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Elección

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Sinopsis

Marcelo aprendió a sobrevivir leyendo a las personas antes de que ellas lo lean a él. Llegó a Estados Unidos con una cicatriz, una deuda no elegida y la firme convicción de que los sentimientos son un lujo que no puede permitirse. Durante un tiempo funcionó. Hasta que dos hombres decidieron que no estaban dispuestos a dejarlo ir. Elección es la historia de alguien que pasó toda su vida siendo invisible por obligación, y que por primera vez tendrá que decidir si quiere ser visto.

Genero:
Drama/Mystery
Autor/a:
MareArchi
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 - Punto de quiebre.

1 de diciembre - 2025. Fort Lauderdale. Estados Unidos.

–Hola –dije con la voz rasposa y somnolienta al intercomunicador que estuvo sonando por lo que parecieron unos diez minutos seguidos. Sin parar.

En este momento agradezco al diseñador del edificio por colocar otro intercomunicador en mi cuarto, ya que las ganas que tengo de levantarme son nulas. Intenté darle manotazos al teléfono en la mesita de noche a mi izquierda para encenderlo y ver la hora.

Pensé que, si lo dejaba sin atender, dejarían de llamar pero al parecer la suerte no estará de mi lado en esta. Un poco de paz, tal vez ¿no? Era demasiado tonto de mi parte soñar con eso un maldito día, solo uno.

Me pregunto quién sería tan impertinente como para molestar a las dos de la madrugada de un lunes; se me vienen algunos nombres a la cabeza pero ninguno que realmente está cerca, ¿quién podría ser?, mis amigos se encuentran en otros estados. Solo hay una persona que pueda venir a visitarme a estas horas. Pero no creo… ah no ser…

–Señor –responde la conocida voz de Mitch–, tiene una visita. Una señora llamada Louise Burkle. Le advertí que ya era tarde pero insistió.

Oh. No era para nada la persona que tenía en mente.

Me mentiría a mi mismo si digo que no me picaba la curiosidad. Louise Burkle ¿qué querrá esa mujer?

–Déjala subir Mitch. Gracias por avisarme, que tengas una linda noche –respondí al intercomunicador.

Con un sonoro suspiro me fregué el rostro y fui a la cocina arrastrando los pies para prepararme algo de comer. Me había acostado sin cenar leyendo un libro intentando despejar un poco los pensamientos que me atormentaban.

Por fin quise celebrar el poder tener una noche de soledad de nuevo y sin darme cuenta, me había quedado dormido. Ahora, el sonoro rugido de mi estómago, no paraba de recordarme que no le había dado nada desde hace ya unas cuantas horas.

Justo cuando terminé de servir el té en mi pequeña taza blanca sonó el timbre. Al abrir la puerta me encontré con Louise esperando casi en el umbral mismo.

Estaba irreconocible.

La mujer que siempre estaba bien peinada y elegante con su cabello teñido unos tonos más claros, lucía devastada. La refinada ropa parecía colgarle un poco más de lo normal. Perdió un poco de peso en estos meses, seis meses desde la última vez que la vi para ser exactos, seis meses…

Quería sentir pena por ella pero no me creía capaz de hacerlo.

–Marcelo –asiente secamente a modo de saludo.

Al menos aprendió a ser educada.

Entró al departamento a pasos rápidos sin siquiera esperar una invitación mía y recorrió toda la sala con ojos críticos. ‘Claro, adelante. Pasa y critica el departamento de un arquitecto, si por supuesto lo que quieras’ decía la voz de mi cabeza intentando animarme por la no bienvenida interrupción de esta mujer.

–Señora Burkle, que sorpresa –digo con el tono irónico que sé que odia–. Espero que no se haya tomado la molestía de venir desde Tampa solo para felicitarme por el nuevo departamento.

Ella se giró abruptamente con los brazos cruzados; su mirada dura estaba cargada del conocido prejuicio hacia mi por representar todo lo que no quería para el futuro de su adorado hijo. Al grano por favor.

–Solo he venido porque Nate está hecho un completo desastre –lo soltó así sin más; sin miramientos, lanzando la bomba directamente hacia mi. Su honestidad rozaba el desprecio y los ojos, esos que me están mirando casi sin pestañear no mienten, era exactamente lo que puedo sentir que transmiten en este momento hacia mí–. Sigue yendo en ocasiones a sus prácticas para ver a sus compañeros, no rompe con sus horarios, va a sus citas de rehabilitación. Al parecer también sigue con la dieta de temporada… –estoy a segundos de interrumpir porque realmente no quiero saber nada más; solo quería disfrutar de la soledad en mi casa sin tener que preocuparme de problemas ajenos a mí–. Pero se la pasa bebiendo todas las noches. Está destrozando su reputación, ya se empiezan a rumorear cosas en redes y no tardarán mucho en mandar a gente a las puertas de su casa.

Ahí estaba, la verdadera preocupación.

Casi la confundí como una verdadera madre preocupada por su hijo, pero lo que realmente le importaba era la imágen que transmitían como familia. ¿Por qué me resulta vagamente familiar esto?

Me apoyé en el borde de la cocina sorbiendo un poco del té rojo; al parecer ya se había enfriado un poco. Me tomé el tiempo intercambiando entre sorbos y mordiscos del pequeño pan integral recién tostado, estaban deliciosos; mientras lo hacía me aseguré de sostener en todo momento su mirada e incluso levantar un poco la comisura de mis labios, porque se que le molestaría.

–Lo siento mucho por tu… reputación, pero Nate ya tiene veintiocho años –digo condescendiente, saboreando cada palabra–. Si él decide ahogar sus penas con una botella de alcohol, es algo que él debe resolver sólo.

–¡No me vengas con estupideces, todo esto es culpa tuya! –La fachada se desmorona por completo. Para bien o para mal es mejor–. No se que demonios pasó entre ustedes… y francamente no quiero saberlo. Solo se que mi hijo no bebía antes de conocerte –no me gustó para nada la acusación.

–Ah, la culpa es mía, claro. Yo lo obligué a beber –respondí sorbiendo otro poco de té para evitar que otras palabras salgan de mi boca.

–Mi hijo era un ejemplo de deportista y ahora es un hombre que no soporta estar sobrio consigo mismo.

Esas palabras sí me habían llegado y el silencio en el apartamento reinó de repente se tornó pesado. Era cierto; Nate generalmente no bebía y, si lo hacía nunca se pasaba. Normalmente bebía en celebraciones. Nate era increíblemente dedicado al fútbol americano, a niveles enfermizos incluso; a veces podía llegar a ser preocupante para la gente que no lo conocía, conoce como…

Pero Louise no había reparado en lo que su hijo me había dicho hace unas semanas; ¿por qué lo haría, porque siquiera le interesaría? solo le importa su vida y la de sus hijos, no ve nada más fuera de eso.

Para ella solo soy el intruso que metió ideas perversas y antinaturales en la cabeza de su hijo, como si fuera capaz de obligar a alguien lo que yo quisiera.

–Si ese es el caso no me explico la razón de tu visita –contesté finalmente–. ¿No sería mejor que nunca más nos viéramos? me pregunto, como dices que la razón por la cual toma soy yo… –murmuré bajando al lavadero la taza de té vacía.

–No te quieras pasar de listo conmigo niño, ya me irrita bastante tener que venir aquí… pero él no escucha a nadie –Y te das cuenta ahora de eso…–. Ni a su hermano, ni a su padre, ni a mí. Solo cuando tu nombre suena en nuestras bocas o a través de la televisión o de alguien del equipo recupera un poco de lucidez. No soy tonta, sé perfectamente que a tí al menos te escucharía.

Mi mente se quedó en blanco por un momento, no quiero verlo, me repetía a menudo desde la última vez; era lo único que sí estaba claro pero la maldita voz de mi cabeza continuaba la oración con un o no debo verlo.

No quería estar en el mismo lugar que él, por lo menos por unos días más. Es inevitable que nos volviéramos a cruzar, era parte del trabajo y jamás renunciaría por culpa suya; pero si podía alargaría nuestra separación por el mayor tiempo posible.

Louise se acercó lentamente a la isla de la cocina y parecía dudar de lo que quería hacer; dejó con manos temblorosas un trozo de papel arrugado de color amarillo en la mesada.

–Está aquí, en su casa, en la costa. Ve a verlo –dijo con tanta convicción que sentí como se me ponían rojas las orejas por tal atrevimiento; la audacia de querer obligarme, ¿cómo se atreve?–. No te pido que lo perdones; de ser mía la decisión prefiero que no vuelvan a verse, pero eso no depende de mí –suspiró sonoramente–. Solo quiero que lo ayudes a dejar de beber. Que recupere el sentido antes de arruinar por completo su carrera y con ello su vida. No me gusta ver a mi hijo autodestruirse por algo que no entiendo.

‘Claro que no lo entiendes, pero no porque no lo sepas sino porque no quieres admitirlo’, quise decir.

La mire con el semblante serio. La mujer delante mio era sólo una madre asustada, ahora sí lo parecía.

No quiere perder a su hijo ¿quién lo querría?

Quiero decirle que no, que no iré. Que él puede hacer lo que se le dé la gana con su vida. Que sus problemas ya no me incumben; pero me conozco demasiado y me culparía por el resto de mis días si no lo ayudaba al menos a dejar el alcohol. Me culparé si algo malo le pasa o le pasara y este preciso momento se volvería a reproducir una y otra vez en mi mente por mucho tiempo ya lo sabes de primera mano.

Ver a la orgullosa Louise Burkle rebajarse a pedirme ayuda implicaba que la situación era peor de la que yo podría imaginar. Maldita seas Louise por meter una imagen en mi cabeza que estuve evitando por semanas.

Es muy probable que incluso haya discutido con su hermano mayor; ese era un límite que Nate nunca ha pasado, en ningún momento desde que lo conocí.

–Iré –con voz suave aún sopesando las palabras–, pero no lo hago por usted, ni por su familia. Lo hago por lo que significó para mí. Aunque me haya hecho daño, sus compañeros no se merecen a un irresponsable como él –mentí, porque realmente me preocupaba Nate, solo no quería que ella lo sepa.

El rostro de la mujer se suavizó ante mis palabras. No hubo agradecimiento de su parte, sólo el asentimiento lento con la cabeza; luego, sin mediar palabras, salió por la puerta de la misma forma en la que entró. Sin saludar, sin despedirse.

Mire el papel en la mesa como si fuera a atacarme en cualquier momento; cómo si me enfermaría con solo acercarme.

No me percaté de la luz del alba entrando por los grandes ventanales, ya estaba amaneciendo y me había quedado horas con la mirada fija en el papel pensando en qué hacer.

¿Iré a verlo? Si. Pero ¿qué le diré? ¿Cómo estará? ¿Me extraña?

Las preguntas no paraban de formularse en mi cabeza. Ugh. Irritado a más no poder y con la pesadez por no haber descansado asentándose, fuí a echarme una ducha para poder despejar mi mente o intentarlo al menos para así poder esclarecer mis pensamientos.

Claramente sirvió para absolutamente nada.

Unas horas después me encontraba sentado en la cómoda silla de cuero del automóvil con las manos ya blancas por el agarre al volante. Preparándome, anticipando los posibles escenarios una vez que entre; el gran dilema de bajar o de volver a encender el motor e irme se libraba en mi cabeza en una lucha de par en par.

Todavía puedo hacerlo, nadie había salido a recibirme, lo cual quería decir que nadie sabía que estaba aquí aún.

Claro que, también sabía de primera mano que, a estas horas es bastante común que Nate se encuentre solo en la casa. Los encargados de la limpieza a estas horas ya no estaban, solo se quedaban hasta el mediodía. Aunque también era posible que ni siquiera hayan venido ya que Nick no hablaba con ellos.

Eso era trabajo mío. No era algo con lo cual quería que se preocupara, ¿para qué? sí, allí estaba yo ’El que le resolvería siempre todo’.

La casa estará hecha un desastre’ de inmediato interrumpí la sarta de recuerdos que pasaron por mi cabeza; estupidos pensamientos. No me debería de importar ahora si, su casa, está hecha un desastre.

Me quedo en trance mirando al gran portal de acceso, en la penumbra bajo la sombra de los gumbo-limbos sopesando mis opciones. Unos pocos segundos más pasaron antes de que inspirara profundamente y me decidiera finalmente en bajar y entrar a la casa; la decisión está tomada me digo.

Siento la opresión en el pecho y el latido de mi corazón empieza a retumbar en el silencio del mediodía. La fatiga mental parece estar tomándome factura por la cantidad de veces que eludí tratar el tema, ‘los sentimientos están para ser sentidos, Marcelo’, diría Octavio. Ahora entiendo sus palabras, ahora que yo me encontraba en el lugar donde el corazón no deja al cerebro en paz.

Pensé en el trayecto hasta aquí en ¿qué haré? No sé cómo reaccionaría al verlo y mientras más pienso en ello menos quiero atravesar el umbral de esta casa; como una bella pintura ahora veía a la casa como una obra de arte manchada. Ya no me creo capaz de ver este lugar como un hogar.

Me pregunto vagamente en qué momento de mi vida me convertí en esto; en el centro de rehabilitación de hombres rotos, ¿porque me sentía así por una persona que me trató tan mal?, ¿porque no puedo simplemente dejar de pensar en él?

El frío aire se me hacía soportable en la estrellada noche de Fort Lauderdale. En realidad el clima parecía estar bastante agradable considerando la estación, era invierno. Pero supuse que era normal ya que es Florida, sin embargo me generaba una disrupción mental ya que asocié toda mi vida a Estados Unidos con la nieve y el frío. No es como si estuviera acostumbrado a un clima menor a veinticinco grados.

Cada paso parecía aumentar el peso imaginario que llevaba sobre los hombros. Sabía perfectamente el escenario que encontraría y esperaba que mis sentimientos no pudiesen ser percibidos a través de mi semblante o mi ojos.

Sé de primera mano que si Nate ve la decepción reflejada en mi rostro no haría nada más que empeorar las cosas; odiaba con todas mis fuerzas el hecho de poder afectar a una persona tan solo con una mirada, un gesto o una palabra.

Abrí el cerrojo de la puerta y cruce el umbral con la respiración contenida; el olor a Bourbon invadió mis fosas nasales de inmediato e hizo que las venas de mis sien palpitaran en reacción. Me cubrí la nariz instintivamente y luego crucé el vestíbulo dejando mi abrigo colgando en la percha.

Allí estaba, sentado en la alfombra… no. Se hallaba desparramado en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá. Tenía una mano cubriendo su rostro a medias y la otra balanceaba una botella vacía de Buffalo Trace.

Nate levantó la cabeza hacia mí intentando alzar sus pesados párpados, pero no pudo. El ceño se le fruncía ante cualquier haz de luz que anime a entrar por los ventanales cubiertos casi por completo por las cortinas solares.

–¿Mamá, eres tú? –pregunta con la voz ronca; arrastrando cada palabra con una parsimonia casi irritante–, ya te lo dije. Estoy bien, quiero estar solo. Vete.

–No soy tu madre, Nate –respondí a lo obvio.

Era claro que sería capaz de reconocer mi voz con un simple ‘no’, me alejé un poco por instinto. No iba a permitir que su tacto corrompa a mi cuerpo y me engañe de nuevo con sus dulces palabras.

El cuerpo se le tensó al instante al percibir que la voz no era proveniente de su madre. Le costaba enfocar la vista y frotaba de manera vehemente sus ojos con ambas manos. Cuando logró enfocar su mirada hacia mí, sus ojos se encontraron con los míos; pude vislumbrar cómo las emociones se sucedían velozmente, pasarón de sorpresa a conmoción, de conmoción a tristeza y finalmente de tristeza a desesperación.

Mi corazón volvía a ese momento del que con mucho afán pude olvidar por instantes; ese horrible sentimiento que en repetidas ocasiones sufrí. Esa mirada que ya vi tantas veces, en tantos rostros, en tantos lugares.

Se volvería a repetir lo de siempre, será posible que encuentre paz alguna vez, me pregunto que mal habré hecho para merecer esto. Sé lo que va a pasar.

–No… –tartamudea–, no estás realmente aquí, estoy… –balbucea para sí mismo mientras suelta la botella y empieza a darse golpes suaves con las manos en la cabeza–. Estoy alucinando –otro golpe, este último sonó más fuerte que las anteriores–; si, si eso es.

–Para. Nate, para ya –dije acercándome.

No quería, pero tuve que romper la promesa que me hice a mí mismo para ayudarlo; atajé sus manos con delicadeza y las aparte de su rostro para que cesaran los golpes. Sus duras manos contrastaba con las mías en casi todo sentido.

Intentó incorporarse en vano y yo, de mala gana, me aventuré a ayudarlo. Lo agarré de la cintura sosteniéndolo para que no cayera, suplicando en silencio para que no recargara todo su peso sobre mi. Su rostro se encontraba por encima de mi cabeza y podía escuchar su respiración entrecortada; cada aliento pesado que daba despedía el horrible olor del alcohol que tanto detesto.

Apenas llegamos a la cocina; lo dejé caer en una de las sillas alrededor de la gran isla. Me incorporé y analice la ‘situación’ sentada delante mia.

Apoyó ambos codos sobre la encimera y se tapó el rostro de nuevo. Deduje que su cerebro estaba calculando las palabras que usaría, pero en ese estado no creo que su mente lo pueda ayudar en algo.

–Mare… –su voz ronca fue casi un susurro imperceptible, sonaba avergonzado–. Lo siento… yo… Estoy hecho una mierda.

Lo ignoré mientras él seguía balbuceando solo; agarré un vaso de cristal de uno de los estantes superiores en la alacena de la cocina, lo llené con agua y se lo pase desde el otro lado de la isla. Ahora ya no necesitaba de mi ayuda y quería preservar esta pequeña barrera entre nosotros.

El contacto no era bueno para mi.

Entendió rápido; agarró el vaso y lo bebió todo de un gran trago. Volví a cargarselo y se lo tendí de nuevo; lo repetí otras tres veces esperando a que hable. No habló.

Finalmente paré y me recosté contra el borde de la mesada; me quedé allí parado, mirándolo con los brazos cruzados. Me quedó claro que él no sería el que iniciaría la conversación; de hecho me sorprendió cómo pude olvidarlo. Nate jamás iniciará las conversaciones cuando existiera alguna disputa entre nosotros.

–No vine para quedarme, solo pasaba a ver como… –empecé con un suspiro–. No deberías estar así… –dije finalmente y él soltó un largo y tendido suspiro.

Lo tomé como un entiende lo que digo, o al menos lo procesa.

–Tu familia está preocupada por tí, Nate. Tampoco creo que a tu equipo le resulte gracioso que uno de sus mejores jugadores se vea así; no importa que estés fuera de la temporada, no deberías estar así..

Soltó otro suspiro que sonó más a un bufido y luego levantó la cabeza hacia mí; percibí en sus ojos que tenía todas las ganas para una discusión. Pero no podía siquiera aguantarme la mirada; era indiscutible la culpa que llevaba dentro. Rápidamente volvió a bajar la mirada simulando estar concentrado en algo sobre la mesa de mármol.

Se quedó callado. Claramente no va a hablarte Marcelo ¿a qué esperabas?, pero tampoco quiere que me vaya o al menos no ha dicho nada. Como ya sospechaba sólo me quería como un objeto inamovible al cual poder tener de apoyo emocional cuando no sea capaz de entender lo que siente; apoyo que no tendrá de mi parte.

–¿Has comido algo? –pregunté en un intento de entablar conversación.

No era difícil distinguir que no se encontraba en su mejor forma física. Había perdido un poco de peso; de músculo para ser más precisos. Nate siempre fue, aún lo sigue siendo, un gigante musculoso. Una gran mole de testosterona imposible de franquear en los partidos. Además compartía con su hermano mayor un gran complejo conocido por todos donde entrenaban incluso cuando no se encontraban en temporada.

Ahora, a pesar de que era notable la pérdida, seguía siendo grande pero era bastante visible lo suelto que se le quedaba la sucia camisa blanca. La lesión le había pasado factura así que era probable que le hubieran prohibido levantar mucho peso por cierto tiempo.

No era su primer rodeo. El pobre vive de lesión en lesión.

–No puedo –murmuró sin ganas–, todo me da asco.

No quiero darle importancia a sus palabras, en verdad no quiero hacerlo, no tiene el derecho de hacer que me preocupe por él; no se lo merece. Eso es lo que piensas pero pero de igual manera aquí estás, tonto.

Abrí el refrigerador para buscar algo para darle de comer y me encontré con el conocido paquete de comida ya cocinada. Seguro que fue hecha por Simón; maldita sea extraño sus comidas. Siempre cocinaba todo con la cantidad milimétricamente medida de proteínas para el cuerpo de Nate.

–Debes comer algo, no puedes seguir así –sermoneo con la voz lo más neutral posible.

Él simplemente niega con la cabeza, sus labios inferiores se curvaron levemente hacia abajo; parecía un niño malcriado, rechazando la comida porque no le prepararon lo que quería.

–Si comes todo esto me quedaré un momento y si no lo haces llamaré a Jace, tú decides.

Me irritaba tener que utilizar las antiguas tácticas que no me gustaban para nada; sin embargo no me cabía en la cabeza otra manera.

Sabía sin necesidad de comprobarlo que funcionaria. Sabía que me diría no, sabía que, de igual manera, lo haría. Sabía que si lo amenazaba con irme, me detendría. Sabía que no sería necesario llamar a su hermano, aunque, tal opción, me haría sentir un poco más seguro. Tener a Jace de mi lado ayudaría bastante.

Pero la prioridad ahora era hacer que dejase de tomar, coma algo y vaya a sus sesiones de fisioterapia, para que su equipo no lo eche.

Mis sentimientos no tienen porqué interferir en esto ¿verdad?, ¿por qué volvería con un tipo como él?, ¿quien no volvería con un tipo como él, Marcelo. De verdad crees que conseguirás algo mejor?

Lo dejé un momento a solas para que comiera mientras agarraba una bolsa de basura con la intención de limpiar un poco el desorden de Nate. Había una cantidad alarmante de botellas por todos lados; no solo de bourbon, sino de cerveza, vino y otras cuyos logos no se me hacían conocidos.

Siempre me pregunté el por qué la gente toma hasta el punto de la ebriedad.

Ocupar mis pensamientos con esas preguntas me alejaba de la realidad en la que me encontraba. Odiaba tanto cuando mi capacidad de discernimiento se envenenaba por culpa de los sentimientos que ciertos individuos eran capaces de despertar en mi.

Era muy optimista de mi parte pensar que la distracción servirá de algo cuando justamente el causante de mis pesares estaba a unos pocos metros. Su inmensa presencia acaparando todo, aún podía sentir su tacto, el aroma de su perfume, su voz latiendo en mi cabeza y…

Basta.

Sé que comerá, no tengo duda de ello. Lo intentará e incluso lo forzara. ¿Por qué haría eso? porque sabe que, aunque me haya dicho cosas malas, aunque me haya roto el corazon, aunque me haya humillado hace unos meses; no le es posible estar sin mi.

Odio eso con todo mi ser, odio que me necesite de esa manera, no era lo que esperaba al intentar una relación con él, una codependencia entre ambos, pero apenas empezamos a explorar la atracción que sentíamos el uno por el otro me percaté de que la historia se volvería a repetir.

Era culpa mía, yo solito me metía en el mismo círculo vicioso: una y otra vez, siempre eligiendo al mismo prototipo de hombres, siempre las mismas situaciones, siempre el mismo final. Nunca cambiaba ¿por qué soy así?

Cuando terminé de recoger la basura Nate seguía comiendo, masticaba la comida de manera lenta y pesada; suspirando a cada segundo. Inspiraba hondo y metía otra cucharada en su boca mientras yo por mi parte ralentizaba mi andar por la casa debido a la falta de cosas que hacer o limpiar, debería ya buscar algo en que mantenerme ocupado.

Hice una ojeada alrededor de la sala y por suerte había otras cosas que estaban desordenadas, así que me propuse trabajar en ellas.

Las cortinas de lino europeo semitransparentes cerradas las corrí para dar paso a la luz a través de los grandes ventanales, el sofá parecía desprolijo así que lo sacudí y alise un poco con manotazos, las sábanas tiradas en la alfombra las doble y las dispuse por los apoyabrazos del sofá, las almohadas aplastadas las acomodé en su lugar; ocupé mi mente en detalles triviales como el color de las nuevas almohadas o el tono opaco del sofá con una ligera curva al final en el apoyabrazos o la gran mancha de vino en la alfombra hasta que escuché cómo el tenedor de Nate chocaba con el plato creando un eco que cortó repentinamente el silencio en la estancia.

Este tipo de conversaciones se me daban increíblemente mal. No sabía siquiera si quería que hablara…

Maldita sea, ya era tarde para arrepentirse ¿no?

Me preparé mentalmente para la inminente discusión.

–No tenías por qué venir –murmuró con la mirada perdida en el plato.

No es capaz de decirmelo a la cara. No se atrevería. Ay Nate.

–Lo sé, no me quedaré mucho –respondí cortante.

Finalmente agarré la bolsa con todas las botellas recogidas y la tiré al basurero de la cocina. Me puse a limpiar los cubiertos que utilizó Nate, quien por supuesto, luego de esas breves palabras continuó mirando el mármol en silencio, completamente sumido en sus pensamientos de seguro ya maquinando alguna manera para no hacer que me vaya.

Sequé mis manos con el paño y lo volví a colocar en la manija del lavavajillas; largué un corto suspiro, un pequeño aplauso de manos tras asentir por terminar todo y de esa manera dí mi clara señal para que sepa de mi no tan insinuada forma de decir que me largo de aquí.

Simplemente no sería yo el que iba a iniciar esta conversación, ya estaba harto de tener que hacerlo todo el tiempo. Siempre yo. No debería de ser así, no quiero que sea así. Merezco que la gente me trate mejor, merezco que alguien me tenga de prioridad y que no me tomen como la salida rápida, el que los haría olvidar sus problemas.

Apenas había dado unos pasos hacia la puerta cuando Nate se levantó apresuradamente, aún tambaleándose, aunque aparentaba estar un poco más estable que hace unos minutos y avanzó directamente hacia mí.

–Quédate… –murmuró mirándome desde arriba con sus casi dos metros de altura– solo un poco más, por favor –sus ojos rojos me atravesaron completamente el alma.

¿Por qué me tienes que gustar tanto? No es justo.

Yo no era así, ¿qué me ha pasado? Estoy seguro de que el Marcelo del pasado estaría enojado conmigo por las malas decisiones que tomé. Úsalos y ya no es tan complicado tarado.

Sí, hubieron excepciones, pero esta vez me dolía demasiado el no tenerlo cerca, el no poder sentir su presencia, el no poder reir y estar solos juntos, hablar de sus partidos o de mis libros favoritos; de nuestros gustos tan radicalmente diferentes, no me gusta sentirme de esta manera, lo detesto.

Percibo su arrepentimiento como real; tal vez eso quieres creer. En verdad se veía mal y no me refería solo a su aspecto.

‘NO’, me reprimió el subconsciente.

No caería tan fácilmente, mas no haría daño que me quedase un poco ¿verdad? En cualquier momento podría desaparecer y ya. No estaba obligado a nada.

Al momento de pensarlo me entró la duda de si él dejará que me vaya así de fácil. Sé que no. No en este estado, no a menos que le dijera algo que en verdad le doliera.

Quiero hacerlo, quiero que sufra, que le duela el haberme hablado de esa manera, pero ya no soy ese tipo de persona. De alguna manera me irritaba el no tener la maldad suficiente para hacerlo. Me conozco demasiado bien y sé que, luego de abandonar la casa, me la pasaré preocupado de si mis palabras de alguna manera lo lastimaron de verdad y lo llevará a hacer cosas que no le desearía a nadie, ni siquiera a él en este momento.

–No creo que deba quedarme –respondo sosteniéndole la mirada.

Asiente débilmente con el semblante perdido. Estaba sopesando su respuesta, no tenía idea de qué responderme. Parecía nervioso y el cuello tenso y las orejas rojizas me lo confirmaban.

Fueron solo unos segundos pero creí incluso llegar a ver el atisbo de una sonrisa en la comisura de sus labios antes de que se vuelva a tambalear y se sostenga por el borde de la isla, para no caer por la torpeza de sus movimientos. Tonto si cree que no me percaté que lo hizo a propósito para que lo ayudara a sentarse de nuevo.

Me quiere cerca pero no hace ninguna de las cosas que tiene que hacer realmente para que me quede. Y aún así lo haces…

–Siéntate un momento, aquí… eres muy pesado –señalé el lugar mientras intentaba evitar que cayera de golpe.

El amplio sillón blanco se desinfló por completo bajo su peso y luego, cansado de cargarlo, me senté al lado suyo dejándome caer con un largo suspiro.

De igual manera mantuve un poco de distancia. Sé que con el simple roce de sus brazos me haría olvidar todo el daño que me hizo, me haría recordar el dolor que sentí cuando nos separamos.

Esta mañana me había prometido una y otra vez frente al espejo de mi apartamento que no iba a volver a caer tan fácilmente, no me dejaría sucumbir por una sobria disculpa o un seco abrazo, tendrá que esforzarse para que lo perdone.

–Es increíble que aún no se te haya bajado un poco la borrachera –murmuré por lo bajo, para mí mismo.

En realidad sí que era bastante inusual.

Sin embargo, es la primera vez que lo veo en este estado. Cuando volvía de algún juego importante o de alguna fiesta menor bastaba con darle un poco de agua y algo de comer.

Este tipo de ‘eventos’ solo se sucedían en ocasiones muy puntuales, no eran de por sí esporádicas. El factor común era yo.

Sé que probablemente me esté echando la culpa en vano ya que sus decisiones son suyas propias, nadie lo obligaba a nada, sin embargo tenía la certeza de que dentro de su cabeza Nate suponía que sí, él sí creería que el culpable era yo y, en ocasiones, yo también lo creía.

Ahora… ¿Estará fingiendo?

–Siempre apareces cuando no deberías –me giré abruptamente para mirarlo; estaba atónito, a segundos de protestar ¿en serio vine para esto?–, me refiero a que… no quería que me vieras, no así. No en este estado.

–Y aún así, aquí nos encontramos.

–No hubo día que no pensara en ti Mare, mi cabeza no me permite olvidarte –continuo agarrando una almohada de las varias esparcidas por lo largo del sofá y la apretó fuerte con ambas manos contra su pecho. Su mirada adquirió de nuevo ese semblante introspectivo, el mismo que tenía cuando nuestras conversaciones tocan la fibra en su interior sobre cosas que le cuestan comunicar verbalmente–. Ebrio, sobrio, entre comidas, en entrevistas, en las prácticas, en las sesiones, mientras duermo en mis sueños, en todos lados.

–Nate…

–Solo déjame terminar –me cortó al instante murmurando por lo bajo con la almohada amortiguando su voz quebrada.

Se giró para mirarme. Sus ojos avellana ya no aparentaban el rojizo anterior, pero eso no borraba la tristeza que transmitían. Carecían de la luz que albergaba siempre que su mirada se posaba en la mía.

–Solo déjame terminar, luego decides qué quieres hacer ¿está bien?

Asentí, intentando tragar el nudo que se estaba formando en mi garganta. La anticipación de las posibles palabras que saldrán de sus labios desarmaban completamente cualquier escudo que había intentado formar a duras penas en estos meses.

–Me despierto todos los días sintiéndome miserable, no tengo ganas de comer. Cuando si lo hago, vomito antes o incluso durante las prácticas –vocalizaba cada palabra perfectamente, de hecho si te mintió para poder sentir tu contacto hace unos momentos–. Sonrío frente a la maldita prensa e intento que no se me escape nada en las entrevistas, pero no puedo siempre aparentar. El entrenador probablemente ya se percató y no sé por qué no me increpó. Algunos de mis compañeros simplemente me ignoran. Supongo que huelen el alcohol en mí y pasan de largo. Intento distraerme con cualquier cosa, lo que sea para no pensar en tí. Leo, escucho música, veo la tv pero nada ayuda, eres cómo fantasma acechando cada miserable pensamiento en mi cabeza. Me duele mucho Mare –dijo señalando a su pecho a través de la almohada–. No me gusta esta sensación, quiero que pare.

Y en ese momento fui yo el que se quedó mirándolo a los ojos, o más bien al vacío de su iris dilatada, me podía vislumbrar en ellas perfectamente.

Mi cerebro pareció incapaz de hilar dos palabras para poder responderle. No se que contestar y me sorprendí porque esta era la primera vez que Nate me hablaba desde que terminamos nuestra relación; entonces… ¿debería consolarlo?, ¿debería ignorarlo?, ¿debería irme? Las opciones revoloteaban en mi cabeza a una velocidad vertiginosa y eso me impedía el tiempo a colgarme de una y hacer que mi cerebro la procese para poder contestar.

¿Me gusta verlo de esta manera? Pensaba que sí, que me encantaría verlo así. Se lo merece y yo merezco no sentirme mal por ello pero la respuesta sincera es no.

Apenas veo la tristeza en sus ojos marrones, mi corazón no aguanta y me hace sentir como la peor persona del mundo por desear tal mal hacia su persona.

–Me hiciste mucho daño Nate…

–Lo sé –admitió desviando su mirada de la mía.

–Y no es la primera vez que lo haces… –sentí como se me nublaba la vista.

Maldita sea no quiero que me vea llorar.

Tenía los ojos cargados; las lágrimas a punto de caer. Me las sequé con el dobladillo de una de las sábanas puestas en el reposabrazos del sofá.

Se quedó en silencio, con la cabeza gacha.

Se lo agradecí mentalmente por darme este pequeño tiempo muerto para poder retener las malditas lágrimas y juntar mis pensamientos. Logré reprimir un poco la oleada de sentimientos que se habían juntado demasiado rápido para mi gusto, tristeza, enojo, angustia, rencor, dolor, eran algunas de las que sí pude descifrar.

Era divertido, irónicamente, que hace apenas unos años esta situación no se me ocurriría ni siquiera en sueños. Que jamás siquiera hubiera llegado hasta este punto.

–Yo… –se mordió los labios–. Nunca quise hacerte daño Mare –Ajá claro que no–. Lo hice, lo sé, pero… no era mi intención –me agarró de las manos y, en vez de levantar su mirada hacia mí, las posó sobre ellas–. Digo muchas cosas que no debería, no pienso en las consecuencias antes de decirlas, me pongo nervioso y… y lo arruino todo. No sé expresarme porque nunca lo he hecho antes, nunca lo necesité y… contigo es cómo si una enorme ola me envolviera por completo y me vaciara de todo razonamiento. No soy capaz de pensar, no puedo hablar y pensé que, tal vez, si te alejaba me sentiría mejor, que si te alejaba todo volvería a la normalidad. Lo hice pero no sucedió nada de lo que pensé, nada funcionó y aquí estoy, en un lugar en el que pensé que quería estar pero lo odio.

Eran inútiles los esfuerzos de Nate por enmascarar su semblante; estaba a segundos de llorar, era imposible que pudiera esconderse de mí, sus ojos se empezaban a tornar vidriosos cuando intentaba mirarme de reojo.

El cliché del hombre promedio era tan obvio con Nate; no lloraba jamás y mucho menos lo haría frente a otros, siempre se aguantaba hasta que ya no podía contenerse y terminaba explotando por completo, como ahora. Sus ojos cargados de lágrimas me imploraban por una respuesta que las transforme de tristeza a felicidad; la intensidad de su semblante demacrado me llenaba el corazón de tristeza.

–Cuando te fuiste… se sintió como si una parte de mí se hubiera ido contigo. No me creí con el derecho de buscarte y pensé que me odiarías más si era insistente, por esa razón no te busqué. Yo…

–No creo poder ser capaz de odiarte Nate –respondí con total sinceridad–, lo intenté pero no pude.

No le estaba mintiendo, en verdad lo intenté con todas mis fuerzas y no lo logré. Era como una gran idea que intentaba meter a la fuerza en mi cabeza pero no cabía; no había manera. Mi cerebro era reacio ante tal sentimiento.

Y aquí en este preciso momento es donde tomo una decisión de la cual es más que probable que me arrepienta luego; pero estaba tan cansado, tan agotado. Ya no quería pelear, ya no quería discutir, ¿sería demasiado tonto de mi parte perdonarlo? quiero hacerlo. Estos dos últimos meses fueron demasiado difíciles, por no decir insufriblemente horrendos. Al igual que él también me había costado pegar el ojo, me revolvía en la cama imaginando escenarios en el techo de cómo hubiera ido la conversación si no mencionaba tal cosa o la otra, tampoco podía comer. Nunca paré de pensar en ellos y sobre nuestra situación tan inusual.

Mire a sus grandes manos sosteniendo las mías, era un gigante con toda regla. Me podría cubrir por completo ambas manos con solo una suya, me podría convencer de cualquier cosa solo con tocarme y por primera vez en mucho tiempo, sentí que ya era hora de dejar de intentar controlarlo todo, de dejar de calcularlo todo, era momento de ceder.

¿Me dolerá mucho si me vuelve a mentir? La respuesta es sí pero no quiero vivir de esta manera por siempre, calculando cada beso, calculando cada caricia, cada cita. Pero así como me gustaría por fin aceptarlo plenamente como lo que era; tampoco quería vivir escondido, yo nunca lo hice y no lo haría por nadie, jamás.

Estuvo a punto de soltar sus manos de las mías pero las apreté suavemente lo cual lo obligó a levantar la mirada y encontrarse con la intensidad de la mía.

–Nate… no vine para hablar de eso –se lo aclaré. Antes de que continuara y realmente lo perdonase por completo. Quería hacerle saber lo que esperaba de esto, de nuestra situación, de nosotros–. Me convencieron de venir. Tienes a muchas personas preocupadas por ti, y si… yo también soy una de ellas –siento como me empieza a sudar la palma de las manos, debería soltar las suyas.

Levanté la mirada y por primera vez ví el destello de una sonrisa en su rostro, la comisura de sus labios temblaba levemente y parecía que el color volvía a su rostro.

–Te preocupas por mí… –detecté la leve ironía en su tono.

–Te ayudaré, no te prometo nada más ni nada menos.

No sonrió, no celebró, no se tensó, solamente vi como una pequeña lágrima caía lentamente por su mejilla desapareciendo en su espesa barba. Un pequeño latido en lo bajo de mi vientre me hizo recordar ese delicioso sentimiento familiar que me daba siempre que veía a Nate ser vulnerable conmigo, ser abierto con sus sentimientos, dejarme ver el lado suyo que mucha gente no conocía. Una lágrima de felicidad se podría decir. ¿Porqué me hacía sentir bien el verlo bien?

–Gracias –me responde con voz quebrada, mientras seca el resto de lágrimas que amenazaban con descender por su rostro.

Típico hombre rudo, al parecer solo tenía permitido soltar una. Sonreí a medias mientras admiro la sinceridad de su rostro, probablemente tenga ahora los ojos igual de llorosos pero no me importa.

–No te estoy perdonando ¿lo sabes no? –pregunté abruptamente.

Perdí por un momento el raciocinio y no me percaté de ello; a Nate tengo que especificarle cada cosa, de lo contrario entenderá lo que él quiera.

–Me está empezando a doler la cabeza –dice y detecté la leve sonrisa–. No te molestará si…

Antes siquiera de que pudiera protestar posó la almohada en mis piernas y descansó su cabeza sobre ella. Tal cual lo hacía siempre que estábamos juntos y quería dormir tranquilo. ’No se porque siempre que me tocas mi cuerpo se tranquiliza totalmente, es como estar en completa paz, ¿es esto normal, Mare?’, habían sido las palabras que utilizó; las recordaba perfectamente. Siempre acariciaba su cabeza hasta que su respiración se tranquilizara y así poder librarme de él. Lo hacía hasta cuando nos peleabamos o discutimos por cosas triviales y ahora mismo lo está haciendo y quién era yo para detenerlo ¿para qué mentirme? sí, quiero tenerlo cerca. Lo cual me recuerda…

–Debo hablar con Reid –murmuré despacio y sentí como el gigante cuerpo de Nate se tensaba pero no dijo nada, se quedó allí quieto fingiendo dormir.

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author

increíble

14 horas
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