Glass Scars Bl por Ted ╋━ en Inkitt
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Glass Scars - Bl

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Sinopsis

Para el exmilitar esloveno Maj Kovač, la vida se reduce a una sola misión: infiltrarse en el peligroso clan criminal Westminster y encontrar a su hermano desaparecido, Andrej. Como tirador de élite, sabe que un solo error de cálculo puede ser mortal, pero el verdadero peligro no son las balas, sino el hombre con el que se ve obligado a pactar.

Genero:
Action
Autor/a:
Ted ╋━
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1 -el fantasma Esloveno


La lluvia golpeaba los ventanales del ático como dedos impacientes. Maj Kovač observaba el reflejo distorsionado de la ciudad en el cristal empañado, su rostro apenas un esbozo entre las gotas que corrían en finas líneas plateadas. Llevaba quince minutos en aquella sala de espera, un espacio concebido para incomodar: muebles de diseño italiano que parecían más esculturas que asientos, luces cálidas que no lograban disipar el frío que emanaba de las paredes de hormigón pulido. Todo en ese lugar gritaba poder silencioso, el tipo de poder que no necesita alardear porque ya sabe que controla cada respiración en su interior.


Tres pisos de seguridad antes de esta sala. Lectores de iris, escáneres de huellas, detectores de metales camuflados en los marcos de las puertas. Maj había contado cada medida. Era su instinto, ese que había perfeccionado en seis años de servicio militar y tres más como operativo independiente. Su cerebro catalogaba salidas, ángulos muertos, puntos ciegos. Lo hacía siempre, aunque no hubiera peligro inminente. Era la única forma de mantener la mente ocupada, de evitar que vagara hacia lugares oscuros donde solo encontraba preguntas sin respuesta.


Andrej.


El nombre llegó como una punzada, y Maj la reprimió con la misma eficiencia con la que ajustó el puño de su chaqueta negra de corte asimétrico. La prenda era de un diseñador japonés que pocos conocían, con líneas que rompían la silueta tradicional y un cuello alto que acariciaba su mandíbula. Su estilo era una declaración: no pertenecía a ningún lugar, a ninguna tendencia. Como él. Como su misión.


El hombre que lo había escoltado hasta allí —un gorila con traje y auricular que no había pronunciado una palabra— seguía inmóvil junto a la puerta, las manos entrelazadas frente a su abdomen en una postura que imitaba respeto pero rezumaba amenaza. Maj no lo miró directamente; en su lugar, observó el leve brillo de su pistola oculta bajo la chaqueta, el ajuste de su mandíbula, el sudor en su sien a pesar del aire acondicionado.


Nervioso. Bueno. Que lo esté.


—El señor Westminster lo recibirá ahora.


La voz llegó desde un interfono oculto en la pared, clara y educada, con ese acento británico que convertía cada palabra en una cortesía y cada cortesía en una orden. Maj se puso en pie con la fluidez de un depredador que ha estado esperando el momento exacto. No se alisó la ropa. No necesitaba hacerlo.


La puerta se abrió sin que el gorila la tocara, revelando un pasillo estrecho y oscuro, iluminado solo por tiras de LED que marcaban el camino como una pista de aterrizaje. Maj caminó sin prisas, sus zapatos negros de suela fina apenas haciendo ruido contra el mármol. A cada paso, su cuerpo se ajustaba: hombros ligeramente inclinados hacia adelante, centro de gravedad bajo, manos colgando con una laxitud que no era tal. Su madre le había enseñado una vez que los hombres más peligrosos son aquellos que parecen relajados.


Tres segundos para cruzar el pasillo. Puerta al final. Dos guardias más flanqueándola. Uno con una cicatriz en la ceja izquierda. Maj registró todo en una fracción de segundo, mientras la puerta se abría y la luz lo envolvía como un abrazo de lujo.


El despacho era vasto. No, vasto se quedaba corto. Era un espacio diseñado para hacerte sentir pequeño. Ventanales que ocupaban toda una pared ofrecían una vista panorámica del Támesis, sus aguas negras reflejando las luces de la ciudad como un espejo roto. El mobiliario era una mezcla impecable de victoriano y minimalismo: un escritorio de caoba con herrajes de plata, sillas de cuero que parecían demasiado caras para sentarse en ellas, y una estantería que ocupaba toda la pared derecha, repleta de libros encuadernados en piel que probablemente nadie había leído nunca.


Pero Maj no miraba los muebles. Miraba al hombre sentado tras el escritorio.


Darius Grosvenor Westminster.


Era más imponente en persona. Maj había visto fotos, por supuesto, archivos que había conseguido mediante canales que costaban dinero y favores. Pero las imágenes no capturaban la gravedad de su presencia, esa forma en que el aire parecía volverse más denso a su alrededor, como si el espacio mismo se inclinara para acomodar su voluntad. Su cabello negro cenizo caía en mechones deliberadamente desordenados sobre su frente, ocultando parcialmente unos ojos azul hielo que escudriñaban a Maj con la precisión de un bisturí. No se había levantado al verlo entrar. No había ofrecido un saludo. Simplemente lo observaba, su mandíbula apoyada en una mano, los dedos largos y elegantes rozando sus labios como si estuviera considerando una pieza de arte que no acababa de decidir si valía la pena.


—Maj Kovač. —Su voz era profunda, con ese timbre que vibraba en el pecho y parecía perforar el cráneo. No era una pregunta. Era una confirmación, como si estuviera verificando un dato en su mente y encontrándolo aceptable.— Es un placer. Siéntese.


No había placer en sus palabras. No había nada en sus palabras más que control.


Maj obedeció, pero eligió la silla que no estaba frente al escritorio, sino en ángulo. Una posición que le daba visibilidad de la puerta, del ventanal, del propio Darius. El mafioso no reaccionó, pero Maj notó el leve parpadeo de sus párpados, el microgesto que indicaba que había registrado la maniobra.


—He oído que busca un tirador —dijo Maj, su voz plana, sin inflexiones. Su inglés era perfecto, con ese deje esloveno que se filtraba en las erres y las eses como un susurro de nieve.— Sin conexiones con el mundo británico. Alguien que no exista.


Darius inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que podría haber sido aprobación o podría haber sido burla. Maj no pudo distinguirlo.


—He oído muchas cosas de usted, señor Kovač. —Los dedos de Darius se movieron sobre la superficie de madera, un tic casi imperceptible.— Se dice que es el mejor en su campo. Que ha eliminado objetivos que otros consideraban intocables. Que no tiene lealtades a ningún bando. Que trabaja por encargo y no hace preguntas.


—Las preguntas son una pérdida de tiempo.


—¿Y qué gana con su tiempo, señor Kovač? —Darius se inclinó hacia adelante, y por primera vez, Maj sintió el peso completo de su atención, como una presión física contra su pecho.— ¿El dinero? ¿La emoción? ¿O acaso busca algo más... personal?


Peligro.


La palabra se encendió en la mente de Maj como una alarma. Sabía que Darius era astuto, que había leído su expediente, que probablemente sabía más de él que su propia madre. Pero aquella pregunta, ese tono apenas perceptible de curiosidad, era un gancho. Y Maj no mordía ganchos.


—Busco trabajo. —Su voz no titubeó.— Usted necesita un servicio. Yo lo proporciono. El resto no es relevante.


El silencio se alargó entre ellos, denso y cargado. Darius lo sostuvo sin esfuerzo, sus ojos azules fijos en Maj como dos agujas de hielo, perforando capas de defensas que el esloveno había construido durante años. Era una mirada que había doblegado a hombres, que había arrancado confesiones, que había hecho temblar a los más valientes.


Maj no tembló.


En su lugar, sostuvo la mirada. Sus ojos marengos acerados se encontraron con los de Darius, y por un momento, el aire entre ellos chisporroteó con una tensión eléctrica. No era miedo lo que sentía Maj. Era algo más primitivo, un reconocimiento de igual a igual, de dos depredadores que olfateaban el territorio ajeno.


Finalmente, Darius sonrió.


No fue una sonrisa cálida. Fue una curva fría y calculada que no llegó a sus ojos, una expresión que en cualquier otro rostro habría parecido amable pero en el suyo era un presagio. Maj sintió un escalofrío recorrer su columna, un aviso de que había pasado alguna prueba sin saber siquiera que la estaban aplicando.


—Me gusta usted, señor Kovač. —Darius se recostó en su asiento, un movimiento que parecía entregar el control pero en realidad lo reafirmaba.— Tiene... presencia. La mayoría de la gente que entra por esa puerta intenta impresionarme. Usted simplemente está aquí, sin hacer esfuerzos. Eso es raro.


—No estoy aquí para impresionar a nadie.


—Ya lo sé. —Darius entrecerró los ojos, y por un instante, Maj vio algo en su mirada. Algo que no podía descifrar. Cálculo. Curiosidad. Tal vez hambre.— Está aquí para hacer un trabajo. Y yo necesito a alguien que lo haga bien.


Sacó un sobre del cajón de su escritorio, un sobre de papel grueso y color crema, sin marcas ni sellos. Lo deslizó sobre la superficie de madera hacia Maj, que lo tomó sin apartar la mirada del mafioso.


—Usted ha sido contratado por un período de prueba —dijo Darius, su tono volviéndose más formal, más de negocios.— Tres meses. Durante ese tiempo, trabajará bajo mi supervisión directa. Será mi sombra en ciertos asuntos, mi brazo ejecutor en otros. Recibirá un pago mensual que, estoy seguro, encontrará generoso. Y no hará preguntas.


—No hago preguntas.


—Bien. —Darius se puso en pie, y Maj sintió el cambio en la atmósfera de la habitación, como si el espacio se expandiera para acomodar su altura. A sus dos metros con seis centímetros, el mafioso dominaba la habitación, su traje oscuro y su abrigo de solapas anchas envolviéndolo en una armadura de tela y poder.— Porque las respuestas, señor Kovač, pueden ser más peligrosas que las balas.


Caminó alrededor del escritorio, sus pasos silenciosos sobre la alfombra persa, y se detuvo a un metro de Maj. Desde esa distancia, el esloveno podía oler su colonia, un aroma amaderado y especiado que no lograba ocultar completamente el olor a pólvora y a sangre que parecía impregnar su piel. Era el aroma de un hombre que había matado. De un hombre que seguiría matando.


—Hay un asunto que requiere su atención —dijo Darius, su voz baja, íntima, como si compartieran un secreto.— Un competidor que cree que puede infiltrarse en mi territorio. Quiero que lo encuentre. Quiero que lo observe. Y quiero que me traiga información antes de que él sepa que usted existe.


—¿Nombre?


—No es relevante. Usted sabrá cuándo lo vea.


Maj asintió. Era la respuesta esperada, el juego que ambos estaban jugando. Darius quería probarlo, ver si era tan bueno como su reputación decía. Maj necesitaba ganar su confianza, infiltrarse lo suficiente para tener acceso a los archivos del clan, a las conexiones que podrían llevarlo a la verdad sobre Andrej.


El sobre en sus manos parecía pesar más de lo que debía.


—Señor Kovač. —La voz de Darius lo detuvo cuando ya se giraba hacia la puerta.— Una última cosa.


Maj se volvió lentamente. El mafioso seguía de pie junto al escritorio, los brazos cruzados sobre el pecho, su expresión inescrutable.


—No confío en usted. —La declaración fue tan directa que Maj parpadeó.— No confío en nadie. Pero respeto la eficiencia. Mientras usted sea eficiente, tendrá mi protección. Si deja de serlo...


No terminó la frase. No hizo falta. La amenaza colgó en el aire como una hoja de afeitar suspendida sobre un hilo.


Maj se permitió una sonrisa. Fue apenas un movimiento de sus labios, una curva que no llegó a sus ojos, pero que Darius captó.


—No soy fácil de eliminar, señor Westminster.


—Eso —dijo Darius, y su voz se volvió un susurro, algo casi íntimo— es lo que hace que esto sea interesante.

————————

El apartamento era pequeño, funcional, anónimo. Maj no tenía fotos en las paredes ni objetos personales a la vista. Solo una cama, una mesa, un ordenador portátil con un sistema de cifrado que costó más que el alquiler, y una maleta siempre lista para ser cargada. Era la vida de un hombre que nunca echaba raíces, que siempre estaba a medio camino de irse.


Se sentó en el borde de la cama, el sobre de Darius en su regazo. Lo había examinado de camino a casa, buscando microchips o dispositivos de rastreo. No había encontrado nada, lo cual no significaba que no estuvieran allí. Solo significaba que Darius era mejor que la mayoría.


Dentro del sobre había documentos básicos: una identidad falsa, un teléfono, un mapa de la zona donde debía operar, y una fotografía borrosa de un hombre del que no tenía nombre.


Maj observó la imagen. El hombre era corpulento, de piel oscura, con una cicatriz que le cruzaba el cuello. Algo en su postura le resultaba familiar, pero no pudo identificar qué. Lo dejó a un lado y cerró los ojos.


Andrej.


El nombre flotó en su mente como un fantasma. Seis años. Seis años desde que su hermano mayor había desaparecido en una operación encubierta en los Balcanes. Seis años de búsqueda, de seguir pistas muertas, de preguntar a personas que preferían no responder. Hasta que una informante en Belgrado le había dado un nombre: Westminster. El clan que controlaba el tráfico de armas y la información en media Europa. El clan que, según ella, había estado operando en la zona de la desaparición de Andrej.


Maj no sabía si Darius estaba involucrado directamente. Pero sabía que, para llegar a la verdad, necesitaba estar cerca. Necesitaba ser útil. Necesitaba ser invisible.


Y si eso significaba trabajar para un hombre que exudaba peligro por cada poro, que lo miraba como si pudiera ver a través de él, que le prometía protección con una sonrisa que parecía más una advertencia que una promesa...


Entonces así sería.


Abrió los ojos y miró la fotografía del hombre desconocido. Mañana empezaría su primera misión. Y a partir de ese momento, cada paso lo acercaría un poco más a la verdad.


O a la muerte.


En la mafia, siempre era difícil distinguir una de la otra.

————————

Darius Westminster estaba de pie frente al ventanal de su dormitorio, la ciudad extendida a sus pies como un tablero de ajedrez iluminado. Llevaba una bata de seda negra, el cabello aún húmedo por la ducha, los dedos rozando el borde de su copa de whisky.


Maj Kovač.


El nombre se repetía en su mente como un eco. Había algo en ese hombre que no encajaba, una quietud que iba más allá de la profesionalidad. La forma en que se movía, la forma en que lo miraba, la forma en que sostenía la mirada como si estuviera acostumbrado a medirse con depredadores más grandes.


Darius había visto a muchos hombres así: soldados, mercenarios, asesinos. Pero ninguno lo había mirado con esa mezcla de indiferencia y desafío. Como si no estuviera impresionado por el nombre Westminster, como si le diera igual quién estaba sentado frente a él.


Eso es peligroso. Y atractivo.


Darius no usaba esa palabra a la ligera. Nunca había encontrado a nadie que despertara su interés más allá de lo profesional. Pero Maj Kovač... Maj era diferente. Había algo en la curva de sus hombros, en la forma en que sus dedos se movían al tocar el sobre, en la línea de su mandíbula que sugería una obstinación que Darius quería romper.


Lo domaré. Como a todos. Pero este... este será divertido.


Bebió un sorbo de whisky y dejó que el calor se extendiera por su pecho. La misión que le había asignado era una prueba, sí, pero también era una excusa. Una excusa para observar a Maj en su elemento, para ver cómo se movía cuando pensaba que nadie lo miraba. Para descubrir qué lo impulsaba, qué lo quebraba, qué lo hacía humano.


Porque todos se quebraban. Solo era cuestión de encontrar el punto exacto de presión.


Y Darius era muy, muy bueno encontrando puntos débiles.


Apoyó la copa contra la superficie fría del ventanal y sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sentía algo parecido a la emoción. Como un cazador que ha olfateado una presa digna.


Glass scars, pensó. Sí. Eso es lo que eres, Maj. Una superficie fría y afilada que parece inmaculada... pero está llena de grietas. Y voy a encontrarlas todas.


Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Londres. Y en la oscuridad, dos hombres comenzaban una partida que ninguno de los dos sabía aún cómo terminaría.

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