Se acabaron los favores

Sinopsis

Eren ha estado viendo por años cómo su capitán ofrece su cuerpo como un consuelo a los demás oficiales y sargentos. Nunca actuó por miedo a las represalias que Levi pudiera tener en su contra por entrometerse. Sin embargo, dos días después de cumplir la mayoría de edad, decide que eso está por acabarse. No lo hace sin una razón de peso, sino una emocional. Levi Ackerman es sorprendido por el chico titán al salir de su oficina. Eren lo lleva a lo más profundo del cuartel del cuerpo de exploración para aclarar este asunto de una forma un tanto física. ¿Qué pasará en los calabozos?

Genero:
Drama,Erotica
Autor/a:
Mariichaat
Estado:
hace un mes
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Eren no lo soportaba más.

Había pasado años haciendo como si no lo supiera, como si no hubiera visto a su capitán tener sexo con otros soldados. Pero ahora, con dieciocho años cumplidos, eso estaba por acabarse.

Caminaba por los pasillos del cuartel del cuerpo de exploración, con la tensión extendida por sus brazos hasta la punta de sus dedos. Sus pasos firmes resonaban por la madera, haciendo que los reclutas más jóvenes se apartaran de su camino.

Su objetivo era la oficina de Levi, el único lugar donde solo él —y probablemente Hange o Erwin— había pisado. Iba a rendir cuentas con el capitán como fuera.

Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta y vio a Levi salir. Levi apenas había cruzado el umbral de su oficina cuando Eren llegó a su altura. No hubo preámbulos, ni la más mínima vacilación que delatara el plan suicida que Eren llevaba en la cabeza.

Antes de que Levi pudiera reaccionar a su presencia o articular una sola palabra de desdén, Eren se agachó. Con la rapidez y la fuerza bruta de quien ya no se siente humano del todo, pasó un brazo por entre las piernas del capitán y el otro alrededor de su cintura, levantándolo del suelo como si fuera un saco de patatas.

La acción fue tan súbita y violenta que el aire abandonó los pulmones de Levi con un jadeo sordo.

El pasillo no estaba desierto. A pocos metros, un par de reclutas de la guarnición que traían suministros se quedaron petrificados, con las cajas a punto de caérseles de las manos. Más allá, Jean y Connie, que venían bromeando, se cortaron en seco. Sus expresiones pasaron de la confusión al horror absoluto en cuestión de segundos. Nadie, absolutamente nadie en el cuartel, había osado tocar al Capitán Levi de esa manera. Y mucho menos un subordinado.

—¿Pero qué cojones...? —la voz de Levi salió ahogada, su rostro, generalmente inexpresivo, estaba contraído por una mezcla de shock e indignación pura mientras quedaba suspendido boca abajo contra la espalda de Eren.

Eren no se detuvo. Ni siquiera miró a Jean o a los reclutas pasmados. Ajustó su agarre sobre los muslos de Levi, ignorando los golpes secos que el capitán empezó a propinarle en la espalda con los puños. Las botas de Eren resonaron con más fuerza en la madera, marcando un ritmo implacable hacia la escalera que descendía a los niveles subterráneos.

—¡Suéltame ahora mismo, Eren! —siseó Levi, intentando enderezarse, pero la fuerza del chico era abrumadora. Sus patadas no hacían mella en la determinación de Eren.

—Hablaremos abajo, capitán —respondió Eren, con una frialdad que congeló el aire del pasillo. Su voz no temblaba; era la voz de alguien que ya había tomado una decisión irrevocable.

Llegó a la puerta de hierro de las celdas de detención, la abrió de una patada y se adentró en la oscuridad, cargando con el hombre más fuerte de la humanidad como si fuera un trofeo o una carga necesaria. Tras ellos, el pasillo quedó sumido en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de una caja de suministros cayendo finalmente al suelo.

Al entrar en la celda que había sido suya desde los quince años, Eren lanzó la llave al otro lado de los barrotes una vez estuvieron encerrados.

—¡Eren, ¿se puede saber a qué viene esto?! —gritó el capitán un segundo antes de que Eren lo lanzara contra el viejo catre. El metal se quejó por el brusco movimiento.

Eren evitó que Levi se pusiera de pie; lo acorraló contra las sábanas blancas, sus pechos chocando entre sí. La mirada de Eren no era de un soldado normal; estaba llena de rencor y Levi, que intentaba procesar esos ojos que lo estaban taladrando, no se dio cuenta de que Eren había encerrado sus muñecas en los grilletes hasta el último momento.

—Así está mejor —murmuró Eren, separando sus cuerpos—. Es su castigo por haber estado manteniendo relaciones sexuales con otros.

Levi forcejeaba contra los grilletes. Intentó romperlos con su fuerza sobrehumana, pero como estaban hechos para contener a Eren si se rebelaba y decidía morderse la mano, no servían de nada. El metal se clavaba en sus muñecas. Daba patadas, golpeando el colchón con fuerza. Le gritaba a Eren para que lo liberase, pero el castaño parecía estar en su mundo, no escuchaba. Estaba sentado sobre su abdomen, con las piernas a cada lado y las manos en el pecho de Levi, viendo al hombre más fuerte de la humanidad tratando de soltarse.

—¡Eren! ¡Súeltame! ¡Esto es una insubordinación de alto rango! ¡¿Por qué te importa con quién me acuesto?!

Eren soltó una carcajada seca, carente de humor, que erizó los vellos de la nuca de Levi. No se movió de su posición; al contrario, inclinó el torso hacia adelante, obligando al capitán a hundirse más en el colchón bajo su peso. Sus manos, que antes estaban planas sobre el pecho ajeno, subieron con lentitud hasta rodear el cuello de Levi, sin apretar, pero marcando una posesión absoluta.

—¿Por qué me importa? —repitió Eren en un susurro peligroso, acercando su rostro hasta que sus narices casi se rozaron—. Me importa porque cada vez que lavaba su ropa y sentía el olor de alguien más, quería reducir este cuartel a cenizas. Me importa porque mientras yo me condenaba a ser un monstruo para salvar a la humanidad, usted buscaba consuelo en cuerpos que no significaban nada.

Levi apretó los dientes, el metal de los grilletes tintineando violentamente contra el cabezal de la cama mientras intentaba zafarse. La indignación en sus ojos grises empezaba a ser reemplazada por algo más turbio, una chispa de reconocimiento ante la fiera que él mismo había ayudado a criar.

—Y me importa más todavía porque, aunque fuera un crío, sabía lo que quería desde que entré en el cuerpo de exploración. Y eso era tenerlo para mí solo. He aguantado años viendo cómo otros soldados tenían derecho de estar cerca de usted físicamente, tocar su cuerpo. —Eren bajó las manos del cuello hacia los botones de la camisa para soltarlos, uno a uno, mientras hablaba—. He fingido que no me importa, como si no fuese de mi incumbencia. Pero mi paciencia se ha acabado y voy a demostrarle que esos… esos tipos no pueden darle ni la mitad de lo que yo.

Levi soltó un bufido que era mitad asco y mitad una defensa desesperada por recuperar el control de la situación. Sus muñecas ya estaban enrojecidas por el roce constante del acero, pero se obligó a clavar la mirada en esos ojos verdes que relucían con una fijeza insana.

—No tienes ni la más remota idea de lo que estás diciendo, mocoso —escupió Levi, aunque su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Estás proyectando tus delirios de mártir en mi cama. Lo que yo haga fuera de servicio no tiene nada que ver con tu “condena”. Suéltame ahora mismo antes de que esto pase de una rabieta de crío a una ejecución por traición.

Eren ni siquiera parpadeó ante la amenaza. Terminó de desabrochar el último botón de la camisa de Levi y apartó la tela, exponiendo la piel pálida del capitán al aire frío de la celda. Con una lentitud deliberada, Eren trazó con la yema de sus dedos la línea de las cicatrices que cruzaban el torso de Levi, deteniéndose justo donde latía con fuerza el corazón del mayor.

—No es una rabieta, Levi. —Eren bajó la cabeza, rozando con sus labios la clavícula de Levi, provocando que este soltara un suspiro entrecortado que intentó disfrazar con un gruñido—. Es un hecho que no vas a poder negar. Estás temblando, tu respiración es errática y tus pulsaciones han subido. Te gusta que te quiten el control, pero ninguno de esos idiotas lo ha conseguido. Siempre acabas dándoles órdenes de cómo deben follarte porque no saben que, para que tu mente y tu cuerpo se relajen, primero deben acorralarte como he hecho yo.

Levi giró el rostro hacia un lado, evitando el contacto visual mientras un espasmo de pura frustración recorría su cuerpo. El metal de los grilletes, frío y desconsiderado, parecía burlarse de su jerarquía con cada tintineo. No era solo la presión física de Eren lo que lo estaba asfixiando; era la precisión quirúrgica con la que el chico acababa de diseccionar su soledad.

—Eres un crío arrogante —masulló Levi, aunque su voz carecía de la fuerza necesaria para apartar a Eren—. ¿Crees que porque me tienes encadenado en este agujero has entendido algo de mi vida? No sabes nada, Eren. Nada.

Eren soltó una risa queda, un sonido que vibró directamente contra el pecho de Levi, y sin previo aviso, apresó la mandíbula del capitán con una mano, obligándolo a mirarlo de frente. Sus dedos se hundieron en la carne de sus mejillas, no con el deseo de herir, sino con la urgencia de quien reclama una verdad que le ha sido negada durante años.

—Lo sé todo, Levi. Lo sé porque lo he estado observando. —La mirada de Eren descendió hacia la boca entreabierta del mayor, deteniéndose ahí con una fijeza depredadora—. Esos soldados... ellos buscaban al “Soldado más fuerte de la humanidad” para tener sexo antes de una expedición por si no regresan. Yo busco al hombre que se oculta detrás de ese título, al que nadie se atreve a tocar sin pedir permiso.

Eren soltó la mandíbula de Levi solo para deslizar su mano hacia abajo, desabrochando con una agilidad alarmante el cinturón del capitán. El sonido del cuero siendo tironeado llenó el silencio sepulcral de la celda, puntuado solo por la respiración entrecortada de ambos.

—No me pidas que me detenga, porque no lo haré —sentenció Eren, su voz volviéndose una sombra de autoridad que Levi nunca le había permitido tener—. Hoy no eres mi capitán. Eres simplemente el hombre que ha estado huyendo de mí en los brazos de extraños. Y voy a asegurarme de que, a partir de mañana, cuando sientas el roce de cualquier otra mano que no sea la mía, solo sientas asco.

Levi apretó los dientes tan fuerte que el dolor le subió por la sien, pero cuando Eren presionó su cuerpo contra el suyo con un movimiento posesivo y final, el capitán no gritó. En lugar de eso, dejó caer la cabeza hacia atrás contra el colchón, entregándose a esa oscuridad que Eren le ofrecía como si fuera el único refugio que le quedaba en un mundo que ya se estaba desmoronando.