Pulso por MBoyer en Inkitt
Personalizar legibilidad
Aa

PULSO

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

El Pulso — M. Boyer Un grupo de trece adolescentes pasa un sábado en el río cuando el padre de uno de ellos llega corriendo, herido y desesperado, alcanza a decir tres palabras — niebla, corran, no pueblo — y cae muerto. Desde ese momento su mundo cambia para siempre. La niebla que cubre su pueblo no es un fenómeno natural. Dentro de ella operan criaturas organizadas en jerarquía: los posadores drenan la fuerza vital de los humanos mediante pulsos de energía, los centinelas los localizan por calor corporal y los marcan, y algo más grande coordina todo desde adentro. Las víctimas son transferidas al Remanso, un lugar perfecto y tramposo donde sus conciencias esperan felices mientras sus cuerpos son vaciados. Benjamín Grubeer, hijo del primer muerto, emerge como líder. Con su grupo avanza hacia el norte buscando territorio libre, acumulando supervivientes, descubriendo las reglas que rigen a las criaturas, y pagando el precio de cada error con vidas que no puede recuperar. Una historia de supervivencia, liderazgo y horror donde lo más aterrador no son las criaturas sino las decisiones imposibles que los humanos deben tomar para seguir vivos.

Genero:
Horror
Autor/a:
MBoyer
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El sol caía sin piedad sobre la llanura.

Era ese tipo de calor que no avisa, que no negocia. El pasto, seco hasta el tuétano, se doblaba apenas con el viento caliente que cruzaba la planicie desde el oeste, amarillo y quieto como si el campo entero estuviese esperando algo. A la cintura de un hombre adulto llegaba en algunos tramos, y en otros más alto todavía, pero siempre igual de seco, igual de quieto, igual de indiferente al verano que lo aplastaba desde hacía semanas. No había sombra en la llanura. No había por dónde buscarla.

Por eso el río era lo que era.

A unos tres kilómetros del borde del pueblo, donde la tierra empezaba a bajar suavemente hacia el cauce, el paisaje cambiaba de golpe como si alguien hubiese trazado una línea con regla. Del lado de acá: pasto seco, tierra resquebrajada, cielo blanco de tanto calor. Del lado de allá: árboles. Frondosos, altos, con esa clase de verde oscuro que solo existe donde hay agua cerca. El río no era ancho ni profundo, pero era frío y constante, y la sombra que hacían los árboles sobre la orilla convertía ese rincón en el único lugar del mundo donde valía la pena estar un sábado de enero.

Los chicos lo sabían desde siempre.

La F-150 de Robert llegó primero, como siempre. Era una camioneta que había conocido tiempos mejores —la pintura celeste desvaída, el capó con un abollado viejo que nadie había molestado en arreglar, los espejos atados con alambre— pero el motor todavía respondía y Robert la manejaba con esa confianza tranquila de quien conoce cada tranco y cada queja de una máquina. Entró por el camino de tierra que bordeaba el pastizal, levantando una nube de polvo rojizo, y frenó bajo los árboles con la precisión de quien ha estacionado en el mismo lugar cien veces.

— Llegamos — dijo, y apagó el motor.

Valentina, pegada a su lado en el asiento corrido, se estiró con los brazos al techo y exhaló largo. Tenía el pelo recogido en una trenza suelta que se había deshecho a medias con el viaje y los ojos entrecerrados de quien viene durmiendo los últimos veinte minutos. A su derecha, Natasha ya tenía la puerta abierta antes de que la camioneta terminara de detenerse, y Benja, desde el lado del copiloto, la siguió con esa parsimonia suya que desesperaba a Robert pero que Natasha encontraba, en secreto, completamente adorable.

La segunda camioneta llegó dos minutos después, más ruidosa y con más polvo. Gus frenó de golpe como siempre, con un chirrido innecesario que hizo reír a Tato desde la caja. Tim ya estaba saltando antes de que parara del todo, y cayó de pie con esa gracia torpe que lo caracterizaba, casi pierde el equilibrio, no lo perdió.

— ¡Llegamos! — gritó Tim al aire, con los brazos abiertos, como si el río fuese una conquista personal.

Cleo y Mary bajaron por la puerta de Gus con más dignidad. Cleo primero, ajustándose los lentes de sol, Mary detrás con la bolsa de la comida apretada contra el pecho.

— Si ese idiota frena así otra vez me bajo caminando — le dijo Cleo a Mary en voz baja.

— La próxima vez viajá con Carlos — respondió Mary.

— Prefiero morirme.

El sonido de las motos llegó desde lejos primero, un zumbido agudo que fue creciendo hasta convertirse en el rugido característico de la Yamaha 125 de Carlos. Entró al claro derrapando levemente en la tierra suelta, con Estiven atrás aferrado a su hermano con una mano y saludando con la otra como si desfilara. Tenían quince años los dos —gemelos, aunque nadie que no los conociera lo diría porque Estiven era un palmo más alto— y esa diferencia de estatura era motivo de discusión permanente entre ellos.

— ¡Tardaste! — le gritó Robert desde la orilla.

— ¡La cadena! — respondió Carlos, que era la respuesta que daba siempre, independientemente de la causa real del retraso.

Hilary y Angel llegaron últimas, en la cuatriciclo verde de los padres de Hilary que esta había tomado prestada sin pedir permiso con la convicción de que era más fácil pedir perdón que autorización. Angel iba atrás con los brazos extendidos y los ojos cerrados, dejando que el viento le diera en la cara, y cuando Hilary frenó bajo los árboles se quedó un segundo así, con los ojos todavía cerrados, antes de bajar.

— Esto es exactamente lo que necesitaba — dijo Angel, y se quitó las zapatillas en el acto.

Eran trece. El río los esperaba frío y constante como siempre, y durante las primeras horas no hubo nada más que eso: el agua, el sol filtrado por las hojas, la música que salía del parlante bluetooth de Tato, las latas frías que circulaban de mano en mano. Nadie pensaba en el pueblo. Nadie pensaba en nada que no fuera ese rincón verde al borde de la llanura.

Fue Gus quien armó la tarima.

La había construido el verano anterior con tablas sobrantes del galpón de su padre y cuatro postes enterrados en la tierra, lo suficientemente alta como para ver por encima del pastizal seco. La idea original era práctica: desde arriba se veía el camino de tierra por donde podían llegar adultos — padres, el encargado del campo, algún vecino entrometido — y eso daba tiempo suficiente para esconder lo que hubiera que esconder y acomodar las caras. Con el tiempo la tarima se había vuelto parte del lugar, como los árboles o las piedras grandes de la orilla.

Carlos fue el primero en subir esa mañana, con los binoculares colgados al cuello como siempre. Era su rol no oficial: el observador. Le gustaba el detalle, le gustaba ver las cosas de lejos antes de que llegaran. Desde arriba la llanura se abría en todas direcciones, el pastizal amarillo hasta donde alcanzaba la vista, el camino de tierra serpenteando hacia el pueblo, el cielo blanco y quieto sobre todo eso.

Todo normal.

Abajo, en la orilla, Tim y Angel estaban en el agua hasta la cintura. Robert y Valentina estaban sentados sobre una piedra plana, con los pies en el río y las manos entrelazadas. Natasha y Benja estaban un poco más apartados, en la sombra de un árbol grande, hablando en voz baja con esa intimidad que los demás respetaban sin que nadie lo hubiera dicho nunca. Gus, Tato, Mary, Cleo, Hilary y Estiven estaban desparramados en la orilla en distintos grados de comodidad y somnolencia.

Era, en todos los sentidos posibles, un sábado perfecto.

Hasta que Carlos los vio.

Primero fue el movimiento. Algo en el camino de tierra, lejos todavía, una figura que se movía de una manera que no era normal. No el paso tranquilo de alguien que camina, no el trote de alguien que hace ejercicio. Algo entrecortado, urgente, que caía y se levantaba y seguía. Carlos ajustó los binoculares.

Un hombre.

Mayor, de unos cincuenta y pico de años, con ropa que en otro momento había sido ropa de trabajo y ahora era un conjunto de jirones manchados. Manchados de sudor, sí, pero también de algo más oscuro. Algo del color del carmesí viejo. Corría —o intentaba correr— con esa desesperación torpe de quien ya no tiene fuerzas pero tampoco tiene opción. Caía, se levantaba, seguía. Y aunque la distancia hacía imposible escuchar, Carlos vio claramente cómo la boca del hombre se abría una y otra vez en lo que solo podía ser un grito.

— Oigan — dijo Carlos desde la tarima. Su voz salió rara, sin el tono habitual. Los de abajo lo miraron. — Suban acá.

Robert fue el primero en subir. Tomó los binoculares que Carlos le extendía y miró. Tardó tres segundos en identificar lo que veía.

— Es el señor Grubeer — dijo.

Abajo, Benja levantó la cabeza.

El señor Grubeer era el padre de Benja. Cincuenta y tres años, casado, dueño de una camioneta vieja que usaba para todo, hombre de pocas palabras y muchas horas de trabajo, de esos que en ese pueblo había varios. No era hombre de correr. No era hombre de gritar. Y sin embargo ahí estaba, en el camino de tierra, cayéndose y levantándose y abriendo la boca en ese grito silencioso que la distancia se tragaba.

— ¿Qué dice? — preguntó Benja, que ya estaba al pie de la tarima con los ojos puestos en el camino aunque sin binoculares no veía nada concreto.

— Está gritando tu nombre — dijo Robert.

Nadie dijo nada durante un segundo.

Después todos se movieron a la vez.

No llegaron a él a tiempo de frenar nada porque no había nada que frenar. El señor Grubeer cubrió los últimos treinta metros al borde de sus fuerzas, con la ropa pegada al cuerpo, los ojos desencajados, la boca abierta, y cayó en la tierra justo cuando los primeros del grupo llegaban a su altura. Cayó de rodillas primero, después de costado, y el sonido que hizo al caer fue el sonido de algo que ya no tiene resortes.

Lo rodearon. Benja llegó último, empujando sin querer a Hilary, y se arrodilló junto a su padre.

— Papá — dijo. Solo eso.

El señor Grubeer lo miró. Tenía los ojos inyectados y la respiración rota, cada entrada de aire un trabajo enorme. Las manos le temblaban. Buscó a su hijo con la mirada y cuando lo encontró hizo un esfuerzo visible para hablar.

— Niebla — dijo. La voz salió seca, raspada. — Corran. No... pueblo.

Se agarró el pecho con una mano. La otra cayó a un lado.

— Señor Grubeer — dijo Natasha, que ya estaba de rodillas al otro lado, con dos dedos buscando el pulso en el cuello. Lo encontró, débil y arrítmico. — Necesito que se quede conmigo, ¿me escucha?

Pero los ojos del señor Grubeer ya estaban mirando algo que no estaba en ese claro de árboles.

— Apártense — dijo Natasha, con una voz que nadie le había escuchado antes, firme y sin margen para discusión. — Denme espacio.

Se puso sobre él, entrelazó las manos, y empezó.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Respira.

El grupo retrocedió sin que nadie lo ordenara. Tim y Angel, que todavía tenían la ropa mojada del río, se quedaron parados con los brazos pegados al cuerpo sin saber dónde ponerlos. Cleo, Mary e Hilary se juntaron instintivamente, en voz baja. Gus y Tato miraban el piso. Estiven miraba a su hermano Carlos, que miraba a Robert, que miraba a Natasha.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Respira.

— Vamos, viejo gruñón — murmuró Natasha entre dientes, sin pausar el ritmo. — Respira, carajo.

Pasó el tiempo que tiene que pasar.

Natasha no paró hasta que supo con certeza que no había nada más que hacer. Entonces se sentó sobre los talones, respiró hondo, y miró a Benja.

— Benja — dijo, en voz baja. — Lo siento.

Benja asintió una sola vez. Tenía la mandíbula apretada y los ojos secos pero brillantes, y miraba el rostro de su padre con una expresión que los demás no supieron cómo leer y tampoco intentaron. Tato fue el que reaccionó primero: tomó la toalla que tenía en la mano desde que habían salido del río y la extendió sobre el cuerpo del señor Grubeer con cuidado, con una delicadeza que en él resultaba sorprendente.

Nadie habló. El río seguía sonando igual, indiferente.

Fue entonces que Carlos volvió a subir a la tarima.

No había planeado hacerlo, simplemente necesitaba estar en movimiento y ese fue el movimiento que eligió. Subió, miró hacia el pueblo por costumbre, y se quedó quieto.

— Oigan — dijo. La misma voz rara de antes. Pero peor.

Robert subió sin que se lo pidieran. Le quitó los binoculares de las manos y miró.

Sobre el pueblo, en el horizonte donde debería haber habido cielo despejado, había algo que no era una tormenta. O no era solo una tormenta. Era una masa densa, baja, que se movía de una manera que las nubes no se mueven, demasiado lenta y demasiado uniforme, como si tuviese peso, como si arrastrara algo consigo.

Niebla.

— No vamos al pueblo — dijo Robert, y su voz no dejaba espacio para conversación. Se los dijo a todos, pero miraba a Benja. — El señor Grubeer dijo que no fuéramos al pueblo. Miren bien eso. Eso no está en el cielo. Eso está sobre el pueblo.

Las preguntas llegaron todas juntas. Las chicas primero, después los demás, voces superpuestas que querían saber qué era, qué había pasado, qué hacían ahora, si llamaban a alguien, si había señal, cuándo había salido eso, desde cuándo estaba ahí.

Nadie tenía respuestas.

En la orilla del río, sentados a pocos metros de la toalla que cubría al señor Grubeer, Natasha y Benja hablaban en voz baja. Los demás los miraban de reojo, con esa culpa vaga de quien no sabe cómo ayudar y tampoco sabe cómo no mirar.

Robert bajó de la tarima y se paró frente a Benja.

— Sé que es fuerte — le dijo, directo, sin rodeos. — Pero tenés que reaccionar. Natasha te necesita. Los demás te necesitan.

Benja lo miró. Asintió despacio.

— Sí — dijo. Y pensó en su madre. No pudo evitarlo.

Los demás también pensaron en los suyos. En los que habían quedado en el pueblo. En sus casas, sus familias, sus padres que a esa hora estarían haciendo lo que hacían todos los sábados sin saber lo que se formaba sobre sus cabezas. El miedo era concreto y pesado, pero también era paralizante, y nadie encontraba las palabras ni la decisión para hacer algo con él.

Fue el llanto de Natasha lo que rompió el silencio.

No era un llanto de colapso. Era un llanto contenido, casi silencioso, que salió de golpe y sin aviso mientras miraba el agua del río moverse entre las piedras. Los demás la miraron y entendieron sin que dijera nada, porque todos habían visto a Natasha esa mañana convencer a su hermano menor de que no, que no podía venir, que era una reunión de los grandes, que la próxima vez, que la próxima.

Su hermano tenía diez años y estaba en el pueblo.

La niebla, en el horizonte, seguía avanzando.

¡Cuéntale a MBoyer lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Merry Christmas - Adventskalender 2025

Aelyn Raven: Wieder eine tolle Geschichte. Leider bin ich erst jetzt dazu gekommen sie zu lesen, aber das tut der Geschichte keinen Abbruch *g* ich freue mich schon auf den nächsten Adventskalender

Leer ahora
Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Leer ahora
 Mehrfach zurückgewiesene Gefährtin

Silvia: Sehr schön geschrieben, mit Spannung von Anfang bis Ende. Tolle Geschichte .

Leer ahora
The Contract Wife

Chloé: En fait jai commencé a lire hier soir et meme etant maman avec 3 enfants en vacance j'ai terminé en 24h tellement que l'histoire et tous m'intriguait !! Jai hate de lire la fin !

Leer ahora
Ein Kuss für den CEO

Linda: Ein sehr einfühlsamen Buch, mit einer Spur drama. Zwischendurch musste ich schmunzeln.

Leer ahora
THE WOMAN HE BOUGHT

Carolyne Walker: Very enjoyable read

Leer ahora
The Dating Deal

Andrea: Me encanta la manera en la que describes todo, eres fantástic@, pero... La chica me está haciendo llorar a mares, ella tiene que dejar de jugar a dos bandos, los está lastimando, aunque entiendo que eso es justo lo que se supone que tiene que ser, pero me está corrompiendo 😂, en fin, lleno de drama...

Leer ahora
We Only Fake It on the Weekends

Juanita: Loved it soooo much❤️

Leer ahora