Capítulo 1
Durante toda mi vida, me he mudado más veces de las que puedo contar. De un lugar a otro, de una escuela a otra. Casi siempre suele ser de imprevisto, cuando a mi madre le da la “vena loca”. Nunca me ha explicado porqué nos vamos tan de repente. A veces, incluso me sorprende que tengamos dinero suficiente como para conseguirnos piso cada poco. Pero supongo que es una de las tantas cosas que desconozco de mi madre.
La última vez que me mudé acabé en Nueva York y viví allí casi un año y medio, un récord personal para ser sincera. Ya me había acostumbrado a mi escuela, a mis pequeña pandilla de amigos y a un pequeño crush que tuve algunos meses que no llegó a nada serio. Pero por supuesto, no todo podía durar para siempre, puesto que poco después de empezar mi nuevo curso del instituto, mi madre decidió que Nueva York era “demasiado ruidosa” para criarme allí.
Así fue como, de nuevo, cogimos lo poco que teníamos de nuestras pertenencias y, tras coger el primer avión que encontramos así como unas ocho horas de vuelo, hemos acabado en Madrid, España. No conozco bien el país, a pesar de que, según mi madre, de pequeña me crié aquí. Debí haber olvidado todo lo relacionado con mis orígenes después de tantas mudanzas, así que no me sorprendía haber olvidado mi infancia.
La ciudad de Madrid era distinta a Nueva York, por supuesto, pero no por ello menos hermosa. En cuando puse los pies en tierra firme, mi madre me agarró del brazo, tirando de mí en busca de un taxi y, hablando un perfecto español que hasta me sorprendió, nos fuimos a mi nuevo hogar.
El traqueteo del taxi no se parecía en nada al viaje suave y amortiguado de los vehículos modernos de Nueva York. Este coche olía a cuero viejo, a tabaco rancio impregnado en la tapicería y a un ambientador de pino barato que me revolvía el estómago. Miré por la ventanilla, apoyando la frente contra el cristal frío, intentando asimilar el cambio drástico de escenario.
Nueva York era una cuadrícula perfecta de hormigón gris, rascacielos que arañaban el cielo y pantallas gigantes que iluminaban la noche como si fuera de día. Madrid, en cambio, se sentía antigua. Laberíntica. El taxi se adentró por avenidas flanqueadas por edificios de piedra caliza, balcones de forja negra y estatuas de piedra que parecían observarnos con ojos vacíos desde las alturas. La luz del sol golpeaba las fachadas con una intensidad dorada y limpia, muy diferente de la neblina de contaminación y vapor que solía cubrir Manhattan. Las calles se estrechaban a cada segundo, devoradas por curvas sinuosas que desafiaban cualquier sentido de la orientación.
Al mi lado, mi madre se retorcía las manos en el asiento trasero. Su mirada saltaba de una esquina a otra, como si buscara un rostro específico entre la multitud de peatones que caminaban por las aceras adoquinadas.
—Mamá, ¿en qué momento sabes hablar español? —le pregunté en inglés, rompiendo el espeso silencio que se había instalado entre las dos desde que aterrizamos.
Mi madre me miró con una seriedad tan cortante que me obligó a enderezarme en el asiento. Sus ojos, habitualmente tranquilos, reflejaban un pánico primario que nunca antes le había visto. Soltó un suspiro tenso, ignorando mi pregunta, mientras se inclinaba hacia delante para darle indicaciones nerviosas al taxista.
—¿Dónde iremos a vivir esta vez? —pregunté de nuevo, cambiando al español tal y como ella me había enseñado a hablar en la intimidad de nuestras antiguas cocinas de alquiler.
—Son extranjeras, ¿verdad? —intervino el taxista por el espejo retrovisor. Conducía de forma temeraria, adelantando los coches sin casi mirarlos, acelerando por callejones donde apenas cabía el chasis del coche. Como si se conociera el camino de memoria—. Hablan con un acento raro. Una mezcla de americano con algo que no sabría ubicar.
—Venimos de Estados Unidos —respondió mi madre secamente, zanjando la conversación de golpe.
Acto seguido, estiró el brazo y señaló un bloque de edificios de aspecto antiguo, con una fachada señorial pero desgastada por los años. Aquel vecindario tenía un aura distinta a todo lo que yo conocía. No era solo la arquitectura; era una vibración en el aire, una pesadez eléctrica que me erizaba los vellos de los brazos. Se sentía casi mágico. O peligrosamente antiguo.
—¿Estás bien? ¿Pasa algo? —pregunté. Ella no respondió. Solo sacó unas llaves del bolso y abrió el portal ante mi mirada confundida. Nunca había entendido a mi madre, y ahora mucho menos. ¿De dónde había sacado el dinero y las llaves del piso?
El piso estaba ubicado en la cuarta planta. Al salir del ascensor, el pasillo comunitario estaba oscuro, iluminado solo por una bombilla amarillenta que parpadeaba con un zumbido molesto. Cuando mi madre metió la llave en la cerradura de la puerta principal, noté algo extraño. La madera maciza de la entrada tenía marcas frescas de pintura marrón, e incluso un rastro de serrín fino acumulado en las molduras del suelo. La habían pintado y arreglado deprisa hacía apenas un par de días. Como si hubieran preparado el lugar a contrarreloj para nuestra llegada.
Al entrar, me quedé de piedra.
—¿Qué... qué es esto? —murmuré. Mis dedos se aflojaron y dejé caer la mochila al suelo, provocando un eco sordo en el vestíbulo.
El piso no estaba vacío. No era el típico apartamento de alquiler temporal con muebles de catálogo baratos y paredes blancas sin alma. Lo que se extendía ante mí parecía el salón de una mansión aristocrática oculta en mitad de la ciudad. Había pesados muebles de roble macizo que mostraban tallas complejas, estanterías empotradas que se elevaban hasta el techo llenas de cientos de libros antiguos encuadernados en cuero con títulos dorados en un español antiguo. En el centro de la estancia, destacaba un enorme sofá de terciopelo verde esmeralda que parecía sacado de una película de época.
Pero lo más extraño no era la decoración. Lo que me congeló la sangre fue el jarrón de cristal tallado que reposaba sobre la mesa de comedor.
Caminé hacia él como hipnotizada. Dentro del jarrón había un ramo de margaritas perfectas. Me incliné y estiré los dedos para tocar un pétalo: todavía tenían gotitas de agua brillando bajo la luz que entraba por la ventana. El agua del jarrón estaba completamente clara, sin una sola mota de polvo. Al acercarme, noté algo más: el aire justo alrededor de la mesa se sentía inusualmente helado, una corriente de frío selectivo que contrastaba con el calor sofocante del resto de la casa. Las flores desprendían un aroma sutil, una fragancia silvestre mezclada con un matiz de ozono y nieve que me oprimió el pecho con una oleada inexplicable de melancolía.
Mi madre cerró la puerta de la entrada de golpe, el sonido resonó como un disparo en el piso. Acto seguido, giró el cerrojo tres veces y echó una cadena de seguridad que parecía nueva. Se apoyó de espaldas contra la madera, cerrando los ojos por completo y dejando escapar una larga bocanada de aire; el aire que parecía llevar conteniendo en los pulmones desde que nuestro avión había tocado la pista del aeropuerto de Barajas.
—Es nuestro —dijo. Su voz intentaba sonar firme, con esa autoridad incuestionable que usaba para dar órdenes, pero pude notar cómo temblaba en las esquinas, rompiéndose sutilmente. Siempre ha sido nuestro, Reiki. Solo... tuvimos que dejarlo un tiempo.
—¿Siempre? —La miré, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la casa—. Mamá, me dijiste que en España solo estuvimos cuando yo era un bebé y que no nos quedaba nada aquí. Estas flores están vivas. Alguien ha estado en este salón hace unas pocas horas, tal vez minutos. ¿Quién nos ha comprado las flores? ¿Quién te ha dejado las llaves y ha pintado la puerta? ¿Y desde cuándo tienes ese dinero?
Ella ni siquiera me miró. Abrió los ojos, fijos y desenfocados, y caminó en línea recta hacia la gran ventana del salón que daba a una calle estrecha, ruidosa y empedrada del centro de Madrid. Con el dedo índice, apartó la cortina de encaje apenas un centímetro, lo justo para crear una rendija, y miró hacia abajo, analizando la acera. Era el mismo tic paranoico que exhibía en Manhattan cada vez que un coche negro se detenía demasiado tiempo frente a nuestro edificio, pero aquí, en este salón antiguo, la paranoia se sentía diez veces más densa y peligrosa.
—Ve a buscar tu habitación —ordenó sin girarse, dándome la espalda. Su reflejo en el cristal de la ventana mostraba una mandíbula apretada y una palidez enfermiza—. Mañana empiezas el instituto. Tienes que descansar. El uniforme y los libros están en la cama.
—¡No me voy a ir a la habitación de un piso fantasma sin que me des una respuesta! —exigí, dando un paso hacia ella. La frustración de años de maletas improvisadas, de amigos abandonados y de preguntas ignoradas estalló en mi pecho—. ¿De quién nos escondemos esta vez, mamá? Ya no estamos en Nueva York. Cruzamos un océano. ¿Quién demonios nos está buscando?
Su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Se giró despacio y me clavó una mirada de piedra, una mirada tan desprovista de calidez que me obligó a retroceder un paso de forma instintiva.
—He dicho que vayas a tu habitación, Reiki —repitió. Su voz bajó un octavo, arrastrando cada palabra con una frialdad absoluta—. No me obligues a hacer que empaquemos de nuevo antes del amanecer.
Supe que la conversación se había terminado. En nuestra dinámica familiar, cuando ella usaba ese tono, insistir no servía para obtener la verdad; solo significaba gritos, reproches y acabar durmiendo en la terminal de otra estación de autobuses. Di media vuelta, tragándome las lágrimas de rabia, y comencé a caminar por el pasillo arrastrando los pies.
El pasillo era largo, estrecho y flanqueado por varias puertas de madera oscura. La luz de la calle apenas llegaba hasta aquí, dejando las esquinas sumidas en sombras profundas que parecían estirarse hacia mí. Mientras avanzaba hacia la última puerta, un detalle en la pared derecha captó mi atención.
Había una marca rectangular en el papel pintado de rayas granates y doradas. El papel de esa zona estaba notablemente menos desgastado y mantenía un color más vivo que el resto de la pared, lo que indicaba que un cuadro grande y pesado había colgado allí durante décadas. Alguien se lo había llevado deprisa y corriendo, dejando los bordes del papel ligeramente rasgados.
Me detuve frente a la marca. Sin pensar, movida por un impulso ciego que no pude controlar, levanté la mano derecha y posé la yema de los dedos sobre el centro del rectángulo descolorido.
En el instante en que mi piel entró en contacto con la pared, el pasillo pareció desaparecer.
Un zumbido agudo, ensordecedor y doloroso me pitó en el interior de los oídos, haciéndome jadear. La temperatura del pasillo se disparó de golpe; el aire frío desapareció, reemplazado por una ráfaga de calor sofocante que me quemó la garganta. Mis pulmones se llenaron del olor acre y denso del humo carbonizado, de madera quemándose y carne chamuscada.
Una imagen borrosa pero de una nitidez aterradora cruzó mi mente en un parpadeo: el mismo pasillo en el que me encontraba estaba envuelto en llamas devoradoras. El fuego no era normal; era de un tono carmesí tan brillante que parecía vivo, lamiendo las paredes de roble. En mitad del humo, distinguí la silueta de un hombre alto. No podía ver su rostro, pero sus ojos brillaban con un destello dorado y salvaje a través de la densa humareda. Corría hacia mí, con los brazos extendidos, y su voz resonó con una fuerza atronadora que hizo vibrar mis huesos, gritando mi nombre en este mismo pasillo con una desesperación desgarradora:
—¡REIKI, CORRE!
Parpadeé horrorizada, sacudiendo la cabeza con violencia, y retiré la mano de la pared como si me hubiera quemado de verdad.
El pitido desapareció de golpe. El fuego se extinguió en mi mente y el pasillo volvió a quedar sumido en su silencio sepulcral y sombrío. El olor a humo se evaporó, dejando paso otra vez al aroma rancio de la cera para el suelo.
Me miré las manos. Me temblaban ligeramente y, al abrirlas, noté que las palmas me escocían y estaban inusualmente calientes, como si hubiera estado sosteniendo una taza de café hirviendo durante demasiado tiempo. Tenía razón desde el primer momento: este país tenía un aura completamente distinta a los rascacielos de Estados Unidos. Pero ahora, apoyada contra la pared del pasillo mientras el corazón me golpeaba con fuerza el pecho, ya no estaba segura de si esa aura era mágica o, simplemente, terrorífica.








