Fragmentos IV: Anhelos

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Sinopsis

Hay cosas que deseamos en silencio. Algunas nacen de un sueño. Otras, de una ausencia. Hay anhelos que nos empujan hacia adelante y otros que permanecen con nosotros mucho después de haber aceptado que jamás se cumplirán. Este cuarto volumen reúne 30 nuevos fragmentos nacidos de aquello que alguna vez quisimos alcanzar: historias que recorren el romance, la fantasía, la ciencia ficción y el terror para explorar los deseos que nos mantienen en movimiento, las pérdidas que se niegan a desaparecer y los futuros que imaginamos aunque nunca lleguen. Porque no todos los anhelos encuentran su destino. Algunos se cumplen. Otros se transforman. Y unos pocos permanecen para siempre en algún rincón de nosotros. Hoy vuelven a hablar los deseos. ¿Te atreves a descubrir qué anhelas?

Estado:
Complete
Capítulos:
30
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

¡Estoy aquí!

Me sentía… vacío. El frío recorría lo que era ahora mi cuerpo. Los restos del bosque recordaban la tragedia.

«¿Cuántas horas han pasado?»

Había intentado levantarme incontables veces, sin éxito. Lo único que logré fue transformarme en esto: un ser translúcido. Por más que lo intenté, me resultó imposible regresar.

Desolado, vagué entre los árboles intentando hallar a alguien.

«¿Me quedaré aquí para siempre?»

El desasosiego me engullía cuando, en un atisbo de esperanza, escuché pasos a la distancia.

Volé en la dirección de las pisadas y allí, entre los árboles negros, encontré a mi hermana.

—¡Dakota! —grité, volando hacia ella—. ¡Estoy aquí!

Ella continuó avanzando en la misma dirección; la angustia en su mirada me oprimió el pecho.

—¡No es por allá!

Siguió caminando. Me acerqué con la desesperación haciéndose más grande. Me puse frente a ella.

—¡Soy yo! ¡Koda! ¡Estoy aquí!

Continuó su rumbo, atravesando mi cuerpo espectral. El vacío se hizo inmenso; la soledad, incontrolable.

Sentía que iba a llorar, pero ya no podía. No me oía, no me veía, ni siquiera me sentía. Un dolor más profundo que la propia muerte me envolvió.

Me senté sobre las hojas con el rostro entre los brazos. Quería seguirla, pero hacerlo me dolía: me recordaba que ya no pertenecía a este mundo. Mi cuerpo temblaba por la angustia desbordada. Un sollozo ahogado se perdió en aquel bosque carente de oídos.

De pronto, los pasos se detuvieron y su voz retumbó en el lugar.

—¡¿Koda?! —gritó Dakota en el bosque—. ¡¿Dónde estás?!

Con un nudo en la garganta, la miré. Su largo cabello castaño cubría los zarcillos que le había hecho a mano. Me puse en pie y, conteniendo el dolor, regresé frente a ella.

—Ya no puedo estar contigo… Adiós hermana.

Apoyé las manos en sus mejillas y besé su frente. Acaricié con cuidado uno de sus pendientes, sintiéndolo bajo mi tacto, y tiré suavemente de él. Dakota abrió mucho los ojos. Se llevó la mano a la oreja y palpó la joya.

Una idea cruzó mi mente. Tomé el otro zarcillo y lo elevé. Ella se quedó quieta, sin entender qué ocurría. Tomé ambos y los mecí despacio.

De sus labios, como un murmullo, salió mi nombre:

—¿Koda…?

Los moví de arriba a abajo.

—¿Cómo es posible? ¿Dónde estás?

Alcé solo uno de los pendientes y lo dirigí hacia donde yacía mi cuerpo.

—¿Quieres que vaya hacia allá?

Alcé ambos.

—¿Si?

Repetí el movimiento.

Sus pasos fueron lentos. La acompañé a su lado. Avanzamos por el bosque silencioso hasta que, unos minutos después, la mirada de dolor en su rostro me confirmó que había hallado mi cuerpo.

Al fin estaría en paz.