Chapter 1
La justicia se llevaba a cabo de forma muy peculiar en Neria. Las calles estaban vacías. Nadie se amontonaba en las aceras, ni en las calzadas, ni en los balcones, y el silencio que reinaba era brutal. El sol estaba completamente carmesí, eclipsado. El viento empezaba a correr, sacudiéndolo todo a su paso, y poco a poco comenzó a adquirir un tono cobrizo. Se fue convirtiendo en una aterradora marea que se acercaba, engullendo cada centímetro de la ciudad con un ansia voraz. Todos los edificios se encontraban cerrados a cal y canto. Cada puerta, ventana o conducto de ventilación se encontraba sellado y no permitía ver nada del interior.
Aquel pobre desgraciado que se encontraba en la plaza central, donde antes había centenares de personas gritándole y profiriéndole insultos, ahora se encontraba sumido en un profundo y abrumador silencio. Sabía lo que estaba por venir. Ya podía notar cómo el aire olía diferente, como a muerte. Estaba atado con los brazos extendidos a los lados sobre una especie de cruz de madera, aguardando su final.
Estaba claro que no debería haber llegado tan lejos. Leto le avisó de que confiar en los miembros del Consejo no era una opción segura, y menos aún con esa víbora de Serilda, pero las cosas habían acabado así y ya no podía hacer nada por evitarlo. Solo podía esperar a que terminara lo antes posible y reunirse con sus padres en el más allá. Tenía muy presente que todo lo que había contado a Zera podía complicarle muchísimo la vida, pero era absolutamente necesario que sus descubrimientos permanecieran a buen recaudo. Los tiempos estaban cambiando. Podían acabar con aquel sistema opresor; lo único que debían hacer era tener valor y confiar los unos en los otros.
Ya empezaba a acercarse una niebla rojiza que se mecía y sacudía en cada recoveco, como una especie de mar que se estuviera cerniendo sobre toda la ciudad, imitando un tsunami. Estaba a escasos metros de él; casi podía sentirlo. Aquella cosa deseaba interactuar con él, ofrecerle un mortífero abrazo.
Zera debía acudir a Leto. Él la orientaría en aquella peligrosa telaraña política. Juntos podrían montar una especie de guerrilla que llamara a la Oposición y diera esperanzas. Esperanzas de que aún había guerreros valientes y decididos que no sucumbían ante una tiranía, por muy poderosa que fuera. Si tenían que lidiar con la magia, lo harían. Sabía que, tarde o temprano, alguien sería capaz. Solo tenían que dejarse llevar y la sangre de los Ashmir se manifestaría en alguien de los suyos.
Empezaba a escocerle. Estaba empezando a escocerle muchísimo. Sentía que toda su piel desnuda se empezaba a quemar lentamente, como una especie de ácido que actuara con sutileza, deleitándose con cada célula destruida. Se abría paso, lenta pero inexorablemente, a través de los poros de su piel. Era como si aquella cosa lo necesitara, como si lo hubiera estado deseando toda la vida. ¿Tenía vida propia? ¿Estaría delirando por el dolor y la angustia? No. Esa niebla sabía lo que hacía. Los árboles, arbustos, flores… Nada de eso le interesaba.
Por favor, Zera… Leto… y todos los demás… Tenéis que poner fin a esto. Sé que podéis. Me he jugado la vida porque confío plenamente en vosotros. Sé que no me fallaréis. Sé que no me olvidaréis.
Sus propios gritos lo ensordecieron. Era incapaz de escuchar nada más que su propia desesperación. Los pensamientos lo abandonaron y sucumbió ante el incesante dolor de aquel ambiente asfixiante y asesino. La piel se le estaba desprendiendo poco a poco y las orejas prácticamente se le habían derretido sobre los hombros. Su nariz estaba colgando, flácida y viscosa, al igual que sus labios. Ya no podía ver nada porque los párpados se habían adherido a sus ojos.
Al final, ya no era capaz de gritar porque aquella cosa había entrado dentro de él y lo estaba devorando con sumo apetito. Se había adueñado de su cuerpo, haciendo uso de una salvaje pasión que lo estaba consumiendo. Cuando todo acabó, el cuerpo de Lorne había quedado reducido a cenizas.
﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌﹌
Luca sabía que no estaba permitido asomarse por la ventana durante una ejecución, ni siquiera allí, en la Fortaleza, el lugar más seguro de toda Neria. Aun así, el deseo de hacerlo era casi superior a él. No podía dejar de mirarse en el espejo situado frente a él, el cual reflejaba una enorme ventana de madera completamente sellada. Ni un solo ápice de luz entraba por aquel colosal montón de madera oscura. La única luz que había en la estancia la proporcionaban un par de candelabros colocados a cada lado, sobre mesas repletas de libros, y una vela en el tocador donde se hallaba sentado, en una cómoda silla de madera acolchada.
Entonces lo escuchó. Gritaba como si algo le estuviera lijando la piel con esmero y precisión. La incesante agonía que le transmitía aquel sonido le estaba provocando una verdadera necesidad de vomitar. Quería que parase. Necesitaba no escucharlo más para poder continuar viviendo sin odiar a su padre.
Leto le dijo que debía tener mucho cuidado con sus palabras y la forma en la que actuaba frente al Consejo. Sin embargo, eso no impidió que Lorne se precipitara y acabara siendo ejecutado. Si su padre tuviera un poco más de humanidad, tal vez habría valorado encerrarlo en una celda y esperar a que se le ablandaran las ideas. Pero eso no iba a ser así.
El recuerdo de su última conversación con Lorne le torturaba incluso más que escuchar sus gritos desesperados. Aquel hombre le advirtió que su padre escondía muchos secretos y que Neria no era en absoluto lo que intentaban hacerles creer que era. No tenía información suficiente para analizar aquellas palabras y encontrarles un significado. Pero aquello no llevaría a Luca al abandono. No cejaría en su empeño de descubrir la verdad.
Disfrutaba. El canciller Véracos disfrutaba mandando a la gente a la muerte. De una forma u otra: podía ejecutarlos como a Lorne, apuñalarlos por la espalda, envenenarlos… El caso es que él siempre se deshacía de sus enemigos. Los medios empleados carecían de relevancia mientras el trabajo quedara hecho. En los 1962 años de historia de Neria, nadie, ni siquiera el peligrosísimo Ternocol el Sucio, había conseguido una reputación tan sombría como Véracos el Despiadado. En sus 20 años como canciller, la tiranía que ejercía el Consejo había pasado a otro nivel.
Las calles eran seguras, sí. Todo lo seguras que podían ser mientras cada persona se dedicara a las labores oportunas, como cuidar del campo, de los animales, cultivar y recolectar sin descanso, talar árboles, extraer piedras y minerales de las canteras y minas… Todo el trabajo que podía hacer una mano de obra oprimida, exhausta y hambrienta.
Sin embargo, no toda la sociedad de Neria era igual. La parte más baja y cercana a la Gran Muralla era un complejo caótico de casas simples, locales, comercios, plazas… Todo ello rodeando Neria como un anillo, en cuyo centro se hallaba majestuosa la Ciudadela, gigantesca e imponente, como una creación divina que se alzaba sobre el resto de la ciudad. Estaba separada del resto por una muralla que la rodeaba por completo, así como por un foso al que seguían vastos prados verdes que llegaban hasta los primeros edificios. Estos pertenecían a los curtidores, herreros, sastres y todo tipo de personas dedicadas a los diferentes gremios que trabajaban las materias primas que el pueblo aportaba.
Por último, estaba la impresionante Fortaleza de Ashmir. La joya de la Ciudadela. Brillaba en un tono lila muy suave bajo la luz del sol. Era gigantesca, con torres que rozaban el cielo con sus chapiteles. Lucía terriblemente desgarradora, como las personas que la habitaban.
Luca había aprendido muchísimo de su padre. Era lo único bueno que podía decir de él. Véracos le había enseñado a ser un auténtico maestro del engaño y de las apariencias, dos cualidades que podrían considerarse excesivamente útiles y necesarias en aquella ciudad repleta de asesinos y conspiradores. Día tras día, semana tras semana, se fortalecería en aquel mundo hasta ser capaz de eliminar a sus enemigos, como su padre.
—Hijo, ¿te encuentras bien? —preguntó el canciller, usando un tono paternal casi impropio de su reputación—. Apenas has comido desde anoche.
—¿Y qué esperas? Los gritos de ese pobre hombre resonaban por toda Neria. Era como si la niebla transportara el sonido a cada rincón de esta maldita ciudad.
—Tal vez sea así. Vivir en este gigantesco palacio no nos hace invulnerables. Si esa cosa encuentra algún lugar por donde entrar, todos morimos.
—¿Y aun así nadie sabe qué hacer al respecto? ¿Cómo es posible que en casi 2000 años no hayamos podido detenerla? ¿No crees que es cosa de magia?
—No utilices esas palabras. Sabes que la magia es algo que pertenece a un grupo muy escaso y selecto de personas.
—¿Y qué más da? Solo quiero saber por qué tenemos que vivir así cuando podríamos hallar el medio de acabar con todo esto.
Véracos se levantó de golpe y se puso en una posición tan rígida y seria, con un aspecto tan amenazador, que sus ojos azules se clavaron en los de Luca como si fueran dos garras.
—¿Estás insinuando que debemos abandonar Neria? ¿Acaso crees que hay algún otro lugar más seguro que este? No sabes nada de lo que hay ahí fuera, muchacho. Es hora de que empieces a asimilar que esto es todo a cuanto podemos aspirar. Ahora prepárate para tu entrenamiento con la espada. No hagas esperar a Morgel.
—¿Qué hay ahí fuera? —Luca hizo caso omiso. Quería saber más.
El semblante de su padre se relajó. Pasó a una expresión más tranquilizadora; casi parecía buena persona.
—Muerte, muchacho. Muerte.
Morgel lo estaba esperando en el patio de armas, con cara de pocos amigos. Luca sabía de sobra el motivo y no era precisamente que llegara tarde. A su alrededor, todos estaban practicando o casi podría decirse que combatiendo de manera apasionada y brutal. Suerte que las espadas eran de madera y la elegante cota de malla ashmiriana podía resistir un impacto de flecha.
—¿Dónde estabas, muchacho? ¿Crees que puedes tenerme aquí esperando todo el día? —A pesar de sus palabras, su rostro reflejaba una alegría descomunal.
—Estaba discutiendo asuntos de Estado con mi padre, algo que un subordinado como tú no lograría entender. —Luca sabía perfectamente cómo manejar la situación.
—¿Ah, sí? ¡Espera a que te rompa el primer hueso, tal vez tus genes reales lo hagan crecer uno nuevo al segundo!
Ambos se quedaron mirando muy serios, como si estuvieran a punto de desenfundar sus espadas, las de verdad, y batirse en un duelo a muerte hasta que uno de los dos acabara tendido sobre un charco de sangre en el suelo. Entonces, Morgel dio un paso hacia atrás, se detuvo un segundo, escrutando a Luca con sus ojos pardos y, acto seguido, comenzó a desternillarse de risa, seguido de Luca, que ya estaba esperando el momento de hacerlo.
—Hay algo que debes saber —dijo Morgel, cambiando a un tono más intrigante—. Zera quiere verte. Dice que tiene algo importante que decirte. Te espera en los Jardines de la Fortaleza, al anochecer, a solas.
—¿Te dijo de qué se trataba?
—Solo que era lo más aterrador que había escuchado nunca.
Luca se quedó muy pensativo. Si Zera había pronunciado aquellas palabras, estaba ante algo que podría aterrorizarlo a él también. Más que su padre. Más que Serilda y el Consejo. Ahora lo único que deseaba era que el día pasara lo más rápido posible para poder estar a solas con Zera y averiguar qué era aquello que tenía que contarle.
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







