CAP 1
ENTRE DESTINO Y SOMBRAS
El olor a barniz de caoba y lino limpio siempre había definido la mansión Whittemore. Para la élite de Beacon Hills, la familia Whittemore era el retrato vivo del éxito norteamericano: un distinguido abogado, su distinguida esposa y sus dos hijos adoptivos.
Jackson era la joya de la corona. Perfecto, musculoso, capitán del equipo de lacrosse y poseedor de una mandíbula esculpida por el mismísimo orgullo. Stiles, por el contrario, era el enigma de la casa. Hiperactivo, sarcástico, con ojos marrones hiperobservadores que parecían evaluar cada átomo de la habitación.
Para David y Jackson Whittemore Sr., adoptar a dos niños con meses de diferencia había sido un gesto de estatus. Para Jackson, sin embargo, la presencia de Stiles en la habitación contigua había sido, desde que tenía memoria, la única constante real en su tormentoso universo interior.
—Estás mirando fijamente otra vez, Jackie. Se va a volver incómodo —dijo Stiles sin levantar la vista de su cuaderno de notas.
Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la cama de Jackson, rodeado de libros de texto. El olor de Stiles era algo que Jackson nunca había podido descifrar del todo: no olía a sudor, ni a detergente, ni a la colonia barata que usaban los chicos del instituto. Olía a nieve, a tierra húmeda después de una tormenta y a algo profundamente antiguo, algo que hacía que el instinto de Jackson se pusiera en alerta cada vez que respiraba cerca de su cuello.
—No te estoy mirando a ti, idiota. Estoy viendo lo desordenado que eres —gruñó Jackson, ajustándose la chaqueta de entrenamiento frente al espejo de pie. Mintiéndose. Siempre mintiéndose.
En realidad, la mirada de Jackson estaba clavada en la curva del cuello de Stiles, justo donde la sudadera holgada dejaba al descubierto un pedazo de piel pálida. Un impulso irracional y posesivo, un fuego helado que llevaba años creciendo en el pecho de Jackson, apretó sus entrañas.
Es mi hermano, se repetía Jackson a diario como un mantra punitivo. Adoptivo. No llevamos la misma sangre. Y ese detalle era el veneno que nutría sus fantasías más oscuras.
Stiles dejó escapar una risita seca, una vibración baja que hizo que los hombros de Jackson se tensaran. Oculto bajo su faceta de adolescente torpe y con TDAH, Stiles Stilinski albergaba un secreto que aplastaría la mente de cualquiera en este pueblo. Él no era un huérfano trágico. No era un chico común. Stiles era un Vampiro Original. Un ser cuyo nacimiento se remontaba a milenios atrás, un depredador de la cima de la cadena alimenticia que había elegido esconderse a plena vista, adoptando la identidad de un humano para experimentar la monotonía de una vida común.
Pero estar cerca de Jackson Whittemore hacía que mantener la fachada fuera un reto constante. Stiles podía escuchar el latido frenético del corazón de Jackson. Podía oler las feromonas de deseo, frustración y posesividad que emanaban de su hermano adoptivo cada vez que compartían una habitación.
Stiles cerró el cuaderno de un golpe seco. El sonido resonó como un trueno en la habitación.
—Me voy a mi cuarto. Mamá quiere que cenemos juntos a las ocho.
Cuando Stiles se puso de pie y pasó al lado de Jackson, este actuó por puro instinto. Estiró el brazo y lo tomó con fuerza de la muñeca. La presión de la mano de Jackson era firme, la de un atleta de alto rendimiento, pero para Stiles, la fuerza de Jackson no era más que la picadura de un insecto. Sin embargo, Stiles no se liberó. Permitió el contacto.
—¿Qué quieres, Jackson? —preguntó Stiles, bajando la voz. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Jackson.Por un milisegundo, un destello carmesí profundo brilló en las pupilas de Stiles, tan rápido que Jackson creyó que había sido un truco de la luz.
—No has tocado la comida en todo el día —dijo Jackson, con la voz más rasposa de lo normal, apretando el agarre sin darse cuenta de que sus nudillos se estaban volviendo blancos. La cercanía lo estaba enfermando de deseo—. No quiero que caigas enfermo. Me molesta cuando la atención de la casa se centra en ti.
—Ah, claro. El gran Jackson Whittemore no puede compartir el escenario —se burló Stiles con una sonrisa de lado, aunque sus colmillos milenarios presionaron levemente contra el interior de su labio inferior, ansiosos por probar la sangre de la yugular de Jackson—. No te preocupes, "hermano". Estoy perfectamente alimentado.
Jackson no soltó su muñeca. Dio un paso hacia adelante, invadiendo por completo el espacio personal de Stiles. Podía sentir el calor corporal de Stiles —o mejor dicho, la peculiar frialdad de su piel— y el impulso de arrastrarlo hacia la cama, de marcarlo para que todo el mundo supiera a quién pertenecía, casi lo supera.
—Eres mío, Stiles —susurró Jackson, con un tono peligrosamente bajo, una confesión que se le escapó del alma antes de que su orgullo pudiera detenerla—. Esta casa, esta familia... tú. Eres mío. No dejes que el idiota de Scott McCall o cualquier otro te distraiga.
Stiles sostuvo la mirada de Jackson. En lugar de asustarse, una chispa de diversión peligrosa bailó en su rostro. Si tan solo Jackson supiera lo que Stiles realmente era... si supiera que el "débil" hermano menor podía romperle el cuello antes de que parpadeara.
—Cuidado con lo que deseas, Jackson —respondió Stiles con voz de terciopelo, liberándose del agarre de Jackson con una facilidad pasmosa que dejó al atleta desconcertado—. Las cosas que crees poseer a veces son las que terminan devorándote.
Stiles salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.
Esa misma noche, Jackson saldría al bosque buscando la mordida de Derek Hale, desesperado por obtener el poder que creía que le faltaba para dominar su mundo. Lo que Jackson no sabía era que la mordida no lo convertiría en un lobo, sino en algo mucho más monstruoso. Y lo que Stiles no previó fue que la conversión de Jackson no calmaría su obsesión... la convertiría en un infierno.


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