ladrillo visto en la periferia de la ciudad, cerca de la línea donde el asfalto moría y daban comienzo los frondosos bosques estatales.
Una vez dentro de su hogar, cerró la puerta con doble cerrojo y se preparó una taza de té caliente para intentar calmar el temblor que aún sacudía sus extremidades. Se sentó en el sofá, desatando la venda improvisada de su mano para revisar el corte. Lo que vio la dejó completamente petrificada: la herida ya no sangraba, y los bordes de la piel se habían cerrado casi en su totalidad, dejando únicamente una delgada línea plateada como cicatriz. No tenía sentido lógico. Las quemaduras y los cortes no sanaban en cuestión de dos horas. La reliquia del museo había activado algo en su interior, una herencia de sangre que su familia le había ocultado antes de ser exterminada.
El reloj de pared marcó las 11:44 PM cuando el ambiente de la habitación cambió de golpe. La tormenta pareció silenciarse en el exterior, reemplazada por una presión atmosférica tan pesada que a Clara le costó respirar. Un olor intenso a ozono, a tierra mojada ya un almizcle salvaje y alfa inundó el apartamento a través de las rendijas de las ventanas. Los pocos aparatos eléctricos del salón parpadearon de forma sutil antes de apagarse por completo, sumiendo el lugar en una oscuridad absoluta, iluminado únicamente por los relámpagos del exterior.
Un estruendo ensordecedor sacudió la estructura del edificio. La robusta puerta de madera del apartamento saltó en mil pedazos, arrancada de sus bisagras por una fuerza de impacto colosal que astilló los marcos de hormigón. Clara ahogó un grito de terror puro, protegiéndose el rostro con los brazos mientras los escombros volaban por el salón.
Desde el umbral destrozado, envuelto en la bruma de la tormenta y la penumbra del pasillo, avanzó una figura imponente cuya sola presencia física redujo el apartamento a una jaula asfixiante. Era Hunab’ku.
El Alfa de la manada más antigua, peligrosa y oculta del norte medio casi dos metros de estatura. Su anatomía denotaba una fuerza brutal, cubierta por una chaqueta de cuero oscuro que goteaba agua de lluvia sobre el suelo de madera. Su cabello oscuro caía desordenado sobre unas facciones talladas con una hostilidad salvaje, y sus ojos, que en mitad de la oscuridad brillaban con un destello ámbar y bioluminiscente, estaban fijos de forma obsesiva en la palma de la mano izquierda de Clara. La actitud de Hunab’ku no era la de un intruso ordinario; Llegó destructivo, furioso e intimidante, exhalando un gruñido grave y subatómico que hizo vibrar los cristales de las ventanas que aún quedaban en pie.
—Has despertado la plata del clan del norte —rugió Hunab’ku , y su voz profunda pareció retumbar directamente en la columna vertebral de Clara—. El olor de tu sangre ha cruzado el bosque entero en mitad de la tormenta. Fuiste elegido por el linaje sagrado, humano.
Clara retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared del salón, atrapada entre el mueble y la imponente musculatura del Alfa que avanzaba hacia ella con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—No sé de qué está hablando... ¡Salga de mi casa o llamaré a la policía! —logró exclamar Clara, forzando un tono de valentía que el temblor de sus piernas desmentía por completo.
Hunab’ku soltó una risa seca, un sonido gutural que denotaba un desprecio absoluto por las leyes humanas. Acortó la distancia entre ambos de un solo paso, invadiendo su espacio de una manera tan física y posesiva que Clara pudo sentir el calor sofocante que desprendía su piel y el aroma salvaje que lo acompañaba. El Alfa extendiendo una mano grande, de garras sutilmente afiladas, y la atrapó por la muñeca izquierda con un agarre de acero que inmovilizó su brazo al instante. Levantó la mano de la chica hacia la altura de sus ojos, clavando su mirada ámbar en la cicatriz plateada.
—Las mentiras no te servirán de nada ahora, Clara —siseó Hunab’ku, inclinándose hacia su cuello hasta el punto de que su respiración caliente rozó la piel expuesta de la joven—. Tu sangre me pertenece por derecho de manada. Eres mi Luna, la contraparte que mi casta lleva esperando una eternidad para consolidar el trono de plata. No me importa tu miedo ni tus leyes humanas. Recogerás tus pertenencias y me acompañarás al corazón del bosque norte ahora mismo. Si intentas resistirte o volver a esconderte detrás de tus reliquias muertas, destruiré este bloque de edificios entero contigo dentro. Tu antigua vida ha terminado esta noche.
Clara intentó zafarse del agarre, golpeando el pecho del Alfa con su mano libre, pero fue como golpear una pared de roca sólida. Al mirar fijamente los ojos encendidos de Hunab’ku, una imagen difusa de su infancia regresó a su mente de forma violenta: la noche de la masacre de sus padres, el olor a tierra mojada y los mismos ojos ámbar mirándola desde las sombras del bosque. Comprendí en mitad del pánico que el monstruo que acababa de destrozar su puerta no solo venía a reclamarla por una profecía de sangre; Era el líder del clan responsable de la destrucción de su pasado, y ahora la llevaba encadenada hacia su propio territorio prohibido.








