Otoño del 98
31 de Mayo de 1998
Querido Ruiseñor:
Si tan solo supieras que el simple hecho de mirarte me hace daño… El saber que estás tan cerca y que, aun así, no eres mío. Quisiera ser más valiente para poder decirte lo que siento, pero ante este simple pensamiento mis ojos se llenan de lágrimas que lucho por esconder, pues sé que lo más probable sería un rechazo de tu parte.
Tengo miedo, tanto miedo… ¡Santo cielo! Es como si algo dentro de mí dijera que esto es peligroso para mi mente y mi corazón. ¿Por qué es tan difícil entender esto? ¿Por qué me cuesta tanto aceptar lo que siento?
Conozco esta sensación; sé que no es la primera vez que me ocurre, pero siento tanto amor que me asusta que puedas lastimarme. Tengo miedo de que, al final, solo me uses para tu beneficio y luego me dejes incluso más rota que antes. Me siento tan sola e insegura de todo lo que está pasando en mí y a mi alrededor.
Los cambios son tan difíciles, y me encantaría que este lugar pudiera ser lo suficientemente seguro como para refugiarme entre él y mis cartas, mientras observo tu silueta a la distancia, mordiéndome los labios para que estas palabras nunca salgan, y así poder conservar tu amistad mañana.
Atte.
De quién te anhela,
Casimia.
12 de Junio de 1998
Querido Ruiseñor:
Siento que voy a morir. No sabes lo nerviosa que me pone el hecho de tenerte a mi lado y no atreverme a dirigir una sola palabra a tu persona, por culpa de esta extraña sensación que se forma en mi estómago cada vez que te veo con ella, quien sí puede acercarse a ti.
Ella, quien sí puede abrazarte y jugar con tu pelo entre sus dedos mientras bromea contigo sobre tu corte de cabello, tu ropa o tus ojeras, esas que aparecen de vez en cuando los lunes, cuando te veo llegar incluso más temprano que los demás.
Nunca antes me había sentido de este modo; es como un dolor o una sensación de incomodidad que crece cada vez que los veo juntos, con esa confianza que me gustaría llegar a tener contigo.
Sé que lo que trato de decir puede ser confuso para ti, y lo entiendo: lo es para mí también, que no lo había experimentado antes. Pero, a pesar de creer saber lo que es, me niego a aceptarlo; me rehúso a admitir que siento celos solo de ver la cercanía que hay entre ustedes.
¿Por qué me siento así? No lo entiendo… ¡Es absurdo! Se supone que los celos son una enfermedad que atormenta a las personas, entonces ¿por qué soy poseedora de tal enfermedad? Esto no debería estar pasando… no lo entiendo. ¿Por qué? Sé que ella te hace feliz; lo puedo ver en tu rostro cuando estás con ella, cuando le sonríes y la miras con amor, ¡con tanto amor! Ese mismo amor que tanto temo aceptar...
se despide intranquila.
Casimia.








