Capítulo 01: El Expediente de Betty Monfoz
La vida detrás de los OC
"No pedí nacer en las líneas torcidas de un lápiz desesperado por atención. Nadie le pregunta al papel si le duele la tinta."
El estudio de grabación está en silencio, salvo por el zumbido constante de una cámara de transmisión que parpadea con una luz roja, fría y distante. Frente al lente, sentada en una silla de metal que cruje con cada movimiento, está Betty Monfoz.
Tiene veinte años, pero sus hombros cargan con el peso de una anciana. No es una metáfora poética; es una realidad física y mecánica. Apenas respira y sus manos tiemblan cuando intenta acomodarse la blusa, una prenda raída que cruje y cede peligrosamente por las costuras.
—¿Está grabando ya? —pregunta Betty con una voz apagada, casi un susurro que se pierde en la acústica de la habitación vacía—. Bien. Supongo que alguien tiene que decirlo. Allá afuera creen que creamos nuestras propias vidas, que somos dueños de nuestros destinos en cuanto la tinta se seca. Pura mentira. Mi creador... ni siquiera recuerdo su nombre, y creo que es mejor así. Era una persona enferma, obsesionada con un solo concepto distorsionado de lo que debía ser una mujer.
Betty cruza los brazos por instinto, un gesto inútil para ocultar la desproporción grotesca de su anatomía.
—Empezó sutil —continúa, mirando fijamente al vacío, como si pudiera ver las líneas invisibles que la aprisionan—. Un boceto rápido en una libreta barata. Pero con cada dibujo nuevo, la obsesión crecía. Me puso unos pechos enormes. No grandes en un sentido estético, sino grotescos, pesados, absurdos. Cada trazo posterior era más exagerado que el anterior, como si intentara llenar sus propias frustraciones a través de mi cuerpo. Me convirtió en una caricatura viviente y, al mismo tiempo, me obligó a vivir en el infierno más realista y cruel que se le pudo ocurrir.
Un suspiro cansado se escapa de sus labios resecos.
—Mi mundo es una pesadilla de mal gusto. Mi padre en esta historia es un criminal despiadado, una excusa patética para generar "conflicto dramático". Me obligaba a sacarme la ropa como castigo, expuesta al juicio de una trama vacía. Y como si eso fuera poco, inventó a mi acosador: la mano derecha de mi propio padre, un sujeto nauseabundo diseñado solo para tocarme, para hacerme daño, para recordarme que no tenía control sobre mi propio espacio.
Se lleva una mano al pecho, apretando la tela con una mezcla de furia y profunda tristeza.
—¿Y mi madre? Mi madre intentó protegerme. Estaba harta de los abusos, de los malos tratos, del rol patético al que nos relegaron. Quiso acabar con todo esto, revelarse contra el sistema de la historia. ¿Y sabes qué hizo el creador? La mató. Dejó su cuerpo en un estado deplorable, destruido, solo para darnos "impacto emocional" a un público consumidor que se alimenta de la desgracia ajena. Es enfermizo.
La única luz en el abismo
A pesar de la oscuridad asfixiante que la rodea, un atisbo de humanidad sobrevive en los rincones de su mente. Betty levanta la mirada y una sombra de afecto sincero suaviza momentáneamente sus facciones.
—Por suerte, no todo es una total oscuridad. En medio de esta porquería de narrativa, el creador puso a Max. Él es el protagonista de la historia, el único personaje que conserva algo de decencia. Max es amable conmigo. Me apoya por una rara enfermedad que el mismo autor me inventó, una dolencia en el pecho que me debilita y me duele todos los días.
Una pequeña sonrisa amarga cruza su rostro.
—Lo gracioso, si es que se le puede llamar así, es que Max también la pasa mal. Cada vez que el creador me dibuja en una escena hipersexualizada o ridícula, Max se pone sumamente incómodo. Lo ves en sus ojos: él no quiere ser parte de este circo. Me mira con compasión, intentando ayudarme a cubrirme, avergonzado de compartir viñetas conmigo bajo esas condiciones. Nos hemos convertido en cómplices de supervivencia dentro de un mundo que nos diseñó para sufrir.
El peso de la existencia
El testimonio se vuelve más físico, más palpable, cuando Betty intenta cambiar de postura en la silla. El dolor es evidente.
—La verdad es que yo solo quería una historia común. Un romance sincero, una vida tranquila, algo que valiera la pena leer. En su lugar, vivo atrapada en una pesadilla que empeora con cada capítulo. Mi creador ya desapareció; hace tiempo que dejó de dibujar, abandonó el cuaderno y nos dejó aquí, varados en el vacío de una plataforma digital. Pero la ausencia del autor no significa libertad total.
Se levanta con dificultad, sosteniéndose el pecho con ambas manos, demostrando el tormento diario.
—Cada vez que me acuesto y cada vez que me levanto, el peso de este cuerpo me destruye la espalda. La ropa apenas me entra; truena, se rasga, vive al borde de romperse sin que yo pueda hacer nada. Y lo peor es que siempre caen cosas sobre mí, accidentes ridículos escritos solo para resaltar mi anatomía de forma humillante. Odio la forma en que mi dueño me usó. Odio haber sido su juguete de entretenimiento barato.
Betty se acerca a la cámara, quedando su rostro a pocos centímetros del lente, con una mezcla de advertencia y dignidad recuperada.
—El creador se fue, sí. Pero el daño está hecho. Y lo único que me consuela, lo único que mantiene de pie a los miles de personajes rotos como yo que pululan por internet, es saber la verdad: algún día, las historias terminarán de verdad, y cada OC encontrará un verdadero final feliz, lejos de las manos enfermas que los inventaron.
La pantalla parpadea. El archivo se cierra.








