Relato 1 - Relación prohibida
¡HOLA! VENGO CON ESTE PEQUEÑO RELATO QUE SE ME OCURRIÓ HACE MUCHAS TARDES. ¡ESPERO LO DISFRUTEN!
Dejó la copa de limonada que traía en su mano sobre la barrita que daba a la ventana y prosiguió a lavar los platos como costumbre, estando poco consciente de que su visita la observaba desde el comedor, su labio inferior atrapado entre esos dientes disfrazados por unos brackets de piedritas plateadas.
Él se acercó cauteloso, procurando no hacer ningún ruido lo suficientemente estruendoso pues no quería captar la atención de los familiares de ella, quienes muy contentos residían fuera de la casa jugando lotería, un vicio que habían agarrado pocos años atrás.
Cuando ya estuvo detrás de ella, dio el último paso que faltaba y pegó su ingle en ese voluptuoso trasero que gritaba «pecado» por todos lados. Se lamió el labio inferior con rapidez y mientras colocaba ambas de sus grandes manos sobre esa cadera, su boca buscó con ahínco esa orejita linda y la mordisqueó con lentitud, ocasionando ese gemido dulce que amaba escuchar.
—Luces tan preciosa haciendo este tipo de tareas domésticas —susurró pastoso, ronco, ejerciendo presión sobre sus caderas y provocando un delicioso cosquilleo en el estómago de la pelicafé. Juntó más su ingle para dejarle saber que estaba deseoso de sentirla temblar bajo su tacto, de tenerla suplicando como cada noche cuando le hacía el amor.
Gruñó en su oreja como un cachorrito desesperado.
—Por favor no lo frotes —suplicó ella, jadeante, dejando el último sartén lavado sobre el escurreplatos blanco, el agua del grifo aún abierta y empapando sus manos sin control.
— ¿Qué no frote qué? —dijo con malicia, encorvando sus labios en una sonrisa traviesa, lujuriosa. Comenzó a dibujar círculos con su pelvis en esos glúteos redonditos, dándose el gran placer de ver como ella se contenía para no gemir y jadear como acostumbraba; siempre tan desenfrenada y escandalosa, para nada reservada como su madre solía decir.
—Hablo ense... —su voz se cortó, pues dos dedos largos fueron introducidos con rudeza en su ropa interior hasta llegar a sus labios ya húmedos, punzantes. Contuvo el aliento cuando el moreno tanteó su entrada con apremio.
Violeta dejó caer su espalda hacia el pecho de su compañía de a golpe, una de sus manos intentando alejar la suya que ya se encontraba de habilidosa, provocándole contracciones deliciosas que desearía apaciguar. La joven mordió la punta su lengua para impedir el estruendoso gemido que estaba a punto de salir de su ronco pecho. Sin embargó, fracasó.
Cristóbal río por lo bajo, alejando sus largos dedos de su entrada y mejor utilizándolos tanto el dedo índice como el pulgar para atrapar ese botoncito excitado que gritaba su nombre. Lamió su cuello dejando aquella calidez que la enloquecía y posteriormente le terminó por robar el aliento con un besó.
Desgraciadamente, la puerta principal abrirse lo hizo separarse como alma que se lleva el diablo y tanto su corazón como el de su compañía terminaron alebrestados.