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Bimundo: Ojos Cristalinos y la Diosa Sumergida

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Sinopsis

Serena, Serena es su nombre. Entre carencia y lujos creció. Su libertad le fué arrebatada de dos maneras. Ella hubiese preferido vivir una vida tranquila y pacífica con su madre. Alejada de los humanos, del poder, y las Ciudadelas. Lamentablemente ese no fué su destino. Fué llevada a la Ciudad Bajo El Mar, a sus ocho años, luego de haber escapado con su madre en busca de la libertad. Se sabe que es la Reencarnación del Antiguo Dios del Agua y la Vida, su mamá conocía la verdad, y vivió con ella en pobreza en la Ciudad Bajo El Mar, hasta que Serena tenía edad suficiente para entender y escapar con su madre, haciéndose pasar por esclavas que serían vendidas a la ciudad contigua, saldrían y buscarían su propia libertad perdiéndose entre la naturaleza, y los amplios terrenos del Reino del Agua. Esa no fué su suerte… Nunca se sintió mal por el Destino que le ha tocado ni por la vida que se abrió paso ante ella, porque una vida de lujo y comodidad, incluso con su libertad limitada, ver a su madre sin hambre, limpia, y más calmada, fué suficiente para Serena. Aceptó su Destino con agrado e ignoró las consecuencias de sus limitaciones y la falta de autonomía con la que crecía, pero agradeció cada momento en que, al haber sido encontrada por esos hombres en el Mar, su madre ya no tenía que sufrir por ella, y decidió a esa edad tan pequeña, asumir su papel en aquel Mundo Dividido

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Mia Lunar
Estado:
En proceso
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

CAPÍTULO 1

Frente al espejo podía ver sus rasgos. Delicados, heredados de su padre (al menos eso decía su madre) su piel violácea, luminosa como los reflejos del sol, su cabello negro como la oscuridad de la noche, sus ojos bailaban y brillaban como el onix, mirándose fijamente, comprendió. Estaba en la víspera de su cumpleaños. Varios años de vida, y nada conocía más que las paredes que la acogían y el palacio donde creció desde sus ocho años.

El pasado era como, un recuerdo lejano, otra vida, una vida casi olvidada, en ocasiones despertaba entre pesadillas con un par de ojos cristalinos alzándose sobre ella, no distingue si son recuerdos o sólo sueños... No le da tanta importancia como antes, pero aún persisten entre los suburbios de su mente. Era muy hermosa, y ahora lo es más, su cuerpo torneado, muy femenino, su cabello largo llegaba a sus pies, ondulado, suave, siempre bien cuidado. De las cicatrices que tenía debido a su niñez como esclava, ya no quedaba ninguna, fué cuidadosamente tratada, cuidada con esmero para que luciera lo más perfecta posible, y aún así, las cicatrices de su alma no habían sido borradas.

Éste año sería su boda, su tan ansiada boda, con su prometido que pocas veces veía, pero sentía un profundo respeto y admiración hacia él. Sin su intervención, su madre nunca hubiese estado con ella, a su lado. Su destino, (Según comentaba la madre) era el de seguir siendo Esclava. Sólo su hija tendría el lujo, el recibimiento merecido de una Diosa.

Su madre siempre le contaba la historia de cuando Serena dejó de comer por semanas, pensaba morirse de hambre, o acabar con su vida si no traían a su madre de vuelta, peleaba con los sirvientes, con el Amo, y todos los que fueron a reconocerla Diosa, a nadie respetaba o estimaba, ella solo tenía un objetivo, una determinación inquebrantable de salvar a su madre, sabía que seguía viva, ahí afuera, sufriendo en vez de ella. Siempre que recibía visitas gritaba y exigía verla, la corte entre mentiras y astucias no le daban una respuesta satisfactoria. Serena nunca se dejó tocar, en esos momentos era como una pequeña bestia indomable, y ahora… ah, ¿Ahora? solo son recuerdos…

El pequeño Arfaxad al conocerla, quedó deslumbrado por su valentía, y resiliencia, y conoció en ella un amor que nunca había sentido por nadie, en secreto fué una influencia en las decisiones de su padre (El Amo del Agua en ese momento) y el deseo de ella, el de tener a su madre cerca fué finalmente concedido.

No había conocido a su prometido hasta sus quince años, y sin embargo, siempre había escuchado de él, y supo (por el constante cuchicheo de las sirvientas) que él se encargaba de cada uno de sus cuidados y atenciones, personalmente daba las órdenes, y hacía seguimiento a todo lo que tenía que ver con ella. Incluso se enteró, de lo que había hecho por su madre, y desde ese momento, creció en su corazón un gran respeto hacia él, su pareja destinada.

Arfaxad la observaba, siempre en secreto, cuando ella estaba en el jardín, caminando sola por los pasillos, cuando ella pedía alejar a los guardias, él era su escolta, en secreto… Sabía cómo lucía, pero no lo que ella sentía, ansiaba hablar con ella, conocerla, ver su sonrisa, sentir el toque, el suave tacto de sus manos sobre las suyas. Pero estaba prohibido, al ser un matrimonio arreglado por su padre, y ella la presunta reencarnación de un Dios, estaba prohibido todo acercamiento que no fuera medido o aprobado por los sacerdotes y sabios del templo. Él la amaba, no lo que ella representaba, sino lo poco que él pudo ver, su pasado como esclava, su afecto por su madre, su amor por las plantas, y la vida marina. Era todo lo que su corazón quería, y estaba decidido a darle la seguridad y el placer de una vida sin preocupación, una vida tranquila, con él siempre protegiéndola, incluso, si fuera, toda la vida en secreto…

Serena, nada sabía de ésto, después de observar absorta su reflejo en el espejo, y de perderse en sus pensamientos, se levantó. En los últimos días había pedido estar sola, sin sirvientas, sin maestros, sólo admitía la presencia de su madre, pronta para prepararla y dejarla luciendo como una Emperatriz. Su madre le asistía, la cuidaba, y tenían una cercanía, un amor que era casi palpable, ésta mañana Serena la esperaba. Su vestido había sido cuidadosamente arreglado frente al espejo. La tela tan blanca, en partes transparentes, livianas, prometían dejar al descubierto su abdomen y sus piernas. El vestido era largo y ondulante, pero nada discreto, estaba hecho para mostrar las dotes de una mujer sin importar su contextura, este vestido era como usar ropa hecha de la propia agua cristalina y transparente del mar. Era hermoso, de una hermosura atrayente, hecho para la atención de su prometido, o de todo el Bimundo. Ya pronto, sería su esposa… su boda llevaba años retrasada, desde sus dieciocho años cuando nada sucedió con ella, nada despertó dentro de sí, su poder divino yacía dormido, y el matrimonio no pudo ser consumado, año tras año se esforzaba por avanzar, por que ese algo volviera de nuevo, pero no sucedía. Se acordó que el tiempo máximo sería a ésta edad precisa, su prometido necesitaba herederos, y aunque nada dentro de ella había despertado, también se consideraba su futuro deber como esposa, como Ama del agua, y sus hijos como herederos de Arfaxad. La boda sería discreta, luego de ella ser presentada como la Reencarnación del Antiguo Dios del Agua y Vida ante las regiones, Arfaxad la tomaría como Esposa y se declararía su protector ante el Bimundo y todas las Regiones Neutrales. Tanto poder que ella no podía admitir, y menos distinguir, cuando sólo conocía su palacio. No volvió a salir a la superficie, ni recorrer la ciudad que de pequeña la sostuvo. Desde ese momento en que todos la vieron –a su otra yo–.

Por ahora, nada le interesaba más que amar mientras estaba viva, amar a su madre, y respetar a su prometido, con el que probablemente, tendría una familia numerosa. Arfaxad era todo lo que las mujeres podrían desear (siempre lo oía de los demás) y honestamente, ella también lo creía. Era profundamente respetuoso y mostraba un afecto distante hacia ella y su madre, que la hacía sentir segura, a diferencia de sus demás familiares y hermanos, él era para ella una persona muy leal, siempre firme. Quería que el tiempo pasara con rapidez, que su matrimonio sucediera, y así tener la seguridad en ese Reino, ese Reino que siempre la había tratado como extraña, pero que, con su determinación y sus ansias de sobrevivir, siempre, de alguna forma, la sostuvo. Serena quería pertenecer.

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