La carretera termina aquí
"Dicen que las presas nacen sabiendo cuándo correr. Yo aprendí demasiado pronto que también hay momentos en los que quedarse es mucho más peligroso."
— Nerea Dubois
Manual de Biología Evolutiva de los Cambiaformas
Octava edición — Capítulo II: Jerarquías endocrinas
"Las categorías Alfa, Beta y Omega describen diferencias fisiológicas relacionadas con la producción hormonal, la percepción de feromonas y determinados procesos reproductivos. No determinan la inteligencia, el valor moral, la fuerza física ni la capacidad de liderazgo. Cualquier interpretación social de dichas categorías corresponde a construcciones culturales y no a evidencia científica."
Siempre imaginé que el primer día de mi vida adulta sería... diferente, no mejor, solo menos ridículo.
Después de cinco años estudiando Psicología Infantil, una ceremonia de graduación que duró más de lo necesario y una despedida donde mi hermano insistió en que regalarme un juego de llaves inglesas era un regalo perfectamente normal, terminé conduciendo por una carretera perdida entre montañas con una mochila, una motocicleta y demasiadas dudas para una sola persona.
La lluvia todavía no caía, pero el bosque ya la olía. Y yo también.
Los árboles desprendían ese aroma húmedo que aparece justo antes de una tormenta: tierra mojada, resina, musgo y hojas viejas.
Respiré profundamente.
—Bueno... al menos el paisaje compensa el sueldo.
El casco amortiguó mi propia risa.
No era precisamente el trabajo de mis sueños, cuando mis profesores hablaban de prácticas profesionales imaginaba hospitales, clínicas, centros especializados... No un pueblo escondido en mitad de ninguna parte con menos habitantes que mi antiguo barrio.
Puerto Ámbar.
Hasta hacía dos semanas ni siquiera sabía que existía, pero ofrecían vivienda, estabilidad y un salario bastante decente para una recién graduada, y siendo sincera, necesitaba empezar en algún sitio.
La motocicleta respondió con un rugido grave cuando aceleré al salir de una curva.
Sonreí.
—Así me gusta.
Había quien decía que las motos eran peligrosas, yo siempre pensaba que la gente confundía peligro con libertad, pues, no había nada comparable a sentir el motor vibrando bajo el cuerpo mientras el viento jugaba con mis orejas.
Sí, mis orejas.
Las dos largas orejas blancas que asomaban por las aberturas del casco y que llevaba veinte años intentando convencer de que dejaran de expresar absolutamente todas mis emociones.
Una se movió hacia atrás, la otra también.
—Ni se les ocurra empezar.
No me hicieron caso, nunca lo hacían.
Suspiré.
Ser una liebre era maravilloso hasta que recordabas que una parte de tu cuerpo tenía voluntad propia, mi hermano llevaba años diciendo que podía saber cuándo mentía solo mirando mis orejas, sigo convencida de que exageraba... Aunque probablemente tuviera razón.
La carretera comenzó a estrecharse, los árboles parecían inclinarse sobre el asfalto, había menos señales, menos ruido... menos mundo.
Miré el GPS, faltaban treinta y siete kilómetros.
Perfecto.
Todo iba sorprendentemente bien.
Y fue exactamente en ese momento cuando mi motocicleta decidió declararse en huelga, primero un pequeño tirón, después otro.
Fruncí el ceño.
—No.
El motor volvió a toser.
—No, preciosa... No me hagas esto.
Otro tirón, más fuerte.
—Ni se te ocurra.
Silencio.
…
Me quedé rodando por pura inercia hasta detenerme en el arcén, apoyé ambos pies en el suelo, esperé unos segundos, giré la llave.
Nada.
Volví a intentarlo.
El motor respondió con un gemido mecánico que sonó casi ofensivo.
—¿En serio?
Otra vez.
Nada.
Apoyé la frente sobre el manillar.
—Cinco años de universidad... y mi peor enemigo termina siendo una maldita abrazadera.
Me bajé de la moto y abrí el compartimiento de herramientas.
El olor a gasolina y metal caliente me recibió como un viejo amigo, mucho mejor que el olor a perfume barato de algunos compañeros de la universidad.
Saqué una llave fija, aflojé un tornillo, revisé los cables, la bujía y el filtro. Todo parecía estar donde debía.
Lo cual era todavía más molesto.
—Vamos...
Murmuré mientras volvía a intentar arrancarla.
Nada.
Una gota cayó sobre mi mano.
Luego otra.
Levanté la vista, las nubes finalmente habían decidido descargar toda su paciencia sobre mí.
Solté una carcajada.
—Claro.
¿Por qué no? Estoy sola, en medio del bosque, con una moto averiada y empieza a llover.
La vida tiene un sentido del humor espantoso.
La lluvia se volvió más intensa en cuestión de segundos, el agua resbalaba por mi chaqueta mientras seguía peleándome con el motor.
No iba a rendirme.
No todavía.
Detrás de mí escuché otro motor, más pesado, más antiguo. No levanté la cabeza, seguí trabajando.
El vehículo se detuvo, una puerta se abrió, le siguieron unos pasos lentos, sin prisa.
Entonces, una voz grave habló a mi espalda.
—Si sigues apretando ese tornillo, vas a terminar rompiendo la abrazadera.
Suspiré.
—Llevo diez minutos intentando convencerme de que ese no era el problema.
Escuché una risa, no una risa burlona, de esas que salen solas cuando alguien reconoce un error que también cometió alguna vez.
Sonreí sin darme cuenta.
Curioso.
Hacía apenas unos minutos estaba convencida de que aquel viaje había empezado a salir mal, y ahora...
Ya no me sentía completamente sola.
Levanté la cabeza por primera vez.
El hombre no era especialmente alto, tendría alrededor de un metro setenta, pero compensaba la estatura con una espalda ancha y unas manos enormes, curtidas por años de trabajo. Vestía un overol azul manchado de grasa, una camisa de cuadros arremangada hasta los codos y unas botas que habían visto demasiados inviernos.
Sus orejas redondeadas, cubiertas por un pelaje castaño oscuro salpicado de canas, terminaron de confirmar lo que ya había imaginado por su aroma.
Castor.
No era el animal más intimidante del mundo.
Tampoco necesitaba serlo.
Pero sí uno de los más trabajadores.
—¿Puedo?
Señaló mi motocicleta.
Miré la llave inglesa que sostenía entre los dedos, miré mi moto y volví a mirarlo a él.
—Si promete no juzgarme.
—Eso dependerá de cuánto hayas roto.
No pude evitar sonreír y le hice un gesto para que pasara.
El hombre dejó una vieja caja metálica sobre el asfalto y se arrodilló con una facilidad impropia para alguien de su edad.
No perdió tiempo revisando el motor entero.
Fue directamente al mismo punto que yo llevaba observando varios minutos.
—Ajá...
Metió dos dedos entre las mangueras, movió una abrazadera apenas unos milímetros y después giró una llave.
El motor rugió al primer intento.
…
Lo miré.
Después miré la motocicleta.
Después otra vez al hombre.
—Eso ha sido ofensivamente rápido.
—Los motores hablan.
Me encogí de hombros.
—El mío, al parecer, me insulta.
—También.
Soltó otra carcajada mientras cerraba el compartimiento.
—Las abrazaderas viejas se aflojan con las vibraciones. No era culpa tuya.
—Gracias.
—No me las des todavía.
El hombre, señalando atrás suyo, me invitó a refugiarme de la lluvia, así que los dos corrimos casi al mismo tiempo hasta refugiarnos bajo el techo improvisado de la camioneta.
El golpeteo de la lluvia contra la carrocería era tan fuerte que durante unos segundos ninguno habló.
El hombre sacó un termo de acero del asiento del copiloto.
—¿Café?
Lo miré con cierta desconfianza.
—¿Tiene algún tipo de droga?
—Solo cafeína.
—Entonces acepto.
Me tendió un vaso metálico.
El café estaba caliente, muy caliente.
Y sorprendentemente bueno.
—No esperaba esto.
—Mi difunta esposa decía que un buen café arreglaba la mitad de los problemas del mundo.
Di otro sorbo.
—¿Y la otra mitad?
—Un buen mecánico.
Reí.
Esta vez de verdad, no una risa educada, una de esas que salen sin permiso.
El hombre pareció satisfecho.
—Elías Brenner.
Me tendió la mano.
La estreché.
Su palma era áspera, firme y cálida.
—Nerea Dubois.
Vi cómo repetía mi apellido en silencio, como intentando recordar dónde lo había escuchado antes.
Entonces abrió un poco más los ojos.
—La nueva psicóloga.
Fruncí el ceño.
—No me diga que ya soy famosa.
—No, todavía no.
Hizo una pausa.
—Pero este pueblo tiene menos de dos mil habitantes, las noticias duran exactamente lo mismo que un café recién servido.
Miré alrededor.
Solo había bosque.
—¿Y aun así todos se enteran?
—Sobre todo así, el bosque habla más de lo que parece.
No respondí.
Porque, por un instante no supe si hablaba metafóricamente o si realmente creía lo que acababa de decir.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
No era incómodo.
Solo tranquilo.
Mientras esperaba a que la lluvia aflojara, Elías observó la motocicleta otra vez.
—¿Quién te enseñó?
Bajé la mirada hacia el motor.
—Mi hermano.
No añadí nada más.
No porque fuera un secreto.
Simplemente no estaba acostumbrada a hablar de mi familia con desconocidos.
Elías tampoco insistió.
Solo asintió despacio.
Como si entendiera perfectamente esa clase de silencios.
—Se nota que aprendiste bien.
—¿Tan evidente es?
—No.
Sonrió.
—Lo evidente es que eres demasiado terca para llamar una grúa.
No pude discutir eso, porque tenía razón.
Bastante.
La lluvia empezó a perder fuerza, las gotas ya no golpeaban el techo con la misma violencia.
Elías cerró el termo y volvió a subir a la camioneta.
—Puerto Ámbar está a cinco minutos.
Miró el cielo una vez más.
—Y la carretera se pone peligrosa cuando llueve.
Sacó un impermeable amarillo del asiento y me lo lanzó.
Lo atrapé por reflejo.
—¿No cree que ya soy un poco mayor para que me presten impermeables?
—No, creo que eres una forastera demasiado orgullosa para aceptar ayuda.
…
No tuve ninguna respuesta ingeniosa.
Solo me quedé mirándolo unos segundos antes de resoplar.
—Está bien… pero solo porque mi orgullo todavía no aprendió a conducir bajo un diluvio.
Elías sonrió satisfecho.
Encendió el motor de la camioneta.
—Sígueme.
Guardé las herramientas, me coloqué el impermeable y volví a subirme a la motocicleta.
El motor arrancó al primer intento.
Le di una pequeña palmada al tanque.
—Ya era hora de que cooperaras.
Juraría que el viejo castor soltó una risa desde la camioneta, y por primera vez desde que había comenzado aquel viaje, sentí que el destino al que me dirigía dejaba de parecer un punto perdido en el mapa.
Puerto Ámbar empezaba a sentirse como un lugar.
La camioneta de Elías avanzaba despacio por una carretera cada vez más estrecha, yo la seguía a unos cuantos metros, procurando no acercarme demasiado sobre el asfalto mojado.
La lluvia acabó convirtiéndose en una llovizna fina que apenas empañaba el visor del casco.
A ambos lados del camino, el bosque comenzaba a abrirse.
Los árboles seguían siendo altos, pero entre los troncos ya podían verse cercas de madera, pequeños sembrados y algún que otro granero.
El primer cartel apareció pocos minutos después.
PUERTO ÁMBAR
"Donde el bosque también es hogar."
Fruncí el ceño.
—Original no es.
Atravesé el viejo puente de madera detrás de la camioneta y, casi sin darme cuenta, el bosque desapareció para dar paso al pueblo.
No era grande.
Ni pretendía serlo.
Las calles eran estrechas y estaban pavimentadas con piedra oscura. Las casas, casi todas de madera, parecían haber sido construidas por personas que preferían la utilidad antes que la elegancia.
Macetas rebosantes de flores colgaban de muchas ventanas.
Las chimeneas expulsaban columnas de humo que se mezclaban con el aroma de pan recién horneado, leña húmeda y café.
Inspiré despacio.
Olía... a tranquilidad.
Sacudí la cabeza.
—No empieces.
No llevaba ni cinco minutos allí.
Todavía era pronto para ponerme sentimental.
Un grupo de niños cruzó corriendo la calle persiguiendo una pelota hecha de cuero, uno de ellos tropezó, antes de tocar el suelo, una mujer cierva lo sostuvo por la capucha con una naturalidad casi cómica.
—¡Más despacio!
El pequeño respondió riéndose antes de salir corriendo otra vez.
Sonreí.
Eso sí sabía reconocerlo, los niños eran exactamente iguales en cualquier parte del mundo.
Un anciano carnero barría la entrada de su casa mientras saludaba a todo el que pasaba.
Un zorro descargaba cajas de una camioneta frente a una tienda.
Más adelante, dos enormes bisontes discutían amistosamente sobre la mejor manera de reparar una cerca.
No levantaban la voz.
Simplemente... parecían incapaces de hablar sin desafiarse mutuamente.
Me sorprendió darme cuenta de que no había tensión entre especies.
En la universidad, algunos profesores insistían en que las diferencias entre presas y depredadores seguían marcando profundamente muchas comunidades de cambiaformas.
Aquí no parecía ser el caso.
O quizá simplemente yo aún no sabía dónde mirar.
La camioneta de Elías disminuyó la velocidad.
La gente empezaba a girar la cabeza hacia mí.
Primero una persona, después otra y luego tres más.
No era hostilidad, era curiosidad.
Sentí cómo mis orejas hacían un pequeño movimiento involuntario.
—Ni se les ocurra.
Una anciana nutria sonrió al verme pasar.
Le devolví el gesto.
Un joven lobo levantó dos dedos a modo de saludo.
Respondí igual.
Una pareja de mapaches dejó de acomodar unas cajas para observar mi motocicleta con evidente admiración.
Eso me hizo gracia.
—Sí...
Ella también sabe que es bonita.
No sabía si hablaba de la moto o de mí, preferí no analizarlo demasiado.
Elías estacionó frente a un edificio bajo construido con piedra y vigas de roble.
Un letrero colgaba sobre la puerta.
Taller Brenner
Claro, debí haberlo imaginado.
Apagué el motor y me quité el casco.
El aire del pueblo era distinto al del bosque.
Más cálido, más humano, pero seguía conservando algo salvaje, algo difícil de explicar.
Elías bajó de la camioneta.
Me miró y sonrió.
—Bienvenida a Puerto Ámbar.
Miré alrededor una vez más.
No era el pueblo más bonito que hubiera visto, ni el más moderno, ni el más grande, pero tenía alma y eso era bastante más difícil de encontrar.
—¿Qué te parece?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Me quedé observando la plaza principal, las flores, las casas, las bicicletas apoyadas sin cadenas, los niños corriendo, las personas saludándose por su nombre.
Pensé en la ciudad que acababa de dejar atrás, en los edificios, en el tráfico, en las sirenas, en los vecinos que ni siquiera conocían mi apellido.
Después volví a mirar Puerto Ámbar.
—Creo que aquí la gente todavía recuerda cómo mirarse a los ojos.
Elías sonrió, pero no respondió, solo hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera.
Mientras caminaba detrás de él, tuve la extraña sensación de que el pueblo entero respiraba al mismo ritmo.
Como si todas aquellas personas... el bosque, las montañas, y la lluvia, formaran parte de una misma cosa.
No sabía si aquello era bonito o inquietante.
Todavía no podía decidirlo.
Lo único que tenía claro era que Puerto Ámbar no se parecía a ningún lugar que hubiera conocido.
Y apenas acababa de cruzar su entrada.








