Cachorritos para max

Sinopsis

Que es mejor que un alfa? Así es DOS alfas.

Genero:
Romance
Autor/a:
Sykes_ss
Estado:
hace 2 días
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

☆

Max tenía su objetivo muy claro desde hacía años: quedar embarazado de sus alfas.

Pero.

¿Cómo empezó todo?

Los gemelos Pérez, Sergio y Michel, dos alfas imponentes y carismáticos que acababan de fichar por el nuevo equipo Cadillac en la Fórmula 1 de 2026. Eran idénticos en apariencia, pero con personalidades que se complementaban a la perfección: Sergio, más calculador y sereno en pista; Michel, más audaz y provocador fuera de ella. Ambos desprendían un aroma que volvía loco a cualquier omega sensible: una mezcla cálida de vainilla tostada, caramelo quemado y un toque de madera de cedro, como postres recién salidos del horno después de una tarde de sol.

Max, un omega rubio de ojos azules brillantes y complexión delicada, había seguido su carrera desde que era un niño. Aquellos dos alfas lo habían fascinado desde el primer momento en que los vio correr en la televisión. Su olor imaginado ya lo hacía suspirar en sueños.

Mientras Sergio y Michel escalaban posiciones en el automovilismo y debutaban en la F1 con Cadillac, Max era solo un estudiante de universidad en Países Bajos. Sus días transcurrían entre clases, exámenes y noches enteras frente a la pantalla, reproduciendo una y otra vez las carreras de sus gemelos favoritos. Tenía pósters de ellos por toda la habitación: uno de Sergio levantando el trofeo en Silverstone, otro de Michel celebrando con el casco en la mano, y varios juntos, con sus monos de Cadillac brillando bajo las luces del pit lane.

Su fanatismo era tan grande que una tarde su mejor amigo, Charles, lo encontró tumbado en la cama leyendo un fanfic explícito sobre los gemelos.

—Max… ¿en serio? —Charles soltó una carcajada, asomándose por encima de su hombro—. ¿“Los alfas Pérez me llenan de nudos hasta que no puedo caminar”? .

(🤨)

Max se puso rojo hasta las orejas y cerró la laptop de golpe.

—Cállate. No es como si tú no tuvieras tus propias obsesiones con ciertos pilotos ferraristas.

La burla duró exactamente tres semanas. Cada vez que se veían, Charles soltaba algún comentario sarcástico con una sonrisa pícara. Max lo soportaba porque, en el fondo, Charles era el único que entendía lo mucho que significaba esa pasión para él.

Y entonces llegó la semana del Gran Premio de Países Bajos en Zandvoort.

Todo el circuito y la ciudad se transformaban. Las calles se llenaban de banderas de los equipos, el aire olía a cerveza fría, sal del mar y gasolina quemada. Los anuncios de F1 cubrían cada pared, los fans acampaban en las dunas y el rugido lejano de los motores de práctica hacía vibrar el suelo. Para Max era el paraíso… y también una pequeña tortura. Nunca había podido asistir a un GP en persona. Ser un simple estudiante significaba entradas demasiado caras y prioridades más urgentes que un fin de semana de carreras.

Ese año, Max pensó que sería igual. Se conformaría con verlo por televisión, envuelto en su manta.

Pero una tarde, mientras terminaba un trabajo en su pequeño apartamento, la puerta se abrió de golpe.

—¡Max! ¡Max, ven aquí ahora mismo! —gritó Charles, entrando como un torbellino. Saltaba literalmente, con los ojos verdes brillantes de emoción y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

Max levantó la vista, confundido.

—¿Qué te pasa? ¿Ganaste la lotería o qué?

Charles sacó dos pases del bolsillo trasero de sus jeans y los agitó en el aire como si fueran boletos de oro.

—¡Mejores que la lotería! ¡Pases para todo el fin de semana en Zandvoort! Tribuna principal, acceso a paddock el domingo… ¡todo!

Max parpadeó, incrédulo. Tomó los pases con manos temblorosas y los examinó bajo la luz. Parecían reales. El logo de Cadillac brillaba en relieve, junto con los nombres de los gemelos Pérez.

—Charles… ¿esto es una broma? Si me estás tomando el pelo otra vez con lo del fanfic, te juro que…

—No es broma, idiota —Charles se dejó caer en el sofá, todavía riendo de pura felicidad—. Mis padres los consiguieron. Saben lo mucho que te gustan los Pérez y… bueno, también saben que soy tu mejor amigo. Dijeron que era mi regalo de cumpleaños adelantado para los dos.

Max se quedó en silencio un segundo. El corazón le latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes. El aroma dulce de fresitas con crema que siempre lo acompañaba se volvió más intenso, más cálido, traicionado por la oleada de emoción pura.

—¿De verdad vamos a ir? —susurró, como si decirlo en voz alta pudiera romper el sueño—. ¿Voy a verlos… en persona?

Charles se inclinó hacia adelante y le dio un empujoncito cariñoso en el hombro.

—Sí, Maxie. Vas a ver a tus alfas correr. Y quién sabe… quizás hasta capten ese olorcito a fresitas con crema que sueltas cuando estás nervioso. Imagina: dos alfas altos, sudados después de la carrera, acercándose porque detectan algo dulce y delicioso entre la multitud.

(Eso Charles alimenta su esquizofrenia!!)

Max soltó una risa nerviosa, cubriéndose la cara con las manos.

—Dios, cállate. No digas eso.

Pero en su pecho algo se agitaba, cálido y esperanzador. Por primera vez, el objetivo que había guardado en secreto durante años —quedar embarazado de Sergio y Michel— ya no parecía tan lejano e imposible. Solo tenía que estar allí. Respirar el mismo aire que ellos. Dejar que sus feromonas se mezclaran con su aroma a fresas frescas y crema batida.

Charles lo miró con cariño, suavizando un poco la broma.

—Oye… en serio. Sé lo importante que es esto para ti. Has esperado años. Si pasa algo, si te sientes abrumado por los olores o por la multitud… solo dime. Estaré ahí.

Max bajó las manos y sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de luz.

—Gracias, Charles. De verdad. No sé qué haría sin ti.

El omega se levantó y abrazó a su amigo con fuerza.

°•°•°•°•°

La semana previa al GP pasó entre risas nerviosas, pilas de ropa sobre la cama y el aroma dulce de fresitas con crema que Max no conseguía controlar del todo.

Ambos omegas dedicaron horas a elegir qué ponerse. Max quería causar una buena impresión, aunque intentaba convencerse de que solo era por las fotos que seguramente tomaría. Charles, más relajado, se probaba camisetas mientras lo molestaba con cariño.

—Vamos, Maxie, esa sudadera gris te hace parecer aburridooo. Pruébate la azul marino otra vez —dijo Charles, tirado en la cama con una sonrisa burlona.

Max se miró en el espejo, frunciendo el ceño. Hacía un frío húmedo y cortante en Zandvoort ese fin de semana; el viento del mar del Norte se colaba hasta los huesos. Al final se decidió por algo lindo pero práctico: unos jeans oscuros ajustados, una sudadera oversized de color crema con el logo discreto de Cadillac bordado en el pecho, y una chaqueta ligera pero cálida que olía ligeramente a su propio aroma dulce. Se dejó el cabello rubio un poco revuelto, natural, y se puso una bufanda.

—Esto está bien, ¿no? —preguntó, girando sobre sí mismo—.

Charles se levantó y le acomodó la bufanda con ternura.

—Estás perfecto. Si esos dos alfas tienen nariz, van a notar esa nube de fresitas con crema aunque estés a veinte metros.

El viernes llegó mucho más rápido de lo que imaginaron. Max apenas durmió la noche anterior. Cuando por fin entraron al circuito, el estómago se le revolvió tanto que tuvo que parar un segundo junto a las barreras, respirando hondo el aire salado mezclado con gasolina y goma caliente.

—Charles… creo que voy a vomitar —murmuró, pálido.

—Respira por la nariz, tonto. Ya estamos aquí. Mira —Charles señaló hacia el pit lane—. Ahí están.

Y entonces los vio.

Sergio y Michel salían del hospitality del equipo Cadillac, vestidos con sus monos de carrera parcialmente abiertos, el cabello aún húmedo de la sesión de preparación. Se dirigían a sus monoplazas para las prácticas libres. Max se quedó congelado. El corazón le latió tan fuerte que sintió el pulso en la garganta. Los gemelos eran mucho más atractivos en persona: altos, hombros anchos, esas pecas que salpicaban sus narices y pómulos bajo la luz gris de Zandvoort. Sus movimientos eran fluidos, seguros, con esa gracia natural de quien domina la máquina que conduce.

Cuando se subieron a los autos, Max soltó un suspiro tembloroso. Su aroma se volvió más intenso, dulce y cálido, flotando a su alrededor como una nube invisible.

Charles le dio un codazo suave.

—Max… baja un poco el olor, ¿quieres? Estamos rodeados de alfas .

Max se sonrojó hasta las orejas.

—Lo intento… es que… míralos, Charles. Son ellos. De verdad.

Las prácticas fueron mágicas. El rugido de los motores vibraba en su pecho, el olor a caucho quemado y combustible se mezclaba con el viento salado del mar. Cada vez que uno de los Cadillac pasaba por la recta principal, Max sentía un escalofrío. Sergio y Michel pilotaban con precisión y agresividad, sus líneas limpias, sus salidas de curva perfectas. Eran impresionantes.

Cuando las sesiones terminaron, Charles desapareció por unos minutos.

—Voy a ver si puedo acercarme a Sainz un segundo, ¿vale? No tardo. Quédate por aquí y disfruta.

Max asintió, todavía flotando en esa nube de emoción. Decidió caminar un poco por el paddock. El ambiente era eléctrico: gente corriendo de un lado a otro, risas, el zumbido de las herramientas en los garajes. Algunos pilotos habían salido a atender a los fans que se agolpaban detrás de las vallas.

Y entonces los vio.

Justo frente a él, en la entrada del garage Cadillac, Sergio y Michel posaban para fotos con un grupo de siete omegas. Los fans reían, coqueteaban abiertamente. Uno de ellos le susurraba algo a Michel al oído y este soltaba una risa grave, baja, que hizo que Max sintiera un nudo en el estómago. Sergio, más calmado pero igual de encantador, sonreía con esa media sonrisa ladeada y, en un gesto casual, acarició la mejilla de una omega rubia con el dorso de los dedos.

El aroma de los gemelos llegó hasta Max en una oleada: vainilla tostada, caramelo quemado, cedro cálido… postres dulces y reconfortantes que contrastaban con la escena.

Max se quedó a unos pasos de distancia, apretando los labios. Quería acercarse, pedir una foto, decirles que los seguía desde niño… pero la vergüenza lo clavó en el sitio. Verlos tan coquetos, tan cómodos rodeados de omegas que claramente les gustaban, le dolió más de lo que esperaba. Después de todo, seguían siendo alfas. Alfas deseados, exitosos, con el mundo a sus pies.

De pronto, Michel levantó la vista y sus ojos se encontraron directamente con los de Max. Por un segundo, el tiempo se detuvo. El alfa entrecerró ligeramente los ojos, como si estuviera captando algo en el aire… ese toque dulce de fresitas con crema que flotaba entre el olor a gasolina y mar.

Max sintió pánico. Las mejillas le ardieron. Dio media vuelta rápidamente y se alejó a paso rápido, casi tropezando con su propia sombra.

Por suerte, casi chocó de frente con Charles, que regresaba con una sonrisa satisfecha.

—¿Todo bien? —preguntó Charles, sujetándolo por los hombros—. Estás blanco como un papel.

—S-sí… solo… vámonos de aquí —murmuró Max, la voz más baja de lo normal.

Caminaron hacia la salida del paddock mientras el sol empezaba a bajar sobre el mar del Norte. El viento frío les azotaba la cara, pero Max apenas lo sentía. En su cabeza solo daba vueltas la misma frase, como un eco triste y resignado.

Había sido ingenuo. Muy ingenuo.

Ver a los gemelos reír y coquetear con otros omegas le recordó la realidad: él solo era un simple fan. Un omega más entre miles. Uno que coleccionaba pósters y leía fanfics por las noches. Nada especial. Nada que pudiera competir con la atención que recibían Sergio y Michel cada fin de semana.

Mientras subían al coche para volver al hotel, Max apoyó la frente contra la ventanilla fría. Su aroma se había vuelto más suave, casi melancólico.

—Al final… solo soy un fan más —susurró para sí mismo, tan bajo que Charles casi no lo oyó.

Charles le apretó el hombro con cariño, pero no dijo nada. Sabía que, por ahora, Max necesitaba procesar ese pequeño pinchazo en el corazón.

Y así terminaba el primer día en Zandvoort.

°•°•°•

La mañana del sábado amaneció gris y ventosa sobre Zandvoort. El mar del Norte rugía contra las dunas.

Max ya no se veía tan animado como el día anterior. Caminaba al lado de Charles con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta crema, la bufanda subida hasta la nariz. Su aroma seguía allí, pero más suave, casi tímido, como si intentara esconderse.

Charles lo miró de reojo mientras entraban al paddock.

—¿Sigues pensando en lo de ayer?

Max se encogió de hombros, sin apartar la vista del suelo.

—Soy un idiota, Charles. De verdad. Creí que… no sé, que me verían y todo sería como en las historias. Que captarían mi olor, que pasarían de largo a los otros omegas y… pum. Amor a primera vista. Qué tontería.

Charles soltó una risa baja, cariñosa, y le pasó un brazo por los hombros.

—No eres idiota. Eres un romántico empedernido que ha visto demasiados fanfics. Hay una diferencia.

Max sonrió apenas, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Aun así, cuando los monoplazas salieron a pista para la clasificación, no pudo evitar emocionarse. Cada vez que un Cadillac aparecía en la pantalla gigante, su corazón daba un pequeño salto. Sergio marcó un tiempo impresionante en la Q2, limpio y preciso. Michel, más agresivo, sacó una vuelta casi perfecta en la Q3 y se colocó tercero provisional.

—Dios… miralos —murmuró Max, apretando la barandilla de la tribuna—. Están volando hoy.

Charles asintió, apoyado a su lado.

—Van a salir desde muy adelante mañana. Eso te tiene que poner contento, ¿no?

—Lo estoy —admitió Max en voz baja—. De verdad. .

Se culpaba en silencio. Se repetía que había sido ingenuo, que un simple estudiante con pósters en la habitación no podía esperar que dos alfas como los Pérez lo notaran entre la multitud. Aun así, siguió animándolos con todo lo que tenía. Gritaba cada vez que uno de ellos cruzaba la línea, aplaudía hasta que le dolían las manos y, cuando Michel mejoró su tiempo y se aseguró la segunda posición en la parrilla, Max soltó un grito agudo de pura alegría que hizo que varias cabezas se giraran.

El aroma a fresitas con crema se intensificó por un segundo, traicionado por la emoción, antes de volver a suavizarse.

Después de la clasificación, el paddock se llenó de movimiento. Los pilotos salían a atender a los fans, firmar autógrafos y tomarse fotos. Charles, con los ojos brillantes, tiró de la manga de Max.

—Voy a intentar acercarme a Sainz. ¿Vienes?

Max negó con la cabeza, la sonrisa triste.

—Ve tú. Yo… prefiero quedarme un rato más aquí.

Charles dudó, pero finalmente asintió.

—No tardes mucho, ¿vale? Y si cambias de idea, me avisas.

Max se quedó solo, observando desde lejos cómo el grupo de fans rodeaba de nuevo el garage Cadillac. No se acercó. No esta vez. Se quedó a una distancia prudente, con el corazón apretado, viendo cómo Sergio y Michel sonreían, charlaban y posaban con otros omegas. El aroma cálido de vainilla y caramelo llegaba hasta él en ráfagas, mezclado con el viento frío.

Un rato después, Charles regresó casi saltando, con las mejillas rojas y una foto impresa en la mano.

—¡Lo conseguí! —exclamó, enseñándosela a Max como si fuera un tesoro—. Le dije que lo amo desde que era niño, que su estilo de pilotaje me inspira y… casi me muero de vergüenza, pero me sonrió y me dijo “gracias, eso significa mucho”. ¡Max, casi me desmayo!

Max soltó una risa genuina, pequeña pero real.

—Eres un desastre. Me alegro por ti, de verdad.

Caminaron juntos hacia la salida mientras el sol empezaba a esconderse detrás de las nubes. El sábado había sido bueno, a pesar de todo. El circuito vibraba con la energía de la clasificación, la música sonaba desde los altavoces, y el olor a cerveza y patatas fritas flotaba en el aire. Max se sentía cansado, pero también agradecido. Había visto a sus alfas brillar en pista. Había gritado por ellos. Había sentido, aunque fuera de lejos, esa conexión que tanto anhelaba.

Cuando subieron al coche para volver al hotel, Charles encendió la calefacción y puso música suave. Max apoyó la cabeza contra la ventanilla, mirando cómo las luces de Zandvoort se alejaban. Su aroma a fresitas se había vuelto melancólico otra vez, pero ya no tan amargo.

—Fue un buen sábado —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. De verdad.

Charles le apretó la rodilla con cariño.

—Mañana es la carrera. Quién sabe qué puede pasar.

Max cerró los ojos, dejando que la calidez de la calefacción lo envolviera. En su mente aún veía las pecas de los gemelos bajo la luz gris, sus sonrisas, el movimiento seguro de sus cuerpos al subir a los monoplazas.

Sí, había sido un buen sábado.

Y aunque el pinchazo de la realidad seguía allí —el recordatorio de que él solo era un fan más—, el corazón romántico de Max se negaba a apagarse del todo. Mañana, en la carrera, volvería a animarlos con todo lo que tenía.

Con todo el amor que, silenciosamente, seguía guardando solo para ellos.

°•°•°•°•°°•

El domingo amaneció con un cielo plomizo sobre Zandvoort, pero Max se levantó con el corazón más ligero. Había sido demasiado dramático el día anterior, se dijo mientras se ponía la misma sudadera crema que tanto le gustaba. Hoy estaba decidido: apoyaría a sus alfas con todo el alma y disfrutaría cada segundo de la carrera.

Cuando llegaron al circuito, el paddock era un caos controlado y hermoso. Mecánicos corrían de un lado a otro con ruedas y herramientas, los ingenieros revisaban datos en tablets, y el olor a café recién hecho se mezclaba con el de goma caliente y el salitre del mar. Max se sentía vivo. Caminaba con paso más firme, el aroma a fresitas con crema flotando suavemente a su alrededor, más dulce y confiado.

—Hoy sí, ¿eh? —le dijo Charles con una sonrisa de lado mientras observaban los garajes—. Te ves como si hubieras dormido ocho horas y no como si hubieras pasado la noche mirando highlights de los Pérez.

Max rio bajito, ruborizándose un poco.

—Calla. Solo… decidí dejar de ser tan idiota. Ellos corren, yo disfruto. Simple.

Y disfrutó.

Desde la tribuna, la carrera fue pura magia al principio. Los dos Cadillac salieron como flechas. Sergio defendió su posición con maestría, mientras Michel atacaba con esa agresividad que tanto le gustaba a Max. En la vuelta 12, ambos pasaron en paralelo a los dos Mercedes en la chicane, ruedas contra ruedas, el rugido de los motores vibrando en el pecho de Max como un segundo latido. Por un momento, los gemelos rodaron uno al lado del otro, tan cerca que parecía que se estaban retando. Max se puso de pie, gritando con todas sus fuerzas, las mejillas sonrosadas y el aroma a fresitas estallando en el aire frío.

—¡Vamos! ¡Eso es! —chilló, sin importarle quién lo mirara.

Pero la suerte de los Pérez se torció de golpe.

En la vuelta 28, Michel perdió la parte trasera en la curva rápida del final del sector 2. El Cadillac golpeó el muro con un impacto seco y brutal. Segundos después, Sergio, que venía justo detrás intentando evitarlo, también se fue contra las protecciones. El ruido fue espantoso: metal retorciéndose, carbono rompiéndose. Max soltó un ruidito asustado y se tapó la boca con ambas manos, los ojos muy abiertos.

—Dios… no —susurró, el corazón en la garganta.

La bandera amarilla ondeó inmediatamente. El safety car salió. Todo el circuito contuvo la respiración.

Tardaron varios minutos angustiosos antes de que las figuras de los dos alfas aparecieran saliendo de los monoplazas destrozados. Caminaban hacia el borde de la pista, quitándose los cascos. Max los vio acercarse el uno al otro. Jamás imaginó verlos así: Sergio empujó a Michel en el pecho con fuerza, la cara roja de furia. Michel respondió empujándolo de vuelta, gruñendo algo que Max no pudo oír desde la distancia, pero el lenguaje corporal era claro. Se echaban la culpa mutuamente. El aroma de los gemelos —vainilla tostada y caramelo quemado— se volvió más intenso, más oscuro, cargado de frustración y adrenalina.

Max sintió un nudo en el estómago. Verlos tan molestos, tan humanos en su enfado, le dolió de una forma extraña y profunda.

La carrera terminó con doble podio para Mercedes y uno en Ferrari. Charles saltó de alegría cuando Sainz subió al segundo escalón, gritando y abrazando a Max con fuerza.

(Jamás superaré a Sainz en Ferrari)

—¡Segundo! ¡Lo logró! —celebraba, los ojos brillantes.

Max sonrió por él, genuinamente feliz por su amigo, aunque su propia emoción estaba teñida de preocupación por los gemelos.

Después de la ceremonia, Max sintió la urgencia de ir al baño. No había ido en toda la mañana por los nervios.

—Charles, espérame un segundo. Voy rapidísimo al baño y nos vamos, ¿vale?

—Te espero aquí —dijo Charles, todavía eufórico.

Max corrió. Literalmente. Bajó las escaleras demasiado rápido, giró por un pasillo equivocado y, de pronto, ya no reconoció dónde estaba. Los pasillos del backstage del circuito eran un laberinto de puertas grises y carteles técnicos. El corazón empezó a latirle fuerte. Sacó el teléfono y llamó a Charles. Nada. Buzón.

—Mierda… —murmuró, nervioso.

Dio vueltas un rato, cada vez más perdido, hasta que decidió hacer lo más lógico: buscar a alguien que pudiera indicarle el camino. Siguió caminando, oliendo el leve rastro de comida y combustible que aún flotaba en el aire.

Y entonces los oyó.

Voces graves, enfadadas, resonando en un pasillo más estrecho y apartado, cerca de la zona de hospitalidad de Cadillac. Max se detuvo en seco.

Sergio y Michel estaban allí, solos, todavía con los monos de carrera medio abiertos, el cabello revuelto por el casco y la cara marcada por la tensión. Se empujaban con fuerza, pecho contra pecho.

—¡Fue tu culpa, Michel! —gruñó Sergio, la voz ronca por la adrenalina.

—¡Y yo te dije que frenaras antes, idiota! ¡Casi me llevas puesto! —respondió Michel, empujándolo de nuevo, más fuerte.

El aroma de ambos alfas era abrumador ahora: vainilla oscura, caramelo quemado, cedro agresivo, mezclado con el sudor de la carrera y la rabia pura. Gruñidos bajos escapaban de sus gargantas, los ojos brillando con ese fuego típico de alfas frustrados.

Max se quedó paralizado un segundo. El miedo y algo más —una extraña mezcla de preocupación y atracción— lo recorrió entero. Su propio aroma a fresitas con crema se disparó sin control, dulce y vulnerable, traicionándolo.

Asustado por la intensidad de la escena y por cómo su cuerpo reaccionaba, Max retrocedió rápidamente y se escondió detrás de una columna de metal cercana, pegando la espalda contra el frío acero. El corazón le martilleaba en los oídos. Contuvo la respiración, intentando hacerse lo más pequeño posible, mientras los gruñidos y los empujones continuaban a solo unos metros de él.

No sabía qué hacer. Solo sabía que no podía moverse.

No todavía.

°|°•°•°°•

La pelea entre los gemelos subió de tono en cuestión de segundos.

Sergio empujó a Michel con más fuerza, casi haciéndolo retroceder contra la pared.

—¡Para pendejo no se estudia! —gruñó.

Michel respondió con un empujón igual de fuerte, los ojos brillantes de rabia.

—¡Algunos nacen con doctorado,como tú comprenderás!

Los insultos volaban cada vez más rápido, acompañados de gruñidos graves y el aroma espeso de vainilla tostada y caramelo quemado que llenaba el pasillo estrecho. Parecía que en cualquier momento iban a llegar a los golpes de verdad.

Entonces, ambos se detuvieron.

Un aroma nuevo se coló entre la furia: dulce, suave, como fresitas recién cortadas con un toque de crema batida. Pero debajo de esa dulzura había un matiz claro de terror puro. Los dos alfas giraron la cabeza al mismo tiempo, narices alzadas, buscando el origen.

—¿Están vendiendo postres? —murmuró Sergio, frunciendo el ceño.

Michel inhaló profundamente.

—Es un omega idiota. Y está asustado.

Se separaron de golpe y empezaron a buscar con la mirada. Max, escondido detrás de la columna, se tapó la boca con las dos manos, intentando no respirar siquiera. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ellos podían oírlo.

Pasos. Peados. Acercándose.

Sergio fue el primero en doblar la esquina. Sus ojos se cavaron directamente en Max, que seguía pegado al metal frío. El alfa alzó una ceja, sorprendio pero claramente divertido.

—Michel —llamó sin apartar la vista—, creo que ya encontré al responsable de ese olor tan… dulce.

Michel apareció al lado de su hermano en dos zancadas. Cuando vio a Max, tardó solo un segundo en reconocerlo.

—Eh… espera. Tú eres el del viernes. El que nos miró como si fuéramos fantasmas y luego salió corriendo.

Max sintió que la cara le ardía. En su cabeza, por un segundo ridículo y romántico, imaginó que los alfas se detendrían, lo mirarían con ternura y le dirían algo bonito. Que todo es enfado se disolvería porque su aroma los había calmado. Pero la realidad lo sacó de ese sueño en cunto Sergio cruzó los brazos y habló.

—¿Eres un pervertido o qué? ¿Te gusta ver a dos alfas peleando ,tienes fetiches?

Michel soltó una risa baja y se acercó un paso más.

—O peor… ¿eres de esos fans raritos que coleccionan fotos nuestras y sueñan con que los marquemos en el paddock?

(Que comes que adivinas)

Max abrió la boca, ofendido hasta el alma.

—¿Están locos? ¡Yo no soy ningún pervertido!

Los gemelos intercambiaron una mirada idéntica, claramente disfrutando del momento.

—Eso no responde nuestra pregunta —dijo Sergio, inclinando la cabeza—. ¿Qué hacías espiándonos?

—Yo… yo no estaba espiando —tartamudeó Max, retrocediendo un poco contra la columna—. Me perdí, ¿de acuerdo? Solo buscaba el baño y escuché voces y… y me asusté porque estaban gritando y empujándose y…

Michel soltó una carcajada genuina.

—Mira cómo habla rápido. Parece un gatito asustado. ¿Seguro que no eres un pervertido disfrazado de fan perdido?

Sergio se unió a la burla, pero con un tono más suave, casi juguetón.

—Admítelo. Viniste a ver si nos quitábamos los monos aquí mismo, ¿verdad? Confiesa.

Max sintió una oleada de indignación. Se enderezó todo lo que pudo, aunque seguía siendo mucho más bajito que ellos, e intentó poner su mejor cara de enfado.

—Ni que estuvieran tan buenos —soltó sin pensar.

El silencio duró medio segundo.

Luego los dos alfas se rieron al mismo tiempo dismulando su enfado.

—¿Perdón? —Sergio se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido—. Hay omegas que nos juran que somos los mejores alfas de la parrila. Dicen que nuestro olor solo ya vale la pena el boleto del GP.

Michel se acercó un poco más, los ojos brillando con diversión.

—Y tú vienes y nos dices “ni que estuvieran tan buenos”. ¿Quieres que te demostremos lo buenos que somos, fresita?

Max se puso rojo como un tomate.

—¡Eso es asqueroso! ¡No necesito que me demuestren nada!

La discusión ya no era solo de ellos. Max estaba completamente metido, señalándolos con el dedo y contestando cada comentario.

—Son unos idiotas arrogantes —dijo al fin, cruzando los brazos—. Se pelean como niños y luego se burlan de alguien que solo se perdió. ¡Idiotas!

Sergio alzó las cejas, claramente entretenido.

—miralo cree que es aterrador.

Michel sonrió de medio lado.

—deberiamos darle una demostración.

Max negó con la cabeza, el corazón latiéndole a mil por hora. El aroma de los alfas lo envolvía, cálido y delicioso, pero su orgullo herido era más fuerte.

—Prefiero irme —murmuró, dándoles la espalda.—no me gustan los idiotas que adoran estrellarse.

—¡Espera! —gritaron los dos al mismo tiempo.

Max ya estaba caminando rápido por el pasillo, las piernas temblando. No miró atrás. Siguió recto hasta que, por pura suerte, encontró a un miembro del staff que lo guió hasta los baños públicos.

Charles estaba allí, caminando de un lado a otro con cara de preocupación.

—¡Max! ¡Llevo como quince minutos buscándote! ¿Dónde te metiste? Estaba a punto de llamar a seguridad.

Max pasó a su lado casi corriendo y empujó la puerta del baño.

—Luego te cuento —dijo con la voz ahogada—. Ahora… necesito un minuto.

Entró corriendo a uno de los cubículos, cerró la puerta con pestillo y se apoyó contra ella, respirando agitado. Su aroma llenaba el pequeño espacio, dulce, nervioso y completamente revuelto.

Todavía podía sentir el calor de las miradas de Sergio y Michel en la nuca. Todavía oía sus risas graves y sus burlas divertidas. Y, sobre todo, todavía sentía el latido acelerado de su propio corazón traicionero.

Se metió las manos en el cabello y cerró los ojos, intentando procesar todo lo que acababa de pasar.

Solo había querido ir al baño.

Y había terminado discutiendo con los dos alfas de sus sueños.

°•°•°|°|°

Después del GP, el viaje de vuelta a casa se sintió eterno. Max apenas habló en el coche. Charles lo notaba, pero respetó su silencio, solo poniendo música suave y dejando que el paisaje de Países Bajos pasara por la ventanilla.

Cuando llegaron al pequeño apartamento de Max, Charles apagó el motor y se giró hacia él con una sonrisa cariñosa.

—Llegamos, Maxie. Intenta descansar, ¿sí? Mañana hablamos.

Max asintió, cansado. Charles se inclinó y le dio un besito suave en la mejilla, cálido y reconfortante, como siempre hacía cuando sabía que su amigo necesitaba un poco de cariño extra.

—Gracias por todo el fin de semana —murmuró Max.

—Para eso estamos. Descansa.

En cuanto la puerta se cerró, Max soltó un suspiro largo. Se duchó con agua caliente, dejando que el vapor borrara el olor a circuito que aún se le pegaba a la piel. Se puso su pijama favorita: el más calientito, uno de franela suave, Se metió en la cama, apagó la luz y… colapsó por completo.

El peso de todo el día cayó sobre él de golpe.

—Dios… ¿cómo fui tan idiota? —susurró contra la almohada, tapándose la cara con las manos.

Había peleado con sus amores platónicos. Con Sergio y Michel. Los mismos a los que idolatraba desde niño. Y todo porque eran unos idiotas arrogantes . Se pasó toda la noche dando vueltas en la cama, incapaz de dormir. Recordaba cada palabra, cada risa grave, cada empujón entre ellos. Pensaba en lo que podría haber dicho diferente, en cómo podría haber sido más cool, más misterioso… en vez de tartamudear como pendejo.

—Seguro dejé una impresión horrible —murmuró en la oscuridad—. Ahora piensan que soy un fan rarito y pervertido.

Pero luego, una vocecita rebelde en su cabeza respondió:

¿Y qué? Nunca más los volvería a ver, ¿cierto? El GP había terminado. Ellos seguirían en la F1, viajando por el mundo, y él volvería a sus clases, a sus tareas y a su vida normal.

—Naaa… al carajo —dijo finalmente, girándose hacia el otro lado—.

A la mañana siguiente, Max seguía medio adormilado cuando oyó golpes insistentes en la puerta. Se levantó arrastrando los pies, con el cabello rubio revuelto y los ojos hinchados. Abrió y se encontró a Charles prácticamente brincando en el pasillo.

—¡Por fin! Pensé que te habías muerto ahí dentro. Cuéntame todo. Ahora.

Max soltó un gruñido y lo dejó pasar. Fueron directo a la habitación de Max, donde se sentaron en la cama deshecha. Charles se acomodó con las piernas cruzadas, mirándolo con ojos brillantes de curiosidad.

—Vamos, Maxie. Desembucha. ¿Qué pasó ayer cuando desapareciste?

Max se frotó la cara con las manos y empezó a contar. Le explicó cómo se había perdido buscando el baño, cómo había oído la pelea de los gemelos, cómo se había escondido y cómo lo habían descubierto.

—…y entonces me llamaron pervertido —dijo, indignado—. Sergio me preguntó si me gustaba verlos pelear y Michel dijo que era de esos fans raritos que sueñan con que los marquen en el paddock. ¿Puedes creerlo?

Charles abrió la boca, igual de ofendido.

—¿Qué? ¡Qué idiotas! ¿En serio te dijeron eso? ¿A ti, que eres el omega más dulce y normal del mundo?

Max asintió, gesticulando con las manos.

—Exacto. Y cuando les dije que ni que estuvieran tan buenos, se indignaron como si les hubiera insultado a su madre. Empezaron a decir que hay omegas que juran que son los mejores alfas de la parrilla y que su olor solo ya vale el boleto del GP.

Charles soltó una carcajada.

—¿En serio? Conozco a alfas que huelen mejor que ese par.

—Exactamente —Max también rio, aunque todavía con un poco de vergüenza—. Fue ridículo. Yo estaba ahí, muerto de miedo y de nervios, y ellos burlándose como si fuera lo más divertido del mundo.

Los dos omegas pasaron toda la tarde charlando sobre eso. Charles lo defendía con vehemencia, inventando respuestas ingeniosas que Max podría haber dicho, y Max terminaba riéndose de lo absurdo que había sido todo. Era liberador hablarlo en voz alta. Charles siempre conseguía que las situaciones más vergonzosas parecieran graciosas.

Cuando la tarde cayó y Charles se fue a su casa, Max se sintió más ligero. La noche era solo para él.

Se preparó una taza de té caliente, se metió de nuevo en su pijama favorito y se acomodó en la cama con la laptop. Esa era su rutina sagrada: las noches eran exclusivamente para leer sus fanfics. Su momento de paz. El lugar donde podía imaginar que Sergio y Michel eran exactamente los alfas perfectos que siempre había soñado: protectores, románticos, atentos… y nada idiotas.

En la pantalla, los gemelos Pérez aparecían como alfas ideales: suaves con su omega, celosos en el buen sentido. Max suspiró, sonriendo para sí mismo mientras pasaba el texto.

—Al menos aquí… ustedes sí saben comportarse —murmuró con una risita baja, acurrucándose más bajo las mantas.

°•°•°|°|

Después de aquella tarde de confesiones con Charles, Max por fin respiró tranquilo. El mes siguiente pasó en una mezcla de clases, exámenes y noches de fanfics que lo ayudaron a dejar atrás la vergüenza del GP de Zandvoort. Cada vez que recordaba la pelea en el pasillo y las burlas de los gemelos, se sonrojaba . Era solo una anécdota graciosa… o al menos eso se repetía.

Llegó el momento de las vacaciones. Como cada año, Max y Charles tenían que volar de regreso a Mónaco, donde vivían sus padres. Ya tenían la rutina perfecta: dos maletas listas con ropa ligera, trajes de baño, raquetas de pádel y todo lo necesario para disfrutar del verano mediterráneo.

El vuelo fue tranquilo. Max miró por la ventanilla mientras el avión descendía sobre la costa el famso puerto de Mónaco aparecía a lo lejos con sus yates blancos. Una sonrisa suve se dibujó en sus labios.

«Al fin», pensó. «Podré relajarme de verdad».

Max adoraba Mónaco. El clima cálido que le besaba la piel, las mañanas nadando en el mar, las tardes jugado pádel hasta que le dolían los brazos, las noches saliendo de fiesta con la brisa salada en el rostro. Era su paraíso particular, lejos del frío húmedo de Países Bajos y de las presiones de la universidad.

Sin embargo, antes de poder disfrutar de todo eso, tenían que pasar por el “filtro parental”.

En cuanto salieron de la zona de llegadas del aeropuerto, sus familias ya los esperaban. La madre de Charles, con su sonrisa radiate, fue la primera en acercarse. Abrazó a su hijo con fuerza y luego envolvió también a Max en un abrazo cálido y perfumado.

—¡Mis chicos! ¡Qué guapos se han puesto los dos! Charles, cariño, estás más alto. Y Max, te ves precioso. ¿Estuvo bien el vuelo? ¿Sacaron buenas notas?

Charles rio y le devolvió el abrazo.

—Todo bien, mamá. Max sigue siendo el más aplicado de los dos.

Del otro lado, el padre de Max, Jos, esperaba con los brazos cruzados y esa mirada evaluadora que Max conocía demasiado bien. Sophie, su madre, en cambio, se acercó con los ojos brillantes de emoción. Lo abrazó fuerte, casi levantándolo del suelo a pesar de que Max ya no era tan pequeño, y le plantó varios besos en las mejillas.

—Mi cachorrito… cuánto te he extrañado —dijo Sophie con voz dulce, acariciándole el cabello—. Estás más delgado, ¿estás comiendo bien? Cuéntame todo. ¿Cómo te fue en ese Gran Premio que fuiste con Charles? ¿Te divertiste?

Jos dio un paso adelante y le dio a Max un abrazo más corto, pero firme, seguido de la inevitable batería de preguntas.

—¿Cómo van las notas este semestre? ¿Sigues sacando buenas calificaciones o te estás distrayendo con esas carreras? ¿Ya pensaste en qué harás después de la universidad?

Max soltó una risa nerviosa, mirando de reojo a Charles, que también estaba siendo interrogado por su madre.

—Papá, todo está bien. Saqué buenas notas, de verdad. Y sí, el GP fue… interesante.

Sophie intervino con cariño, salvándolo un poco.

—Jos, déjalo respirar. Acaba de bajar del avión. Ya tendrán tiempo de hablar en casa.

Los adultos charlaron un rato más mientras recogían las maletas.

Finalmente, llegó el momento de separarse. Charles y Max se miraron con complicidad. Sabían que ahora cada uno tendría que enfrentar a su familia por separado antes de poder escaparse a disfrutar las vacaciones juntos.

Charles se acercó y le dio un abrazo rápido, bajando la voz para que solo Max lo oyera.

—Suerte con el interrogatorio de tu papá. Si te pregunta por las notas otra vez, dile que estás pensando en ser ingeniero de pista en F1. Eso siempre lo calla un rato.

Max soltó una risa suave y le devolvió el abrazo.

—Igual para ti. Si tu mamá empieza con el tema de “cuándo vas a sentar cabeza”, invéntate que estás saliendo con alguien misterioso. Funciona siempre.

Charles guiñó un ojo.

—Trato hecho. Nos vemos en un par de horas, ¿sí? Te escribo cuando escape.

—Perfecto. No me dejes solo mucho tiempo con mis padres o terminaré prometiendo que estudiaré derecho.

Se separaron con una última sonrisa. Charles se fue con su madre, que ya lo llevaba del brazo hablando sin parar, mientras Max se quedaba con Jos y Sophie. Su padre ya estaba cargando las maletas hacia el coche y su madre le pasaba un brazo por los hombros, mimándolo como cuando era niño.

Mientras caminaban hacia la salida, Max miró una última vez hacia donde había desaparecido Charles.

Por fin estaba en casa.

°•°•°•°•

El coche familiar avanzaba por las calles curvas de Mónaco, con el sol del mediodía filtrándose a través de las ventanillas y calentando el interior. El aire que entraba por las rendijas traía ese olor característico del Mediterráneo: sal, piedra caliente y un toque de jazmín de los jardines cercanos. Max se recostó un poco en el asiento trasero, dejando que la calidez lo envolviera.

Sophie, desde el asiento del copiloto, se giró hacia él con una sonrisa brillante.

—Cariño, apenas lleguemos te tengo preparada tu comida favorita.

Max sintió que se le iluminaba la cara. Una oleada de cariño lo recorrió entero.

—Gracias, mamá. Justo lo que necesitaba después del vuelo. Estoy muerto de hambre.

Jos, al volante, soltó un gruñido bajo pero no dijo nada de inmediato. Conducía con esa concentración típica suya, aunque Max sabía que estaba armando preguntas en su cabeza. No tardó mucho en empezar, con ese tono “sutil” que en realidad no lo era.

—Y dime, Max… ¿cómo va todo por allá? ¿Estás saliendo con alguien? Porque con un omega como tú, hay que tener cuidado. No cualquier alfa sirve.

Max suspiró por dentro, pero mantuvo la voz tranquila.

—No estoy saliendo con nadie, papá. De verdad.

Jos lo miró por el retrovisor, una ceja ligeramente alzada.

—No quiero mentiras, hijo. Sabes cómo son algunos alfas. No me gustaría que te enredes con cualquiera.

Max respiró hondo y repitió, más claro esta vez:

—No estoy saliendo con ningún alfa. Ni con nadie. Lo prometo.

Lo dijo tres veces, despacio, para que quedara bien grabado. Jos era un padre bastante protector, casi celoso cuando se trataba de su único omega. Siempre había sido así: preguntas disfrazadas de preocupación, miradas largas, advertencias veladas.

Sophie intervino con suavidad, poniendo una mano en el brazo de su esposo.

—Jos, déjalo. Quizás estaríamos más pendientes de él si no hubieras insistido tanto en que estudiara tan lejos. Ahora que está aquí, aprovechemos el tiempo en familia en vez de interrogarlo.

Jos murmuró algo ininteligible y se calló, concentrándose de nuevo en la carretera. Max le lanzó a su madre una mirada agradecida por el salvamento. El resto del trayecto transcurrió más relajado: Sophie le preguntó por las clases, por Charles, por cmo había sido el GP de Zandvoort. Max respondió con entusiasmo, evitando los detalles más vergonzosos de aquel fin de semana.

Cuando el coche por fin se detuvo frente a la casa familiar, Max sintió un alivio profundo. La fachada blanca brillaba bajo el sol, las buganvillas rosadas trepaban por las paredes y el sonido lejano del mar llegaba desde el puerto.

En cuanto bajaron las maletas, Max no esperó ni un segundo.

—Voy a cambiarme rápido —anunció, agarrando su maleta con un mano.

Subió las escaleras casi corriendo, dejando atrás las voces de sus padres que seguían hablando en la cocina. Entró en su antigua habitación y cerró la puerta con un suspiro de satisfacción.

La habitación seguía exactamente como la recordaba: paredes claras, la ventana grande que daba al jardín y al mar a lo lejos, y esa luz dorada del Mediterráneo inundándolo todo. Max dejó la maleta en el suelo y se quitó la sudadera que aún olía a avión. Se cambió rápidamente por ropa ligera y fresca: una camiseta blanca suelta y unos shorts cómodos que dejaban que la brisa le acariciara las piernas.

Se detuvo un momento frente a la ventana, respirando el aire cálido que entraba. El sol le besaba la piel, el sonido suave de las olas se oía a lo lejos y, por primera vez en semanas, sintió que podía relajarse de verdad.

Abajo, el aroma delicioso empezaba a subir por las escaleras.

Max sonrió para sí mismo, sintiéndose ligero y contento.

Por ahora, solo quería disfrutar de la comida de su madre, del calor de Mónaco y de la tranquilidad que tanto había extrañado.

Se miró una última vez en el espejo, se pasó una mano por el cabello revuelto y salió de la habitación listo para bajar.

Justo cuando Max llegaba al pasillo, la voz de su madre lo llamó desde abajo:

—¡La comida estará lista en diez minutos, cariño!

— ¡Ya voy! —respondió él, con una sonrisa que por fin era completamente genuina.

El vacaciones en Mónaco acababa de empezar, y Max estaba decidido a disfrutarlo al máximo.

°•°•°°•

Los primeros días en Mónaco no fueron exactamente como Max y Charles habían imaginado. En lugar de playa, pádel y fiestas, se encontraron prácticamente encerrados en casa, pasando tiempo “en familia”, como decían sus padres. Aunque Jos y Sophie trabajaban casi todo el día, insistían en que cenaran juntos todas las noches y en tener largas conversaciones sobre el futuro de Max. Charles no lo pasaba mucho mejor en su propia casa.

—No nos quieren disfrutar —se quejaba Charles por mensaje—, nos quieren controlar.

Max solo respondía con emojis de ojos en blanco.

Por fin, el sábado por la noche les dieron permiso para salir, pero con una condición muy clara: tenían que llegar a casa a una hora decente. Ambos juraron solemnemente que así sería.

Esa noche, en la habitación de Max, el ambiente era completamente distinto. La música sonaba de fondo mientras se arreglaban frente al espejo. Max se decidió por unos pantalones negros ajustados que marcaban sus piernas, una camisa de seda blanca con un escote sutil pero elegante, y sus tacones favoritos: negros, altos y con un brillo discreto. Le encantaba cómo se sentía con ellos.

Charles, observándolo mientras se ponía una camisa oscura que contrastaba con sus ojos verdes, soltó una risa.

—Tacones otra vez… Eres masoquista, Maxie. Son una tortura preciosa.

—Son elegantes —respondió Max, girando frente al espejo con una pequeña sonrisa—. Y me hacen sentir poderoso. Tú deberías probarlos alguna vez.

—Prefiero seguir sufriendo con zapatos normales, gracias. Ya bastante tortura es caminar por Mónaco con esta humedad.

Cuando terminaron de arreglarse, tomaron el auto de Charles y se dirigieron a uno de sus antros favoritos: un lugar exclusivo, con luces tenues, música electrónica suave y una vista impresionantce al puerto. El sitio siempre estaba lleno de gente hermosa, y esa noche no era la excepción.

En cuanto entraron, el ambiente los envolvió. El bajo de la música vibraba en el pecho, el aire olía a perfume caro, cócteles dulces y un leve toque de mar que se colaba desde la terraza. Las luces violetas y doradas bailaban sobre la pista y las mesas.

Ambos fueron directamente a la barra. Charles pidió dos tragos fuertes pero sabrosos, y se apoyaron en la barra de mármol negro, observando el lugar con interés.

—Dios, mira esto —murmuró Charles, dando un sorbo a su bebida mientras sus ojos recorrían la sala—. Hay alfas preciosos esta noche. Ese de la camisa gris… ¿lo viste? Parece sacado de una revista.

Max siguió su mirada y asintió, aunque sin mucho entusiasmo. Bebió de su copa, dejando que el líquido frío le bajara por la garganta. Había varios alfas realmente atractivos: altos, bien vestidos, con sonrisas seguras y esa presencia imponente que solía hacer que los omegas giraran la cabeza. Algunos los miraban con interés evidente.

Sin embargo… Max no sentía nada.

Ni un cosquilleo. Ni un acelerón en el pulso. Ni siquiera esa pequeña atracción que solía sentir cuando veía a un alfa guapo. Sus ocjos pasaban por ellos casi con indiferencia. Era extraño. Preocupante, incluso.

Charles lo notó y le dio un codazo suave.

—¿Qué pasa? Normalmente a estas alturas ya habrías elegido a alguien para coquetear. ¿Ninguno te llama la atención?

Max suspiró, girando el vaso entre sus dedos. La luz dorada de la barra se reflejaba en sus ojos azules.

—No lo sé… —admitió en voz baja—. Los veo y son guapos, de verdad. Pero no siento nada. Es como si… mi cuerpo simplemente no respondiera.

Charles alzó una ceja, divertido pero también un poco curioso.

—¿Desde lo de Zandvoort? —preguntó con suavidad.

Max no respondió de inmediato. Solo se encogió ligeramente de hombros y dio otro trago.

Tal vez era eso. O tal vez era otra cosa. Lo único que sabía era que, a pesar de estar rodeado de alfas atractivos, ninguno lograba despertar en él ni la más mínima chispa.

Charles sonrió con cariño y levantó su copa para brindar.

—Bueno, si esta noche no va a ser de encuentros casuales, al menos que sea de buena música y mejores tragos. ¿Brindamos por eso?

Max chocó su copa con la de su amigo, aunque su mirada seguía vagando por el lugar con una mezcla de confusión y ligera decepción.

—Salud —murmuró.

Mientras la música subía de intensidad y la noche empezaba a vibrar a su alrededor, Max no podígg evitar preguntarse por qué ningún alfa en ese antro lleno de bellezas lograba afectarlo

°•°•°°•°

Entre tragos y el ritmo constante de la música, Max empezó a soltarse. El alcohol hacía su magia: el calor le subía por el pecho y las piernas se le volvían más ligeras. Charles y él se dirigieron a la pista de baile, riendo por cualquier tontería. Pronto estuvieron moviéndose al compás de la música electrónica.

Max bailaba con gracia, los tacones marcando el ritmo contra el suelo. En un momentomcoqueteó abiertamente con otro omega que se acercó a ellos; le gustaba hacer eso de vez en cuando, solo por diversión, por el juego inocente de las miradas y las sonrisas. Charles lo observaba divertido desde un lado, levantando su copa en aprobación.

La pista se fue llenando poco a poco. Los cuerpos se apretaban unos contra otros bajo las luces violetas y doradas. Max estaba riendo de algo que Charles le había gritado al oído cuando, de pronto, chocó deg espaldas contra alguien sólido y cálido.

—Perdón, yo… —empezó a decir mientras se giraba.

Las palabras se le congelaron en la garganta.

Frente a él estaban Sergio y Michel Pérez.

Los dos alfas lo miraban con sorpresa que rápidamente se convirtió en diversión. Sergio fue el primero en reconocerlo. Una risita grave y ronca escapó de sus labios.

—Michel, mira quién está aquí —dijo sin apartar los ojos de Max—. Nuestro pequeño pervertido de Zandvoort.

Michel se acercó un paso, sus ojos oscuros brillando bajo las luces del antro. Soltó una carcajada baja, claramente entretenido.

—No puede ser…. ¿Vinisthe hasta Mónaco a seguirnos?

Max sintió que el rostro se le encendía. Intentó defenderse, pero las palabras se le enredaron.

—Yo… no soy ningún pervertido. Fue un accidente, me perdí y… ¡ustedes fueron los que empezaron!

Su tartamudeo solo hizo que los gemelos rieran más. El sonido grave y masculino vibró contra su piel. Antes de que Max pudiera alejarse, la multitud los empujó aún más cerca. De pronto se encontró rodeado por ambos alfas: Sergio frente a él y Michel justo detrás.

El aroma de los gemelos —vainilla tostada, caramelo quemado y cedro cálido— lo envolvió como una nube espesa y adictiva. Su propio olor a fresitas con crema empezó a mezclarse con el de ellos, creando algo peligrosamente dulce y embriagador.

Estaban claramente pasados de copas. Sus movimientos eran más descarados, más libres. Sergio se pegó a su frente, colocando las manos en las caderas de Max para guiarlo al ritmo de la música. Michel, desde atrás, se acomodó contra su espalda, su cuerpo caliente y firme presionando contra él.

—Muévete —murmuró Michel cerca de su oído, la voz ronca—. Así…

Max soltó un suspiro tembloroso cuando ambos empezaron a moverlo entre ellos. Sus caderas seguían el ritmo lento y sensual de la canción, atrapado entre los hdos cuerpos fuertes. Podía sentir cómo se endurecían contra él: la erección de Sergio rozando su vientre y la de Michel presionando firmemente contra su trasero.

Uno de ellos —no estaba seguro quién— se inclinó y olfateó abiertamente su cuello, soltando un gemido bajo y satisfecho.

—mierda… hueles tan delicioso —gruñó Sergio contra su piel—.

Michel rio suavemente y también hundió la nariz en el otro lado de su cuello, inhalando profundo.

—Tan dulce… y tan nervioso.

Max dejó escapar un gemidito suave, casi involuntario, cuando una mano grande se deslizó por su pecho y acarició uno de sus senos por encima de la camisa de seda. El toque era atrevido, posesivo, y envió una corriente caliente directamente a su bajo vientre. Se recargó instintivamente contra Michel, quien aprovechó para restregar su erección contra él con más intención, moviendo las caderas al ritmo de la música.

Los dos alfas estaban perdidos en su aroma. Sergio besó la curva de su cuello antes de chupar suavemente la piel sensible, mientras Michel hacía lo mismo del otro lado, dejando besos húmedos y pequeños mordiscos.

—Tan rico… —susurró Michel contra su oreja, la voz cargada de deseo—. ¿Sabes cuántas veces hemos pensado en este olor desde Zandvoort?

Sergio levantó la cabeza lo suficiente para mirarlo a los ojos, una sonrisa burlona pero cargada de calor en los labios.

—¿Todavía crees que somos unos idiotas, pequeño fan? —preguntó, rozando sus labios contra la mandíbula de Max—. Porque ahora mismo no pareces querer escaparte…

Michel soltó una risa baja y oscura, apretándose más contra su espalda mientras seguía moviendo las caderas lentamente.

J

—Admítelo, fresita. Te gusta estar atrapado entre nosotros.

°•°•°••

El baile se volvió cada vez más intenso y peligroso. Los tres cuerpos se movían pegados, sudorosos y sincronizados bajo las luces tenues. Poco a poco, Sergio y Michel guiaron a Max hacia un rincón más oscuro y apartado del antro, lejos del centro de la pista. La espalda de Max chocó suavemente contra una pared fría, contrastando con el calor que irradiaban los dos alfas frente a él.

Sergio se presionaba contra su frente, mientras Michel lo hacía desde un costado, atrapándolo deliciosamente entre sus cuerpos. Max sentía claramente sus erecciones duras rozando contra su cadera y su muslo, moviéndose lentamente al ritmo de la música baja que aún llegaba hasta ellos.

Los labios de Sergio recorrían su cuello con besos calientes y húmedos, deteniéndose de vez en cuando para chupar suavemente la piel sensible. Michel hacía lo mismo cerca de su oreja, respirando contra ella con un gruñido bajo de placer.

—Tan suave… —murmuró Sergio contra su garganta—.

Max, con la cabeza ligera por el alcohol y el deseo, dejó escapar un suspiro t embloroso. Sus manos se aferraron a la camisa de Sergio sin darse cuenta.

—Gemelo uno… —murmuró de pronto, casi sin pensar.

Sergio levantó la cabeza, sorprendido, y Michel soltó una risa grave y ronca contra su cuello.

—¿Gemelo uno? —repitió Sergio, claramente divertido—. ¿Así nos vas a llamar ahora, gatito?

Michel se acercó más, rozando sus labios peligrosamente cerca de los de Max, sin llegar a besarlo todavía.

—Me gusta —susurró Michel, la voz oscura y seductora—. Pero prefiero oír mi nombre gimiendo entre tus labios, precioso.

Los dos alfas estaban desesperados por más. Sus bocas buscaban la de Max con hambre, rozando sus labios, tentándolo, rspirando su aroma dulce que los tenía completamente embriagados. Max sentía el pulso latiéndole en las sienes, el calor acumulándose en sux vientre. Estaba a punto de rendirse, de dejar que lo besaran de una vez…

Pero entonces, por encima del hombro de Sergio, vio a Charles en una esquina. Su amigo le hacía señas exageradas, señalando su reloj y moviendo la boca en un claro “tenemos que irnos”.

Max cerró los ojos un segundo, debatiéndose. Realmente no quería marcharse. Quería quedarse ahí, perdido entre los dos cuerpos calientes de los gemelos, dejarse devorar por ellos. Pero también quería vengarse un poco. Esos dos idiotas arrogantes creían que lo tenían completamente en la palma de la mano.

Con un esfuerzo de voluntad, colocó ambas manos sobre el pecho de Sergio y empujó suavemente pero con firmeza. Los dos alfas se separaron lo suficiente para mirarlo confundidos.

—Esto estuvo muy rico… —dijo Max, con la voz un poco ronca y los labios hinchados por los besos que casi habían recibido—. Peccro ya es hora de que me vaya.

Sergio frunció el ceño, todavía con las manos en sus caderas.

—¿Ahora? —preguntó, incrédulo—. ¿Nos vas a dejar así, gatito?

Michel se acercó de nuevo, intentando retenerlo.

—Quédate un rato más. No hemos terminado de conocernos como deberíamos.

Max sonrió con picardía, negando con la cabeza. Antes de que alguno de los dos pudiera protestar o intentar convencerlo, sacó una pequeña tarjeta negra con su número de teléfono de su bolsillo trasero —siempre llevaba una cuando salía— y la deslizó con dos dedos dentro del bolsillo delantero de la camisa de Sergio.

—Si de verdad quieren más de este “pervertido”… ya saben cómo encontrarme —dijo con un guiño coqueto.

Luego, sin darles tiempo a reaccionar, se escabulló entre evllos con elegancia y se dirigió hacia donde lo esperaba Charles, que lo miraba con los ojos muy abiertos.

En cuanto estuvieron lo suficientemente lejos, Charles lo agarró del brazo.

—¿Qué carajos, Max? ¿Esos eran los gemelos Pérez? ¿Cómo demonios terminaste bailando con ellos? ¡

Max solo se encogió de hombros, todavía con las mejillas sonrojadas y el pulso acelerado.

—Digamos que… el destino tiene sentido del humor.

Charles soltó una risa incrédula mientras salían del antro.

—Estás loco. Completamente loco.

Max sonrió para sí mismo, sintiendo aún el calor de los cuerpos de los alfas sobre su piel. Definitivamente había valido la pena salir esa noche.

Por su parte, Sergio y Michel se quedaron en el rincón oscuro, frustrados y visiblemente excitados. Sus erecciones seguían duras y dolorosas bajo la ropa, el aroma dulce de Max aún flotando en el aire alrededor de ellos.

Michel se pasó una mano por el cabello, soltando un suspiro pesado.

—Acaba de dejarnos plantados con esto —murmuró, mirando hacia abajo.

Sergio sacó la tarjeta del bolsillo de su camisa y la observó bajo la luz tenue, una sonrisa curvando sus labios.

—Pequeño provocador… —dijo en voz baja—. Nos dejó calientes y con ganas.

Michel se acercó a su hermano, todavía respirando agitado.

—Vamos a casa. No pienso pasar la noche así.

Los dos alfas salieron del antro poco después, caminando con cierta dificultad por la excitación que aún no bajaba. En el trayecto de regreso, el silencio estaba cargado de tensión. Sabían exactamente cómo iban a solucionar el problema en cuanto llegaran a su habitación: masturbándose con el recuerdo fresco del aroma a fresitas con crema, de ese cuerpo suave entre ellos y de la sonrisa coqueta que les había dejado antes de desaparecer.

Sergio apretó la tarjeta entre sus dedos.

—maldito omega...dd

°•°•°•°•°

Los días siguientes fueron una tortura lenta y silenciosa para los gemelos Pérez.

Habían jurado no buscar a aquel omega rubio. “No vale la pena correr detrás de un provocador”, se dijeron la mcañana después del antro, todavía frustrados y con el recuerdo de su aroma dulce clavado en la piel. Pensardon que tal vez se lo encontrarían por casualidad en las calles de Mónaco, o que él mismo los contact aría, ansioso por continuar lo que habían empezado. Pero no sucedió nada. Ni una llamada, ni un mensaje. Ningún rastro del pequeño omega de ojos azules y tacones negros.

Hasta que Michel cedió.

—Esto es ridículo —murmuró la tarde del tercer día, paseando de un lado a otro en el salón de su apartamento con vistas al puerto—. Ese Omega nos dejó como idiovtas y ni siquiera nos da la oportunidad de devolverle el favor.

Sergio, sentado en el sofá con los brazos cruzados, soltó una risa seca.

—Llámalo. Si no contesta, al menos sabremos que no le interesamos.

Michel marcó el número de la tarjeta. Una vez. Dos. Tres. Max no contestó. Al cuarto intento, por fin escucharon su voz.

—¿Hola?

La voz de Max sonaba ligeramente sorprendida, pero tranquila.

—fresita —dijo Michel con esa voz grave y segura que hacía que la mayoría de omegas se derritieran—. Tenemos que vernos. Con urgencia.

Del otro lado de la línea, Max parpadeó. Charles estaba sentado justo a su lado en la cama, tapándoses la boca con ambas manos para no soltar una carcajada. Sus ojos brillaban de pura diversión. “Estás viviendo un maldito fanfic”, le susurró sin sonido.

—¿Urgencia? —preguntó Max, intentando sonar calmado—. ¿Para qué quieren verme exactamente, par de imbéciles?

Sergio, que tenía el altavoz activado, soltó una risa baja .

—Para cumplir todas esas fantasías que tienes con nosotros, precioso. No nos digas que no has estado pensandoj en lo que dejamos pendiente la otra noche.

Charles tuvo que enterrar la cara en una almohada para ahogar su risa. Max le dio un codazo, rojo hasta las orejas.

Hubo un segundo de silencio. Max respiró hondo.

—Si de verdad quieren verme… tendrán que venir por mí. No pienso moverme de casa solo porque dos alfas arrogantes me lo pidan.

Los gemelos intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a que les pusieran condiciones.

—Bien —aceptó Michel, con una sonrisa en la voz—. Estaremos ahí esn tres horas. Queremos que estés limpio, bien arreglado.

Max tragó saliva, el corazón latiéndole fuerte.

—aja y tu helado de que sabor?.

Colgó la llamada y se quedó mirando el teléfono unos segundos, con una mezcla de ilusión y nerviosismo que le hacía temblar las manos.

—¡Corre al baño! —exclamó Charles, ya riendo abiertamente—. Yo te busco ropa. Algo lindo, pero nada exagerado.

Max se duchó a toda prisa. El agua caliente le relajó los músculos, pero no calmó el revoloteo en su estómago. Se puso crema con aroma suave a fresas, se arregló el cabello hasta que quedó con ese aspecto natural pero perfecto.

Charles había elegido un conjunto sencillo pero devastador: una camisa blanca ligera que se ajustaba suavemente a su torso, pantalones claros que fmarcaban sus piernas sin ser demasiado ajustados, y unos zapatos elegantes pero cómodos. Nada de tacones esta vez.

Cuando Max terminó de vestirse y se miró al espejo, incluso él tuvo que admitir que se veía muy lindo. Fresco, dulce y tentador.

A las 8:00 en punto, un hermoso auto negro de lujo esperaba frente a la casa. El motor ronroneaba suavemente bajo la luz dorada del atardecer de Mónaco.

Max bajó corriendo, con el corazón en la garganta. Sergio y Michel salieron del vehículo al mismo tiempo, impecables con camisas oscuras y pantalones que les quedaban como hechos a medida. Ambos sonrieron al verlo.

—Hola, fresita —murmuró Sergio, acercándose primero. Le dio un beso lento y cálido en la mejilla, demorándose un segundo más de lo necesario.

Michel hizo lo mismo del otro lado, rozando sus labios cerca de su oreja.

—Te ves aún mejor de lo que recordábamos —susurró.

Max sonrió, nervioso pero ilusionado, y se dejó guiar hasta la parte trasera del auto. Se sentó en el asiento de cuero suave, inhalando el aroma combinado de los dos alfas que ya empezaba a llenar el interior del vehículo.

Cerró la puerta con un suave clic.

Pobre Maxie… todavía no tenía idea de la gran decepción que se llevaría esa noche.

°•°•°•°•

Lo que Max imaginaba como una noche de pasión desenfrenada, cuerpos entrelazados y placer intenso, se convirtió rápidamente en algo muy distinto.

El acuto los llevó hasta un lujoso departamento con vistas al puerto de Mónaco. En cuanto entraron, Max notó las dos cajitas elegantes sobre la mesa de centro del salón, iluminadaws por la luz suave de las lámparas. Era la primera vez que estaba completamente a solas con los gemelos Pérez, y el ambiente se sentía cargado, íntimo.

—Ponte cómodo —dijo Sergio con una sonrisa, sirviéndole una copa de vino blanco frío—. Hemos estado pensando mucho en ti estos días.

Michel se acercó por el otro lado, entregándkole la copa mientras sus dedos rozaban los suyos con intención.

—No es fácil olvidar tu aroma, fresita. Ha sido… molesto. Aparece en cualquier momento y nos distrae. En la pista, en las reuniones, hasta en sueños.

Max bebió un sorbo, intentando mantener la calma mien tras los dos alfas se acercaban más. Primero fue Sergio, que se inclinó para hablarle cerca del oído. Luego M ichel, que se colocó al otro lado. Pronto estuvo atrapado entre ellos en el sofá, con sus cuerpos cálidos presionando suavemente contra el suyo.

—Hueles demasiado bien… —murmuró Michel, hundiendo la nariz en el hueco de su cuello. Inhaló despacio, como si quisiera grabarse el aroma en la memoria—. Fresas dulces con crema… es adictivo.

Sergio hizo lo mismo del otro lado, rozando los labios contra su piel suave.

—Y esos sonidos que haces… tan suaves, tan inocentes —susurró, mgientras su mano subía lentamente por el costado de Max—. Me dan ganas de descubrir qué otros sonidos puedes soltar.

Max cerró los ojos un momento, el corazón latiéndole con fuerza. El toque ligero de Sergio sobrec su pecho, acariciando con el pulgar por encima de la camisa, le arrancó un gemidito involuntario. Pensó que esa noche por fin pasaría lo que tanto había imaginado en sus fanfics: los tres enredados, sin barreras, dejándose llevar por completo.

Pero entonces Michel se apartó un poco, sonriendo con esa expresión seductora.

—Antes de continuar… tenemos un pequeño regalo para ti. Una disculpa por haberte llamado pervertido aquella vez en Zandvoort.

Sergio asintió, señalando las cajitas sobre la mesa.

—Ábrelas, fresita. Queremos compensarte.

Max, emocionado a pesar de todo, se levantó y se acercó a la mesa. Los gemelos lo siguieron, observándolo con atención. Abrió primero una caja y luego lda otra. Dentro había una delicada pulsera de Tiffany & Co. y unos aretes preciosos, brillantes y elegantes.

Max se quedó mirando las joyas unos segundos y soltó una risita suave, casi incrédula.

—Les aplaudo el esfuerzo, de verdad —dijo, girándose hacia ellos con una sonrisa divertida—. Son muy bonitas. Pero… ya las tengo. Me las regaló mi padre el año pasado.

Los gemelos se miraron entre sí, claramente descolocados. Por primera vez en mucho tiempo, no sabían qué decir.

Max cerró las cajas con cuidado y regresó al sofá, sentándose con elegancia y tomando su copa de nuevo. Dio un sorbo d lento, mirándolos por encima del borde del cristal.

—Aprecio la intención —continuó, con voz calmada —s. De verdad. Pero si quieren impresionarme, les falta bastante camino todavía.

El silencio que siguió fue denso. Sergio y Michel lo observaban con una mezcla de sorpresa y algo mucho más profundo. Esa actitud serena, esa forma de no dejarse deslumbrar fácilmente, esa chispa de desafío en sus ojos azules… todo eso solo avivó el fuego que ya sentían por él.

Michel fue el primero en sonreír, mientras se acercaba de nuevo al sofá.

—Vaya… —murmuró, sentándose a su lado—. No solo hueles delicioso. También tienes carácter.

Sergio se acomodó al otro lado, más cerca que antes, con la mirada fija en los labios de Max.

—Esto acaba de volverse mucho más interesante —dijo en voz baja, casi ronca—. Creo que vamos a disfrutar mucho descubriendo cómo impresionarte de verdad, gatito.

La forma en que lo miraban ahora era distinta. Más intensa. Más hambrienta. Como si ese pequeño rechazo hubiera encendido algo mucho más fuerte que una simple atracción física.

Y Max, adunque intentaba mantener la compostura, sintió claramente cómo el ambiente entre los tres se cargaba aún más.

°•°•°•°•

Los gemelos Pérez no estaban acostumbrados a que los rechazaran, y mucho rmenos a que los desafiaran con esa mezcla de dulzura y firmeza que Max tenía. Aquella noche en el departamento solo fue el comienzo de una campaña intensa y decidida por conquistarlo.

Al día siguiente ya empezaron a llegar ramos de flores a la cansa de Max. Primero fueron rosas blancas y rosadas, elegantes y delicadas. Al siguienxte día, un arreglo más grande con fresias y lirios que inundaban el salón con un aroma dulce. Joyas discretas pero carísimas aparecían en cajas de terciopelo: collares finos, pulseras con pequeños detalles pe rsonalizados, ropa de diseñadores que Max ni siquiera había soñado con comprar.

Sophie y Jos intercambiaban miradas extrañadas cada vez que un nuevo paquete llegaba. Durante la cena, su madre no pudo contenerse más.

—Cariño… ¿no crees qufe es un poco excesivo? Llevan llegando cosas todos los días. ¿Quién te está mandando todo esto?

Max, cortando su comida con calma, se encogió de hombros y sodnrió con inocencia.

—Son varios chicos interesados, mamá. Nada serio todavía. Solo… demostraciones de interés.

Jos frunció el ceño, claramente desconfiado, pero Sophie le dio un suave codazo para que no insistiera. Max agradecía que, por ahora, sus padres respetaran su silencio.

Pero los regalos no eran suficientes para Sergio y Michel. Querían más. Querían su atención completa.

Empezaron a aparecer dondequiera que Max estuviera. Si él entraba a su cafetería favorita por la mañana, uno de los gem elos —o ambos— ya estaba sentado en una mesa cercana, con esa sonrisa segura y la mirada fija en él. Si salía a cenar conv Charles a un restaurante junto al puerto, los alfas aparecían poco después, pidiendo una mesa cercana y enviándole copas de vino con una nota breve: “Para que pienses en nosotros”.

No eran discretos en absoluto.

Una tarde, mientras Max tomaba un café solo en una terraza soleada, Michel se sentó frente a él sin pedir permiso, y Sergio apareció minutos después, ocupando la silla a su lado. El aroma cálido de vainilla tostada y caramelo quemado envolvió a Max de inmediato.

—¿Sigues pensando que nos falta mucho para impresionarte, fresita? —preguntó Michel, inclinándose hacia adelante con una sonrisa seductora.

Sergio rozó discretamente su rodilla bajo la mesa.

—Dinos qué quieres. Lo que sea. Estamos dispuestos a darlo.

Max sintió un escalofrío agradable recorrerle la espalda, pero mantuvo la compostura, aunque sus mejillas se tiñeron de rosa.

—Tal vez empiecen por no aparecer como si me estuvieran acechando —respondió con una risita suave—. Aunque admito que es… halagador.

La falta de discreción de los gemelos tuvo consecuencias rápidas. Los rumores explotaron en las redes y ecn los medios de Mónaco: “Los gemelos Pérez comparten un omega misterioso”. Fotos borrosas de ellos tres juntos en diferentes lugares empezaron a circular. Pronto, el “omega rubio” dejó de ser anónimo.

Sophie y Jos sabían perfectamente que se trataba de su hijo. Habían visto las fotos y reconocido su rostro. Sin embargo, ninguno de los dos se atrevía a preguntar directamente. Preferían esperar a que Max les contara… o a que la situación se calmara.

Mientras tanto, la vida de Max se volvió un caos . Los paparazzi comenzaron a perseguirlo a todas partes. Salía de casa y ya había dos o tres fotógrafos esperando. Lo mismo le pasaba a Charles, que se había convertido en daño colateral.

Una tarde soleada, Max y Charles salían corriendo de una boutique en el centro, riendo y jadeando mientras esquivaban a un grupo de fotógrafos que los seguían de cerca.

—¡Max! ¡Solo una foto! —gritaban detrás de ellos.

Charles agarró la mano de su amigo y tiró de él hacia una calle lateral más estrecha.

—¡Corre, Maxie! ¡Por aquí! —gritó entre risas.

°•°•°•°•°

Mientras Charles y Max corrían por las calles empedradas de Mónaco, esquivando turistas y doblando esquinas, las risas entrecortadas se mezclbaban con la respiración agitada. Los paparazzi les pisaban los talones, gritando sus nombres y disparando flashes que iluminaban la tarde dorada.

—¡Por aquí! —gritó Charles, tirando de la mano de Max hacia un callejón estrecho que daba a una plaza más tranquila.

Max soltó una carcajada nerviosa, el corazón latiéndole fuerte por la adrenalina.

—Esto es ridículo… ¡ni siquiera soy famoso!

—Ahora lo eres, gracias a tus dos alfas posesivos —respondió Charles sin soltarle la mano, sonriendo con picardía.

En el otro extremo de la ciudad, en su lujoso apartamento, Sergio y hMichel caminaban de un lado a otro como leones enjaulados. La frustración era palpable.

—Nada le gusta —gruñó Michel, pasándose una mano por el cabello—. Flores, joyas, cenas… todo lo recibe con esa sonrisa educada y luego nos mira como si siguiéramos sin entender.

Sergio se detuvo frente a la ventana, mirando el puerto. Su voz bfajó, ronca por el deseo acumulado.

—estamos jodidos

La desesperación los llevó a tomar una decisión extrema. Contactaron a Charles.

La reunión fue en un café discreto al atardecer. Charles llegó solo, con los brazos cruzados y una ceja alzada, claramente disfrutando del poder que tenía en ese momento.

—Así que los grandes gemelos Pérez necesitan mi ayuda —dijo con una sonrisa burlona.

Michel fue directo al grano.

—Dinos qué quiere Max. Qué podemos darle para que nos acepte de una vez.

Charles se reclinó en la silla, saboreando el momento.

—Todo tiene un precio. Quiero una cita con Carlos Sainz. Una de verdad. Cena, conversación… vsin excusas.

Sergio soltó una risa grave, casi incrédula.

—¿En serio? Charles, no eres exactamente el tipo de Carlos. Él suele fijarse en…

—No termines esa frase —lo cortó Charles, poniéndose de pie—. Si van a insultarme, me voy. Buen intento.

Michel levantó una mano, deteniéndolo.

—Espera. Está bien. Lo arreglaremos. Hablaré con Carlos.

Charles sonrió victorioso y se sentó de nuevo. Durante la siguiente media hora les contó todo lo que sabía de Max: su amor por los chocolates artesanales cohn sabores intensos, las flores silvestres más que los ramos ostentosos, cómo disfrutaba del lujo pero de su forma íntima… especialmente los días enteros en hoteles bonitos, con vistas al mar, spa y esa sensación de escapada romántica.

—Le gusta sentirse cuidado, no comprado —remató Charles—. Y sobre todo, que lo sorprendan de vertdad.

Los gemelos escucharon atentamente… o al menos eso pareció.

Dos días después, Max estaba en su habitación revisando unos apuntes cuando oyó el timbre. Bajó las escaleras y, al abrir la puerta, se encontró con Sergio y Michel en toda su impone nte presencia. Ambos vestían casual pero elegantes, con esa aura de alfas que siempre hacía que su pulso se acelerara.

—Hola, gatito —dijo Sergio con una sonrisa lenta y seductora, inclinándose para darle un beso suave en la mejilla.

Michel hizo lo mismo del otro lado, demorándose un segundo más, rozando con los labios cerc a de su oído.

—Prepara una maleta. Nos vamos a un lugar genial. Solo esta noche.

Max parpadeó, sorprendido.

—¿Una maleta? ¿A dónde? Ni siquiera me han dicho…

—No necesitas saberlo todavía —interrumpió Michel suavemente, con esa voz grave que prometía cosabs deliciosas—. Confía en nosotros. Solo trae lo necesario… y ponte algo cómodo para viajar.

Los dos alfas lo miraban con intensidad, los ojos oscuros brillando con anticipación. El aroma a vainilla tostada y caramelo quemado los envolvía, cálido y tentador.

Max sintió una oleada de ilusión recorriéndole el cuerpo. Asintió, con el corazón latiéndole fuerte, y sukbió a preparar la maleta rápidamente. No imaginaba que aquella “noche genial” terminaría siendo otra decepción.

Pobre Maxie.

°•°•°•°•°

El auto salió de Mónaco al atardecer. El paisaje mediterráneo dio paso poco a poco a carreteras más larggas y menos cuidadas, con el sol p oniéndose a sus espaldas. Max iba sentado en la parte trasera, con una mezcla de nervios y emoción que le hacía imposible quedarse quieto.

—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó por tercera vez, mirando por la ventanilla—. ¿Es un hotel en la costa? ¿O algo más privado?

Sergio sonrió de medio lado, sin apartar la vista de la carretera.

—Paciencia, maxie. Solo déjate sorprender.

Michel, a su otro lado, le g acarició suavemente el muslo por encima del pantalón.

—Confía en nosotros. Va a valer la pena.

Pero las respuestas vagas siguieron llegando. La carretera se volvía cada vez más larga, más solitaria y, poco a poco, más fea. Los edificios elegantes de Mónaco quedaron muy atrás. Ahora solo había moteles viejos, gasolineras desgastadas y carteles luminosos parpadeantes.

Cuando el auto se detuvo finalmente, Max frunció el ceño. Frente a elwlos brillaba un letrero de neón rojo y azul medio roto que anunciaba “Motel Paraíso”. El lugar se veía viejo, descuidado, con varias luces fundidas y un estacionamiento casi vacío.

—¿Esto es en serio? —murmuró Max, confundido.

Los gemelos bajaron del auto y lo invitaron a seguirlos. Max obedeció, aunque su aroma dulce empezaba a teñirse de nerviosismo, un matiz más agudo y vulnerable que los alfas decidieron ignorar por el momento.

La habitación era aún peor que el exterior. Paredes amarillentas, una cama doble con colcha desgasgtada, una lámpara que parpadeaba y un olor a humedad que se mezclaba con desinfectante barato. Max se quedó parado en la entrada, mirando todo con incredulidad.

—¿Esto es una broma? —preguntó, la voz más baja de lo normal.

Sergio cerró la puerta detrás de ellos y sonrió, acercándose.

—No es una broma,v gatito. Solo relájate y déjate llevar. Estamos aquí para disfrutar.

Michel se colocó al otro lado, inclinándose para besar su cuello con labios cálidos y persuasivos.

—Olvídate del lugar. Concéntrate en nosotros —susurró, empezando a desabotonar la camisa de Max.

Max sintió cómo las manos de ambos recorrían su hpiel. Por un segundo, su cuerpo reaccionó al contacto, al aroma embriagador de vainilla y caram elo que lo envolvía. Pero entonces la realidad lo golpeó. Esto no era una escapada romántica. No era el lujo que Charles les había dicho que le gustaba. Esto era… esto.

Empujó a ambos con fuerza, separándolos de él. Los gemelos se detuvieron, sorprendidos.

—Son unos idiotas —dijo Max, la voz temblando de rabia y dolor—. ¿De verdad pensaron que e sto me gustaría? ¿Después de todo? Esperé tanto de ustedes… creí que por fin entendían.

Sergio levantó las manos, intentando calmarlo.

—Max, no te alteres. Solo queríamos algo diferente, algo espontáneo…

—¿Diferente? —repitió Max, mirándolos con los ojos brillantes por la decepción—. Me han dejado claro lo poco que valgo para ustedes. ¿Esto es lo quev merezco? ¿Un motel de mala muerte donde pueden follarme sin esfuerzo?

Michel intentó acercarse de nuevo.

—Gatito, escúchanos…esto era solo una broma

—No —lo cortó Max, retrocediendo un paso. Su aroma se había vuelto más intenso, pero ahora cargado de una tristeza profunda que llenaba la habitación y hacía que los dos alfas se sintieran incómjodos, casi culpables—. No quiero escucharlos. No quiero volver a verlos en mi puta vida. ¿Acaso creen que soy una prostituta a la que pueden llevar a cualquier sitio con tal de pasar la noche?

Los gemelos se quedaron en silencio, viéndolo. El olor dulce y devastado de Max flotaba entre ellos, pesado y doloroso. Max estaba muy molesto, con locs brazos cruzados sobre el pecho y los ojos llenos de una mezcla de rabia y profunda decepción que hacía que su aroma se volviera casi insoportable para los alfas.

°•°•°•°•

Lo que los gemelos habían hecho era una estupidez enorme, y lo sabían. El silencio en el motel era denso, cargado de arrepentimiento y el dulce aroma herido de Max que llenaba cada rincón de la habitación.

—Max, por favor… —intentó Sergio, pero el omega ya se dirigía a la puerta.

—No. Déjenme ir. Quiero irme solo.

Michel bloqueó la salida con su cuerpo.

—Gatito, no vas a caminar solo por esta carretera de noche.

Max forcejeó, molesto y dolido, pero entre los dos alfas lograron llevarlo hasta el vehículo. Lo metieron en la parte trasera y cerraron las puertas con seguro antes de que pudiera escapar. Max golpeó el vidrio una vez, frustrado, con los ojos brillantes.

—¡Ábranme! ¡No quiero estar aquí con ustedes!

Sergio y Michel se quedaron fuera un mombento. Se miraron, conscientes de que habían arruinado todo.

—Esto se nos fue de las manos —murmuró Michel.

Sergio ya tenía el teléfono en la mano. Marcó el número de Charles.

El omega contestó al segundo tono.

—¿Qué pasó? ¿Cómo está Max?

Los gemelos le contaron todo: la idea estúpida de la “broma”, el motel de mala muerte, cómo Max había reaccionado, el dolor en su voz y el aroma devastado que aún les pesaba en la piel.

Charles los insultó de todas las formas posibles. Su voz sonaba afilada a través del altavoz.

—Son unos idiotas. Idiotas completos. ¿En serio solo piensan con la entrepierna? ¿Llevarlo a un motel de mierda después de que les dije que le gusta skentirse cuidado? ¡Son unos cavernícolas! Max no es un juguete para una noche barata.

Los gemelos se mantuvieron en silencio, recibiendo cada palabra. Cuando Charles terminó de desahogarse, Sergio habló con voz desesperada.

—Dinos cómo arreglarlo. Por favor. Lo necesitamos, Charles. No solo queremos acostarnos con él… lo queremos a él.

Charles suspiró, aún molesto pero dispuesto a ayudar.

—Llévenlo al hotel más caro de Mónaco. El que tiene vistas al puerto, suites presidenciales, spa privado… todo. Trátenlo como a un rey. Flores, chocolates artesanales, masajes, cena en la terraza… y sobre todo, escúchenlo. No intenten arreglarlo con sexo. Demuéstrenle que lo valoran.

—Entendido —dijo Michel—. Gracias.

Colgaron. Los dos alfas subieron al auto. Max ebstaba cruzado de brazos en el asiento trasero, mirando por la ventanilla con los ojos húmedos.

—Quiero irme a casa —dijo con voz baja pero firme—. No quiero estar con ustedes. Llévenme de vuelta.

Los gemelos no respondieron. Sergio encendió el motor y Michel se giró ligeramente hacia atrás.

—Confía en nosotros una vez más, gatito. Solo… déjanos intentarlo.

El viaje de regreso a Mónaco fue tenso. Max permaneció en silencio casi todo el tiempo, aunque su aroma seguía cambiando poco a poco, volviéndose más dulce, más intenso, casi empalagoso. Sergio fue el primero en notarlo. Frunció el ceño y miró a su hermano.

—¿Lo hueles?

Michel inhaló profundamente y sus ojos se oscurecieron.

—Pre-celo —murmuró.

Cuando llegaron al hotel , un imponente edificio con luces suaves y vistas panorámicas al mar, Max negó con la cabeza.

—No quiero que arreglen nada —dijo, aunque su voz sonaba más débil—. Solo llévenme a casa.

Pero ya era tarde. El calor empezaba a subirle por el cuerpo. Le costaba respirar con normalidad, un rubor intenso le cubría las mejillas y su aroma a fresitas con crema se había vuelto tan dulce y potente que llenaba todo el interior del auto. Sus piernas temblaban ligeramente.

Sergio y Michel intercambiaron una mirada rápida. Su omega no podía estar en ese estado en la calle, expuesto y vulnerable.

—Max… —dijo Sergio con voz suave pero urgente, bajando del auto y abriendo la puerta trasera—. Vamos adentro. Solo a una habitación. No vamos a hacer nada que no quieras, te lo prometo. Pero no puedes quedarte así aquí fuera.

Michel ya estaba a su lado, rodeándolo con un brazo mientras lo ayudaban a salir del vehículo. Max se tambaleó ligeramente, el calor creciendo en su interior, y los gemelos lo sostuvieron con firmeza pero con cucidado, guiándolo hacia la entrada del lujoso hotel.

°•°•°•°

Tras una breve conversación en recepción, los gemelos consiguieron la suite más exclusiva del hotel. El ascensor subió en silencio, cargado de tensión. Max iba apoyado entre ellos, respirando con dificultad, el rostro enrojecido y el cuerpo temblando ligeramente por el calor que empezaba a consumirle.

—No me siento bien… —murmuró, con la voz más suave y quejumbrosa de lo habitual—. Todo esto es culpa de ustedes… idiotas.

Sergio y Michel intercambiaron una mirada. Aquella queja, en lugar de molestarlos, les resultó tierna. Su omega, normalmente tan compuesto y desafiante, ahora se veía vulnerable y adorable entre sus brazos.

—Lo sabemos, gatito —susurró Sergio, besándole la sien con delicadeza—. Vamos a cuidar de ti.

La suite era impresionante: amplios ventanales con vistas panorámicas al puerto iluminado de Mónaco, una cama king size con sábanas de lujo, una sala de estar privada y un baño con jacuzzi. En cuanto entraron, acomodaron las pocas cosas que traían y Michel sacó rápidamente un blíster de inhibidores de su bolso de viaje.

—Toma esto, Max —dijo con voz suave pero firme, extendiéndole las pastillas y un vaso de agua—. Te ayudará a controlar el celo.

Max miró las pastillas con el ceño fruncido. De un manotazo, las lanzó lejos. Cayeron sobre la alfombra con un sonido sordo.

—No quiero sus porquerías —dijo, cruzándose de brazos como un niño enfadado.

Michel se arrodilló frente a él, intentando razonar.

—Es por tu bien, precioso. Queremos lo mejor para tji. No queremos que sufras ni que hagas algo de lo que te arrepientas después.

Max hizo un puchero que casi derritió a los dos alfas. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de calor, frustración y necesidad.

—Si de verdad quisieran lo mejor para mí… no me habrían llevado a ese motel horrible. No me habrían hecho sentir que valgo tan poco.

Sergio se sentó a su lado en la cama y le acarició el cabello con ternura.

—Perdónanos, gatito. Fuimos unos idiotas. No volverá a pasar.

Michel tomó su mano, besando los nudillos.

—Dinos cómo podemos compensártelo.

Max los miyró a ambos, respirando agitado. El aroma era ahora abrumadoramente dulce y espeso, llenando la suite entera.

—Los perdonaré… solo si me ayudan a controlar este celo —susurró, la voz ronca de necesidad.

Sin esperar respuesta, se bajó los pantalones y las braguitas con manos temblorosas. Reveló su entrada: hinchado, mojado, de un rosa intenso, gordito y tan apretado que brillaba bajo la luz suave de la habitación. El olor se intensificó aún más.

Sergio y Michel se quedaron congelados, con los ojos muy akbiertos y las pupilas dilatadas. El instinto alfa rugía dentro de ellos, exigiendo que lo tomaran ahí mismo, que lo marcaran y lo llenaran. Pero se contuvieron.

—No podemos —dijo Sergio con esfuerzo, la voz ronca—. No estás en tus cabales, Max. No queremos aprovechar la situación.

Michel tragó saliva, luchando visiblemente contra sí mismo.

—Cuando estés lúcido, gatito. Cuando realmente nos elijas.

Max soltó un gemido frustrado y, acto seguido, hizo un berrinche digno de un omega en pleno celo: lágrimas de calor y rabia asomaron en sus ojos, y golpeó el colchón con las manos.

—¡Quiero un alfa! ¡Los necesito! ¿Por qué no me quieren tocar? ¡Son míos!

Los gemelos se miraron. Sabían que en ese estado Max podía arrepentirse después, y no estaban dispuestos a arriesgar su confianza otra vez.

—Está bien —dijo Michel finalmente, sacando su teléfono—. Pero lo haremos de la forma correcta. Vas a grabar un video, gatito. Vas a decir claramente que estás cofnsciente, que quieres esto y que nos deseas a nosotros… a tus alfas.

Sergio asintió, acariciándole la mejilla con el pulgar.

—Dilo frente a la cámara, precioso. Que quede claro que eres tú quien decide.

°•°•°•°•°•

Max tomó el teléfono con manos temblorosas pero decididas. Se sentó en la cama, mirando directamente a la cámara mientras Sergio y Michel lo observaban con atención, conteniendo la respiración.

—Mi nombre es Max —dijo con voz clara, aunque ronca por el calor que lo invadía—. Estoy en pleno celo y soy completamente consciente de lo que quiero. Quiero estar con Sergio y Michel… mis alfas. Los quiero dentro de mí, quiero que me toquen, que me llenen. Esto es mi decisión. Nadie me está obligando.

Dicho eso, lanzó el teléfono lejos sobre el sillón y se abalanzó sobre ellos con un gemido ansioso.

Sergio lo recibió primero, atrapándolo entre sus brazos. Max tomó una de sus manos grandes y la guió directamente entre sus piernas, presionándola contra su entrada hinchada y mojada.

—Tócame… por favor —suplicó contra sus labios.

Sergio soltó un gruñido bajo y empezó a mover los dedos con lentitud, acariciando ese coñito tan lindo, rosado y resbaladizo. Sus dedos gruesos se deslizaban con facilidad gracias a la abundante humedad, rozando el punto más sensible y arrancándole suaves gemiditos a Max.

Michel, desde atrás, giró el rostro de Max hacia él y lo besó con hambre. Sus lenguas se enredaron en un beso profundo, húmedo y desesperado. El omega se derretía entre ellos, moviendo las caderas contra la mano de Sergio mientras devoraba la boca de Michel.

—Tan mojado… —murmuró Sergio contra su cuello, introduciendo un dedo con cuidado—. Estás ardiendo por dentro, gatito.

Max gimió en la boca de Michel, el calor subiendo por su cuerpo como lava. Los tres empezaban a perder la compostura. El aroma dulce de Max mezclado con el de vainilla tostada y caramelo quemado de los alfas creaba un ambiente cargado, casi embriagador.

Finalmente, Max terminó recostado en el centro de la enorme cama, con las mejillas encendidas y los labios hinchados. Los gemelos se pusieron de pie frente a él y comenzaron a desvestirse con lentitud . Camisas cayendo al suelo, pantalones deslizándose por caderas fuertes, revelando cuerpos tonificados por años de entrenamiento y carreras.

Max se mordió el labio inferior con fuerza al verlos completamente desnudos. Sus vergas eran grandes, gruesas y perfectamente formadas, ya completamente duras y goteando por él. El omega abrió los ojos como platos, una mezcla de deseo y leve nerviosismo cruzando su rostro.

—Son… enormes —susurró, casi sin aliento.

Desesperado, Max levantó las piernas, abriéndose por completo. Con dedos temblorosos separó sus labios vaginales, mostrando lo rosado, mojado y listo que estaba.

—Metanmela ya… —suplicó, la voz quebrada—. Los necesito. Por favor… mis alfas.

(Oraaa que sus alfas)

Sergio fue el primero. Con una ternura que contrastaba con el fuego en su mirada, colocaron a Max ligeramente recostado con la cabeza al borde de la cama para que pudiera verlos bien. Sergio se arrodilló entre sus piernas abiertas y bajó la cabeza, besando primero el interior de sus muslos antes de hundir la lengua en ese coñito hinchado.

Max arqueó la espalda con un gemido largo y dulce, una mano enredándose en el cabello de Sergio mientras Michel se inclinaba para besarle el pecho y morder suavemente uno de sus pezones.

La habitación se llenó de gemidos suaves, respiraciones agitadas y el sonido húmedo de la boca de Sergio devorándolo con devoción. Michel susurraba palabras calientes contra su piel:

—Eres perfecto… tan dulce, tan nuestro.

Sin duda sería una noche divertida.

°•°•°•^•^•

Una vez que Sergio consideró que Max estaba lo suficientemente preparado —relajado, empapado y temblando de anticipación—, levantó la mirada desde entre sus piernas abiertas. Sus labios brillaban con la humedad del omega.

—Voy a metértela ahora, gatito —murmuró Sergio con voz ronca, cargada de deseo contenido—.

Michel se puso de pie al borde de la cama, exactamente donde descansaba la cabeza de Max. Su verga gruesa y dura quedó a la altura perfecta de esa carita sonrojada, rozando ya los labios hinchados del omega.

—¿Listo para los dos, precioso? —pregunxtó Michel, acariciándole la mejilla con el pulgar.

Max solo pudo gemir en respuesta, abriendo más las piernas y asintiendo desesperado.

Sergio alineó su miembro en la entrada resbaladiza y empujó con lentitud controlada. Centímetro a centímetro, entró en ese calor estrecho y palpitante, gruñendo bajo al sentir cómo las paredes internas de Max lo envolvían con fuerza.

—Joder… estás tan apretado —susurró Sergio, los ojos entrecerrados de placer—. Como si no quisieras dejarme salir nunca.

Al mismo tiempo, Michel deslizó la punta de su verga entre los labios de Max. El omega, ansioso y perdido en el calor del celo, lo succionó con avidez, tomando tanto como podía mientras gemía alrededor de la cnarne gruesa. Su lengua trabajaba con desesperación, lamiendo y envolviendo, dejando la verga de Michel brillante de saliva que ya empezaba a escurrir por su barbilla.

Cuando los gemelos estuvieron completamente dentro —uno enterrado hasta el fondo en su coño y el otro llenándole la boca—, comenzaron a moverse. Primero con ritmo lento y profundo, pero pronto la necesidad los dominó. Empezaron a follarlo con movimientos más urgentes, más desesperados, sincronizados de forma casi perfecta.

—Así… succiona más fuerte —gruñó Michel, una mano enredada en el cabello rubio de Max mientras empujaba entre sus labios—. Esa boquita caliente se siente increíble.

Sergio, por su parte, no solo se daba un festín con ese interior estrecho y empapado que lo apretaba con cada embestida. Sus manos subieron hasta el pecho de Max, amasando sus senos suaves y sensibles. Pellizcaba los pezones con precisión, tirando suavemente y luego más firme, mientras bajaba la cabeza para morder y chupar uno de ellos.

Max gemía sin control alrededor de la verga de Michel, el sonido vibrando contra la carne caliente. Lágrimas de placer se le escapaban por las comisuras de los ojos, el cuerpo arqueado y temblando entre los dos alfas que lo reclamaban por ambos lados.

—Eres nuestro —susurró Sergio contra su pecho, mordiendo suavemente antes de lamer lva marca roja que dejó—. Tan perfecto… tan nuestro.

Los gemelos aceleraron el ritmo, moviéndose con más intensidad. Sergio golpeaba profundo, rozando ese punto sensible dentro de Max con cada embestida, mientras Michel follaba su boca con estocadas controladas pero profundas. Las manos de Sergio seguían torturando sus senos, pellizcando y apretando justo como sabía que lo volvía loco.

Max empezó a sacudirse, abrumado por las sensaciones. El placer era demasiado, demasiado intenso, y los gemelos no parecían tener intención de darle tregua.

Sergio y Michel lo sobreestimulaban sin piedad, llevándolo al límite una y otra vez.

°•°•°•°•

El celo de Max era algo que los gemelos jamás habían experimentado. Su omega era ruidoso, exigente y completamente entregado. No solo recibía; pedía más, se movía buscando placer, arqueaba la espalda y gemía sin vergüenza para que los tres se sintieran jodidamente bien.

—Más fuerte… —suplicó Max entre gemidos ahogados, mientras Sergio lo follaba profundo y Michel le llenaba la boca—. Quiero sentirlos hasta el fondo… los necesito a los dos.

Cuando llegó el turno de Michel, este se sentó en el centro de la cama, la espalda apoyada contra el cabecero. Su verga gruesa y húmeda se alzaba orgullosa, palpitando.

—Ven aquí, putita mía —ordenó Michel con voz grave y oscura—. Quiero que me montes. Quiero ver cómo ese coñito apretado se traga todo lo que tengo para ti.

Max obedeció al instante, gateando hasta colocarse sobre él. Bajó lentamente, mordiéndose el labio con fuerza mientras sentía cómo la verga de Michel lo abría centímetro a centímetro, estirándolo hasta el límite. Un gemido largo y tembloroso escapó de su garganta cuando estuvo completamente sentado.

—Verdomd … te sientes tan grande —jadeó, empezando a moverse. Sus caderas subían y bajaban con ritmo desesperado, rebotando sobre el regazo de Michel.

Al mismo tiempo, Sergio se arrodilló a su lado. Max giró la cabeza y tomó la verga de Sergio en su boca sin dudarlo, chupando con hambre mientras su mano masturbaba la base con movimientos rápidos y húmedos. La saliva le escurría por la barbilla, mezclándose con sus gemidos ahogados.

—Así, mi puta golosa —gruñó Sergio, enredando los dedos en su cabello rubio y empujando suavemente en su garganta—. Mira cómo te llenas la boca mientras te follan el coño. Eres perfecta.

Las feromonas de los tres estaban totalmente descontroladas. El aire de la suite era denso, dulce y cargado: fresitas con crema mezcladas con vainilla tostada y caramelo quemado. Los gemelos sudaban, los músculos tensos, perdiendo cada vez más el control mientras Max pedía y pedía más.

Michel lo agarró fuerte de las caderas, guiándolo para que bajara más duro, más profundo.

—Rebota más fuerte, gatito . Quiero sentir cómo me aprietas cada vez que te lleno —gruñó, mordiendo el hombro de Max.

Max gemía alrededor de la verga de Sergio, el cuerpo temblando de placer. Sus senos rebotaban con cada movimiento, los pezones rojos e hinchados por las atenciones anteriores. Estaba completamente perdido en ellos, en el placer abrumador de tener a sus dos alfas al mismo tiempo.

De pronto, Max se separó de la verga de Sergio con un jadeo húmedo, saliva brillando en sus labios.

—Anúdenme… —suplicó, la voz rota y desesperada, sin dejar de cabalgar a Michel con movimientos frenéticos—. Por favor… anúdenme los dos. Quiero que me llenen. Quiero un cachorrito…

Los gemelos se quedaron un segundo en silencio, mirándolo con los ojos oscuros de deseo puro. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus rostros al mismo tiempo.

Su omega quería un cachorrito.

°•°•°•°•

Los gemelos estaban completamente perdidos en él. El deseo de reclamarlo juntos, de llenarlo y marcarlo como suyo, era tan intenso que ya no podían resistirse. Max, en pleno celo, era una visión qcue los deshacía: exigente, ruidoso, desesperado por todo lo que pudieran darle.

—Vamos a anudarte, putita nuestra —gruñó Michel, la voz ronca de pura necesidad—. Los dos. Como quieres.

Primero fue Michel. Lo colocó en cuatro sobre la cama, con la cara mirando directamente a Sergio, que se arrodilló frente a él. Max arqueó la espalda, ofreciéndose sin vergüenza, el coño hinchado y goteando, palpitando de anticipación.

—Fóllame… —suplicó Max, empujando hacia atrás contra Michel—. Métemela toda, por favor…

Michel lo agarró fuerte de las caderas y entró de un solo empujón profundoj, arrancándole un gemido largo y roto al omega. Empezó a follarlo con fuerza, sacudiéndolo con cada embestida, mientras Max mantenía la mirada fija en Sergio, la boca abierta y jadeante.

—Más… más duro —exigía Max entre gemidos—. Quiero sentirte hasta el fondo, mi alfa…

Michel gruñó, incl inándose sobre su espalda para morderle el hombro.

—Tan codicioso… mi putita caliente. Mira cómo te abres para mí.

Max no solo recibía. Exigía. Movía las caderas hacia atrás con fuerza, chocando contra Michel, mientras su mano buscaba la verga de Sergio y la masturbaba con movimientos rápidos y húmedos. Su boca también lo atendía, lamiendo y chupando la punta cada vez que podía, dejando hilos de saliva brillando en la piel.

—Quiero sus nudos… —gemía Max, la voz quebrada—. Los necesito dentro… por favor…

Michel aceleró, follándolo sin piedad, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la suite. Sergio observaba todo con los ojos oscuros de deseo, acariciando la mejilla de Max con su verga mientras este lo miraba con ojos vidriosos de placer.

—Eres una puta maravilla —susurró Sergio—. Tan ansioso por llevarnos a los dos.

Cuando Michel sintió que el nudo empezaba a hincharse, no se detuvo. Siguió embistiendo hasta que el nudo se inflcó completamente dentro de Max, sellándolo. El omega chilló de placer, el cuerpo temblando mientras sentía cómo Michel se corría profundo, llenándolo con chorros calientes y espesos. Su pancita se hinchó ligeramente, caliente y llena.

—Así… lléname —gimió Max, apretando alrededor del nudo—. Quiero todo…

Sergio sonreía, observando cómo su hermano y su omega se corrían juntos. Max quedó acostado de lado, todavía conectado a Michel por el nudo, los ojitos pesados y la respiración agitada. Parecía a punto de dormirse, exhausto y satisfecho.

Fue entonces cuando Sergio se acercó, dándole golpecitos suaves en la mejilla con su verga dura y goteante.

—Todavía te falta mi nudo, putita —murmuró con una sonrisa oscura y prometedora—. No creas que hemos terminado contigo.

°•°•°•°

A pesar de que su omega estaba casi dormidito, con los ojitos pesados y el cuerpo laxo tras el nudo de Michel, Sergio no podía esperar más. Su verga palpitaba dolorosamente, hinchdada y necesitada, y ver a Max así —lleno de la semilla de su hermano, con la pancita ligeramente redonda y esa expresión de satisfacción somnolienta— solo avivó algo más oscuro y posesivo dentro de él.

—Todavía no, putita —gruñó Sergio, tomándolo por la cintura con fuerza—. No vas a dormir hasta que te dé mi nudo también.

Max soltó un quejido suave, medio dormido, moviéndose perezosamente contra él.

—Anúdame rapidito… quiero dormir… por favor…

(Exigente el nene)

Para Sergio eso fue como una puta burla. El omega había recibido el nudo de Michel con gemidos y exigencias, y ahora pa recía no importarle el suyo. Un celos ardiente le subió por el pecho. Lo tomó con más fuerza, casi cruel, y le dio varios golpecitos firmes en la mejilla con la palma abierta.

—Si quieres mi puto nudo, entonces tú mismo vas a tomárlo, mi puta perezosa —dijo con voz baja y peligrosa, sentándose en la cama y arrastrando a Max encima de él.

Max soltó una risita burlona, provocadora, incluso en su estado de agotamiento. Se colocó a horcajadas y baajó despacio, pero sin prisa, como si quisiera torturarlo. Sergio gruñó de frustración y lo agarró de las caderas con dedos que dejaban marcas, obligándolo a bajar de golpe hasta que estuvo completamente empalado.

—Muévete —ordenó Sergio, la voz ronca—. O te voy a follar yo hasta que no puedas ni quejarte.

Max empezó a cabalgarlo, pero con movimientos lentos y perezosos, casi burlones. Michel observaba todo desde el lado, fascinado, con una mano acariciando perezosamente su propia verga todavía medio dura.

—Qué puta provocadora eres —murmuró Michel, sonriendo—. Mira cómo lo vuelve loco.

Sergio perdió la poca paciencia que le quedaba. Con un gruñido animal, invirtió las posiciones y empezó a mover a Max como si fuera una muñeca: lo levanctaba y lo bajaba con fuerza brutal, embistiéndolo desde abajo con estocadas profundas y salvajes. El sonido húmedo de piel contra piel era obsceno, mezclado con los chillidos de placer de Max.

—Así, mi puta sucia —gruñó Sergio, mordiéndole el cuello mientras lo follaba sin piedad—. ¿Esto es lo que querías? ¿Que te use como la zorra codiciosa que eres?

Max chillaba de gusto, el cuerpo siendo totalmente molido. Cada embestida le arrancaba gemidos rotos, el placer tan intenso que le nublaba la mente. Sus senos rebotaban con fuerza, los pezones rojos e hinchados. Sergio no dejaba de pellizcarlos, tirando y retorciéndolos mientras lo penetraba sin descanso.

La estimulación fue demasiada. Max se corrió con un grito agudo, soltando chorros espesos y cálidos sobre el abdomen de Sergio, el cuerpo convulsionando alrededor de la verga que lo partía en dos. Casi al mismo tiempo, el nudo de Sergio se infló dentro de él, sellándolo completamente. Chorros calientes y abundantes lo llenaron hasta el límite, haciendo que su pancita se hinchara visiblemente, redonda y pesada de la semilla de sus alfas.

Max quedó a reventar de semen, la barriga llena y tensa, gimiendo bajito mientras el nudo lo mantenía completamente conectado a Sergio.

Los gemelos estaban felices, casi eufóricos. Al fin su omega era suyo. Completamente suyo. Michel se acercó y besó la frente sudorosa de Max con una ternura que contrastaba con la crudeza anterior.

—Nuestro —susurró.

Sergio lo abrazó por detrás, acariciándole la pancita hinchada con reverencia.

—Totalmente.

Max, exhausto y saciado, solo pudo soltar un suspiro suave. Sus ojitos se cerraron poco a poco, cayendo en un sueño fprofundo mientras sus alfas lo admiraban en silencio: hermoso, marcado, lleno de ellos y completamente rendido entre sus brazos.

°•°°•°•°

Max se sentía completamente agotado. Cada músculo le dolía con un cansancio profundo y dulce, un recordatorio físico de todo lo que había pasado. Aun así, en el fondo de su pecho, su onmega se revolvía feliz, saturado y satisfecho. Había estado con sus dos alfas. Los había tenido dentro, los había sentido reclamarlo, y por primera vez en mucho tiempo se sentía completo.

Sergio y Michel, en cambio, ya habían cambiado por completo el chip. Una cosa era el sexo rudo, eln hambre descontrolada del celo… y otra muy distinta era la realidad. Ahora Max era su ángel. Su lindo omega. El que debían cuidar, proteger y mimar.

Con una delicadeza casi reverente, lo levantaron entre los dos. Max soltó un suve quejido al ser movido, pero no se resistió. Lo llevaron al amplio baño de la suite, donde el agua caliente ya empezaba a llenar la bañera con burbujas suaves y un aroma ligero a lavanda.

—Tranquilo, precioso… —susurró Sergio, ayudándolo a bajar al agua—. Vamos a cuidarte.

Michel se arrodilló al borde de la bañera y empezó a pasar una esponja suave por los hombros de Max, limpiando el sudor y los restos de la noche con movimientos lentos y cuidadosos.

—Gracias por dejarnos estar contigo —dijo Michel en voz baja, casi con humildad—. Por permitirnos… probarte. Por confiar en nosotros incluso después de haber sido unos idiotas.

Max, con los ojos medio cerrados y el agua caliente relajándole el cuerpo, solo pudo murmurar:

—Mmm… no se disculpen tanto… se siente bien…

Asentía con cada palabra que le decían, una sonrisa pequeña y cansada en los labios. Nunca había imaginado que esos dos alfas, tan arrogantes y provocadores, pudieran volverse así de dóciles y atentos. Pero le gustaba. Le gustaba mucho.

Sergio le acarició el cabello mojado mientras lo enjabonaba con cuidado.

—Eres nuestro ahora, precioso. Y vamos a cuidarte como te mereces.

El baño se prolongó. Los gemelos se turnaban para lavarle el cabello, masajearle los hombros y enjuagarlo con agua tibia. Max se dejó hacer, soltando suspiros suaves cada vez que alguna de sus manos encontraba un músculo dolorido.

Cuando finalmente salió del agua, lo secaron con toallas gruesas y cálidas, con una delicadeza qkue contrastaba con la intensidad de horas atrás. Lo vistieron con una de las camisas grandes de Sergio, que le quedaba enorme y suave, y lo llevaron de vuelta a la cama.

Sergio le dio un beso lento en la frente.

Michel le rozó los labios con los suyos, apenas un roce.

Luego lo acomodaron en el centro del colchón, uno a cada lado, protegiéndolo con sus cuerpos. Max se hundió entre ellos, rodeado por el calor y el aroma de vainilla y caramelo, y se durmió casi de inmediato.

A la mañana siguiente, Max despertó sintiendo el cuerpo extremadamente pesado. Cada movimiento le recordaba lo que había ocurrido. Abrió los ojos con lentitud y se encontró con la visión de ambos alfas dormidos sobre él: Sergio con un brazo atravesado sobre su cintura y Michel con la cara escondida en su cuello. Se veían tan atractivos, tan protectores… tan suyos.

Una sonrisita suave se dibujó en el rostro de Max.

Pero entonces recordó.

La estupidez del motel. La decepción. El dolor de haber pensado que no valía lo suficiente para ellos.

Su expresión cambió. Frunció el ceño, aunque los labios aún conservaban un leve rastro de la sonrisa.

Quizás… los haría sufrir un poquito ese día.

Después de todo, sus alfas eran unos tontos.

Lindos.

Pero tontos al final de cuentas.

°•°•°•°•

Ambos alfas no tardaron en sentir la mirada fija de Max. Cuando abrieron los ojos, lo encontraron con la boca fruncida en un puchero claro, esa expresión que usaba cuando algo no le parecía bien. La alarma fue inmediata.

Sergio se incorporó de golpe, el cabello revuelto y la voz todavía ronca de sueño.

—¿Gatito? ¿Qué pasó? ¿Te duele algo?

Michel se sentó al otro lado, pasando una mano suave por la espalda de Max.

—Háblanos. Esa cara no me gusta.

Max los miró a ambos, cruzado de brazos sobre el pecho, todavía envuelto en la camisa grande de Sergio.

—Llevo más de una hora despierto —dijo con tono acusador—. Y tengo mucha hambre. Mucha.

En el momento en que terminó de hablar, los dos alfas ya estaban de pie. Sergio buscaba el teléfono del hotel mientras Michel se inclinaba hacia él.

—¿Qué quieres de desayuno, precioso? Dinos y lo pedimos ya.

Max se encogió de hombros, todavía con el puchero.

—No sé… no se me antoja nada en concreto.

Fue suficiente. Los gemelos ordenaron una variedad absurda: omelettes con hierbas frescas, pan recién horneado, frutas cortadas, yogur griego, panqueques con miel, jugos naturales, café y hasta un poco de chocolate caliente por si acaso. Cuando llegó el carrito, Max se acomodó en la cama rodeado de platos y empezó a probar de todo, mientras los alfas lo observaban con una mezcla de alivio y ternura.

La tarde llegó más despacio. Max se duchó y se arregló con calma. Los gemelos le habían anunciado que saldrían de compras, y aunque él intentó parecer indiferente, por dentro la emoción le revoloteaba el estómago.

—¿De verdad vamos de compras? —preguntó mientras se miraba en el espejo, acomodándose el cabello.

—obvio maxie —respondió Sergio, abrazándolo por detrás y dejando un beso en su hombro—. Hoy mandas tú.

Cuando llegaron al centro comercial más exclusivo de Mónaco, las miradas no se hicieron esperar. Algunos reconocieron a los gemelos Pérez. Otros se detenían a observar al omega rubio que caminaba entre ellos. Max sintió cómo se le tensaba el cuerpo; la atención ajena lo intimidaba un poco.

Sergio se inclinó hacia su oído.

—Estamos aquí. Nadie te va a tocar. Respira.

Michel le tomó la mano con firmeza, entrelazando los dedos.

—Mi amor,créeme que somos afortunados de tenerte y poder presumir te.

Aquellas palabras bastaron. La inseguridad se desvaneció y el Max mandón regresó con fuerza. Empezó a arrastrarlos de una tienda a otra sin piedad.

—Esta tela es demasiado áspera —dijo en una boutique de ropa, arrugando la nariz—. Quiero algo que se sienta suave contra la piel. Como seda.

Los alfas asentían y pedían más opciones.

En la sección de zapatos, Max se sentaba, se quitaba los que le ponían y los examinaba con seriedad.

—El cuerpo de este zapato me aprieta aquí —señaló—. Prueben el otro modelo, el de suela más flexible.

Y las joyas… Max era especialmente exigente. Levantaba cada pieza, la giraba bajo la luz, la acercaba a su piel y luego la devolvía si no le convencía del todo.

—Este collar es bonito, pero el cierre se siente barato.

Para cualquier otro alfa aquello habría sido agotador. Horas de cambios, de “no me gusta”, de “tráiganme otro”. Pero para Sergio y Michel era algo precioso y mágico. Observaban a su omega caminar con seguridad, dictar órdenes con esa voz suave pero firme, y sentían una oleada de orgullo y deseo que no tenían nada que ver con el celo.

No había nada más hermoso que un omega con carácter. Uno que sabía exactamente lo que quería y no temía pedirlo.

Max, al notar cómo ambos lo seguían sin una sola queja, cómo le abrían las puertas, le sostenían las bolsas y le preguntaban con genuina atención si estaba cómodo, sintió algo caliente expandirse en el pecho.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios mientras miraba de reojo a los dos alfas cargando sus compras.

Ese par… era mejor que en los fanfics.

°•°•°•°•°

Tras un largo día de mimos, compras interminables y una atención casi excesiva hacia el joven omega, llegó el momento de regresar. El sol ya se ocultaba detrás de las colinas de Mónaco cuando los tres salieron del último centro comercial, cargados de bolsas elegantes.

Max, sin embargo, se detuvo antes de subir al auto.

—Una última parada —pidió con esa vocecita suave pero firme que ya sabía que los gemelos no podían negarle—. Solo una. Por favor.

Sergio y Michel intercambiaron una mirada y asintieron sin preguntar. El auto se detuvo frente a una discreta joyería de fachada oscura y vitrinas iluminadas con luces cálidas. Una tienda especializada en joyería para parejas. Los alfas se quedaron mirando el letrero un segundo de más; jamás imaginaron pisar un lugar así tan pronto.

—Quédense en el auto y esperen —dijo Max, abriendo la puerta—. No tardo.

Ambos asintieron, ansiosos, observando cómo su omega entraba con paso seguro.

Dentro, Max se acercó al mostrador con calma. Pidió bandeja tras bandeja de anillos. Los examinaba uno por uno bajo la luz, girándolos entre sus dedos, buscando algo sutil, elegante… algo que se sintiera como ellos. Tres anillos que combinaran a la perfección. No demasiado llamativos, pero imposibles de ignorar. Una forma silenciosa de marcar a sus alfas cuando viajaran, cuando estuvieran lejos, cuando el mundo los mirara.

Finalmente eligió tres. Simples, de oro blanco mate, con un pequeño detalle interno que solo ellos conocerían.

Salió de la tienda con una sonrisa tranquila y subió al auto. Sin decir nada, extendió una caja pequeña a cada uno de los gemelos.

—Es su decisión si los llevan puestos o no —murmuró, mirándolos a los ojos—. No espero nada. Solo… quería que los tuvieran.

Sergio y Michel se miraron entre sí, sorprendidos, antes de abrir las cajas con cuidado.

Durante el trayecto de regreso, Max se acomodó y pidió, casi de pasada:

—Lléveme a casa de Charles, por favor. Quiero contarle… algunas cosas.

Los alfas aceptaron sin dudar. El camino se llenó de palabras suaves, de caricias en la rodilla, de promesas bajas.

—Mañana te vemos —aseguró Sergio, besándole la sien cuando el auto se detuvo frente a la casa de Charles.

—Descansa, maxie —añadió Michel, rozando sus labios con los de Max un segundo—. Te vamos a extrañar.

Max asintió, agradecido, y bajó con todas las bolsas. El mayordomo lo recibió con una inclinación educada y lo ayudó a llevar las compras hasta la entrada.

En cuanto estuvo dentro, Max no esperó. Corrió por el pasillo principal, subió las escaleras de dos en dos y empujó la puerta de la habitación de Charles sin tocar, gritando ya:

—¡Charles! ¡Tengo algo que contarte! ¡No te imaginas lo que—

Se detuvo en seco.

Charles estaba semi recostado en la cama, la playera subida hasta el pecho, mientras un alfa de cabello oscuro y cuerpo atlético le chupaba los pezones con devoción abierta, una mano firme en su cintura. El sonido húmedo y el gemido suave de Charles llenaron el silencio que se había instalado.

Max parpadeó. Una, dos veces.

Ese alfa…

¿Carlos Sainz?

La reacción de Max fue inmediata. Soltó un gritito de pura sorpresa.

S.k.☆