El Anclar De Los Monstruos por Bhemet en Inkitt
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El Anclar de los Monstruos

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Sinopsis

EL ANCLA DE LOS MONSTRUOS Lex Lim llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas tienen otros planes. Todos creen que Lex es un chico tímido, cobarde y fácil de intimidar. Pero después de que su Sistema despierta, Lex descubre que es un Ancla: un humano capaz de absorber y potenciar el poder de los sobrenaturales mediante la intimidad. Y Lex tiene una forma muy particular de utilizar ese poder. «¿No decías que los humanos éramos basura?» «¡S-Sí!» «Entonces abre la boca y toma tu mazorca. Hoy invito yo.» «¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS DICIENDO?!» Lex sonrió. Había llegado el momento de vengarse. Porque en Lux Aeterna, los monstruos creían que habían encontrado un humano para jugar con él. No sabían que habían encontrado al hombre equivocado.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Bhemet
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1: EL BECADO LLEGA AL SALÓN

Lux Aeterna – Internado de Élite

Primavera – 8:47 AM

El carruaje negro se detuvo frente a la puerta levadiza. Dos gárgolas de piedra, tan reales que parecían respirar, giraron sus cabezas para observar al nuevo visitante. El conductor, un hombre pálido de ojos rojos, ni siquiera se molestó en mirar atrás.

—Baja.

La voz era fría, cortante. Como un cuchillo.

Lex Lim asintió con una sonrisa temblorosa. Bajó del carruaje con su única maleta —una bolsa de tela desgastada que contenía tres camisas, dos pantalones y un par de zapatos rotos— y miró el castillo. Era inmenso. Oscuro. Las torres se alzaban como dedos esqueléticos arañando el cielo gris. En su mano, sudaba la carta de aceptación. Beca completa para estudiantes de escasos recursos.

—Qué bonito —pensó, mientras su rostro mantenía una expresión de asombro inocente—. Parece el castillo de una película de terror. Me encanta.

Pero su mente, esa que nadie veía, ya estaba archivando información. Y también sentía algo extraño, como un eco lejano en su cabeza. —¿Por qué me suena este lugar? No es posible. Nunca he estado aquí. Pero... lo siento familiar. Como si ya hubiera caminado por estos pasillos. Como si ya hubiera visto estas torres. Sacudió la cabeza. —Tonto. Son imaginaciones. Soy un becado de barrio. Esto es nuevo para mí.

—¿Vas a quedarte ahí parado como un idiota o vas a entrar? —espetó el conductor.

Lex Lim se encogió, bajó la cabeza y murmuró:

—L-lo siento, señor. Voy, voy.

Caminó hacia la puerta. Las gárgolas se movieron, crujiendo como piedra contra piedra, y la puerta se abrió lentamente. Dentro, el vestíbulo era aún más imponente: escaleras de mármol negro, candelabros de hierro forjado con velas que ardían sin llama, y un silencio pesado que solo se rompía con el eco de sus pasos.

Una mujer lo esperaba.

—Bienvenido al internado Lux Aeterna —dijo ella, con una voz que no admitía réplica—. Soy Lady Morgana, la directora de esta institución.

Lex Lim la miró y, por un instante, su mente se detuvo. Era alta, de una estatura que imponía sin necesidad de palabras. Su cabello plateado caía como una cascada de mercurio sobre sus hombros, recogido en un moño perfecto que dejaba ver su cuello largo y pálido. Sus ojos eran del mismo color plateado, fríos como la luna en invierno. Su rostro era una obra de arte esculpida en mármol: pómulos altos, labios delgados y perfectos, una nariz recta que parecía tallada por un dios. Vestía una túnica dorada que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, marcando sus caderas anchas y la curva firme de sus senos, que se tensaban contra la tela dorada. La túnica caía ajustada hasta la mitad de sus muslos, dejando entrever el contorno de sus piernas largas y esbeltas, y la redondez de sus caderas se marcaba con cada mínimo movimiento. No sonreía.

—Joder —pensó Lex Lim, mientras su cara mantenía una expresión de miedo—. Esta mujer es imponente. Y sexy. Esas caderas, esas piernas... pero esos ojos... esos ojos fríos... me dan ganas de ahorcarla. ¿Por qué? No sé. Pero me excita y me enfada a la vez.

—Así que eres el nuevo becado —dijo Morgana—. Humano. De familia pobre. De escasos recursos. Y con una carta que, honestamente, no sé por qué te la dieron.

Lex Lim tragó saliva. Hizo una pequeña reverencia, tan exagerada que parecía que iba a caerse.

—S-sí, señora. Mi nombre es Lex Lim. Muchas gracias por la oportunidad, de verdad, es un honor, yo—

—Cállate.

Él se calló al instante. Bajo su rostro asustado, su mente se reía.

—"Cállate." Qué directa. Anotado, Morgana. Zorra. Te voy a exprimir hasta que olvides tu nombre. ¿Por qué pienso eso? No sé. Pero me gusta.

Morgana lo miró con desprecio.

—Eres humano. Eso te convierte en ganado aquí, aunque tengas una beca. No hables con los estudiantes. No los mires a los ojos. No los toques. Si lo haces, te arrancaré la lengua y la usaré como adorno. ¿Entendido?

—Sí, señora —dijo Lex Lim, con voz temblorosa y ojos vidriosos.

—"Arrancarte la lengua." Ja. Vieja zorra. Te voy a hacer gemir como una perra, y cuando termines, te voy a dejar en el suelo. ¿De dónde salen estos pensamientos? No importa. Me encantan.

Morgana sacó un collar plateado. Era simple, sin adornos. Frío.

—Póntelo. Esto te marca como humano. Como propiedad. Si intentas huir, explotará. ¿Entendido?

Lex Lim tomó el collar con manos temblorosas y se lo puso. El metal se ajustó a su cuello como una mano invisible.

—Ahora escúchame bien —dijo Morgana, señalando con un dedo enguantado hacia el fondo del vestíbulo—. Primero irás a tu residencia. Toma el pasillo central, sube las escaleras hasta el tercer piso, y busca la habitación 205. Allí dejarás tus cosas y te familiarizarás con tu ala. Después, sin demora, te dirigirás al ala este, al salón 307. El profesor Severus te espera. No llegues tarde. Si te pierdes, será tu problema.

Se fue sin mirar atrás.

Lex Lim se quedó solo en el vestíbulo. Durante tres segundos mantuvo su cara de tonto. Luego, cuando el eco de los pasos de Morgana se desvaneció, su expresión cambió. Una sonrisa lenta, torcida, se extendió por su rostro.

—"Propiedad." Ja. Te voy a poner una correa y te haré caminar como perra. ¿Por qué pienso esto? No lo sé. Pero me hace sentir bien. Como si fuera... justo.

Se rió bajito. Luego, para asegurarse de que nadie lo veía, hizo un gesto raro: puso los ojos en blanco, sacó la lengua y movió la cabeza como un muñeco de resorte. Después, como si nada, recuperó su postura de tonto, agarró su bolsa de tela y caminó hacia el pasillo central.

---

El internado, se dio cuenta, era un laberinto de dimensiones absurdas. Los pasillos se bifurcaban en galerías interminables, con techos abovedados donde pinturas de criaturas antiguas observaban cada movimiento. Ventanales góticos dejaban entrar una luz grisácea que se filtraba entre vidrieras de colores, proyectando sombras danzantes sobre las alfombras rojas. De vez en cuando, una estatua de mármol blanco —un ángel con alas rotas, un lobo erguido sobre dos patas, una doncella sin rostro— parecía seguirle con la mirada. El silencio era profundo, apenas roto por el eco de sus propios pasos y el crujido lejano de alguna puerta cerrándose. Olía a cera, a viejo papel, y a un perfume dulzón que no lograba identificar.

Lex Lim encontró las escaleras: una espiral de piedra negra que se perdía hacia arriba. Subió, contando los peldaños para no perderse. En el segundo rellano, una ventana redonda le mostró un patio interior con un jardín marchito y una fuente seca. En el tercero, el pasillo se abría a una galería más estrecha, con puertas numeradas a ambos lados.

—205... 205... —murmuró, recorriendo los números hasta detenerse frente a una puerta de madera oscura con el número grabado en bronce.

Llamó. Nadie respondió.

Esperó unos segundos. Volvió a llamar. Silencio.

—¿Estará vacía? —se dijo, y empujó la puerta.

La habitación era enorme. Mucho más de lo que esperaba para un becado. Un espacio rectangular con techos altos, iluminado por una lámpara de araña que colgaba del centro, con velas que ardían sin humo. A la derecha, dos camas literas de hierro forjado, una encima de la otra; a la izquierda, otras dos. Cuatro camas en total. Había un gran armario de roble junto a la ventana, un escritorio con un espejo ovalado, y al fondo, una puerta que entreabierta dejaba ver un baño con ducha.

Pero lo que llamó su atención fue el olor. Un aroma dulce, mezcla de flores y algún perfume caro, impregnaba el aire. Y la ropa: había prendas tiradas por el suelo. Un vestido negro de encaje, un sujetador color crema con bordados, unas medias de seda arrugadas junto a la cama de la izquierda. Libros apilados en el escritorio, una taza de té frío, un collar de perlas sobre la mesita de noche.

Lex Lim se quedó quieto, observando.

—Cuatro camas... y todo esto es de mujeres —susurró, con una sonrisa que se torcía lentamente—. Un baño compartido. Ropa interior tirada. Esto es... una habitación de chicas. ¿Y a mí me mandan aquí?

Se acercó a la cama que parecía más despejada: la litera inferior derecha, sin ropa ni objetos personales. Dejó su bolsa de tela sobre el colchón, con cuidado de no tocar nada más. Luego, curioso, miró el baño: un lavabo con un espejo empañado, una ducha con una cortina de flores, y en una repisa, frascos de champú, una esponja rosa y un cepillo de dientes. Todo femenino.

Al salir del baño, sus ojos se posaron en el sujetador color crema que seguía tirado en el suelo. Lex Lim se lanzó al piso con todas sus extremidades, apoyando las rodillas y las manos en el suelo, arqueando la espalda y levantando las caderas bien alto, exactamente como un perro olfateando el terreno. Metió la cabeza casi pegada al suelo, sin tocarlo, moviendo la nariz de un lado a otro con respiraciones profundas y ruidosas, como un sabueso entrenado. Se arrastró lentamente hacia la prenda, gateando con movimientos torpes y exagerados, las caderas balanceándose de un lado a otro mientras inhalaba con fuerza, los ojos entrecerrados y la lengua ligeramente fuera, imitando a un perro jadeante.

Cuando llegó frente al sujetador, se detuvo en seco. Olfateó tres veces más, con la nariz a centímetros de la tela, y luego se sentó de golpe sobre sus talones, cruzó las piernas y adoptó la postura de un detective que analiza la escena de un crimen. Se inclinó hacia adelante, observando la prenda durante unos segundos con una seriedad absurda.

—Interesante...

La levantó con dos dedos, como si fuera una prueba forense. Luego, con un movimiento brusco, la lanzó contra la pared como si fuera un trapo sucio.

—Evidencia número uno.

La examinó por ambos lados, girándola en el aire.

—Color claro. Tela cara. Perfume floral... jazmín, tal vez. —Miró alrededor, como si buscara cómplices—. Tenemos una sospechosa extremadamente peligrosa. Modus operandi: dejar ropa interior tirada para seducir al becado. Pero no caeré en su trampa.

Guardó silencio, llevándose una mano al mentón.

—Necesito más pruebas.

Se levantó y, con pasos sigilosos de detective, se dirigió al armario. Abrió un cajón y sus ojos brillaron.

—Ajá. Evidencia número dos.

Sacó un sostén de encaje negro, grande y generoso. Lo sostuvo con ambas manos, lo observó con atención y luego se giró hacia el espejo grande que colgaba en la pared junto al armario. Se lo puso por encima de la ropa, ajustándose las tirantas con una mueca burlona, y comenzó a hacer poses ridículas: flexionó un brazo como si fuera un culturista, giró la cadera hacia un lado con una mano en la cintura, puso una pata de coqueta y sopló un beso al reflejo. Luego se inclinó hacia adelante, arqueando la espalda y empujando el pecho como si estuviera posando para una revista de moda.

—Uy, uy, uy —dijo, con una sonrisa burlona mientras se admiraba—. ¡Qué divina! ¡Soy toda una diosa! Esto no es de una princesita. Esto es de una diosa del pecado. Si la dueña usa esto, sus tetas deben ser enormes. Ja, ja, ja. Me encanta este caso.

Lo agitó un momento en el aire, como si ondeara una bandera de victoria, y luego se quitó el sostén con un movimiento brusco y lo arrojó dentro.

—Por ahora, lo dejo ahí. Pero tengo mis ojos puestos en ti, sospechosa número dos.

Cerró el cajón y se limpió las manos en el pantalón.

—Bien. Ahora, al salón 307.

---

El ala este era un laberinto de pasillos oscuros. Lex Lim caminó en silencio, observando cada detalle. Puertas. Salidas. Estudiantes.

Y entonces, se dio cuenta de algo.

Nadie llevaba collar.

Pasó junto a un grupo de chicas que reían. Sus cuellos estaban desnudos. Pasó junto a un chico alto de cabello oscuro. Su cuello también estaba desnudo. Pasó junto a una chica pelirroja con una sonrisa amable. Su cuello estaba desnudo.

—Nadie lleva collar —pensó Lex Lim, mientras su mano se elevaba inconscientemente hacia su propio cuello—. Todos los demás... no tienen nada. Solo yo. Soy el único humano aquí.

El collar de plata pareció apretarse un poco más.

Una chica de cabello rubio platino pasó a su lado. Era hermosa. Piel blanca como la nieve, ojos azul cielo que parecían brillar con luz propia, cabello largo y sedoso que caía en ondas perfectas. Vestía un vestido blanco que se ceñía a su cintura diminuta y se abría con suavidad sobre sus caderas redondeadas, dejando adivinar un cuerpo esbelto pero con curvas prominentes; el escote, discreto pero ajustado, marcaba la firmeza de su pecho. Parecía una diosa de la pureza. Lex Lim sintió que su corazón daba un vuelco.

—Dios mío... es hermosa. Parece esculpida por un escultor divino. Pero hay algo en sus ojos... algo que no me termina de convencer. No importa. Por ahora, parece amable.

—Hola —dijo ella, con una voz suave—. ¿Eres el nuevo?

Lex Lim asintió, con su cara de tonto.

—S-sí. Soy Lex Lim. Voy al salón 307.

—Yo soy Celeste —respondió, extendiendo la mano—. Encantada.

Lex tomó su mano. Era suave, cálida.

—Encantado —dijo, con voz temblorosa.

—Celeste. Hermosa. Como una diosa. Parece pura y amable. Pero hay algo en sus ojos que no termino de entender. No importa. Por ahora, es agradable.

—Qué bonito collar —dijo Celeste, señalando su cuello—. Es la primera vez que veo uno. ¿Te lo puso la directora?

Lex Lim se tocó el collar y bajó la mirada.

—S-sí. Para marcar que soy humano.

—Oh —dijo Celeste, inclinando la cabeza—. Es una pena. ¿Y no te molesta?

Lex Lim encogió los hombros.

—Bueno... no tengo elección.

—No me molesta. Por ahora, Celeste es amable, me cae bien.

—Bueno —dijo Celeste, sonriendo—. Nos vemos en clase, Lex Lim.

Se fue. Lex Lim la observó cómo se alejaba, el balanceo de sus caderas bajo el vestido blanco. —Rubia. Hermosa. Amable.

Siguió caminando. Pasó junto a la chica pelirroja del traje gris. No llevaba collar.

—Hola —dijo ella—. ¿Eres el nuevo?

—Sí. Soy Lex Lim.

—Yo soy Valeria. Soy la secretaria de la directora. Humana, como tú.

Lex Lim la miró con curiosidad. El traje gris le quedaba ajustado, marcando sus caderas y un busto modesto pero firme.

—¿Por qué no llevas collar?

—Porque trabajo para ella —respondió Valeria—. Tengo un acuerdo. Soy empleada.

—Humana. Sin collar. Interesante. ¿Por qué ella sí y yo no? No importa—pensó Lex.

—Si necesitas algo, avísame —dijo Valeria—. Estoy en la oficina de la directora.

—Gracias —dijo Lex Lim.

—Valeria, eh.

Siguió caminando. Finalmente, encontró el Salón 307. La puerta estaba entreabierta. Podía escuchar las voces de los estudiantes.

—¿Han oído? Hay un nuevo becado. Humano.

—¿Lleva collar?

—Sí. De esos de plata.

—Qué patético.

Lex Lim respiró hondo. Su cara se transformó en la de un chico tímido y asustado. Empujó la puerta y entró.

El salón era enorme. Unos veinte estudiantes, todos mirándolo. Lex Lim los observó rápidamente. Todos tienen cuellos desnudos. Todos son sobrenaturales. Soy el único humano. El collar de plata en su cuello parecía pesar más de repente.

Caminó hacia el fondo del salón, con pasos rápidos y torpes, casi tropezando. Los estudiantes lo miraban con desprecio. Algunos señalaban su collar y se reían.

—Miren eso —susurró un chico—. El collar de ganado.

—¿Todavía usan eso? —respondió otro—. Qué patético.

Lex Lim bajó la cabeza, fingiendo vergüenza.

—"Collar de ganado." "Patético." Ja, ja, ja. ¿Patético? Cuando los tenga a todos de rodillas, veremos quién es patético.

Se sentó en el último pupitre. A su lado, Celeste lo miró con una sonrisa dulce.

—Hola otra vez —susurró.

—Hola —respondió Lex Lim, con voz temblorosa.

—Celeste. Aún no se ha burlado. Es amable.

—¡Silencio! —rugió una voz desde el frente.

Severus. Un vampiro alto, de cabello blanco y ojos amarillos. Miró a Lex Lim con desprecio.

—Ah. El becado. Has llegado. Toma asiento. Y no hagas ruido.

Lex Lim asintió.

—S-sí, profesor.

Severus comenzó la lección. Hablaba de historia, de linajes, de pactos entre vampiros y licántropos. Lex Lim fingió tomar apuntes, pero su mente estaba en otro lugar.

De repente, la puerta del salón se abrió con fuerza.

Caspia entró. Cabello negro azabache que caía en ondas salvajes hasta su cintura, ojos rojos brillantes como rubíes líquidos. Su cuerpo era una obra de arte esculpida para el pecado: curvas pronunciadas, cintura de avispa, y un par de pechos firmes y generosos que se levantaban desafiando el corsé negro de cuero que apenas lograba contenerlos. El corsé se abría en un escote en pico que dejaba ver la suave pendiente de sus senos, mientras que la falda corta y ajustada se ceñía a sus caderas amplias y redondas, marcando cada centímetro de sus muslos largos y torneados. Sus labios carnosos, rojos como la sangre, se curvaron en una sonrisa cruel. Olía a rosas y a hierro. Lex Lim sintió un calor inmediato en su entrepierna.

—Maldita perra con esas increíbles tetas de melón y esas caderas para agarrar...

—Llegas tarde, Caspia —dijo Severus.

—Lo sé, profesor —respondió ella, con una sonrisa cruel—. Pero tenía que entretenerme. Escuché que había un humano.

Sus ojos se posaron en Lex Lim. Su sonrisa se ensanchó cuando vio el collar.

—Ah. El becado. Con su collarcito de ganado. ¡Qué adorable!

Los estudiantes rieron. Lex Lim bajó la cabeza.

—Caspia... maldita perra. Ahora eres basura.

Caspia se acercó a él. Sus tacones resonaban en el suelo de piedra con cada paso. Se inclinó, tan cerca que Lex Lim podía oler su perfume mezclado con su aliento cálido. Desde esa distancia, su rostro era todavía más impactante: pómulos altos, una nariz pequeña y recta, y sus ojos rojos brillaban con malicia. El escote de su corsé quedó a la altura de su mirada, mostrando la profundidad de sus senos y el movimiento de su pecho al respirar. Lex Lim sintió que se le secaba la boca.

—Maldita perra... ¿acaso intentas seducirme? Porque si es así, lo está logrando. Ja, ja, ja.

—¿Sabes qué hacen los humanos aquí, conejito? —susurró, su voz como una caricia venenosa.

—N-no, señorita —respondió Lex Lim, con voz temblorosa.

—Se arrodillan.

Y entonces, le escupió en la cara.

La saliva caliente resbaló por su mejilla hasta el borde de sus labios. En ese preciso instante, mientras las risas de los estudiantes aún no estallaban del todo y Celeste apenas empezaba a sonreír con dulzura, Lex Lim actuó. Con un movimiento rapidísimo de lengua, casi imperceptible, lamió el escupitajo y se lo llevó a la boca, manteniendo su cara de asustado, pero con un destello salvaje en sus ojos verdes.

Caspia, que lo tenía a centímetros, lo vio todo. Su sonrisa cruel se congeló y se torció en una mueca de puro desconcierto y asco: entrecerró un ojo, arrugó la nariz y ladeó la cabeza como si acabara de ver a un perro lamerse sus propios vómitos. Durante un segundo, su rostro perfecto se deformó en una expresión tan ridícula y estúpida que parecía estar oliendo pescado podrido. Parpadeó tres veces seguidas, claramente descolocada. Lex Lim tragó la saliva con normalidad, se limpió la comisura con el dorso de la mano y recuperó su pose de cordero asustado.

Los estudiantes rieron a carcajadas. Celeste, a su lado, sonrió con dulzura. Lex Lim sintió la humillación quemar en su pecho, pero por dentro se estaba descojonando.

—Escupirme. Zorra asquerosa, maldita perra. Te voy a hacer tragar esa saliva cuando estés gimiendo en el suelo. Te voy a poner de rodillas y te voy a hacer...

Y entonces, algo cambió.

Su mente se llenó de luz dorada. Una voz, clara y antigua, resonó en su cabeza:

[SISTEMA DE ANCLA ACTIVADO]

[HOSPEDADOR: LEX LIM]

[HUMILLACIÓN DETECTADA: NIVEL 3]

[PODER LATENTE DESBLOQUEADO: 5%]

Lex Lim parpadeó. Vio una interfaz transparente frente a sus ojos. Números. Barras. Texto flotante.

[HABILIDAD DESBLOQUEADA: PERCEPCIÓN DE ENERGÍA]

[HABILIDAD DESBLOQUEADA: INMUNIDAD MÁGICA]

[HABILIDAD DESBLOQUEADA: DRENAJE (NIVEL 1)]

Lex Lim se quedó helado. —¿Qué... qué es esto? ¿Un sistema? ¿Un juego? ¿Qué significa todo esto?

Caspia seguía con su cara de asco, y los estudiantes seguían riendo. Pero Lex Lim ya no los escuchaba.

—¿"Ancla"? ¿"Drenaje"? ¿"Percepción de energía"? ¿Qué es esto? No entiendo nada. Pero... siento poder. Siento algo diferente. Como si pudiera...hacer algo.

Levantó la cabeza. Sus ojos, por un instante, brillaron con un destello dorado. Caspia, que aún no se recuperaba del lametazo, entrecerró los ojos y preguntó, con un tono de confusión y asco apenas disimulado:

—¿Q-qué...? ¡Asqueroso!

Su voz sonó menos segura, casi temblorosa. Lex Lim parpadeó. El destello desapareció. Recuperó su cara de miedo.

—N-nada, señorita. Lo siento.

Caspia lo miró un momento, como si intentara descifrar un acertijo repulsivo. Luego se rió, aunque fue una risa forzada y breve.

—Patético.

Se fue a su pupitre, moviendo las caderas con desdén, pero con los hombros ligeramente tensos. Lex Lim bajó la cabeza, pero su mente estaba en otro lugar.

—"Sistema de Ancla." "Drenaje." "Percepción de energía." ¿Qué es esto? No lo sé. Pero siento que... esto es importante. Esto es... real. No son fantasías. Es real.

Severus continuó la clase. Lex Lim ya no escuchaba. Su mente estaba ocupada con la interfaz que solo él podía ver.

[MISIÓN PRINCIPAL: VENGANZA POR HUMILLACIÓN]

[OBJETIVO: HUMILLAR A CASPIA DRACUL]

[RECOMPENSA: 10% DE PODER DESBLOQUEADO]

[¿ACEPTAR MISIÓN?]

—¿Misión? ¿Venganza? ¿Caspia? —Lex Lim sonrió lentamente—. Sí. Acepto.

[MISIÓN ACEPTADA]

[¡BUENA SUERTE, ANCLA!]

Lex Lim sintió un calor en su pecho. Una energía extraña recorrió su cuerpo. Y supo, con una certeza absoluta, que su vida acababa de cambiar.

—Ja, ja, ja. Ahora sí. Ahora sí que va a ser divertido.

---

La clase terminó. Lex Lim salió del salón con paso rápido. Los estudiantes se reían a su paso, señalando su collar. Pero él no los veía.

—Caspia... esa zorra tiene que pagar. Es mi objetivo. Y ahora tengo un sistema. Tengo poder. Tengo un propósito.

Llegó a su habitación —la 205, ahora sabía que era compartida con tres chicas— y se sentó en la cama que había elegido. La interfaz seguía brillando frente a sus ojos.

[ESTADO DEL ANCLA]

· Nivel de Poder: 5%

· Habilidades: Percepción de Energía (Activa), Inmunidad Mágica (Activa), Drenaje Nvl.1 (Activa)

· Misiones Activas: 1

· Próximo Desbloqueo: 10%

—Percepción de energía —pensó—. ¿Qué hace eso?

Cerró los ojos. Y cuando los abrió, vio colores. Auras. Alrededor de él, el edificio brillaba con diferentes tonos. Rojo, azul, dorado, púrpura.

—Esto es... magia. Energía. Puedo verla. Puedo sentirla.

Sonrió.

—Caspia. Te voy a humillar. Te voy a hacer llorar. Te voy a poner de rodillas. Y cuando termine, te voy a drenar todo el poder. Ja, ja, ja. ¡Qué divertido va a ser!

Se levantó, fue al baño comunal —ese que había visto antes, con la cortina de flores y la esponja rosa—, se miró al espejo. Sus ojos verdes brillaban con un destello dorado. La interfaz seguía flotando.

—Hola, sistema —se dijo—. Hola, Lex Lim. Hola... Ancla.

Y entonces, en el espejo, su rostro se contorsionó en una mueca de loco. Puso los ojos en blanco, sacó la lengua, movió la cabeza como un muñeco.

—El mundo no sabe lo que le espera —susurró—. Ja, ja, ja. ¡Qué divertido va a ser!

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