୨୧✧ CAPÍTULO 1 ✧ ୨୧
Los flashes de las cámaras iluminaban la entrada roja, donde mi familia y yo sonreíamos para las fotos antes de entrar al hotel de lujo al que habíamos sido invitados para la gala benéfica. Fuimos convocados como principales donadores para el nuevo establecimiento de lujo que se inaugurará en Madrid. Allí dentro habrá celebridades y personas influyentes con muchos contactos que podrían beneficiarnos a largo plazo, y todo tiene que salir perfectamente: nada puede fallar. Especialmente para mí, ya que soy la heredera de la empresa Niki, una marca mundial que cuenta con su propia línea de vestidos, maquillaje, perfumes y mucho más. El patrimonio de mi familia está en mis manos, y seré yo quien lleve la empresa hasta la próxima generación, así que todo debe salir bien: no puedo cometer ni un solo error.
Estas fiestas, organizadas por la alta sociedad, sirven principalmente para crear contactos, aparentar quiéín está por encima de quién y, en muchos casos, para que las familias formalicen alianzas con otras personas —ya saben esa tontería de los matrimonios arreglados—. Algo que no me convence ni me importa en absoluto: lo único que me interesa es aumentar el patrimonio de mi familia, y creo que es lo que corresponde. Todos estarán observándome. Las cifras de ventas de Niki han crecido año tras año, consolidándola como un imperio empresarial entre los 10 productos más vendidos del mercado actual. Ahora que se me entregará la dirección, me aseguraré de llevar la marca hasta el top 3: aumentaré al menos tres cifras más de lo que ya factura actualmente para el próximo año, con los nuevos productos que estamos desarrollando. De eso me encargaré yo misma, junto con la gestión del equipo.
—Vamos, Aylin —dijo mi madre, Esther, mirándome como si me advirtiera que no me distrajera. No necesitaba que me lo dijera dos veces: con solo su mirada ya se entendía todo.
Caminábamos hacia la entrada. Yo iba detrás de mi padre, Richard Winkler; a su lado, mi madre Esther Winkler. Detrás de mí, mi hermana Gaia, con su hijo Elián, de cinco años. Detrás de mi hermana, Ali; a su lado, mi hermana Lola. Detrás de ellas, mi hermana menor Esther; y al lado de ella, mi único hermano, Maximiliano.
Avanzamos hacia adentro con pasos firmes y la cabeza en alto. Todos se giraron para mirarnos. Un hombre se acercó a mi padre con una expresión llena de respeto, con una sonrisa que dejaba ver que le tenía miedo, aunque intentaba ocultarlo —aunque se notaba desde lejos. Mi padre permanecía inexpresivo, como siempre, con esa cara de pocos amigos. Lo miró fijamente, y el hombre se secó el sudor de las manos: se notaba claramente cuánto respeto le tenía, aunque intentaba aparentar seguridad.
—Buenas noches, señor Winkler —dijo el hombre con voz respetuosa, extendiendo la mano para saludarlo.
—Buenas noches, señor Espinoza —respondió mi padre, manteniendo la mirada firme y sin devolver el saludo de mano.
El señor Espinoza sonrió para suavizar el ambiente, bajó la mano y miró a mi madre, diciendo con una sonrisa:
—Buenas noches, señora Winkler. Muy bonito su vestido: igual de espectacular que la última vez.
Mi padre lo miró con desaprobación y carraspeó la garganta, antes de dirigir la vista a mi madre: llevaba el pelo corto y lacio, y un vestido largo y elegante de color menta muy claro, confeccionado en una tela satinada, suave y ligera, combinado con tacones y pendientes dorados.
El señor Espinoza captó la mirada de mi padre y bajó la suya, sabiendo que había cometido un error del que no saldría ninguna colaboración de nuestra parte.
—Muchas gracias, señor Espinoza —respondió mi madre con voz suave, mirándolo con amabilidad.
—Síganme hacia su mesa, por aquí por favor —añadió, empezando a caminar visiblemente incómodo.
Todos lo seguimos. Mientras avanzábamos, la gente se giraba a mirarnos: algunos susurraban, otros se enderezaban en sus asientos y muchos asentían o saludaban a mi padre con la cabeza, sin atreverse a sostenerle la mirada mucho tiempo. Yo sabía que no tardarían en acercarse para charlar e intentar hacer negocios con nosotros.
El señor Espinoza se detuvo ante una mesa grande y espaciosa, donde cabíamos todos.
—Esta es su mesa, señor Winkler. Espero que sea de su agrado —dijo con voz respetuosa, mirando al suelo sin atreverse a levantar la vista hacia él.
—Gracias —respondió mi padre, sin inmutarse por los rumores de la sala ni las miradas curiosas que nos rodeaban.
El señor Espinoza se apartó para dejarnos pasar.
—Con permiso —murmuró, y se marchó sin decir nada más.
Nos sentamos todos. Yo me ubiqué al lado de mi hermana Gaia: llevaba un vestido blanco marfil que caía sobre su figura con una elegancia natural, haciendo resaltar su cabello ondulado color avellana y sus ojos canela. Mi sobrino Elián, de cinco años, lucía un traje negro que destacaba sus ojos verdes, su pelo rojo y rizado, y las pecas que se le marcaban al sonreír.
—Tía, ¿por qué estamos acá? —preguntó él.
—Por las apariencias —susurré para que mi madre no me oyera, y luego me arrepentí al instante.
—Es aburrido, no hay nada que hacer —protestó frunciendo el ceño.
—Sí, lo sé, pero es importante —le dije. Y no mentía: era importante, aunque también muy aburrido.
—¿Y tú por qué tienes que venir? —insistió, tomando un sorbo de agua.
—Porque tu mamá prefirió cuidarte y ser enfermera, y no quería esa responsabilidad. Lola quiso estudiar Derecho y ser abogada… así que me tocó a mí —le expliqué de forma sencilla, sin muchas ganas de dar detalles.
Elián asintió como si hubiera entendido todo, y se puso a jugar con una servilleta que tenía en la mesa. Miré mi celular: eran las 21:45. Suspiré: sería una noche muy larga, y no tenía ninguna ganas de estar ahí, ni de charlar con nadie. Pero tenía que hacerlo: si quería llevar a Niki al siguiente nivel, tenía que hacer contactos. Así que dejé la pereza de lado y me preparé para la tarea.
Pasaron unas tres horas. Estaba hablando con Elena Hidalgo, una inversionista muy reconocida que ha participado en numerosos proyectos de empresas europeas y que ha tenido mucho éxito a lo largo de su carrera. Tenía que convencerla de invertir en los nuevos productos de Niki: sería un éxito absoluto para la marca. Y más viniendo de alguien como ella: sus contactos y su reputación nos darían un impulso enorme, no solo comercial, sino también en la alta sociedad y en mi propio estatus. No podía equivocarme: tenía que lograrlo.
Ella lucía un elegante vestido largo de color verde esmeralda, confeccionado en una tela satinada y brillante que se ajustaba con delicadeza a su figura.
—Sí, supe que eres muy joven —me comentó con interés.
—Así es, tengo veintiún años —le respondí con una sonrisa, sosteniéndole la mirada para ver cómo reaccionaba.
—Y aun así, has llevado a Niki al top 10 de las empresas más reconocidas y con mayor volumen de ventas del mercado —replicó ella, con un interés genuino en la voz.
—Por supuesto. Fue un gran logro que Niki entre en ese grupo —afirmé segura de mí misma.
—Cierto… Hay rumores de que eres la persona más joven en alcanzar esa posición —dijo, tomando un sorbo de su copa de champán.
—Así es —le aseguré, haciendo lo mismo con mi copa.
—Dime, Aylin… ¿Cómo has logrado ponerte al frente de un imperio tan próspero siendo tan joven? —preguntó. Supe entonces que ya estaba interesada en lo que tenía para ofrecerle.
—Porque siempre supe que llegaría lejos. Y no voy a negar que costó mucho llegar hasta aquí, pero mi edad es solo un número. Nací para que reconozcan mi trabajo —le respondí, tomando otro sorbo de champán.
Ella me miró, sonrió, se acomodó el cabello y me devolvió la mirada con respeto.
—Sin duda, señorita Winkler —dijo con tono serio—. Póngase en contacto conmigo para tratar la inversión. Estaré encantada de trabajar junto a usted —añadió, dejando su copa sobre la mesa—. Con permiso —murmuró, y se marchó. Sabía perfectamente que contábamos con su apoyo.
Miré mi celular, sin prestar atención a nada más: estaba satisfecha por haber conseguido la colaboración y la inversión de Elena para Niki. Siempre logro lo que me propongo, y esta vez no fue la excepción. Le escribí de inmediato a Martina, mi asistente, para que preparara el contrato de la inversión que haríamos con Elena Hidalgo. Estaba tan concentrada en el mensaje que no me di cuenta de esa presencia… esa maldita presencia que tanto odio, por la que maldigo a la vida por habérmelo cruzado: esa puta con dos patas, esa mierda de persona.
Se acercaba él: con su pelo negro asqueroso y grasoso, esos ojos grises de rata inmunda, esa sonrisa de niño llorón y ese traje negro que seguro huele a orín… Pero como la vida no es justa, tenía que estar él en esta misma fiesta, y por desgracia, tenía que acercarse a mí. Como no tiene nada mejor que hacer que hacer el tonto, se acercó con cara de aburrido, como si tuviera diarrea. Es un bebé: apenas tiene 252 meses de vida, todavía es muy chico, todavía tiene que madurar. Por eso dice tantas estupideces, porque todavía no sabe hablar bien… ¡y Dios, qué ganas de encajarle un puñetazo cada vez que abre la boca!
—Vaya, vaya… Qué sorpresa, Winkler —dijo con esa voz tan irritante que me dan ganas de matarlo a patadas.
—Spencer —respondí, rodando los ojos con total asco, sin intentar disimularlo.
—También me da mucho gusto encontrarte aquí —dijo con esa voz falsamente dulce, que me da náuseas.
—Yo no puedo decir lo mismo —respondí, con el desagrado más evidente en mi voz.
—Tan educada como siempre, Winkler —dijo él, rodando los ojos.
—Gracias por el halago —le respondí irónica, mientras tomaba un sorbo de mi champán.
—¿No te cansas de ser tan hipócrita? —me soltó con irritación.
—¿No te cansas de meterte donde no te llaman?
—No me canso —respondió, con la clara intención de hacerme enojar… y lo estaba logrando.
—Pues lástima.
—Con esa actitud no es de extrañar que nadie te quiera, zorra —comentó, bebiendo un trago de vino tinto.
—¡Me paso por el culo todo lo que digas! —le espeté en voz baja, para que nadie más nos oyera.
—Tan refinada como siempre —se burló el muy infeliz, con esa cara de estreñido que lleva sin cagar un mes, el maldito.
—Sí… bueno, no podemos decir lo mismo de ti —golpeé mi copa de champán sobre la mesa con fuerza.
—Y por eso nadie te querría como esposa —me susurró, asqueroso como siempre.
—¿Y a ti qué te importa, pedazo de basura? —le reclamé indignada—. ¿Qué te importa a ti lo que sea de mí?
—Nada, solo me da pena verte así: como una perra amargada, con cara de personaje de videojuego y sin ninguna motivación —soltó el muy desgraciado.
—¿Esa es Cloe Torres? ¿La que te acostaste el viernes? Ya salió todo en las redes… ¿O era Sabrina López? No, no… ¿Celeste Montiel? Tampoco… ¡Ya sé! Era Ana Ojeda —le respondí con sarcasmo, tirando mierda a quien se merece toda la mierda del mundo.
Se le transformó la cara en cuestión de minutos: se notaba a leguas que le había sentado fatal lo que le dije, y estaba claro que se había enfurecido. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que parecía que iba a romperla, y dejó la copa de vino sobre la mesa con mucho más ímpetu del necesario… Es que como es un bebé, no sabe que no hace falta tanta fuerza para dejar una copa de quince centímetros sin romperla. Pobre, capaz que tampoco sabe que para comer hay que usar tenedor o cuchara, según qué plato sea… Él me miró con furia, seguro que ardía en rabia, pero me importa una mierda. Se acomodó la ropa —bueno, eso sí lo sabe hacer bien— y me clavó la vista con aire de superioridad.
—Al menos yo no consigo mi puesto por lástima ni robando oportunidades. No te creas tan importante, Winkler, por llegar al top 10 de empresas con productos que se venden solos —me soltó con esa arrogancia que lo caracteriza, el maldito.
—Y te aseguro que te voy a superar —remató—. Te juro que me reiré de vos y de tu familia de porquería.
Y se marchó, dejándome sola con mi copa de champán… Qué hijo de mil putas. Que te vaya mal, que te pise un tren.
Eran las doce de la noche. El señor Espinoza, encargado de la gala, estaba diciendo unas palabras de agradecimiento a todos los presentes, a los inversores, y expresaba lo agradecido que estaba por haberle ayudado a cumplir el sueño de crear este hotel: muchas gracias de verdad… Qué ocasión.
Yo hablaba con mi hermana Dalit. Llevaba un vestido de tono crema cálido que parecía hecho a su medida; resaltaba su peinado de moño elegante, su pelo lacio color avellana y ese maquillaje suave que hacía brillar sus ojos canela. Mis padres se fueron a charlar con sus conocidos, mis hermanos se marcharon con los suyos, y yo me quedé con Gaia, Dalit y Elián —que ya se había dormido en los brazos de su mamá—, así que no estaba sola. Bebí más champán: me sentía mareada, con el cuerpo pesado, y decía cualquier tontería.
—¿Estás bien, loca? —me dijo Gaia, mirándome con cara de “¿en serio te vas a poner así?”.
—Sí… bien… un poquito borracha —les aseguré, recostándome sobre la mesa.
—Sí, claro, muy bien —respondió ella, rodando los ojos y negando con la cabeza entre risas.
—¿Quieres que vayamos al baño? —me preguntó con preocupación.
—No… bueno… sí… no… vamos —respondí, arrastrando las palabras.
—Vamos, no puedes estar así —dijo Dalit, riéndose de mí.
—No, no, no, no… voy yo sola —les dije, poniéndome de pie con dificultad.
—¿Puedes ir sola o quieres que te acompañe? —preguntó Gaia.
—Sí, sí, sí, sí… sí —le aseguré, aunque apenas podía hablar bien.
Me levanté y caminé hacia el baño. Vi una puerta abierta por el camino, pero no le di importancia y seguí. Entré, me encerré en un cubículo y vomité. Al salir, me lavé las manos y la boca, revisé que el maquillaje estuviera bien, me puse un poco más de labial y guardé el estuche. Cuando salí del baño, vi que de esa puerta abierta salía una chica rubia con marcas rojas en el cuello, acomodándose su vestido dorado mientras se alejaba. Me quedé quieta mirándola, y entonces salió él: Spencer, arreglándose la camisa. Nos quedamos mirándonos un instante. Él se puso pálido, y yo lo miraba todavía un poco mareada. Entonces dije, con voz de niña pequeña:
—Te encontré… Qué borracha estoy…—Dije aturdida
Él abrió los ojos sorprendido por lo estúpido que había sonado, luego sonrió de lado y me miró con desconfianza, dándose cuenta de mi estado. Se acercó y dijo:
—¿Y ahora qué te pasa, zorra?
—Nada… te odio —le respondí, arrastrando las palabras.
—¿Ah sí? —empezó a acercarse más.
—Sí —murmuré, retrocediendo.
—¿Estás segura? —insistió, sin detenerse.
—Sos odioso… te odio, maldito hijo de puta —le grité.
Él no dijo nada, siguió avanzando sin inmutarse por mis gritos. Yo no sabía qué hacer y seguí insultándolo:
—¡Puto! Te odio… crees que todo tiene que girar alrededor tuyo… ¡Eres un maldito!
Se detuvo justo frente a mí. Sin pensarlo, le encajé una cachetada. Se notaba que no le había gustado nada.
—¿¡Estás loca?! —me dijo, furioso. Le di otra bofetada.
—¡Cálmate, perra! —me gritó. Y le pegué otra vez.
Él retrocedió, aturdido, y en ese momento escuchamos pasos que se acercaban. De un movimiento rápido, me agarró de la cintura y me arrastró hasta una habitación apartada. Cerró la puerta con llave y nos quedamos en total oscuridad: no se oía música ni ningún ruido de la fiesta.
Me apretó contra su cuerpo y me clavó esos ojos grises llenos de rabia.
—¡A ver si dejas de hacerte la perfecta en público, maldita zorra! —dijo con la voz cargada de ira por los golpes que le había dado.
—¡Suéltame, hijo de puta! ¡Vete a la mierda vos y tu familia de hipócritas! —le grité, mientras me apretaba más fuerte sin dejarme moverme.
—Puta de mierda… bien que te haces la santa delante de todos, pero sos una perra en privado —me gritó, empujándome hasta la cama y subiéndose encima de mí.
—¡Jódete! —le dije, intentando empujarlo.
—Mierda —masculló, agarrándome las muñecas para inmovilizarme.
Me callé de golpe. Él seguía encima mío, y yo no podía apartar la vista de sus ojos. Él se dio cuenta de que había dejado de luchar, me miró fijamente, y sin pensarlo más lo besé. Él se quedó sorprendido un instante, pero luego me devolvió el beso. Yo no sabía bien qué hacía, pero no me detuve: abrió la boca y me metió la lengua, besándome con una intensidad que me dejó sin aire… Joder, besaba increíble. Respondí enseguida, y seguimos besándonos mientras él ponía sus piernas entre las mías, empujándome contra él. Cada roce me hacía arder por dentro, y gemí contra su boca.
Empezó a quitarme la ropa sin dejar de besarme, bajando sus labios por mi cuello y dejando marcas mientras yo también le quitaba la camisa. Sabía que estaba mal, sabía que no debía… pero nunca fui ninguna santa.
—¿No te vas a arrepentir? —me preguntó, deteniéndose un instante.
—¿…? —atiné a decir.
—No —respondí con firmeza, y él volvió a besarme.
Entonces me miró a los ojos, vio mis pupilas dilatadas y frunció el ceño.
—¿Estás borracha? ¿En serio? Pensé que solo me estabas tomando el pelo —aclaró.
—Sí… bueno… no tanto —le respondí.
Él intentó separarse, pero yo no quería que parara. Lo atraje hacia mí y lo besé de nuevo.
—No… sigue —le pedí.
Él me miró dudoso, pero luego sonrió.
—Después no me vengas con quejas —dijo, y volvió a besarme, tumbándome suavemente sobre el colchón. Me besaba como si quisiera grabarse en mí, y yo solo pensaba: ¿Qué demonios estoy haciendo?… pero al mismo tiempo sabía que me encantaba, y no quería que terminara nunca.
—Te ves preciosa así —me dijo, mirándome a los ojos. La luz de la luna que entraba por la ventana les daba un brillo distinto, y esa sonrisa burlona que siempre odié ahora me hacía sentir cosas que nadie había logrado antes.
Me estremecí bajo su mirada, un cosquilleo recorriéndome entera. Él lo notó y sonrió más fuerte. Sus manos apretaron mis muñecas con suavidad pero firmeza, mientras con la otra me atraía más contra él, moviéndose despacio encima mío. Me mordió el labio inferior, justo para que contuviera el gemido que se me escapaba, y preguntó con voz ronca:
—¿Te gusta, Winkler?
—No—Murmure
Le respondí con esfuerzo, intentando retener el gemido que se me quería escapar: quería demostrarle que no me tenía a sus pies, y menos él.
—Mentirosa… todo mentira. Si te portas mal te ganas un castigo, pequeña maldita —susurró el muy desgraciado, y me hizo soltar un gemido que no pude contener. Maldito sea… te odio.
—Despacio… hazlo… despacio… idiota —le supliqué entre gemidos.
Él sonrió y siguió avanzando con esa sonrisa prepotente, sabiendo perfectamente que había logrado lo que quería. Luego se detuvo un instante.
—Tranquila, relájate… está claro que no eres ninguna santa en privado. No eres tan inocente como finges. Siempre supe que eras una bruja, Winkler —dijo mezclando burla y sarcasmo, como si su opinión fuera a importarme.
—La cara es lo único que se ve inocente, Spencer. Lo demás no tanto. Y lástima si te desilusioné: si creías que era una niña buena, que quede claro que me importa una mierda que estés decepcionado. Me vale tres kilos de basura lo que pienses —le solté con frialdad.
—Niña sucia… cuida tu vocabulario. Te juro que me las pagarás —me amenazó el desgraciado, como si sus palabras pudieran afectarme.
—No quiero… ¡perro! —le murmuré con rabia.
Él sonrió más fuerte.
—Perfecto —dijo, y volvió a embestirme con más fuerza que antes… Me gusta así. No soy ninguna inocente, y no pienso fingir serlo ahora.
Claro está que mi madre me mataría si se entera de que uno de nuestros peores enemigos se acuesta con su propia hija, y encima estando yo ebria… De seguro no le va a hacer ninguna gracia. Ni a ella, ni a nadie de mi familia. Menos si se enteran de que no solo no lo detuve, sino que fui yo quien lo besó primero…
Pero en este momento, la verdad, me importa una mierda lo que digan o lo que piensen. Solo quiero que esto no termine.
💜 ¡Holiisssss! 🪻
Espero que les haya gustado este capítulo. No soy muy buena escribiendo este tipo de escenas subidas de tono, pero forman parte de la trama y di lo mejor de mí.
Me encantaría que me dejaran un comentario. Sus opiniones me ayudan muchísimo a mejorar y a seguir creciendo como escritora.
🫶🏻💜¡Graciasss por leer! 💜🫶🏻
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







