El Lobo Y La Grulla por Yeraldin en Inkitt
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El Lobo y la Grulla

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Sinopsis

Un palacio imperial reducido a cenizas. Un príncipe aristocrático convertido en prisionero. Un tirano implacable dispuesto a triturar su pureza. Hua Yong pensó que su vida terminaría el día de la invasión. En cambio, fue amarrado a la montura del Lobo del norte y confinado en los aposentos principales de una fortaleza volcánica hostil. Rodeado de lujos robados y una vigilancia paranoica, su mente se convertirá en su único refugio contra la sumisión forzada. Pero en los niveles inferiores de Han Shan, una conspiración letal se está cocinando a fuego lento. Bienvenidos a una dinastía gobernada por el acero, el azufre y la obsesión sin remordimientos

Genero:
Drama
Autor/a:
Yeraldin
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1 richiamo della gru

La nieve del reino de Han Shan se divisaba desde kilómetros de distancia. Los viajeros que atravesaban los senderos bajos siempre contaban historias oscuras sobre los caminos monte arriba; se decía que, entre los bosques, las manadas de lobos obedecían al espíritu de una bestia milenaria sedienta de sangre, cuyo aullido resonaba con cada tormenta que azotaba el territorio. Para algunos pobladores, ver a los hombres de Han Shan descender de las montañas era un espectáculo imperdible, pues sus ropas y modales no distaban mucho de los fieros lobos salvajes que corrían por sus tierras. O, al menos, eso aseguraban los relatos.


—¡Su majestad MooRyung, sea bienvenido a esta asamblea monárquica! —exclamó un eunuco, saludándolo con una reverencia amable mientras lo guiaba hacia el gran salón del palacio donde se llevaba a cabo el encuentro político.


Para el visitante, caminar por aquellos pasillos de madera decorados con motivos dorados de grullas —símbolo de la longevidad y la pureza de estas tierras— era tedioso, aburrido y, hasta cierto punto, innecesario. Pensaba que la opulencia del rey, empeñado en exhibir su estatus con semejantes baratijas decorativas, solo lo hacía lucir ostentosamente vulgar.


—Observa, ahí viene el lobo de Han Shan. Se dice que ha matado a tantos hombres como reinos ha unificado... Míralo, da miedo, ¿no?


—Calla, podría escucharte. Lo que haga o deje de hacer Han Shan no nos incumbe a los nobles de Liang He.


Ser el foco de las murmuraciones siempre era como un karma indeseado. Aunque, a decir verdad, aquel soberano distaba mucho de ser alguien desagradable a la vista. Su cabello castaño iba peinado con pequeñas y minuciosas trenzas entrelazadas con lazos negros que caían sobre sus hombros; su piel era morena, brillante por el óleo, y los tatuajes de las bestias del norte cubrían con orgullo las viejas cicatrices de guerra. Pero era su imponente mirada ambarina, fija y salvaje como la de un depredador al acecho, lo que verdaderamente obligaba a los aristócratas a apartar la vista con temor. No solo sus ojos le daban ese aire de fiera sanguinaria; el cuerpo tosco del monarca desprendía el denso y metálico hedor de la batalla. Además, resultaba evidente que la estética de la corte le importaba muy poco. Sus pesadas ropas de piel lo hacían ver aún más imponente, la cabeza de un tigre disecado descansaba sobre su hombro como simple ornamento y el aura de tensión que lo envolvía lograba desestabilizar a varios de los presentes.


—¡Entra su majestad Hua Yan, acompañado por el príncipe heredero! ¡Bienvenido, príncipe Hua Yong! —anunció el eunuco justo cuando MooRyung se había apoyado contra una columna, alejado de los aburridos políticos que tanto le disgustaban.


Su mirada de ámbar se posó de inmediato sobre la hermosa criatura de largos cabellos negros, los cuales le recordaron a las piedras preciosas que decoraban su propio castillo y que brillaban cuando el sol de la mañana les daba directo. La piel blanca del joven parecía un remanso de calma entre tanta brillantina barata que envolvía a los nobles. MooRyung habría jurado estar contemplando a una deidad en ese recinto, aun cuando sus ojos todavía no se cruzaban.


—Príncipe, tanto tiempo sin verlo —escuchó. Uno de los nobles, cuya apariencia ni siquiera se molestó en registrar, llamó con un tono sutilmente irrespetuoso al joven, quien de inmediato giró el rostro hacia él.


Aquellos hermosos ojos grises miraron directo hacia la zona donde MooRyung se encontraba; no precisamente hacia él, sino hacia el cortesano ruidoso. No obstante, como si la mente salvaje del monarca de las tierras frías le suplicara una sola mirada, Hua Yong desvió por unos segundos aquellos diamantes brillantes que tenía por ojos. Un ligero ladeo de cabeza, el sutil arqueo de su ceja derecha y una ironía disimulada en los labios que formó una breve pero burlona sonrisa, detonaron miles de sensaciones en el interior del salvaje. Fue breve. Fue letal.


—Ye Chao, no has cambiado nada —pronunció la cantarina voz de aquel pajarito de solo dieciséis años.


La edad perfecta para los pervertidos de la corte, pensó MooRyung, pero no para él; el muchacho todavía olía a telas de cuna y leche materna. El rey empujó suavemente la empuñadura de su espada bajo la gruesa capa de piel y esbozó una sonrisa de satisfacción, mostrando brevemente sus colmillos afilados.


El resto de la tediosa velada lo hizo bostezar varias veces. No es que los temas políticos sobre el traspaso de bienes, el cobro de aranceles o el comercio marítimo le resultaran ajenos... ¡Es que, por los dioses, no le importaban en lo absoluto! Conversar sobre aquello era cansino y detestable. Además, su estómago ya reclamaba alimento, y las mujeres que lo rodeaban solo movían sus cuerpos en una patética danza que, en vez de mantenerlo despierto, provocaba el efecto contrario. Se levantó para salir un momento; tal vez colarse en las cocinas y robar algunos bollos fuera la pequeña aventura que le devolvería la diversión por unos minutos.


Su mente joven le ofrecía detalladas escenas de la posible reacción de las sirvientas y los cocineros al notar la desaparición de los manjares destinados a los invitados de honor. Sí, sonaba demasiado infantil para un guerrero despiadado como él, ¿pero qué tenía de malo hacerlo de vez en cuando? El aire fresco de la noche golpeó su rostro con suavidad, aliviando su espíritu. Llevar varias horas encerrado sin oler otra cosa que el incienso de jazmín mezclado con el aromático vino Huangjiu de ciruelas rojas —una bebida que para él sabía a agua sumamente azucarada y le provocaba jaquecas— volvía el exterior un verdadero bálsamo.


Al caminar por los pasillos exteriores, observar las grullas doradas le hacía sentir que recorría un museo de lo ridículo. De pronto, se detuvo al escuchar una conversación en el patio contiguo. Reconoció la voz al instante; bastó con haberla escuchado una sola vez para que se grabara en lo más profundo de su memoria.


Al asomarse entre las sombras, logró ver al joven príncipe Hua Yong manteniendo un intercambio con el noble irrespetuoso de hacía un momento. MooRyung paseó la lengua por sus colmillos, imitando a una serpiente que sondea el ambiente antes de atacar. Recogió discretamente una piedra del jardín y la arrojó en la dirección opuesta para crear una distracción. En el instante en que ambos jóvenes se giraron alarmados, el rey lanzó una pequeña daga que ocultaba entre sus ropas; el arma pasó rozando los cabellos que el viento elevaba en ese segundo, cortando un mechón casi imperceptible de la hermosa cabellera azabache del príncipe de ojos diamantados. Sobresaltados por el peligro, ambos nobles decidieron retirarse a toda prisa y regresar a la seguridad de la reunión.


MooRyung salió de su escondite, se acercó al suelo y levantó el mechón de cabello. Lo aproximó a su nariz para aspirar el dulce aroma a sándalo y lavanda. Cerró los ojos para fijar esa fragancia en su memoria, sellando así la obsesión que crecería con el tiempo.


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—¡El monarca de Han Shan se ha marchado sin siquiera dignarse a despedirse! ¡Es un maldito insulto!


—Guarda la compostura. Los salvajes de las tierras nevadas no suelen asistir a las academias... Dudo mucho que siquiera sepan leer un libro.


—El emperador MooRyung es un tirano. Ya es bastante que le permita a su pueblo tener un plato de comida que llevarse a la boca.


Las conversaciones de los sirvientes que retiraban la loza para lavarla eran escuchadas discretamente por el joven príncipe Hua Yong. Prestar atención a los chismes de la servidumbre se había convertido en una especie de pasatiempo, probablemente por su juventud o porque simplemente estaba harto del rígido protocolo.


—Mira esto, ni siquiera tocó los alimentos... ¿Le dio asco la comida? Yo daría diez taels de plata por probar el estofado de nido de golondrina, y ese rey imbécil lo desecha como si fuera basura.


—¡Cállate ya! ¡Si el mayordomo te escucha, nos reprenderá con dureza! Recoge todo y vámonos a descansar, que mañana llevaremos las sobras a los cerdos de la granja del señor Ping.


—¡Uf! Hasta los cerdos comen mejor que nosotros.

El joven príncipe salió de su escondimiento una vez que los criados se hubieron marchado. Notó que se les había olvidado retirar un cuenco de vino. Lo levantó con cuidado, observando el líquido ambarino en su interior.

—MooRyung —musitó suavemente, antes de elevar el cuenco en una reverencia silenciosa y beberlo hasta la última gota.

Fin del capítulo 1

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