Capítulo 1 un baile de mascaras
I
“UN BAILE DE MASCARAS”
“Carne y espíritu. Pueden ser palabras engañosas. Si te sumerges en la carne te conviertes en una maquina, si te abandonas al espíritu también serás una maquina, pero esta vez de un aire diáfano, quizás hermoso que trata de negar su propia materialidad, a fin de cuentas tan vacio como la primera opción. Algunos sabios hablan de “equilibrio” pero pocos son capaces de entender este concepto mas allá de sus propios pies. Quizás el problema no es el equilibrio sino las nociones mismas de carne y espíritu”.
-Los códices Iter.
El bosque estaba silencio. Las lechuzas acechaban a sus presas desde los rincones y los linces dormitaban inquietos,. El frio rocio acumulado entre las cortezas señalaba inequívocamente la llegada del invierno, en unos días más los primeros copos de nieve comenzarían a hilar aquel velo blanco que cubriría al bosque durante los gélidos meses sin sol.
El silencio fue despedazado por las feroces pisadas de un caballo a pleno galope. Las lechuzas se dispararon hacia el cielo nocturno y la mayoría de las aves del bosque las siguieron. El sudor que recorría las patas del caballo indicaba que su carrera había comenzado hace por lo menos un día, el animal respiraba trabajosamente, el aire frío quemaba sus fatigados pulmones. Sobre la silla de montar el jinete luchaba por cada bocanada de aire, su piel tan negra como la noche estaba cubierta de sudor y un extraño silbido acompañaba cada una de sus inspiraciones. Aquel pulmón perforado seguramente le costaría la vida pero ya no le importaba, sólo sabía que debía llegar al palacio antes de morir.
– No me falles Ondina, vamos — logro susurrar con dificultad a su caballo.
Sabia que no veria el amanecer, pero debia entregar el mensaje, las luces del palacio se divisaban a lo lejos “un ultimo esfuerzo”, pensó mientras luchaba por no desfallecer.
El baile de máscaras estaba en su apogeo. Los sirvientes recorrían los salones principales ofreciendo bebidas y platos exóticos a los invitados, que hace un buen rato no sabían que se llevaban a la boca. La música retumbaba frenética por todo el palacio. Una invención reciente de Santos, el Maese Innovatis permitía que los sonidos llegaran a todas las habitaciones. Quienes estaban en las recamaras privadas podían escuchar el murmullo embriagado del salón principal, y quienes seguían los compases frenéticos de los músicos Shasti atisbaban la cacofonía de gemidos y jadeos provenientes de las recamaras privadas. Madame había decretado que esa noche no habría puertas cerradas ni intimidad de ningún tipo, todo se desnudaría excepto los rostros. Incluso se escuchaban algunos extraños ruidos provenientes de los establos, donde algunos comensales de gustos extravagantes daban rienda suelta a sus anhelos. El sistema de sonido había sido originalmente diseñado para que Madame pudiera escuchar cualquier conversación dentro de su palacio. En una recámara secreta una serie de palancas regulaban que se podía y que no se podía escuchar en cada habitación. Podía oírse en un cuarto lo que se susurraba en el ala opuesta del palacio, si Madame lo disponía.
Esta noche todos los canales estaban abiertos, todos podían y de hecho estaban obligados a escuchar a todos. El sonido resultante era, por decir lo menos, peculiar.
Madame descansaba en su enorme cama oval con vista directa al salón principal, desde un ventanal interno observaba a todos y era observada por todos. Lucas, su amante de invierno seguía colgado de los grilletes del techo inconsciente de placer. A su lado otro hombre del cual ni siquiera sabía el nombre dormía plácidamente con el antifaz aún firmemente ceñido. En otro costado Scarlet, sobrina de Madame, fumaba distraídamente de la pipa de agua, ni siquiera se molestó en preguntar que tipo de tabaco contenía. Madame sonrió ligeramente, quizás se llevaría algunas sorpresas. La experiencia había sido edificante para la joven, Madame se había preocupado de escoger dos buenos amantes para que auxiliaran a la inexperta e introducirla como es debido en las artes amatorias. Scarlet se había desempeñado satisfactoriamente sobre todo cabalgando sobre el desconocido, al cual había despojado de todas sus fuerzas y fluidos. Pero aún debía aprender algunas normas de prudencia, como por ejemplo el no fumar de una pipa de agua Shasti, sobretodo después del sexo y sobretodo si no sabia que contenía. Luego volvió a sonreír, a los 18 años ella había sido mucho más imprudente en algunas ocasiones. Madame se levantó de la cama y se acercó al borde del ventanal, su imponente y delgada figura hizo que algunos despertarán de su borrachera para contemplarla. Su piel nácar relucía perlada por el sudor, haciendo resaltar sus caderas torneadas y sus pechos exactos. Con su mano derecha tomó distraídamente su pelo color plata y lo echó hacia atrás. Entonces sintió que alguien le acariciaba la pierna partiendo desde sus botas negras hasta su entrepierna, con una media sonrisa hizo restallar el látigo que sostenía en la mano izquierda y giró el cuello para contemplar quien la desafiaba. Sus penetrantes ojos grises se posaron en la mirada anhelante de Kiara, su compañera dentro de “El velo ciego”. La reconoció tras el antifaz, su pelo rojo y los ojos dorados la delataban, sin mencionar aquellos pezones oscuros y enhiestos junto a una piel casi tan blanca como la de Madame. Se inclinó y acarició suavemente la comisura de sus labios, algunos invitados se percataron del movimiento y se dispusieron a esperar que se reanudara el espectáculo que hace algunos minutos se había visto interrumpido cuando ambos machos desfallecieron y la jovencita pareció preferir el tabaco al látigo. Kiara observaba con ojos anhelantes, deseaba placer y dolor. Madame estaba dispuesta a darle ambos. Entonces la puerta de la habitación se abrió de golpe. Uno de los guardias llamó y sin esperar respuesta salió corriendo haciendo señas para que lo siguieran. Kiara se sentó en la cama y Madame lanzó el látigo cerca de Scarlet. Su compañera, rara vez tenía la disposición adecuada, tendría que esperar a que se embriagara nuevamente para concluir lo comenzado. Mientras se retiraba se percató de que Scarlet tomaba el látigo y comenzaba a acercarse insinuante a Kiara, quizás había subestimado a la joven.
Madame se disponía a reprender al guardia cuando de improviso apareció Ramiel atravesando una pared. El átropos tenía el rostro imperturbable pero su voz delataba la preocupación que lo atenazaba.
– Esto es grave Lucrese, ha llegado un herido, aparentemente llevaba días a pleno galope y fue atacado con un hatame de almas.
Madame siguió al guardia por las escaleras que conducían a las caballerizas inferiores, el hombre no se percató de la presencia de Ramiel y hace tiempo que Madame había aprendido a no hablar con los atropos en presencia de otros. Pero no pudo contener un sobresalto cuando escuchó la última frase del espíritu. Los hatames de almas eran difíciles de fabricar, sólo la hermandad conocía el secreto. Lo más probable era que existiera un traidor dentro de sus filas, de ser cierto el momento no podía ser peor.
Ramiel los seguía de cerca, levitando a tan solo unos centímetros del suelo.
Los recuerdos invadieron a Madame por un momento; dormía sobre los fuertes pectorales de Ramiel a la orilla del rio Esimat, él jugueteaba distraídamente con sus cabellos y ella saboreaba aún el sabor salado de su simiente. Habían fornicado y hecho el amor de distintas formas durante la tarde, pero ya comenzaba a refrescar. Madame se bañó en el rió observando el miembro cabizbajo de su amante, Ramiel se perdió por unos momentos en los contornos de las caderas de Madame y devoró su sexo con la mirada tranquila del amante satisfecho, un momento perfecto. Se sacudió aquellos recuerdos de juventud y continuó avanzando, sortearon un par de invitados que dormían la borrachera en el pasillo y al llegar a las caballerizas comprobó lo dicho por Ramiel.
El hombre tenía múltiples heridas. Pero la peor se encontraba en su espalda, Madame podía ver como el alma se le escapaba a aquel hombre como un humo sutil, similar a la vulnus caliginis de los atropos pero con un flujo mucho mayor. Era como comparar la fina voluta de humo de una pipa Shasty con la gruesa columna de un incendio.
Kiara irrumpió en ese momento, era evidente que se había puesto las ropas distraídamente porque uno de sus pechos asomaba tímidamente entre los pliegues de su bata roja sangre.
– Estoy al tanto de la situación Lucrese, llevemos a este hombre a la cava, para poder curarlo – al decir estas últimas palabras miró a los guardias y a Ramiel que estaba junto al herido examinándolo más de cerca. El atropos se dirigió en tono imperioso a madame.
– Tiene un mensaje para ti, escondido en su bolsillo. Le queda poco espíritu, los guardias podrían empezar a hacer preguntas si lo ven morir, sabes lo que causa el drenaje de alma – Esta última frase tenía un tono incisivo que Madame supo ignorar, dirigió su ira contra los guardias y contra Kiara.
– Levanten a este hombre obedezcan a Kiara – dijo con voz áspera a sus subordinados, cuando se alejaban con el moribundo a cuestas se acercó por la espalda a Kiara, tomó el pecho que estaba al aire y lo constriñó suavemente mientras soltaba lentamente las palabras en el oído de su compañera – Te recuerdo querida que dentro de mis dominios debes llamarme tan solo por mi título, además los guardias podrían comenzar a preguntar como estabas al tanto de la situación. Te recomiendo más prudencia en el futuro – le soltó el pecho rozando levemente el pezón y se alejó. Ramiel alcanzó a Madame.
– No tenias por que hacer eso, sabes que ella no eligió con quien ligarse. Soy su consorte, pero si hubiera dependido de mí te hubiera elegido a ti – Había ternura y algo de nostalgia en su voz etérea.
– No te creas más importante de lo que fuiste, son tiempos difíciles, no debemos dejar nada al azar – dijo Madame sin perder el ritmo de sus pasos. El atropos esbozó una media sonrisa.
– Puede que no compartamos almas como lo haces con Eban, pero te conozco, mejor de lo que tú misma crees.
Bajaron algunas escaleras más hasta llegar a la cava. Madame ya se estaba preguntando que sucedía con su consorte, el vínculo empático nunca había sido su fuerte pero sentía a Eban divirtiéndose en algún lugar del palacio, recién en ese momento se había percatado de su agitación mezclada con ira velada y recuerdos. Madame notó su sobresalto y le envió un cortante llamado “a la cava ahora”.
Dispusieron al moribundo sobre una de las recias mesas de roble bajo un estante de Chardions de 40 años. El polvo se aferró a las heridas y la sangre a medio coagular formando una masa oscura.
Eban atravesó el techo de la cava con movimientos gráciles justo en el momento en que los guardias eran despachados fuera con los cortantes gestos de Madame.
La gruesa puerta de madera estaba cerrada y los dos Eland, Madame y Kiara, notaron la humedad del lugar ahora que los sonidos del baile estaban casi totalmente amortiguados.
De manera natural los átropos, Eban y Ramiel se acercaron a sus respectivas consortes. Madame rebusco entre los bolsillos del moribundo hasta encontrar la nota, pero cuando se disponía a tomarla su muñeca de piel traslúcida fue atrapada violentamente por la mano del hombre, el agarre era fuerte para un moribundo, aún más si considerábamos la herida en su alma, se aferraba como si lo poco que le quedara de vida dependiera de ello.
– Madame Lucrece, mi señora, es aún más hermosa de lo que él había dicho, él me dijo que usted me salvaría, que usted era bondadosa que era importante – su voz entrecortada fue interrumpida por un violento acceso de tos matizado con sangre oscura – muy importante… hasta mi último aliento la serviré, él me lo dijo, es mi destino servirla.
La mano que atenazaba su muñeca se aflojó y Madame pudo leer el mensaje.
“Madame Lucrese de las comarcas de los La Crogch.
Los tiempos de la Luminis Trema se acercan, el velo ciego se carcome por dentro y los advenedizos Innovatis usurpan el presente como si el pasado hubiera sido suyo, he visto discurrir al mismísimo tiempo y la hora de la verdad se acerca. Grandes cosas ocurrirán en el cónclave de la hermandad, los asesinos buscan tu sangre y la de los tuyos. El destino necesita que llegues antes de que de inicio la reunión, es imperioso que no puedan borrar tu existencia antes de que interpretes el papel que el futuro te depara. Debes encontrar las pruebas de la traición y purga a la Orden de su mancha.
Te daré otra revelación, para que confíes en mi palabra, la guerra se avecina, pero los innovatis ya se han internado secretamente en las comarcas de La Crogch, compruébalo y confía en mis palabras.
El mensajero es un hombre leal que te servirá bien, le he enseñado las maneras de la hermandad, te será fiel y solo si es absolutamente necesario podría llevarte hasta mí, pero utiliza este conocimiento sólo como último recurso
El Alquimista”.
Kiara tomó suavemente el mensaje y lo leyó en silencio, Madame estaba petrificada y miraba los ojos del moribundo como si en ellos se encontrara el significado de las crípticas revelaciones.
- No puede ser él – murmuró Kiara cuando terminó de leer el mensaje.
Eban se acercó a leer, para Ramiel no fue necesario, el vínculo empático era fuerte entre él y Kiara, pudo leer el mensaje directamente de los ojos de su consorte.
Los dedos traslúcidos de Eban atravesaron el papel, había intentado asirlo, por un momento había olvidado que desde el día del Quadratum Descerpo estaba exiliado casi por completo del mundo que los innovatis llamaban “físico”. El solo recordar el horrible ritual que lo había convertido en lo que era, un atropos como Ramiel, le producía un escozor en la herida por la que su alma escapaba lentamente.
- Es improbable que sea él, pero piénsenlo, por remota que sea la posibilidad – Eban vaciló antes de continuar – Un mensaje del mismísimo fundador, incluso es posible que este pellejo insignificante pueda llevarnos a él, ¿acaso no vale la pena correr el riesgo, aunque sea una quimera?.
La voz de los átropos solo podía ser escuchada por los eland de la hermandad y por los pocos mediums salvajes que aún existían, sonaba como un susurro de tumba que se deslizaba por la espalda. Los eland como Kiara y Madam se habían habituado a las voces que habrían encogido de terror a la mayoría de los seres vivos, pero la voz de Eban al exaltarse era casi un alarido, como una cacofonía, un coro de almas que intentaban huir del infierno.
Kiara miró a Eban con cierto temor y no pudo evitar el cubrirse un poco los oídos, pero a la vez algo se removió en su corazón y en sus recuerdos, los atropos no podían cambiar sus vestimentas , Eban aún vestían con las ropas que llevaba el día del Quadratums Descerpo, su rostro anguloso y varonil, su pelo azabache y corto, su cuerpo atlético ceñido por una chaqueta oscura y larga que le llegaba hasta los pies, adornada con dragones bordados con oro y mangas gruesas con botones de marfil, pantalones de terciopelo púrpura y aquella camisa blanca que ella misma había desabotonado la noche anterior al ritual, contuvo sus recuerdos para que la melancolía no le abriera el llanto. Habían pasado años, pero aún se preguntaba, secretamente, si había alguna razón. Buscaba y rebuscaba entre los Codices Iter y otros tomos heréticos, ¿por qué el alma de Eban estaba ligada a Lucrese?, ¿por qué el alma de Ramiel estaba ligada a la suya?, ¿era necesario? y aún más secretamente se preguntaba si existía alguna manera, lo que fuera, para revertirlo Pero no confesaría esto ni siquiera a su consorte y estaba segura de que había podido esconder estas ideas incluso a él. Logró controlar sus pensamientos y sus sentimientos como siempre lo hacía y se percató que Madame estaba abriendo el compartimiento secreto donde escondían el hatame de almas de su abscondit y algunos de los códices más comprometedores, uno de aquellos tomos podría haberles traído problemas, incluso dentro de la hermandad, sin duda los silentes no serian muy amables si descubrían que aquellos libros se encontraba en su poder.
- ¿Qué pretendes hacer Lucrese?- preguntó Kiara con la voz entrecortada por la sorpresa.
- Al parecer nuestro vínculo empático mejora mi querida consorte, es precisamente lo que estaba pensando – había un cierto dejo de burla en la fantasmal voz de Eban y un claro tono de asentimiento frente a las acciones de Madame.
- Eban tiene razón, no estoy preparada para soportar el resentimiento que sentiría si dejo pasar esta oportunidad, este hombre sabe dónde está el alquimista y no estoy dispuesta a dejarlo morir. Cueste lo que cueste – Madame pronunció la última frase entre dientes, como para dejar en claro que no estaba dispuesta a discutir el asunto, pero en ese momento Ramiel intervino para temperar la situación, como solía hacerlo.
- Somos un Abscondit Lucrese, la célula más básica de la hermandad del velo ciego, siempre cuatro, dos eland, dos átropos, una cara en el mundo de los vivos, la otra cara en el mundo de los muertos, atados hasta que el destino diga lo contrario, sostenemos el peso del mundo y callamos nuestros secretos, pero el Quadratum no debe romperse jamás, es la primera lección, es el primer principio. Lo que propones es arriesgado y sin duda herético y no sería la primera herejía que cometemos, pero uno de nosotros no está seguro de lo que estás sugiriendo.
- ¿ Y cual es tu propuesta ho sabio Ramiel? – Madame dijo esto con todo el veneno que la ironía puede inyectar en una pregunta, pero soltó el hatame de almas.
- Yo estoy de acuerdo contigo, el riesgo es grande, pero las posibilidades valen la pena, aun así, no podemos romper el precepto, Kiara no puede ser obligada, el abscondit no es una democracia ni una tiranía, debemos estar todos de acuerdo – Ramiel hablo de manera rápida pero calmada, como un río congelado tan solo en su débil superficie.
Kiara comprendió que todo el peso de la decisión caía sobre sus hombros.
- Es una locura – dijo mientras reía nerviosamente – ha habido tres falsos Alquimistas hasta la fecha ¡ tres ¡ - golpeo la mesa cuando grito el numero de impostores – uno de ellos casi nos lleva a la extinción y ustedes pretenden perpetuar su locura, sin duda se trata de un nuevo impostor, pero no puedo romper el abcondit y Eban tiene razón, por remota que sea la posibilidad … - dejó la frase sin terminar, se incorporó, se ciñó la bata y tomó el hatame de almas mientras repasaba rápidamente los códices buscando las páginas exactas.
Madame sonrió triunfante y se hizo a un lado, respecto al conocimiento de “La clamora” nadie podía superar a Kiara, sus cabellos rojos se mecían mientras daba instrucciones a sus compañeros
– Desde la época de la gran purga la hermandad prohíbe la creación de golems, casi nos lleva a la completa aniquilación y aun debemos escondernos por ello – Kiara hablaba mientras buscaba los componentes necesarios y repasaba las páginas, los átropos permanecían en silencio preparándose para soportar lo que se avecinaba – Si los silentes nos descubren el castigo, para elands y átropos es peor que la muerte – todos lo sabían, pero de cierta manera era necesario que alguien lo dijera en voz alta para que el pecado fuera completo, si se iban a hundir en lo prohibido de cierta manera, era mejor asumirlo desde el principio – Lucrese, Ramiel, Eban – pronuncio cada nombre con una deliberada lentitud, tomándose su tiempo para saborear cada sílaba – No conozco a nadie que haya realizado lo que intentaremos hoy, puede que sus nombres fueran borrado de todo registro posterior a la purga. Solo he leído los codices y en teoría podemos lograrlo, sin embargo el ritual no esta exento de riesgos y deben saberlo.
Los cuatro asintieron calladamente, incluso Kiara. El abscondita había tomado su decisión, y actuando como uno se dispusieron a liberar “La clamora”.
- Comencemos – Susurro Kiara, y tomó el hatame de almas.








