Capítulo 1- Karina
Entré a la iglesia y el humo del incienso dilató mis pupilas. Ya tenía mucho tiempo sin ir a misa; las obligaciones adultas me llenan de cansancio y me he alejado de Dios. Ya no soy la misma niña que iba cada primer viernes del mes junto con las monjas del colegio a rezar durante la eucaristía. De hecho hace poco tiré la cruz de madera que me regaló mi abuela porque ya estaba algo deteriorada y no compré otra para sustituirla.
Había tenido un día duro en el trabajo, el transporte publico se detuvo frente a esta iglesia y no sé porque me dieron ganas de bajarme. Fue como un susurro en mi oido, así que le hice caso y crucé la calle. Me senté y la banca rechinó. Crucé los brazos para disponerme a rezar mientras esperaba que iniciara la ceremonia.
Minutos después cuando salió el sacerdote me quedé perpleja: pues yo lo conocía, así es, conocía muy bien al sacerdote que acababa de pisar el altar. Solo que no era el mismo chico que me robó mi primer beso, ahora era un hombre distinto.
Quise salir de ahí, huir lo más rápido posible, esconderme en los suburbios, pero mis pies eran de plomo y no pude moverme. Maldije en mi mente a mi cuerpo torpe que no pudo escaparse.
Él vislumbró mi presencia, nuestras miradas se cruzaron y el aire se hizo pesado. El incienso a pesar de hacer borroso el ambiente parecía que llenaba de color la trayectoria de nuestras miradas, entonces fue cuando los recuerdos inundaron mi cabeza; escenas poco apropiadas para ese sitio se colaron entre toda la nubosidad de mis pensamientos.
Yo sabía que él entraría a la orden; ese fue uno de los motivos por los que nos separamos, pero verlo ahí luego de tantos años movió algo en mí.
Fisicamente estaba idéntico, solo con un par de nuevas arrugas en la frente y con esa sonrisa que me derretía. Era una sensacion muy rara parecía que lo conocía pero a la vez era un completo extraño para mí.
Escuché la homilia con dificultad por todas las memorias que me trituraban la cabeza. En cuánto terminó, supe que tenía que salir lo más pronto de ese sitio o mi alma estaría condenada al infierno.
Entonces di media vuelta sin despedirme, pude respirar hasta que llegué mi casa. Tomé una ducha caliente pues todavía tenía el aroma del incienso impregnado en mi cabello








