Prólogo
Shen Yue, 38 años, lleva mucho tiempo en el palacio y ya asumió que su lugar tiene fecha de caducidad.
Es tranquilo, elegante y extremadamente difícil de leer. No compite con las demás concubinas porque cree que no tiene nada que demostrar.
Precisamente por eso, Shen Yifan se obsesiona con su compañía. No porque Yue sea el más joven o el más llamativo, sino porque es la única persona que no intenta obtener nada del emperador.
Las demás concubinas empiezan a notar que el emperador cambia completamente cuando Yue está cerca.
Y lo mejor: Yue cree que el emperador simplemente está disfrutando de sus últimos años como favorito.
Mientras tanto, Shen Yifan está haciendo algo que nadie sabe: está preparando documentos para convertirlo en su consorte oficial.
PRÓLOGO: El Decreto Imperial
La primera vez que Shen Yue escuchó que el emperador pensaba reemplazarlo, no se sorprendió.
Tenía treinta y ocho años.
En el Gran Palacio, aquello era prácticamente una sentencia.
Las nuevas concubinas llegaban con rostros jóvenes, familias poderosas y ambiciones enormes. Yue, en cambio, llevaba demasiado tiempo allí. Había aprendido a caminar sin hacer ruido, a hablar solamente cuando era necesario y, sobre todo, a no esperar nada del hombre que gobernaba toda China.
Por eso aquella noche, mientras servía el té en el pabellón imperial, no levantó siquiera la mirada cuando escuchó el rumor.
—Dicen que Su Majestad está interesado en la hija del ministro Zhou.
Yue dejó la taza sobre la mesa.
—Me alegro por ellos.
La concubina que había llevado el rumor sonrió con satisfacción.
—¿No estás preocupado?
—¿Debería estarlo?
—Tú eres el favorito del emperador.
Yue soltó una pequeña risa.
—Favorito no significa eterno.
Aquella respuesta llegó a oídos de Shen Yifan antes de que terminara la noche.
El emperador estaba sentado frente a una montaña de documentos, pero llevaba varios minutos sin leer una sola línea.
—¿Eso dijo?
—Sí, Majestad.
Shen Yifan permaneció en silencio.
Luego dejó el pincel.
—Tráiganlo.
—¿A Shen Yue?
—¿Acaso hay otro Shen Yue en mi palacio?
El guardia bajó la cabeza.
—No, Majestad.
Poco después, las puertas se abrieron.
Shen Yue entró con la serenidad habitual, vestido con una túnica oscura y el cabello perfectamente recogido. No parecía un hombre que acabara de ser convocado por el emperador.
Se inclinó.
—Su Majestad.
—Acércate.
Yue obedeció.
—He escuchado un rumor.
—En el palacio hay demasiados.
—Este habla de ti.
Por primera vez, Yue levantó los ojos.
Shen Yifan lo observaba fijamente.
—Dicen que crees que voy a reemplazarte.
Yue guardó silencio unos segundos.
—No sería extraño.
El emperador frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ningún favor imperial dura para siempre.
Shen Yifan se levantó.
Era considerablemente más alto que Yue, pero no hizo ademán de intimidarlo. Simplemente caminó hasta quedar frente a él.
—Tienes razón.
Yue sintió que algo se hundía en su pecho.
—Entonces...
—Entonces deberías dejar de llamarte mi favorito.
Yue parpadeó.
Shen Yifan tomó el documento que estaba sobre la mesa.
Lo dejó frente a él.
—Porque esa palabra ya no describe lo que eres para mí.
Yue miró el pergamino.
No entendió.
Hasta que vio el sello imperial.
Y debajo de él, una frase que hizo que toda la sangre abandonara su rostro.
Decreto de matrimonio imperial.
Yue levantó lentamente la mirada.
—Majestad...
Shen Yifan sonrió por primera vez aquella noche.
—Te dije que no te reemplazaría.
Hizo una pausa.
—Voy a darte algo mucho peor.
Yue tragó saliva.
—¿Peor?
—Voy a convertirte en alguien de quien no podrás escapar aunque quieras.
Yue volvió a mirar el decreto.
Por primera vez en treinta y ocho años, no supo qué responder.








