La Cerbera del Pan Casero
El sol de la tarde se derramaba sobre Las Alondras como si quisiera derretir el asfalto. El barrio olía a pan fresco, a grasa de parrilla y a tierra caliente. Los perros callejeros se tiraban a la sombra de los plátanos y los vecinos charlaban desde las veredas con mate en la mano. Nadie se apuraba. Nadie se metía con nadie… salvo cuando aparecía ella.
Eudora “Dora” Kravos caminaba por la calle principal con esa seguridad de quien sabe que el mundo se corre a un costado cuando ella pasa. Cincuenta y nueve años, cuerpo de osa madura y gorda, curvas pesadas que se movían con cada paso. Los senos enormes se mecían dentro de la remera negra ajustada, los pezones gordos y oscuros marcaban la tela como si quisieran salir a saludar. La panza suave y redonda empujaba el jean, las caderas anchas balanceaban el trasero grueso y las piernas firmes todavía tenían fuerza de panadera. El pelaje gris oscuro con reflejos plateados le caía desprolijo sobre el cuello y las tres cabezas se movían con independencia, cada una mirando a un costado distinto.
La central, Dora, sonreía con esa calma maternal que te hacía sentir que podías confesarle cualquier cosa. La de la izquierda, Mara, tenía las cejas fruncidas y los colmillos un poco afuera, siempre lista para mandar a la mierda a quien se le cruzara. La de la derecha, Vera, miraba con ojos pícara, la lengua rozándole el labio como si ya estuviera saboreando algo rico.
—Mirá ese pibe de la esquina —dijo Vera, con voz cantarina—. Se te quedó clavado el ojo en las tetas, Dora.
—Que se las mire, total no se las va a poder comer —gruñó Mara—. Aunque si se anima… le doy de comer yo.
—Mara, no seas tan bruta —rió la central, suave—. El chico solo está mirando. Es normal. Estas curvas todavía llaman la atención.
Nico estaba sentado en el cordón de la vereda, mate en la mano, cuando la vio. Veinte años, cuerpo flaco pero fuerte de laburar en la ferretería del viejo, pelo oscuro revuelto y una cara de pibe que todavía no sabía muy bien qué hacer con la pija cuando se le paraba. La había visto mil veces, pero siempre de lejos. Hoy, con el sol de costado y esa remera negra que se le pegaba a la carne, se le secó la boca.
Dora se detuvo frente a él. Las tres cabezas lo miraron al mismo tiempo.
—Che, pibe… ¿no me invitas un mate? —preguntó la central, con esa voz que te acariciaba por dentro.
Nico se atragantó con el mate. Se levantó de un salto, casi tirando el termo.
—S-sí… claro, doña Dora. Pase… está caliente todavía.
Mara resopló.
—“Doña”. Me hace sentir vieja, carajo. Decime Dora y listo.
—O decile “las tres”, que somos un combo —agregó Vera, guiñándole un ojo.
Nico se rió nervioso y le pasó el mate. Dora lo tomó con una mano enorme y peluda, dio un sorbo largo y se lo devolvió. El dedo le rozó la mano al pibe y se quedó un segundo de más.
—Andá, sentate un rato. No muerdo… a menos que me pidan.
Se sentaron en la vereda, bajo la sombra de un plátano. El barrio seguía su ritmo: una señora regaba las plantas, un nene pasaba en bicicleta, el olor a asado llegaba desde dos cuadras. Dora cruzó las piernas y el jean se le tensó sobre el muslo grueso. Los senos se acomodaron solos, pesados, y la remera subió un poco, mostrando un trozo de panza suave y peluda.
—¿Laburás en la ferretería, no? —preguntó la central.
—Sí… con el viejo. Desde que terminé la secundaria.
—Y de noche ¿qué hacés? ¿Salís, te garchás a alguien, o te quedás a pajeártela pensando en tetas gordas?
Nico se puso colorado hasta las orejas. Vera se rió con ganas.
—Mirá cómo se pone rojo… qué lindo. Me dan ganas de chuparle la carita.
—Vera, no lo asustes —dijo Dora, aunque la sonrisa le traicionaba—. El pibe es tímido.
—Tímido o no, se le está parando la pija —escupió Mara, mirándole la entrepierna—. Se le marca todo. Mirá qué bulto.
Nico intentó cruzar las piernas, pero era tarde. Dora lo miró con los tres pares de ojos turquesa y suspiró.
—Venite a casa un rato. Te preparo algo de comer. Hice facturas esta mañana y me sobran. Y el patio está fresco… nadie nos molesta.
No fue una pregunta. Fue una invitación que ya sabía la respuesta.
La casa de Dora era antigua, de ladrillo visto, con un jardín atrás lleno de plantas y una parra que daba sombra. Olía a pan casero, a jabón de coco y a algo más profundo, más animal. Ella se sacó los zapatos apenas entró y caminó descalza hasta la cocina, el trasero grueso balanceándose. Nico la seguía como hipnotizado.
—Sentate en el patio —ordenó la central—. Yo traigo las facturas y un vino.
Cuando volvió, ya se había sacado la remera. Quedó en un corpiño negro que apenas contenía las tetas enormes. Los pezones gordos y oscuros se marcaban contra la tela, duros. La panza suave se derramaba sobre el jean y el pelaje gris plateado brillaba con el sudor de la tarde.
Nico se atragantó otra vez.
—¿Qué mirás, pibe? —preguntó Vera, riendo—. ¿Nunca viste un par de tetas de verdad?
—L-las vi… pero no así.
—Así de gordas, de pesadas, de maduras —completó Mara—. Estas ya dieron leche, ya criaron, ya se las comieron mil veces… y todavía están firmes. Tocá.
Dora se sentó al lado de él en la manta del jardín. Tomó la mano de Nico y se la puso sobre un seno. La carne era caliente, pesada, blanda y firme al mismo tiempo. El pezón gordo se le clavó en la palma.
—Apretá —susurró la central—. No te voy a romper.
Nico apretó. Dora gimió bajito con las tres bocas a la vez. Vera se relamió los labios. Mara gruñó de gusto.
—Más fuerte… así. Me gusta que me aprieten fuerte.
El corpiño no aguantó mucho. Dora se lo bajó de un tirón y las tetas saltaron afuera, pesadas, con los pezones gordos y oscuros apuntando al sol de la tarde. El olor a piel caliente y a sudor dulce le subió a Nico a la cabeza.
—Chupalas —ordenó Vera.
—No seas tan ordenadora —rió Dora—. Preguntale si quiere.
Pero Nico ya estaba inclinándose. Abrió la boca y se llevó un pezón gordo adentro. Era salado, tibio, enorme. Chupó, lamió, mordió suave. Dora arqueó la espalda y las tres cabezas gimieron distintas:
—Así… más lengua —susurró la central.
—Mordé más fuerte, carajo —exigió Mara.
—Chupame el otro también… no dejes a ninguno solo —pidió Vera, casi riendo.
Nico se dedicó a las dos tetas como si fuera a morir de hambre. Las manos enormes de Dora le agarraron la cabeza y lo apretaron contra el pecho. La carne lo envolvía, caliente, sofocante, deliciosa. Abajo, la pija se le había puesto dura como piedra y le dolía dentro del pantalón.
Dora bajó una mano, le desabrochó el jean y le sacó la pija de un tirón. Era gruesa, venosa, palpitante. La agarró con la mano peluda y la empezó a sobar despacio, el pulgar jugando con la cabeza ya húmeda.
—Mirá qué linda… —murmuró Vera—. Toda caliente por nosotras.
—Dale, metela entre las tetas —ordenó Mara—. Quiero sentirla caliente contra la carne.
Dora se acostó un poco hacia atrás, juntó las tetas enormes con las dos manos y Nico se acomodó encima. La pija se hundió entre esa carne blanda y caliente. Empezó a embestir. El roce era húmedo, pesado, obsceno. Cada embestida hacía que las tetas rebotaran y que las tres cabezas gemieran.
—Más fuerte… cogete las tetas de tu Dora —gimió la central.
—Llenanos la cara de leche —pidió Vera, abriendo la boca.
—Apuntá bien, pendejo… quiero que me chorree por los ojos —gruñó Mara.
Nico embestía como loco. El sonido de la carne contra la carne, el olor a sexo y a pan, el calor del jardín… todo se mezclaba. Dora le apretaba las tetas más fuerte alrededor de la pija y las tres bocas lo miraban, babosas, deseosas.
—Me vengo… —jadeó él.
—Dalo todo —ordenó la central.
Explotó. Chorros espesos y calientes salieron disparados. Le pegaron en la cara a Dora, le chorrearon por la boca a Vera, le bañaron la frente a Mara. Las tres se relamieron, gimiendo, saboreando la leche espesa.
—Mmm… salado y rico —rió Vera, chupándose los labios.
—Este pibe va a ser mi adicción —bufó Mara, limpiándose un hilo de semen de la ceja.
—Gracias, mi amor… —susurró Dora, tierna, mientras le acariciaba el pelo a Nico—. Sos un cielo.
Nico se dejó caer de espaldas, jadeando. Dora se acomodó al lado, todavía con las tetas afuera y la leche secándose en el pelaje. Le pasó el mate otra vez, como si nada.
—¿Un último sorbo antes de seguir? —preguntó, con las tres cabezas sonriendo de maneras distintas.
Y en el jardín de Las Alondras, con el sol bajando y el olor a sexo mezclado con el de pan casero, Nico solo pudo reírse entre dientes, sabiendo que esa tarde apenas había empezado.








