Capítulo 1: Lluvia y Jardines Cerrados
La lluvia en Londres tiene un sonido distinto a la de cualquier otro lugar. No cae, se insinúa. Se desliza entre los ladrillos de las casas georgianas y se estanca en los adoquines como un secreto mal guardado. Yo sostenía una dirección anotada en la esquina rasgada de un cuaderno, las letras ya borrosas por la humedad que se filtraba a través del sobre de mi bolsillo. Numero 17, Berkeley Square. No era donde imaginaba terminar cuando subí al tren en Manchester hace cuarenta y ocho horas, con una maleta medio vacía y un nudo en la garganta del tamaño de una manzana.
— Berkeley Square. Por supuesto. Donde más iba a vivir un duque. Yo, Elliot Hayes, de un piso encima de una lavandería en Moss Side, a punto de tocar el timbre de una de las puertas más imponentes que he visto en mi vida. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Buscaba un refugio, un trabajo cualquiera, no... esto. Esto es otra galaxia.
La mansión no era una casa; era una afirmación tallada en piedra Portland. Tres pisos de ventanas altísimas que me miraban como ojos fríos y curiosos. El jardín delantero estaba cercado por una verja de hierro negro, tan alta que parecía diseñada para mantener el mundo fuera, o quizás para mantener algo dentro. Respiré hondo, sintiendo cómo el aire húmedo llenaba mis pulmones, y empujé la verja. Chirrió con un sonido que cortó la persistente cortina de lluvia.
Al acercarme a la puerta principal—una obra maestra de madera oscura con herrajes que brillaban a pesar de la luz gris—, una figura apareció detrás del vidrio esmerilado de una ventana lateral. No tuve tiempo de prepararme antes de que la puerta se abriera.
No era el mayordomo anciano y severo que esperaba. Era él.
Alexander Blackwood llenaba el marco de la puerta sin esfuerzo, no por su tamaño—aunque era alto, unos buenos quince centímetros más que yo—, sino por una presencia que parecía alterar la presión del aire a su alrededor. Llevaba un suéter de cuello alto negro y pantalones oscuros, informal para un duque, imaginaría, pero en él parecía un uniforme de otra clase. Su pelo, castaño oscuro con algunas hebras de plata en las sienes, estaba desordenado, como si se hubiera pasado la mano por él repetidamente. Sus ojos, de un gris tan frío como el cielo londinense, me escudriñaron sin prisa, desde mis zapatos empapados hasta mi pelo negro, seguramente pegado a la frente.
—Señor Hayes—, dijo. Su voz era baja, con una vibración grave que sentí en el esternón más de lo que la oí.
—Su Gracia—, respondí, y mi voz sonó estridente, juvenil, en comparación. Maldije mentalmente mi acento de Manchester, que de repente me pareció terriblemente vulgar.
—Entre. Está dejando entrar el frío.
No era una invitación; era una orden. Me aparté para que pasara, pero él ya se giraba, dándome la espalda con la seguridad de quien sabe que se le seguirá. Lo seguí a un vestíbulo que podría albergar cómodamente mi antiguo piso completo. El suelo era de mármol blanco y negro, y una escalera curva se elevaba hacia la penumbra del piso superior. El aire olía a cera de abejas, a libros antiguos y a algo más, algo limpio y amaderado que luego identificaría como su colonia.
—Su currículum era… inusual—, dijo Blackwood, deteniéndose en el centro del vestíbulo y volviéndose hacia mí. No se ofreció a tomar mi abrigo, que goteaba sobre el mármol. —Experiencia en una guardería, camarero, repartidor, asistente en una biblioteca municipal. Nada dura más de unos meses.
Ahí está. El juicio. Lo vi en los ojos de todas las agencias de empleo. Inestable. Poco fiable. Un pájaro saltarín sin rumbo. ¿Cómo explicarle que cada uno de esos trabajos era un intento desesperado de encontrar un sitio donde respirar no fuera un esfuerzo? ¿Donde no me sintiera como un mueble prestado?
—Soy adaptable—, dije, forzando una sonrisa que sentí tensa. —Y me gustan los retos.
Una ceja de Blackwood se elevó milimétricamente. —¿Y qué le hace pensar que cuidar niños es un reto para el que está capacitado?
—Me gustan los niños. Son honestos. No juegan a juegos que no entiendo.— La palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, con más filo del que pretendía.
El silencio que siguió fue denso. Sus ojos grises no se apartaron de los míos, y por un momento, tuve la absurda sensación de que estaba viendo a través de todas mis capas de ligereza fingida, directamente hasta el nudo de inseguridades que llevaba anudado en las entrañas.
El sonido de unos pies pequeños corriendo por el pasillo superior nos interrumpió. —¡Papa!
Una niña apareció en lo alto de la escalera, agarrada a la barandilla. Tenía el pelo de un rubio miel, un desorden de rizos que le caían hasta los hombros, y llevaba un vestido azul marino con un pequeño lazo blanco. Sus ojos, del mismo grís exacto que los de su padre, pero con un calor que los de él no tenían, se posaron en mí con una curiosidad abierta.
—Arantza—, dijo Blackwood, y su voz cambió. No se volvió más suave, precisamente, pero la vibración de bajo se amortiguó, se hizo más contenida. —Baja con cuidado.
Ella bajó los escalones con una concentración solemne, sin soltar la barandilla. Cuando llegó abajo, se colocó directamente al lado de su padre, cogiendo su mano con una naturalidad que me dio un pellizco de algo parecido a la envidia. Me estudió con una atención desarmante.
—¿Quién es?— preguntó, a su padre, pero sin apartar los ojos de mí.
—Este es el señor Elliot Hayes. Ha venido para… conocernos.— Blackwood eligió las palabras con cuidado. —Señor Hayes, mi hija, Arantza.
—Hola, Arantza—, dije, agachándome un poco para estar a su altura. —Qué nombre tan bonito. ¿Sabes que en español, ‘aranza’ es como se llama a un bosque de espinos? De esos que tienen flores blancas en primavera.
Sus ojos se abrieron un poco más.
—¿Cómo lo sabes?
—Me gustan las palabras—, encogí los hombros. —Y los bosques.
Ella miró a su padre, luego otra vez a mí. —¿Te vas a quedar?
La pregunta, tan directa, me pilló por sorpresa. Sentí la mirada de Blackwood pesando sobre mí.
—Eso depende—, dije. —De si tu papá cree que soy útil. Y de si tú quieres que me quede.
Arantza pareció considerar esto. Luego soltó la mano de su padre y dio un paso hacia mí.
—¿Sabes hacer figuras con globos?
Dios, no. De todas las habilidades que podría necesitar en una casa como esta… ¿figuras con globos? Vi a Blackwood por el rabillo del ojo, cruzado de brazos, esperando. El duque contra el payaso de los globos. Perfecto.
—Lo siento—, dije, y su carita se cayó un poco. —Pero sé hacer aviones de papel que pueden dar tres vueltas alrededor de la sala antes de aterrizar. Y conozco al menos cinco maneras diferentes de hacer sombras chinas con una lámpara. Incluyendo un canguro.
Un destello de interés cruzó sus ojos grises. —¿Un canguro?
—Con bolsa incluida—, asentí solemnemente.
Arantza miró a su padre. —Puede quedarse, Papa.
Blackwood no mostró expresión alguna. —Eso lo decido yo, cariño. El señor Hayes y yo necesitamos hablar. Ve con Sra.. Welch, por favor.
La niña puso los ojos en blanco con un suspiro que sonaba exasperantemente adulto, pero obedeció, desapareciendo por un pasillo lateral. Cuando se hubo ido, el frío volvió a asentarse en el vestíbulo.
—Es lista—, comenté, por decir algo.
—Sí—, dijo él, sencillamente. —Y no es fácil de impresionar. El truco del canguro fue… aceptable.
¿Era eso un elogio? No podía distinguirlo.
—Mire, Su Gracia, sé que no soy el candidato obvio. No vengo de su… mundo. Pero aprendo rápido. Y necesito el trabajo.— La última parte se me escapó, teñida de una urgencia que odié.
Él me observó un momento más.
—Mi hija ha tenido tres niñeras en los últimos dos años. Todas con credenciales impecables. Todas se fueron, o las despedí, porque no podían conectar con ella. Arantza no es una niña fácil. Es reservada, observadora y tiene una voluntad de hierro.— Hizo una pausa. —Usted llegó y en treinta segundos la hizo hablar y pedir que se quede. Eso es algo. O es una tontería.
—¿Cuál cree que es?— pregunté, desafiante.
Por primera vez, vi algo parecido a una expresión en su rostro: un atisbo de ironía cansada en la comisura de sus labios.
—Todavía no lo he decidido. Le daré una prueba. Un mes. Durante ese tiempo, se encargará de Arantza por las tardes, después del colegio, y los sábados por la mañana. Vivirá aquí, en la habitación de invitados de la planta superior, junto a la suite de Arantza. Seguirá las rutinas establecidas. No improvisará a menos que sea absolutamente necesario. Y reportará cualquier cosa, por mínima que sea, directamente a mí. ¿Está claro?
Asentí, el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas. —Claro.
—Bien. Sra.. Chambers, nuestra ama de llaves, le mostrará su habitación y le explicará las normas de la casa.— Dio media vuelta para irse, pero se detuvo. Sin volverse, añadió: —Y, señor Hayes? Este no es un lugar para ‘adaptarse’. Es un lugar para cumplir con su deber. No confunda las dos cosas.
Se marchó, dejándome solo en el vestíbulo enorme, con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas y el eco de sus palabras resonando en el silencio que dejó atrás.
La habitación que me asignaron era más grande que cualquier estudio en el que hubiera vivido. Los muebles eran antiguos, sólidos, de madera oscura. La cama tenía un dosel. Desde la ventana, veía el jardín trasero, un laberinto geométrico de setos de boj bajo la lluvia constante. Todo estaba impecable, frío y distante. Dejé mi maleta en el suelo, sintiéndome como un grafiti en un museo.
Un mes. Treinta días para demostrar que no soy un error. Para conectar con una niña que tiene más dignidad en su meñique que yo en todo mi cuerpo. Y para no dejarme aplastar por el peso silencioso de ese hombre, que parece capaz de ver cada uno de mis pensamientos más inseguros. Cumplir con mi deber. ¿Y si mi deber choca con sus reglas?
Mi primer encuentro con la rutina llegó esa misma tarde. Arantza regresó del colegio a las cuatro, entregada por una mujer de uniforme en un coche discreto. La niña venía con su mochila, su postura perfectamente recta, y una expresión en su carita que era una versión en miniatura de la seriedad de su padre.
—Hola de nuevo—, dije, recibiendola en el vestíbulo. Sra.. Chambers, una mujer de unos sesenta años con el pelo recogido en un moño severo pero con ojos curiosos, me había informado de que debía llevar a Arantza a la biblioteca para la —hora de estudio.
—Hola—, dijo ella. —¿Vas a hacer el canguro hoy?
—Más tarde. Primero, tu papá dijo que tenías que estudiar.
Puso los ojos en blanco, pero me siguió a la biblioteca.
Era una habitación que quitaba el aliento. Estanterías de roble oscuro se elevaban hasta el techo, abarrotadas de libros con lomos de cuero. Había dos grandes escritorios, un globo terráqueo antiguo en un rincón y un fuego crepitando en la chimenea. Olía a papel viejo, a cuero y a leña. Alexander estaba sentado en uno de los escritorios, escribiendo algo, y apenas alzó la vista cuando entramos.
—Tu sitio está ahí—, dijo Arantza, señalando una butaca más pequeña junto a la ventana. —No hagas ruido. Papa está trabajando.
Me senté, observando cómo ella sacaba sus libros y se ponía a hacer sus deberes con una concentración feroz. El silencio era absoluto, roto solo por el crepitar del fuego, el rasgueo de la pluma de Alexander sobre el papel y el suave sonido de las páginas que Arantza pasaba.
Esto es un estudio. Un mausoleo. ¿Así es como crece un niño? En un silencio tan profundo que puedes oírte crecer? Recuerdo hacer los deberes en la cocina, con la radio puesta y mi madre cantando fuera de tono mientras cocinaba. El ruato era el sonido del hogar. Esto… esto es el sonido de una fortaleza.
Pasó una hora. Me dolía el trasero de estar quieto. Arantza no había dicho una palabra. Alexander tampoco. Me puse a observar la habitación, mis ojos recorriendo los títulos de los libros, las sombras que bailaban en el techo. Mis ojos se encontraron con los de Alexander. Él me miraba, su pluma detenida en el aire. No parecía enfadado, ni siquiera molesto. Solo observaba. Como si yo fuera un espécimen bajo un microscopio. Me ruboricé y desvié la mirada hacia la ventana.
—He terminado—, anunció Arantza, cerrando su libro con un golpe seco que hizo saltar a ambos.
Alexander asintió.
—Bien. Ahora, tiempo de ocio hasta la cena.
Ella se levantó y se dirigió directamente a mí. —El canguro.
Alexander frunció el ceño. —¿Qué canguro?
—Prometió una sombra de canguro—, dijo Arantza, con la lógica implacable de un abogado.
—En la biblioteca no—, dijo Alexander, su voz firme.
Vi la decepción en los ojos de la niña. Era solo un destello, rápidamente ocultado bajo una capa de resignación que no debería haber en alguien de su edad. Eso me impulsó.
—Podríamos ir al salón de la planta baja—, sugerí. —Hay una lámpara de pie junto al sofá que podría funcionar. Con su permiso, Su Gracia.
Alexander me miró. No era una mirada de enfado, sino de evaluación. Miró a su hija, que intentaba (y fallaba) disimular su esperanza, luego me midió a mí. Suspiró, un sonido casi inaudible.
—Media hora. Luego, a lavarse para la cena.
El salón este era más acogedor, con sofás mullidos y colores más cálidos. Coloqué la lámpara, apagué las luces principales y encendí una pequeña mesilla. La lluvia seguía cayendo fuera, haciendo que la habitación se sintiera como una cueva iluminada y segura.
—Mira mis manos—, dije a Arantza, que se había sentado en la alfombra frente a mí. Con los dedos, formé la silueta torpe pero reconocible de un canguro, con sus largas orejas y su cola. Su sombra bailó en la pared.
Un sonido escapó de ella. No era una risa, era un jadeo de genuino deleite. —¡Funciona!
—Claro que funciona. Ahora, este es el lobo…
Durante media hora, el salón se llenó de animales de sombras: lobos, pájaros, conejos y, a petición suya, un elefante que requirió usar ambos brazos. Ella reía, un sonido claro y libre que era la antítesis del silencio de la biblioteca. Yo reía con ella, olvidándome por un momento de dónde estaba, de quién era mi jefe.
—¿Qué pasa aquí?
La voz de Alexander, desde la puerta, nos hizo saltar a ambos. No había enfado en su tono, solo curiosidad. Estaba apoyado en el marco, cruzado de brazos, observando la escena. No supe cuánto tiempo llevaba allí.
—¡Papa, mira!—, gritó Arantza, corriendo hacia la pared. —¡Es un elefante!
Concentrándome, recreé el elefante. Alexander observó la sombra en la pared, luego me miró a mí, a mis brazos torcidos en un ángulo absurdo. Y entonces sucedió algo. La comisura de sus labios, esa línea severa y controlada, se curvó. Fue solo un milímetro, un destello fugaz que desapareció antes de que pudiera estar seguro de haberlo visto. Pero algo en su mirada gris se suavizó, se hizo menos glacial.
—Muy imaginativo—, dijo, su voz neutra. —Arantza, es hora. Sube con Sra.. Welch.
—Pero, Papa…
—Ahora.
Ella obedeció, pero no sin antes darme una sonrisa rápida y secreta.
—Hasta mañana, Elliot.
Cuando se había ido, Alexander entró en la habitación y apagó la lámpara de pie, sumiéndonos en la penumbra. La única luz venía de la lamparita de la mesilla y del fuego que ahora era brasas.
—No la he escuchado reír así en… mucho tiempo—, dijo, más para sí mismo que para mí. Estaba de pie junto al sofá, mirando el lugar donde las sombras habían bailado.
—Es una niña brillante—, dije, levantándome del suelo. —Con un gran sentido del humor. Solo necesita… permiso para usarlo.
Él se volvió hacia mí. En la luz tenue, sus facciones parecían menos talladas en granito, más humanas. Los círculos bajo sus ojos eran más visibles.
—Usted le da ese permiso muy fácilmente.
—No es algo que se deba retener—, repliqué, sintiéndome valiente por la oscuridad. —La risa no es un lujo, Su Gracia. Es una necesidad básica.
Nos miramos. El aire entre nosotros parecía vibrar con algo que no podía nombrar. No era hostilidad. Era tensión, sí, pero de otro tipo. Una curiosidad cargada. Él era el primero en apartar la mirada, dirigiéndola hacia la ventana, a la lluvia interminable.
—La cena es a las ocho en el comedor pequeño. Se espera que esté presentable.— Y con eso, se fue, dejándome una vez más solo con el crepitar de las brasas y el latido acelerado de mi propio corazón.
¿Presentable? ¿Qué significa eso aquí? ¿Corbata? ¿Esmoquin? Solo traje jeans y camisetas. Me está advirtiendo, de nuevo, que este no es mi mundo. Pero entonces, ¿por qué esa mirada? ¿Por qué ese casi-esbozo-de-casi-una-sonrisa? Maldita sea. No puedo empezar a leer significados donde no los hay. Es mi jefe. Un duque. Y yo soy el niñero. El chico de los trucos de sombras. Mantén ese pensamiento en la cabeza, Elliot.
La cena fue una experiencia surrealista. El —comedor pequeño— era más grande que el salón de mi antigua casa. Alexander estaba a la cabecera de la mesa, yo a su derecha, y Arantza, ya en pijama y bata, a su izquierda. Sra.. Chambers y un hombre joven y silencioso llamado Henry servían los platos con una eficiencia que rayaba en lo militar. La comida era exquisita y yo no tenía ni idea de qué mitad de los cubiertos usar.
Alexander apenas hablaba, dedicándose a su comida con una concentración metódica. Arantza, sin embargo, estaba llena de energía.
—Elliot, ¿tienes hermanos?— preguntó, tomando un guisante con el tenedor.
—Arantza, no interrogues a nuestros invitados—, dijo Alexander sin levantar la vista del plato.
—No, está bien—, dije rápidamente. —No, no tengo. Soy hijo único.
—¿Y tus padres?
—Arantza—, advirtió Alexander, su voz un poco más firme.
Mis padres. Uno se fue antes de que pudiera recordarlo. El otro se fue de una manera diferente, perdido en su propia tristeza hasta que ya no estaba ni siquiera físicamente. Hogar es una palabra que siempre he pronunciado en pasado. No le puedo decir eso. No a ella, y ciertamente no a él, con esos ojos que parecen ver demasiado.
—Viven lejos—, dije, que no era del todo mentira. Manchester podía sentirse a años luz de Berkeley Square.
Arantza asintió, como si eso tuviera sentido. —A veces, me gustaría tener un hermano. Sería menos aburrido.
—Tu vida no es aburrida, Arantza—, dijo Alexander, y esta vez había una nota de algo en su voz. ¿Cansancio? ¿Frustración?
—Lo es cuando tú trabajas todo el tiempo y Sra.. Welch solo quiere que lea libros aburridos.
El sonido del cuchillo de Alexander al chocar contra el plato fue como un disparo. —Eso es suficiente. Sra.. Welch es una institutriz excelente. Y yo trabajo porque es mi deber.
El aire se congeló. Arantza bajó la cabeza, pinchando su comida. Yo me quedé quieto, sin saber si debía intervenir, desaparecer o convertirme en parte del mobiliario.
Alexander cerró los ojos un momento, respirando hondo. Cuando los abrió, su mirada estaba fija en su hija.
—Lo siento. No debería haber alzado la voz.— No era una disculpa completa, pero era algo. Algo grande, lo intuí, viniendo de él.
Arantza asintió, sin levantar la vista.
El resto de la cena transcurrió en silencio. Cuando terminamos, Alexander se levantó. —Arantza, ve arriba. Elliot, un momento.
Ella se fue, lanzándome una última mirada. Yo me quedé de pie, enfrentándome a él al otro lado de la mesa de caoba pulida.
—Lo que ha sucedido esta tarde… el momento de las sombras chinas. Fue aceptable.— Hizo una pausa, buscando las palabras. —Pero no puede convertirse en la norma. Arantza tiene una estructura, una educación que mantener. No puedo permitir que se distraiga con… entretenimientos.
—¿Entretenerla es malo?— La pregunta salió antes de que pudiera contenerme.
—No es malo. Es superfluo.— Sus ojos grises me sostuvieron. —Usted está aquí para asegurarse de que esté a salvo, que haga sus tareas, que se comporte. No para ser su amigo.
Sus palabras me golpearon con una fuerza inesperada. —Con el debido respeto, Su Gracia, creo que los dos pueden ir de la mano. No se puede cuidar a alguien a quien no se conoce. Y no se puede conocer a alguien sin, en cierto modo, ser su amigo.
Él dio un paso hacia mí, alrededor de la mesa. No de una manera amenazante, pero su proximidad era abrumadora. Olía a vino tinto, a cuero y a esa colonia limpia y amaderada.
—Usted es muy joven, señor Hayes. Muy idealista. Este no es un mundo para idealistas. Es un mundo de responsabilidades y realidades. Las realidades de mi posición, de su futuro. Yo no puedo permitirme… distracciones.— La última palabra la dijo con un peso peculiar, y su mirada bajó a mis labios por una fracción de segundo antes de volver a mis ojos.
Mi corazón se detuvo. ¿Había imaginado eso?
—Comprenda su lugar—, continuó, su voz más baja. —Por su bien. Y por el de ella.
Mi lugar. Esa es la cuestión, ¿no? Nunca he tenido un ‘lugar’. Solo espacios que ocupo temporalmente. Él está dibujando un círculo a mi alrededor y diciéndome que no salga de él. Pero, Dios, la manera en que me mira… no es la manera en que se mira a un sirviente. Es confuso. Es desgarrador. Y lo más peligroso de todo es que una parte de mí, la parte tonta y temeraria, quiere saltar ese círculo solo para ver qué pasa.
—Lo entiendo, Su Gracia—, dije, pero mi voz sonó ronca.
Él asintió, una sola vez.
—Bien. Buenas noches, señor Hayes.
—Buenas noches.
Salí del comedor, sintiendo su mirada en mi espalda hasta que doblé la esquina del pasillo. Al subir las escaleras hacia mi habitación ajena, pasé por la puerta entreabierta de Arantza. La oí cantar suavemente para sí misma, una cancioncilla infantil. Me detuve un momento, escuchando. Era el primer sonido genuinamente despreocupado que había oído en esta casa.
Quizás, pensé, mientras me metía en mi cama enorme y fría, quizás mi lugar no esté donde ellos dicen que debe estar. Quizás tenga que crearlo yo mismo, una sombra a la vez, una risa a la vez. Y si en el proceso, desdibujo algunas líneas que un duque solitario ha dibujado demasiado oscuras… bueno. Eso sería un riesgo. Pero yo siempre he sido mejor con los riesgos que con las reglas.
Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre Londres, lavando las calles, filtrándose en los jardines cerrados. Y en el número 17 de Berkeley Square, por primera vez en años, algo se estaba despertando. No era solo la risa de una niña. Era el sonido tembloroso de un corazón empezando a creer que, tal vez, podría pertenecer a algún lugar después de todo.