Capítulo 1: Tras la puerta sellada
Era una noche oscura y silenciosa en una casa de gran tamaño, con dos pisos de altura, de paredes de ladrillo blanco y tejado gris, iluminada por la luz tenue de la luna. A través de las ventanas, donde se proyectaba aquella suave luz lunar, podía verse una densa oscuridad, acompañada por la ligera brisa del viento que se colaba por ellas, moviendo apenas la tela blanca de las cortinas.
En el interior oscuro de la casa, cruzando el pasillo, se distinguía una puerta en la parte superior izquierda, debajo de las escaleras, cubierta con papel tapiz blanco, que conducía a una habitación oculta. Dentro de aquel cuarto, se encontraba una joven vestida de blanco, con manchas de líquido rojo sobre su vestido, en sus manos y pies, e incluso en la parte superior izquierda de su rostro, con una gargantilla de metal rodeando su cuello. Una expresión de inquietud marcaba sus ojos mientras sujetaba con firmeza un cuchillo manchado del mismo líquido rojo; observaba a dos personas sin vida tiradas en el suelo, derramando sangre lentamente desde las profundas heridas en sus cuerpos, manchando su ropa y el piso grisáceo.
Mientras contemplaba los cadáveres frente a ella, sintió una pesadez recorrer su pecho, extendiéndose por su cuerpo, provocando que su brazo derecho temblara levemente. Finalmente, soltó el cuchillo ensangrentado, que emitió un suave sonido metálico al chocar contra el suelo, rompiendo el silencio que dominaba la habitación. La chica llevó entonces su mano izquierda a la boca, tapándola y manchando sus labios y piel con la sangre de su mano, reflejando el miedo en sus ojos al ver lo que había provocado, aunque sabía que era la única manera de detener a quienes la habían torturado durante años.
Negó rápidamente con la cabeza, sintiendo cómo la fricción del metal de la gargantilla rozaba su cuello enrojecido, esparciendo un poco más la sangre debido a sus movimientos bruscos. Alejó la mano de la boca, dejando ver la mancha roja mientras respiraba profundamente, calmando gradualmente su inquietud, aunque todavía permanecía un rastro de miedo en su mirada. Observó entonces a su alrededor: recipientes y frascos de vidrio rotos sobre la mesa y el suelo, goteando sustancias químicas de olor penetrante, que ya no le causaban malestar tras la prolongada exposición, y papeles regados y manchados en cada rincón de la habitación, hasta que su mirada se detuvo en una puerta.
Caminó hacia ella, con el eco de sus pasos resonando suavemente en las paredes del sótano. El frío y húmedo piso bajo sus pies le recordaba la presencia de las sustancias químicas regadas, que le irritaban ligeramente la piel, haciéndole soltar pequeños quejidos de dolor. Finalmente, llegó a la puerta, sintiendo una ligera inquietud y curiosidad recorrer su pecho, reflejada en sus ojos al fijarse en ella, preguntándose si aquella era la salida.
Después de unos minutos, bajó lentamente la mirada hacia la perilla, acercando gradualmente su mano izquierda hasta tocar el metal frío. Rozó su piel y manchó la superficie con la sangre de su mano mientras empujaba hacia abajo, quitando el seguro. La puerta se abrió un poco, lo cual la alarmó, alejando con rapidez la mano.
Permaneció quieta unos segundos, alzando la mirada y logrando ver una pequeña abertura que dejaba ver la leve oscuridad afuera. La curiosidad la impulsó a acercarse lentamente, levantando las manos hasta colocar ambas sobre la madera blanca. La empujó suavemente, abriéndola aún más, mientras un ligero chirrido resonaba en las paredes, alarmándola por un instante. Alejó las manos, marcadas con sangre, y pudo ver la profunda oscuridad más allá, iluminada únicamente por la salida. Con pasos lentos, cruzó el umbral, con una sensación de inquietud que recorría su pecho.








