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Sinopsis

¿Cuánto vale la vida de un hombre? Esa pregunta siempre rondaba la cabeza de Vicente. Él sabía la respuesta, pero se rehusaba a admitir que era verdad. Vicente es un hombre dueño de sus propias tierras y su destino; sin embargo, un accidente con una mujer de alta alcurnia lo obliga a someterse a su control para poder salvar a la persona que más le importaba en toda su vida. Esa persona era Suriel, quien, al igual que Vicente, lucha todos los días por sobrevivir en una sociedad que no está hecha para ellos dos. El dinero y el poder siempre serían todo para alguien que nunca ha tenido nada en su vida. Ambientada en 1890 durante el Porfiriato en México. Esta es una novela sobre dos amigos que se aman románticamente y puede contener escenas que representen ese amor. Si no te gustan este tipo de interacciones abstente de leer esta novela

Genero:
Drama/Lgbtq
Autor/a:
Monsivais_A
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Dos amigos

La lluvia caía sin parar mojando las calles de tierra del pueblo. Personas corrían para refugiarse y otras tantas no tenían un lugar al que pudieran llegar, por lo que debían aguantar con resignación lo que el destino deparara a todos. En medio de toda esa miseria se encontraba Vicente, un hombre alto de cabello oscuro, ojos marrones claros y piel del mismo tono. A simple vista podría parecer un hombre más del montón. Era dueño de sus propias tierras y de su destino; sin embargo, los rumores que rondaban sobre él no le permitían entablar amistad con muchos otros hombres del pueblo.

Vivía junto a su mejor amigo en una casa humilde, pero cálida. Todos los días se levantaba antes de que el gallo cantara y se iba a dormir en el momento en el que los grillos aparecían en la penumbra de la noche. Nadie podía hacerlo desistir de su rutina diaria de trabajo que lo dejaba molido al final del día; todo era necesario para tener un futuro mejor.

A paso lento, como si no quisiera llegar a su destino, Vicente caminaba por las calles enlodadas, llenando hasta el tope sus viejas botas de cuero. Sus pensamientos divagaban entre una cosa y otra, provocando que no se diera cuenta de nada que sucediera a su alrededor. Él solo quería terminar con el asunto que tenía entre manos para poder regresar a su choza y poder continuar con su trabajo.

Se detuvo en seco al ver una puerta roja que parecía no ser afectada por el paso del tiempo. Había llegado a su destino. En la esquina superior derecha había una campana que seguía sonando igual que la última vez que la había tocado. Dio dos golpes a la madera y se alejó un poco esperando que lo atendieran. Luego de un par de segundos, la puerta se abrió dejando ver a un niño pequeño que lo miró de arriba a abajo.

—¿Está tu madre? —pregunto Vicente dibujando una delicada sonrisa en su rostro.

Lidiar con niños era de las cosas que menos le toleraba; sin embargo, no le gustaba ser malo con ellos. No era tan cruel.

—No, pero esta María —contestó el niño tallándose los ojos con sus pequeñas manos.

—Podrías informarle a tu hermana que la estoy buscando, por favor.—El niño asintió, dejando a Vicente esperando fuera de la humilde casa y, después de unos minutos, volvió con una chica joven notablemente cansada con las ojeras muy marcadas y el cabello apenas arreglado—buenos dias Maria ¿podrias entregarle unas cosas a tu mama cuando ella regrese? es un costal de frijol y otro de maiz para ella y para ustedes, tambien un par de monedas para que se compre algo bonito.

—Usted debe ser alguno de sus clientes de la ciudad. ¿Me podría dar su nombre para avisarle a ella? —respondió la chica abriendo los ojos de par en par debido a que los sacos eran grandes.

—Ella sabe quién soy; dígale que no me vuelva a buscar en mi rancho y que nuestro trato está cerrado—comentó Vicente, entregando en las manos ásperas de la joven los dos costales.

Se despidió de ella con la mano y dio media vuelta para alejarse de aquella casa de la que no tenía absolutamente ningún buen recuerdo. Todo acerca de ese lugar había sido eliminado, pero de vez en cuando aparecía en su mente como una mancha que nunca podría ser borrada.

Antes de regresar a su casa de adobe, llegó al mercado a comprar las cosas que faltaban en casa. Temprano esa mañana había ido a la hacienda a vender huevos, leche y queso, por lo que ahora tenía monedas de cobre suficientes para comprar la despensa para un mes completo. Solo con eso ya se sentía bendecido completamente.

Al llegar a su hogar, se quitó el sombrero que le cubría del sol o de la lluvia, en este caso, para dejarlo en un mueble de madera. En la cocina ya había algo cocinándose y el olor se podía percibir varias cuadras atrás.

Un hombre de cabellera rubia y risada con un par de ojos tan azules como el mismo cielo que se escondían detrás de unos gruesos anteojos desgastados por el paso del tiempo, se encontraba de pie junto al comal. Su piel pálida era iluminada por la luz del sol que se filtraba por la pequeña ventana a su costado. El joven estaba tan concentrado en voltear las tortillas que no se dio cuenta de que Vicente se abrió paso dentro del lugar.

—Ya te estás acostumbrando a ser toda una señorita de casa, Suriel. —dijo él, comiendo un pedazo de tortilla recién salida del comal.—Le falta sal.

Los ojos del chico rubio se dirigieron de inmediato a los ojos contrarios.

—Siempre le falta sal a todo lo que comes—dijo sin ni una pizca de emoción—. ¿A qué hora te despertaste hoy? Ni siquiera me di cuenta cuando te fuiste. El reloj fue quien me despertó.

—Antes de que cantara el gallo, porque tu reloj hace el mismo ruido que un grillo—dijo Vicente, tomando asiento en la vieja mesa de madera—hay que venderlo por partes, ya no suena cuando debería.

—Sí suena, pero nunca estás aquí para escucharlo—contesto Suriel, señalando el reloj que movía el péndulo de forma perpetua—y jamás voy a deshacerme de él sabiendo que mi abuelo lo consideraba su mejor amigo.

—Ya sabes que nunca le he entendido a esa cosa—decía mientras Suriel dejaba frente a él un plato de huevos revueltos con frijoles de olla—.¿Otra vez huevo?

—Ni te quejes porque fuiste tú el que dijo que era muy buena idea comprar más gallinas que vacas—contesto casi al instante para después tomar asiento en una silla cerca de Vicente.

—Y sigo reafirmando mi postura: siempre son mejores las gallinas que otra cosa—contesto Vicente, dando el primer bocado a la comida—.Pero pa’ la otra mejor dame solo frijoles.

—Deberías buscar una mujer para que te haga todo lo que tú quieras. Así ya no me tendrías trabajando como esclavo en esta casa.

—Las mujeres son mucho gasto; además, tú ya haces todo lo que hace una esposa, ¿para qué quiero a otra?

Suriel hizo una mueca de disgusto y de inmediato desvió la mirada hacia su plato.

—Pues al contrario de ti, yo sí me quiero casar pronto.

—Ni siquiera puedes hablar con la persona que nos vende pan sin ponerte nervioso y tartamudear como un loco. ¿Cómo vas a conquistar a una mujer?—dijo Vicente, haciendo una pausa para beber agua de su vaso de barro—. Aparte, tú nunca has salido de estas cuatro paredes y nadie en este pueblo, además de mí, te reconoce.

Suriel chasqueó la lengua y cruzó los brazos sobre su pecho.

—Ya habíamos tenido esta conversación antes, tú eres un tipo de buena cara y buen físico que no necesita mucho para tener el cuerpo que tiene, ¿mientras yo?… tengo un cabello de color raro, una piel como la de un muerto y ojos que parecen maldecidos por el mismísimo. Si salgo a la calle, es probable que me crucifique de cabeza.

—Estás exagerando demasiado; nadie te diría ni te ha dicho nada por tu aspecto; todo eso te lo estás inventando para evitar salir. Siempre haces lo mismo.

—No pelearemos otra vez por lo mismo—dijo Suriel, recomponiendo su postura para continuar con su comida—. ¿Qué hiciste hoy?

—Le di la última advertencia a mi madre; ya no quiero que se vuelva a parar aquí en el rancho.

—¿Cómo supo que estabas aquí? ¿No le habías dicho que te irías a la ciudad?

—Sí, pero si mis cálculos no me fallan, estoy seguro de que la huesera que te sobo la mano aquella vez le dijo dónde estaba viviendo.

—Qué desgracia, ¿y estás seguro de que no va a venir por aquí otra vez?

—Estoy seguro, aunque no sé qué tanto.

—Chelita, la huesera, me caía bien; me recordaba al abuelo. —dijo Suriel para después pasarse el último vocado—qué lástima que fuera tan chismosa.

—Esa señora hace un buen trabajo, pero a veces le gusta hablar de más y no me inspira confianza.

—Tú nunca confías en nadie, Vicente—respondió casi al instante.

El chico de cabellos oscuros se removió en su asiento y dio un pesado suspiro al aire; esas palabras eran totalmente ciertas; sin embargo, no era su culpa que la mayoría de la gente que se relacionaba con él siempre tuviera dobles intenciones, o al menos eso era lo que pasó por su mente cuando dio el último bocado. Sin ganas de responder a la afirmación de Suriel, desvió la mirada hacia el reloj para intentar descifrar qué hora marcaba. Nunca aprendió a leerlo correctamente; para eso estaba Suriel.

—Todas las personas tienen motivos ocultos; no importa qué tan buenas se vean por fuera, siempre buscarán algo de ti, aunque no lo digan abiertamente.—Vicente hizo una pausa para mirar directamente a los ojos de Suriel, quien lo miraba con intriga. —Siempre has sido un hombre ingenuo; en ocasiones me preocupa que eso termine poniéndote en peligro o, peor aún, en un ataúd.

—Si no puedes mostrar un poco de bondad en este mundo podrido, ¿quién lo hará? Mi abuelo siempre repetía la misma frase: “Las personas malas suelen decirte que te hace falta más maldad para poder sobrevivir, pero eso es mentira; al mundo le hace falta más bondad, no más maldad”. De niño no lo entendía del todo y ahora sé que mi viejo tenía algo de razón.

Vicente no quiso decir nada más. Suspiró y dejó el plato de lado para después levantarse y dirigirse a su cuarto. Afilar sus herramientas era lo único que lograba darle claridad mental cuando se sentía abrumado por todo lo que ocurría a su alrededor, pero antes de que pudiera salir de la casa escuchó mucho alboroto en un área cercana.

—¿Oíste eso? —pregunto Suriel mientras terminaba de lavar los platos. Había personas cerca y eso siempre detonaba su inminente ansiedad.

—escondete, Suriel; yo lo resolvere.

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