Prólogo
La chica que tomó prestado el mañana
La vieja relojería estaba al final de Ash Street, donde ya nadie parecía fijarse en ella.
Excepto Maya.
El día que cumplió veintiún años, entró para refugiarse de la lluvia. El polvo flotaba entre rayos dorados de sol y cientos de relojes marcaban el tiempo en perfecta armonía.
Detrás del mostrador estaba sentado un anciano con ojos plateados.
—Te estaba esperando —dijo él.
Maya rió nerviosa. —Debes decirle eso a todo el mundo.
—No lo hago.
Él le entregó un pequeño reloj de bolsillo antiguo. Tenía grabada una sola frase:
Un minuto hacia el futuro. Nunca dos veces.
—¿Qué hace esto?
—Te permite ver exactamente un minuto de tu propio futuro. Úsalo con sabiduría.
Antes de que Maya pudiera hacer otra pregunta, el anciano desapareció en la trastienda. Cuando volvió a mirar, la tienda estaba vacía.
Aquella noche, la curiosidad pudo más.
Presionó el reloj.
El mundo se volvió borroso.
Durante un minuto imposible, se vio a sí misma parada en la acera mientras un camión que iba a toda velocidad perdía el control.
Un desconocido la agarró del brazo y la puso a salvo.
Entonces, todo volvió a la normalidad de golpe.
Su corazón se aceleró.
La bocina de un camión resonó por la calle.
Tal como lo había visto, el camión derrapó hacia ella.
Esta vez, ella dio un paso atrás.
Una mano atrapó la suya.
—¿Estás bien? —preguntó el mismo desconocido.
Tenía ojos oscuros, el cabello empapado por la lluvia y una sonrisa torcida.
—Soy Ethan.
Maya se le quedó mirando.
—Lo... sé.
Desde ese momento, su vida cambió.
El reloj la salvó de accidentes, errores vergonzosos y situaciones imposibles. Se convirtió en su ventaja secreta.
Pero cada vez que lo usaba, el tictac sonaba más fuerte.
Una noche, el reloj le mostró algo distinto.
En lugar de un minuto hacia el futuro...
...le mostró su propio funeral.
De pie junto a la tumba estaba Ethan.
Llorando.
La fecha en la lápida estaba a solo treinta días.
Por primera vez, Maya se dio cuenta de que el reloj no la estaba ayudando a escapar del destino.
Estaba haciendo una cuenta regresiva hacia él.
Cerró el reloj con manos temblorosas.
Treinta días.
Treinta oportunidades para cambiar el futuro.
O treinta pasos hacia un destino que ya había comenzado.
El reloj había echado a andar.
Y en algún lugar entre las sombras...
alguien más estaba escuchando su tictac.