Personalizar legibilidad
Aa

Nunca Quise (agus giay x valen barco)

Sinopsis

Donde a Valen le gusta Agus; o mejor dicho en donde Valen sigue con su novia porque Agus es un gato. ✧sexo ✧infidelidad ✧one shot

Genero:
Romance
Autor/a:
milanguchito
Estado:
Complete
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

one shot



A Valentín le quedaba desempacar una sola caja, la más grande. Le había prometido a Agustina que lo iba a hacer antes de que ella volviera de hockey, pero eran las cinco y todavía seguía haciendo boludeces para distraerse y no terminar haciendo nada.

Ambos se habían mudado a pleno centro capital hacía una semana, y necesitaban que todo estuviera listo antes de que Valen se vaya de vacaciones a Uruguay con sus amigos. A su novia la noticia repentina la hizo enojar bastante porque ella quería irse de vacaciones con él. Lo mínimo que podía hacer para contentarla era hacerse cargo de toda la mudanza de los dos. Y ahora sí, estaba frente a la caja ya abierta sacando pelotudeces que tenía metidas adentro como ropa, medias y gorras; separando y ordenando todo junto con el tumulto de otras cajas abiertas en medio de los pasillos del departamento y muebles mal ubicados.

Las mudanzas siempre son muy estresantes, y Barco lo sabía. Por eso, después de todo el trastorno que conllevaba la situación, decidió irse de vacaciones solo, unos días a Uruguay. Mentirle a Agustina no era nada nuevo, estaba un poco acostumbrado a hacerlo, así que no fue un problema convencerla de que se iba con su grupito de amigos. No sentía pena ni remordimiento, menos con sus 24 años cumplidos hace varios meses. Las cosas no le importaban tanto como antes. Mientras pensaba en eso, el colorado levantó una última prenda de ropa que estaba en el fondo de la caja, arrugada. Un suéter de lana fino color blanco todo mugroso y con olor a humedad. No era suyo, tampoco de Agustina. Era de Agustín; había quedado de una de las últimas veces que se vieron y seguramente su novia lo había encontrado en la anterior casa y guardado como el resto de cosas. El pecoso nunca se lo devolvió.

La relación con Agustín siempre fue muy complicada, y para entender qué tan complicada era, tenía que remontarse a seis años atrás, cuando empezó.

Los dos eran chicos, y ya tenía a Agustina de novia, su primera novia a los 18 años. Era feliz con ella, y le encantaba compartir cosas juntos. Especialmente le atraía la paciencia que tenía con él por todo el tema del fútbol. Era muy preciosa, femenina, bonita, hablaba bien, se movía con mucha gracia... pero aparentemente eso nunca le alcanzó, porque aunque la quería no la amaba. Barco solo amaba a una persona, y tardó un poco en darse cuenta. Estaba enamorado de unos ojos claros, de la piel bronceada y ese pelo castaño que brillaba siempre. De la sonrisa enorme que opacaba a cualquiera, y esa atrayente actitud positiva, como un buen capitán. Parecía que todos caían ante los encantos de Agustín Giay, y el colorado no iba a ser la excepción.

Se dio cuenta que no le gustaba tanto su novia como creía cuando empezó a sentir cosas reales por su mejor amigo.

—¿Con tantas minas vas a salir? –le preguntó una noche en su casa, a modo de burla mirando de reojo la lista de incontables chats que tenía el más alto en la pantalla de su celular.

—Hay flacos también, no le hago asco a nada –lo soltó tan natural que el pecoso no se sorprendió de la revelación–. No hay que decirle que no a nadie, uno nunca sabe.

—¿Y te los cogés también? –vió como el castaño levantó la vista del celular mirándolo directamente con sorpresa. Hizo una pausa y siguió–. A los tipos, digo.

—¿Querés que te muestre? –comentó Agus con tono sugerente y en menos de un segundo estaba pegado al lado del colorado, sentado.

—Dejá de joder boludo –su cara se había puesto del mismo tono que su pelo. Se encontraban tan cerca que no lo dejaba ni respirar.

—No soy boludo, me hago. Yo veo como me mirás en el vestuario, ¿tu novia no te pajea bien o qué onda? –la cercanía era tanta que ya no podía pensar–. A mi no me importa igual eh, estoy acostumbrado a compartir, y experiencia me sobra. Si querés probar decime.

Así empezaron y no pararon. Si el xeneize sospechaba que le gustaba su amigo desde antes, cuando cogieron en un sillón por primera vez le empezó a gustar más. Nunca frenaron.

Al principio el menor se sintió mal, no podía mirar a su novia a los ojos, ni siquiera podía tener sexo con ella sin sufrir internamente culpa. Le estaba metiendo los cuernos con todas las letras, no había otra forma de describirlo. Deseaba, quería y amaba a su mejor amigo. El remordimiento lo desarmaba día tras día; la peor parte era seguir deseando las manos del mayor, sus labios, su calor. Que lo ponga en cuatro y sin ningún tipo de delicadeza le dé encima de una mesa, o en algún vestuario. Adoraba la agresividad y esa masculinidad que desprendía el más alto. Anhelaba sentir ese perfume que tenía su espalda, o su cuello. Le encantaba tener la poronga bien al fondo acabando dentro. Nunca usaban forro, y le provocaba cosas inexplicables cuando el líquido le chorreaba por las piernas (aunque se lo negaba rotundamente al castaño). Le gustaba cuando lo tocaba y le decía cosas sucias al oído. Simplemente se sentía vivo, muy vivo. Con Agustina no sentía ni un cuarto de eso.

No solo tenían compatibilidad física, el colorado lo quería en serio. Mirá el pelotudo del que te venís a enamorar Valentín se repetía siempre. Nunca pensó que podía sentirse así, tan boludo por un tarado que se acostaba con media provincia. Pero sí, así lo experimentaba: felicidad, emoción, vértigo. Su corazón latiendo a mil, una euforia de saber que iba a pasar tiempo con el santafesino y por lo menos estar juntos una hora entrenando. A veces se juntaban para jugar a la play, o solo comer algo. También coger, eso era indiscutible. Valentín creía que entre los dos había una conexión, una comprensión especial. Y con eso intentaba autoconvencerse: “Él se acuesta con todo el mundo, y yo tengo novia. Ninguno está haciendo las cosas bien, ¿no?” Para sentirse menos culpable. Ridículo.

Cualquier cosa que recibiera de Agustín le alcanzaba y sobraba para ser un poquito feliz, por suerte recibía bastante. Al fin y al cabo no dejaba de ser el mejor amigo (aunque vivían cogiendo), y se sentía como un cuento de hadas (para un hincha de boca). Un día jugaban al fifa, al otro día el mayor le contaba con cuántas personas se había acostado en la semana, y el último día tenían sexo desestresante. Sonaba raro pero se sentía natural... o eso quería creer Barco. Que por un par de mariposas en el estómago, se dejaba usar. Pero él también lo usaba, ¿no?

Cuando el menor se dio cuenta de eso, las cosas empezaron a flaquear en su maravilloso plantel de color rosa imaginario.

Es que Valentín hubiera dejado todo por Agustín, pero sabía que era imposible. El capitán tenía una lista interminable de amantes, casi todas las noches estaba ocupado y su apodo en el grupo era literalmente ”gato”. ¿Qué esperaba de una persona así? No repetía nunca mina o chabón, siempre eran todos distintos. El hincha de San Lorenzo se encargaba de mostrarle cada uno de los levantes que tenía (como si fueran trofeos), y contarle con lujo de detalle sus aventuras. El Colo lo festejaba, pero por dentro se moría de celos.

Es que en realidad, en el fondo estaba ilusionado, ¿cómo no ilusionarse? Si era el único con quien repetía siempre. Algo tenía que significar. “Pasa que sos mi mejor amigo. Es diferente” le dijo una vez después de coger por casi dos horas. “Además, me encanta coger con vos, es adictivo” y ya está. Ahí va la ilusión que prendió una llamita en el frágil cuerpo pecoso y pálido.

—¿Alguna vez te enamoraste de alguien? –se encontraba intentando recuperar la respiración después de una sesión intensa de entrenamiento, mientras elongaba las piernas pálidas con manchitas rojizas.

—No, pero no busco a alguien tampoco –soltó como si nada. A Barco se le cayó un poco esa ilusión que se había creado solo. Entonces era una diversión.

—¿Y vos? ¿Amás a Agustina? –la voz sonó demasiado ronca pero lo miró justo a los ojos y su mente se nubló en un segundo.

Tardó mucho en contestar. No. La respuesta no era muy difícil. Un montón de palabras se le agolpaban en la mente: Te quiero a vos. Solo a vos. Pero vos claramente estás en otra. Todos te pasan por las piernas y te dan igual. Sos tremendo gato. Agustina me da paz y seguridad. Sé que me ama, y me gusta sentirme amado. Por eso sigo con ella. Por eso no quiero, no puedo dejarla. Porque me quiero sentir amado aunque sea por una persona. Quiero sentirme suficiente para alguien. Y no creo que alguien más me pueda querer y soportar como hace ella. Claramente no podía decirle todo eso, especialmente lo de gato.

—Y sí boludo, es mi novia –respondió apresurándose a estirar para volverse a su casa rápido y no tener que escuchar una respuesta del otro, que no quería escuchar. No daba más de hipócrita.

En su aniversario con Agustina de un año de noviazgo lo pasó bien. Comieron un desayuno en un lugar que se encargó de reservar con un día de antelación. Ella quería ir a cenar, pero Agustín lo había invitado a su casa y era una situación inamovible. Pasó todo el desayuno pensando en qué ponerse para esa noche, y no exagera. Cuando por fin llegó la hora se paró en la puerta del castaño, esperó ansioso y contento, aunque no se le notara en el rostro como siempre.

—¿Día tranqui? –comentó el más alto mientras preparaba carne al horno para cenar–. Tenés una carita...

—Hoy fue el aniversario con mi novia.

—¿Y cómo la pasó mi Colo enamorado en su día? Mepa que no tan bien.

—Fuimos a desayunar –omitió muchos detalles innecesarios.

—Qué romántico –se burló el mayor con buena onda mientras le señalaba el horno y soltaba una risa pícara. Agustín no era celoso, realmente no le importaba y hasta le agradaba mucho la chica– Yo te remato la velada con una carne al horno agridulce. Y no le cocino ni a mis hermanos de sangre, mirá lo que hago por vos. Me avisabas antes y te la traías a ella también.

A veces Valentín se quedaba sin palabras. Realmente no sabía qué carajo responder. Su pecho latía otra vez como loco, la música suave de fondo aportaba mucho al ambiente tranquilo. Lo primero que pensó fue que esto era más lindo y romántico que la mierda de desayuno con Agustina, tenía que admitirlo. Parecía una cita, pero Giay acotaría varias veces “Lo que uno hace por los hermanos” para traerlo a la cruda realidad de su vida infeliz. Ya daba vergüenza ajena lo que estaba haciendo. Pero Agus nunca le recriminaba nada, jamás lo hizo.

—A-ah... –Ya estaban en el dormitorio del dueño de la casa. Habían comido amenamente y tomado unas birras en botellita de vidrio. A Barco no le agradaba el sabor del alcohol y no tomaba nunca, pero le gustaba acompañar a Agus. La comida estaba buenísima, no hubo postre. Vieron la tele un rato y ya estaban uno encima del otro.

—Qué pasa, decime –el mayor lo burlaba mientras tenía la lengua metida en el culo del colorado. Chupaba y mordía los muslos con cuidado de no dejarle marca, muy indulgente. Nunca le dejó una sola marca–. Te estoy dando clases de cómo chupar, aprendé bien como usar esta –metió un lenguetazo extenso por la zona–. Te va a servir, creéme.

—P-por favor, dale –se estiraba las piernas con ambas manos mientras curvaba su columna presionando más la espalda contra el colchón.

—¿Qué querés? –amaba tener el orto pecoso y pálido en su boca. Tan redondo, blanco y suave–. Me encanta tu culo, te lo dije varias veces, ¿no?

—S-sí d-dale, cogeme, ya está –suplicaba el colorado mientras sentía su pene palpitar por la emoción. No habían estado juntos desde hacía una semana; estaba abrumado y casi en abstinencia.

—Siempre desesperado vos –se separó un poco para escupir en el agujero rosa metiendo dos dedos gruesos con brutalidad. Amaba ver el cuerpo delgado pero tonificado temblando sin parar.

—¡Ah! S-sí –tiraba la cabeza hacia atrás sintiendo los dígitos empujar levemente dentro de él con fuerza, le encantaba–. M-más rápido, dale.

Agustín no pensó mucho, también tenía ganas de cogérselo ya. Colocó la punta en la entrada, frotándose y lubricando la misma con su pre-semen introduciendo el glande de a poco, hasta meterlo entero en una estocada. Valentín estaba viendo el cielo, solo por tener al otro adentro. Lo había extrañado un poquito.

—M-movete, por favor dale, dale, dale –Rogó necesitado, quería acabar solo mientras el otro se lo cogía así.

El más alto se posicionó mejor sobre él, mientras empezaba un vaivén lento, tentándolo y probándolo. Si algo le encantaba al castaño, era escuchar al xeneize soltar gemidos desesperados. Eran como música para sus oídos, lo calentaban mucho. Nadie se veía así debajo de él, ni rogaba como él. Ninguno era como Valentín en la cama, nadie tenía pecas en los hombros, la piel pálida y marcable. Moretones de jugar al fútbol y darlo todo en la cancha, raspones en las rodillas y muslos tan suaves como esos. Ni uno solo, y había estado con muchísimas personas. Simplemente lo volvía loco. Una experiencia única.

—M-más fuerte, ¡m-ma-ah! -Giay no lo dejó terminar; empezó a darle fuerte sacándole las palabras de la boca. Ya no podía soltar más que gemidos sueltos y palabras sin sentido–. ¡A-así! ¡S-seguí!

—¿T-te gusta? –gemía por lo bajo sosteniendo los muslos que tanto le gustaban. Las pieles chocando en la habitación y los gruñidos de ambos, era lo único que se escuchaba en la pieza. La temperatura había subido y habían empezado a transpirar. En un movimiento rápido, el mayor lo dio vuelta sobre su estómago mientras seguía empujando sin parar.

—¡Ah! ¡Ahí! –sus gemidos rozaban los alaridos graves cuando le golpeó la próstata. Lo levantó con fuerza de la cintura dejándolo a cuatro patas para tomarlo por la cadera y aumentar las embestidas volviendo a un ritmo más rápido. El colorado con lágrimas en los ojos y perdiendo estabilidad intentó mantenerse en sus codos para que su cara no se hunda en las almohadas–. ¡Por favor, sí!

—Cómo apretás hijo de puta –habló susurrando sobre el hombro en una voz muy baja–. Y cómo gritas, me encanta. Pero si seguís haciéndolo van a venir los vecinos a golpearme la puerta.

La idea hizo que su vientre se contrajera. El santafesino cubrió la boca del otro mientras sentía el rostro húmedo y la baba ensuciarle la mano. Prosiguió a continuar en una posición más incómoda penetrándolo por detrás con una mano en la cintura. Empezó a lamerle el cuello, y morderle la oreja.

—Mmm... –el colorado soltaba gemidos cubiertos por la mano del más grandote, no podía pensar en nada. La punta de la pija le estaba golpeando donde más placer sentía sin parar. Solo captaba el olor, la piel y la brutalidad del jugador de San Lorenzo dándole por el orto como le encantaba. Sin delicadeza, sin previas. Necesitaba demasiado esto. Agustín por otro lado, tenía la vista de la espalda pecosa, transpirada, los hoyuelos de la cintura, y la piel del culo rebotando en cada empujón. No veía mucho más por la posición. Le estaba dando tan fuerte que el respaldo de la cama empezó a golpear la pared con fuerza rítmicamente.

—Ah, m-me voy a venir putita –destapó la boca para que el menor largara un quejido largo. Le encantaba que lo llamara así, solo podía contraerse más en la verga del otro.

—¡Aaah! a-afuera, a-acabá afuera –intentó morderse el labio inferior para no dejar escapar gritos, no podía aguantar más. Su vientre era una mezcla de calor y vértigo, su pene estaba goteando del placer inmenso que le estaba proporcionando el otro. Estocada, tras estocada abusando su punto especial. Siempre era así, cada vez que cogían se sentía mejor. Sus brazos se vencieron por el cansancio, cayendo su pecho y rostro sobre la almohada cual muñeca de trapo sin alma. Si no fuera porque el mayor lo sostenía de atrás se hubiera desvanecido por completo. La almohada amortiguó sus gemidos rotos–. ¡Mmm!

—¡Aah! La pu-puta madre –Agustín se encargó de acelerar las embestidas erráticas mientras sentía que el interior de las paredes se contraían con fuerza. Apretó más la cintura poniéndose derecho para tener bajo sus ojos la imagen de su pija entrando y saliendo sin piedad del culo rojo, eso sumado a los espasmos lo hicieron acabar bien adentro largando un gruñido.

Valentín estaba teniendo su fuerte orgasmo mientras sentía que le llenaban el culo, como siempre. Bien, bien, bien, bien. No podía formar un pensamiento coherente mientras todos los músculos del cuerpo tenían espasmos del placer y manchaba todas las sábanas debajo. Las lágrimas le rodaban por sus ojos y junto con la baba caían sobre la tela del almohadón. Lo único que se escuchaba eran las respiraciones agitadas y entrecortadas de los dos. El de piel bronceada, con la poca fuerza que le quedaba (porque sus muslos lo estaban matando) acarició la columna desde la nuca hasta la parte baja, para traer al pálido de vuelta a la realidad. Valen seguía en la nube post-orgasmo sin moverse.

—¿Eu, tas bien? –se preocupó por su amigo cuando no respondió nada. No se movía, no entendía si seguía vivo. A veces pensaba que algún día iba a matarlo.

—Mmm –alzó una mano temblorosa levantando el pulgar dejándolo tranquilo. Giay no paraba de acariciar la suave piel de la espalda, de arriba a abajo, dándole los mimos para que siga en este plano astral. Después de que el otro por fin salió de su culo recobró la suficiente conciencia para hablar–. Te... dije que me acabes afuera pelotudo.

—Si te encantó, animal qué te hacés –todavía le costaba recuperar el aliento. Se burlaba del otro, le encantaba verlo tan destrozado.

—Andate a la puta que te parió –soltó completamente desplomado sobre el colchón ahora que nadie lo sostenía. Se giró dificultosamente con el cuerpo entumecido y réplicas del orgasmo causándole espasmo en los muslos. No podía moverse.

El santafesino después de ir al baño se tiró al lado, como si nada. Puso las manos detrás de la cabeza y ladeó el rostro regalándole una sonrisa enorme.

—¿Qué? te ves tan lindo así de domado, si supieran... –se rió pensando en el equipo enterándose de la imagen de un Barco saciado sexualmente y con la cara totalmente relajada. No tenía el típico ceño fruncido. Impecable. Los pelos del flequillo estaban pegados a la frente pecosa por la transpiración, el santafesino con una mano los apartó para ver mejor los ojos entrecerrados–. Parecés un ángel boludo, te sacaría una foto pero me rompés las piernas.

El Colo sentía su corazón palpitar a mil por hora mientras miraba esa sonrisa ladina tan relajada y orgullosa de haberlo destrozado una vez más. Amaba ser destrozado de esta forma por el mayor. Sentía como el semen ya estaba empezando a salir y arrugó el rostro, se sentía muy agotado para quejarse.

—Quedate hasta que puedas caminar, yo me voy temprano –bostezaba mientras se rascaba un ojo pestañeando con sueño.

Valentín dejó de escuchar cualquier cosa. Se quedó dormido, agotado y bien cogido. Cuando se despertó eran las siete de la mañana y ya no había rastro del otro. Estaba acostumbrado a eso. Con la poca dignidad que le quedaba respondió un mensaje de su novia, se vistió y se fue a la mierda lo más rápido que pudo del departamento de su querido mejor amigo, sin preocuparse en levantar las sábanas llenas de fluidos secos. Qué asco pensó.

A veces, el de piel pálida quería golpear a su compañero. Como ese día donde casi los encontró la mamá de Valentín.

—No, yo no te quiero meter en quilombos a vos. Sos mi amigo, no te voy a cagar la relación –soltó el alto esa vez que casi los agarran garchando en la casa de Barco, todo muy tranquilo por suerte.

Los ojos marrones no lo miraban, estaba callado escuchando cada estupidez que salía de la boca que amaba. Nunca deseó con tantas ganas que cerrara el culo.

—Además ustedes están re bien, tenemos que tener más cuidado. Tampoco seamos unos giles... che, Valen ¿me estás escuchando?

Giles. Yo soy un gil. Nunca le contestó y se fue de su propia casa.

Una sola cosa no le gustaba a Barco de Giay, y era que a veces fumaba porro. No le molestaba que fumara marihuana, eso le chupaba un huevo, era buena, le constaba. Pero el tarado se ponía un poquito sentimental. Y al Colo no le pegaba nunca (además de que tampoco le gustaba fumar). Así no valía, porque significaba tener que escuchar a su amigo desvariar en cuero a las 3 de la mañana mirando el techo de su habitación diciendo cosas como “Tengo miedo... de quedarme solo. A veces me gustaría... querer a alguien, como ustedes” refiriéndose a que la mayoría del grupo ya tenía pareja. Valentín no respondía nada, al pedo. Si total se iba a olvidar de todo al otro día.

Aproximadamente un año después de la primera vez que estuvieron juntos, bien temprano en la mañana, ocurrió lo esperable. Agustín por primera vez se dio cuenta de los verdaderos sentimientos de Valentín; que estaba enganchado, enamorado, como quieran decirle. Habían cogido la noche anterior y al final Agus quiso irse. Barco le pidió (entre bostezos melosos) que se quedara. No fue la típica excusa de “che, es tarde para que te vayas” fue más un “quedate conmigo, por favor” en un tono casi suplicante. Agus lo hizo, ¿por qué no? No iba a ser la primera vez, y eran amigos después de todo. Pensaba que el colorado había tenido un mal día y a las tres de la mañana no era un buen horario para llamar a su novia o a alguien más, no. El santafesino se recostó nuevamente en la cama sin decir una palabra y sintió a su compañero acurrucándose detrás de su espalda, muy cerca. Muy íntimo. Agustín intentó dormir, escuchando los suaves ronquidos del otro a su costado. Sabía que era un buen momento para irse a la mierda, pero dos brazos pecosos anclados a su cintura se lo impedían. Cuando por fin logró dormirse, sintió los besos en su mejilla, en su hombro desnudo y sobre su espalda que lo despertaron por completo. Eran las ocho de la mañana según el reloj en la mesita de luz. Las caricias siguieron en su pecho, torso... eran raras. Después sintió unos suaves mimitos en el pelo y ahí comprendió todo. Supo que no fue una noche más cogiéndose a su mejor amigo, entendió lo que estaba pasando. Pero Giay hizo lo que mejor sabía hacer siempre, y era hacerse el boludo. No dijo nada nunca, con eso todos ganaban. O algo así.

Valentín seguía teniendo los pedazos que podía de Agustín, y Agustín se podía seguir cogiendo al colorado que le encantaba y que a la vez era su mejor amigo. Con quien jugaba a la play, hablaba de fútbol y conversaba de minas.

Barco nunca sospechó de que Agustín se había dado cuenta de lo mucho que le movía el piso. Sin embargo seguía descifrando qué le pasaba con el jugador de San Lorenzo. Las vacaciones siguientes en un pueblo escondido en el sur, quiso coger con otro flaco que conoció en un bar, teniendo esperanza de que capaz era gay y lo que sentía por el mayor no era realmente amor. El pibe no lo conocía, además de que era alto, morocho y tenía ojos verdes, le parecía muy atractivo... pero cuando intentó, no pudo. El único que quería que lo toque así era Giay, ningún otro. Le dijo “perdón, ya tengo a alguien” y en su mente ese alguien no era Agustina, su novia. Era Agustín. Y efectivamente no lo tenía un carajo.

Comprender eso lo hizo sentir asustado, confundido, y desorientado. Literalmente la persona que quería nunca iba a darle bola. Dolió tanto que lloró por una hora seguida, la contó por reloj. Quedó tan deshidratado que tomó dos litros de agua, era peor que correr un día seguido sin descansar. Le daba vergüenza mirarse al espejo en esas condiciones tan pelotudas, y es que muchos lo veían jugando o hablando y pensaban que era una piedra. Se equivocaban muchísimo, el xeneize, a pesar de ser de boca, era muy sensible.

A Valen le hubiera gustado despegarse del santafesino de un día para el otro, pero le fue imposible. Seguía detrás de él como un boludo, sufriendo y cerrando el culo con respecto a sus sentimientos. No importaba qué intentara para olvidarse, el cuervo sabía qué botones tocar. Lo conocía muy bien; no podía renunciar al chico de linda sonrisa y ojos color pardo, que a la luz del sol parecían totalmente verdes. Y éste lo sabía, Agus sabía que podía hacer lo que quería con su Colo sin miedo. Y ese nivel de posesión sobre una persona le gustaba, digamos que mucho.

A los 22 años Valentín Barco, por primera vez en su vida, sintió lo que era un corazón completamente roto. Una tarde de invierno, Giay le dijo que no podían seguir teniendo esa relación, porque había conocido a alguien especial. No le dijo quién, pero el pecoso ya lo sospechaba. Había una chica con la que se vio varias veces y no para coger. El jugador de San Lorenzo no repetía persona, esa era su posición. Cuestión de tiempo que lo tirara como a los demás. No pensó que dolería tanto como dolió, ni un gramo de lo que sintió. La conversación de ese día se le grabó en el pecho con un hierro caliente.

—Ah, se termina acá entonces. Está bien –nunca había soltado tanto veneno en tan pocas palabras.

—Valen, sabés que no es así. Creo que ella me gusta posta, quiero probar algo serio. Además no sé por qué te ponés así. Tenés novia...

—Ahora te acordás, vos no podés tener nada serio con nadie, no me jodas. No sabés amar, y no vas a aprender nunca –lo dijo resentido. Después de pensarlo tanto tiempo, pudo expresarlo. Agarró sus cosas para irse de la casa y que no lo vea llorar, era lo último que faltaba–. Pero suerte che, te deseo lo mejor. En serio.

—¿Y vos sí sabes amar? ¿Amás tanto a Agustina? Podrías enseñarme, digo, se te nota. Cogiéndote a tu mejor amigo en la noches mientras a la mañana la invitás a desayunar con cara de nada –no era un reproche, era una realidad que sentía–. Pero después yo soy el que no sabe amar.

No respondió nada y se fue sin más. Barco tuvo su primer quiebre mental. Eso fue lo que necesitó para abrir los ojos, cosa que le costó mucho. Pero pudo. O lo intentó con el tiempo; sabía que no era un santo y probablemente era un hijo de puta más, peor que Agustín. El corazón del Colo estaba todo roto en pedazos, quizá era el karma, se lo merecía por infiel y pelotudo. El castaño al final tenía razón, Valentín tampoco sabía amar.

Agustín y su nueva novia duraron exactamente un mes. Un montón, si le preguntaban a Giay. Pero no se comparaba ni un cuarto de casi los cuatro años de relación que tuvo con el colorado. O lo que sea que tuvieron en ese tiempo con el menor.

Cuando la mamá de Valen lo vio así, tan angustiado y destrozado le dijo que ya iba a pasar. Y que, si lo valoraban por lo buen pibe que era, tan humilde, dulce y agradable la chica iba a volver arrepentida, porque claro, la señora pensó que se peleó con su novia de tantos años. Dicen que las mamás siempre tienen la razón, pero esta vez se equivocó. Agustín nunca volvió. Y esa sensación de muerto por dentro, jamás pasó.

Agustín no volvió a hablar nunca más con Valentín. Si lo vio de lejos, fue en entrenamientos de la selección o en algún que otro cumpleaños (a los que Barco evitaba ir). Perdió a su mejor amigo, y al posible mejor garche que tuvo en años. Pero ese no era el verdadero problema.

Ya no tenía con quien conversar de fútbol, ni persona con la que jugar a la play o burlarse de quién era peor haciendo jueguitos con la pelota. Gente le sobraba, pero nadie le cebaba buenos mates o lo jodía como su compañero. No tenía la compañía del pecoso. Valentín al final tenía razón, Agustín no sabía amar. Nunca aprendió a hacerlo, y no esperaba menos que aceptar eso de alguien que lo conocía tan bien.

Ahí estaba, tirado en la arena de una playa en Punta del Este, escuchando las olas de fondo ir y venir mientras su piel se tornaba más bronceada por el sol. Se encontraba solo.

Tenía 25 años cumplidos hacía unos días, pero se sentía tan perdido que no podía explicarlo. Su carrera futbolística estaba en ascenso, la familia tenía salud. Su estado físico era perfecto, no se podía quejar. Pero no era lo mismo. Agustín no sabía amar, pero era una persona capaz de sentir remordimiento, tarde pero seguro. O más bien, un vacío imposible de llenar con cualquier cosa. Ni con minas, ni con tipos, ni siquiera con fútbol. Con nada. Esos casi dos años de no ver al colorado, los sufrió un poco pero siguió con su vida como si nada hubiera pasado. No sabía nada de él, ya no preguntaba desde que el menor lo había bloqueado de todos lados. El grupo pensó que habían tenido una fuerte pelea y que se iban a arreglar eventualmente pero nunca pasó. Se comentaban un montón de boludeces, como que el más alto se había querido levantar a la minita de Barco. Pero Agus nunca les dio bola. Una vez que sintió el sol penetrar lo suficiente en su piel, al punto que ardía, se paró y se fue al hotel donde se hospedaba. Esa noche quería salir a tomar y no acordarse de nada.

Valentín se consideraba de bajo perfil, callado, muy tímido y reservado. Especialmente para la prensa, no quería llamar la atención. El viaje a Uruguay había sido muy tranquilo, en avión. Al toque estuvo en su hotel y pudo respirar un poco para despejarse de todo el quilombo bonaerense, la mudanza y su novia. Por eso ahora estaba en un bar uruguayo en la otra punta para que nadie lo vea o reconozca. Supuestamente era poco concurrido, en el ambiente se sabía a qué lugares ir para que no te vean. Se sentó solo en la barra y pidió una cerveza, seguía sin gustarle el sabor del alcohol pero era como un ritual. Desde que encontró el suéter de mierda no pudo dejar de pensar en Agustín. Lo había encerrado en un lugar de su cabeza para que no escapara centrándose en su vida. Al principio costó horrores pero lo consiguió, se enfocó en su carrera que por suerte iba muy bien. Si todo seguía así podría irse a jugar a Europa en unos meses. Estaba agradecido con el universo: Agustina jamás sospechó nada de él, ni de Giay. Y si lo hizo, nunca dijo nada: continuó aparentando como siempre, soñando como un boludo cosas que no iban a pasar nunca. A veces flasheaba y creía que iba a enloquecer, como ahora que estaba viendo a Agustín en frente de sus ojos.

—¿Valen? –dijo la voz más gruesa de lo que recordaba.

Bueno, no siempre estaba tan agradecido con el universo.

—Agustín –soltó inmóvil. Como si un viento gélido lo hubiera atravesado en el pecho cual lanza. Se quedó duro como una piedra.

—Un montón de tiempo... –se sentó al lado de él como si fueran amigos de toda la vida. Había ido solo, y de todos los lugares se cruzó al pecoso justo ahí. Su típica sonrisa pintada y perfecta tembló como nunca.

—¿Qué hacés acá? –no sabía qué carajo pensar o decir, no podía existir tanta coincidencia.

—Siempre vengo a Punta del Este en vacaciones –dijo mientras bebía un poco de la cerveza que tenía en la mano. Barco hizo una mueca muy notoria en “siempre”–. ¿Vos?

—Vine a despejarme un poco –continuó el colorado con tono seco sin mirarlo a los ojos, la vista al frente.

—Justo vinimos acá... los dos –hizo una pausa medio larga incómoda–. ¿Agustina?

—Bien, nos mudamos juntos hace unos días.

—Apa, se puso más seria la cosa entonces –se reía. Realmente no podía creer que siguieran saliendo a pesar de todo–. Qué bueno verte después de tanto tiempo boludo...

—Sí, yo ya me iba igual justo –mintió poniéndose de pie. No estaba soportando la situación.

—Pará boludo –puso su cara más seria–. No hablamos hace un montón, y creo que nos debemos una charla, ¿no?

Barco frenó de golpe dejando su tarjeta en el mostrador para pagar. Miró a los ojos pardos que extrañaba tanto, que le encantaban. Lucían mucho más verdes por alguna razón, podría ser debido a que la piel estaba más bronceada de lo que recordaba. Usaba un buzo negro con capucha y unos pantalones del mismo color rotos. El pelo lo tenía un poco más largo de lo recordaba en fotos que vio en la tele la última vez que supo una noticia de él.

—No, Agus. Me voy, no tengo muchas ganas de hablar –estaba esperando que le devolvieran la tarjeta con ansias, pero se tardaban un montón. No podía aguantar más.

—Dale Valen, sabés que nos merecemos una charla los dos. Por todo el tiempo que fuimos amigos y lo que nos conocemos, no podemos estar así... –pausó sin dejar de mirarlo a los ojos como un perrito mojado, le presionó el antebrazo–. Mi departamento está a unas tres cuadras.

Valentín tendría que haberse ido cuando le devolvieron la tarjeta, pero siempre siguió a su corazón. Su corazón quería estar ahí. Quería quedarse con él. No importaba si pasaban uno, dos, cinco años.

Por esa razón ahora estaban caminando en silencio fuera del bar. Agustín le mandaba miradas de reojo, el Colo tenía el pelo más largo, le quedaba lindo. Seguía siendo pálido, y no había crecido nada, todavía era el más bajito. Sus facciones estaban impecables y lindas como recordaba, y su piel seguía pareciendo una porcelana.

Cuando Valentín pisó el departamento del otro supo qué era lo que iba a pasar. No necesitó una charla previa, ni siquiera unas miradas. En dos minutos se estaban besando con muchas ganas en el comedor. El pecoso anheló tanto esto, se derretía en los brazos enormes, muy enormes, y extrañaba los besos. El más bajo añoraba esa boca más de lo que le gustaría admitir, además de que no tuvo el placer de besarla mucho en el pasado. Agustín estaba tan lindo, más hermoso que nunca. Tan grande, fuerte... dios. No podía aguantar más. Quería que lo rompiera, físicamente. Porque mentalmente ya lo había destruido hacía un buen tiempo.

Barco no le había sido infiel a su novia desde que su relación con el santafesino terminó. Ni una sola vez. Y confirmó, que Agustín siempre iba a ser su punto débil. No podía decirle que no, por eso había decidido ignorarlo y eliminar su existencia. Pero algo siempre le cagaba la vida, era imposible. El corazón quiere lo que el corazón quiere.

En menos de un minuto Barco estaba arrodillado en frente de las piernas musculosas y bronceadas, acariciando con sus manos la piel mientras chupaba sobre la tela del bóxer el pene erecto, con ansias y hambre. Literalmente dos años de abstinencia, estaba por explotar. Recorría con la boca la forma del miembro en la tela y en menos de un segundo ya había sacado el pedazo de carne para masturbarlo y chuparle la punta usando la lengua. Se lo metió descuidadamente, succionando el glande que ya estaba húmedo. Lo introdujo de a poco, no hacía esto hacía mucho tiempo. Los gemidos graves del más alto expresaban que no había perdido el toque chupando pija. Bajó por toda la longitud, intentando no ahogarse ahuecando las mejillas.

—Aah, ¿la extrañaste? –animó el alto mientras acariciaba el pelo colorado de la nuca, apretando las hebras, marcando un ritmo. Mordió sus labios para no gemir, la escena frente a él lo estaba matando.

El más bajito se sacó el pene de la boca tosiendo. Se había atragantado por la falta de costumbre. El mayor acarició sus pómulos y su boca hinchada, roja, preciosa. Se agachó para besarlo con ansias, metiéndole la lengua hasta la garganta. Barco estaba mareado por lo anterior pero se dejó llevar por la calentura del momento dejándose hacer.

Sintió la mano grande del castaño en su bóxer, estaba duro y húmedo. No supo cuándo, podría echarle un poquito la culpa al alcohol que había tomado antes, ambos estaban desnudos frotando sus cuerpos compartiendo el calor del momento. Las manos ásperas y bronceadas acariciaban la piel inmaculada y pecosa. Agus extrañaba demasiado esa piel tersa y suave que se encargó de morder y lamer con ganas. Recorrió todo, encargándose de aprovechar cada segundo del cuerpo caliente que tenía encima.

A Valentín le hubiera gustado que fuera distinto, pero sabía a qué iban y no quería retrasarlo más. Así que sin mucho preludio se sentó sobre la pija del otro intentando bajar sin mucho éxito, no entraba.

—Ya sé que estás desesperado pero pará –dijo el mayor frenando los movimientos torpes del colorado–. Te vas a lastimar así.

—T-tenés razón, ponete forro –se bajó de los muslos tonificados intentando recuperar la respiración. Amó ver la cara de sorpresa del castaño cuando pronunció la última palabra–. Qué.

Agustín con cara de pocos amigos se estiró sin decir nada hacia el cajón y buscó un preservativo dejándolo en la cama.

—Vení –ordenó el mayor palmeando las almohadas guiandolo con la mirada a su lado.

Valentín gateó y se acostó sobre las sábanas. Sintió los labios de Agustín besarle la boca, el cuello, la clavícula mientras iba bajando por su torso y estómago. Su abdomen tembló cuando los besos húmedos siguieron descendiendo mientras le abría las piernas con cuidado. Gemidos escapaban de la boca del menor, su piel estaba muy sensible al punto que sentía como le raspaba un poco la barba en los muslos.

—Ah... dale -siempre terminaba rogándole así, pero a este punto en donde la lujuria no lo dejaba pensar prefería ya tenerlo adentro para evitar decir boludeces.

—Shhh, tranquilo –se metió dos dedos a la boca llenándolos de saliva y tanteó el agujero rosa–. Tan desesperado que estabas, pensé que te había enseñado a portarte bien Colo.

Barco no respondió nada. Se limitó a cerrar los ojos y sentir como los dígitos gruesos y toscos lo penetraban estirándolo bien, nuevamente los gemidos se le escaparon de la boca. Había pasado mucho tiempo de esto. Él lo había intentado alguna que otra vez en su soledad, pero no era lo mismo. No sabía tocarse de esa forma y solo quedaba más insatisfecho que al principio.

—Mirá que apretado que estás, y lo querías hacer solo –soltó irónico abriendo y cerrando los dedos para estirar mejor–. ¿No te cogió nadie en todo este tiempo?

—C-cerrá el orto, ¡ah! –lo tocó en ese punto especial que tanto le gustaba. Ya se había olvidado cómo se sentía. Dejó de formular frases para solo dejar escapar gemidos rotos de su garganta.

—Cómo me gusta cuando te querés hacer el vivo, dale hacete el vivo ahora –metió otro dedo fijándose de no lastimarlo. Los ruidos que hacía lo volvían loco, se iban directo a su pija parada. Las pecas se veían más bonitas con ese rubor que tenía en todo el cuerpo.

—D-dale, me vas a h-hacer acabar pelotudo –sollozó intentando taparse la boca por lo vergonzoso que sonó.

—Eh, ¿tan poco aguante? antes durabas más –sacó los dedos viendo el pecho blanquecino subir y bajar.

Agarró el sobre metalizado rompiendo el paquetito para ponerse el preservativo con rapidez. Barco sintió el vientre temblar de la expectativa, pero se dio cuenta de que algo no estaba bien. No sabía qué era, pero no podía ver la cara de Agustín. Haciendo como si le importara algo, o se preocupara por él. Con la fuerza que le quedaba se giró sobre su estómago hundiendo la cara en las almohadas antes de ponerse a llorar como un bebé.

—Yo te quería ver la carita –dijo intentando girarlo a como estaba antes, pero el otro no se dejó. Firme se puso en cuatro.

—Apurate –nuevamente sollozó intentando ahogar su gimoteo y esconder la cara en la almohada.

Valentín escuchó que Giay respondió algo, pero no le dio bola. Sintió la poronga del mayor entrar en él y llenarlo hasta el fondo en una embestida profunda. Soltó un grito ahogado y se hundió más en la almohada. Olía como Agus. Lo que lo trajo de vuelta fue un beso en la nuca y las manos recorriendo la cintura para tranquilizarlo.

—Ah, te extrañé tanto boludo –susurró en el oído presionando los dedos en la piel dejando algunas marcas. La pelos de Valentín se erizaron.

Agustín empezó a penetrarlo con un ritmo certero y brusco, sin parar. A la quinta o sexta estocada el colorado dejó de llorar para centrarse en sentir el placer que el otro le estaba brindando, olvidándose de cualquier cosa. Disfrutó cada empujón en su cuerpo, abrió más las piernas y giró la cabeza buscando aire, se encontraba jadeando. Una electricidad indescriptible recorría toda su columna, era increíble.

Cuando golpeó la próstata, Barco pegó un alarido agudo y presionó un puñado de sábanas bajo su pecho. Los gemidos sonoros llenaban la habitación, además del ruido de la cama y las pieles sudadas. Agustín aceleró el ritmo del vaivén de sus caderas; Valentín lo apretaba demasiado, las paredes estrechas lo sofocaban. El aire estaba prendido aunque no se notara, probablemente hacían 30 grados afuera pero dentro de la habitación fácil unos 45 con toda la furia.

Valentín se sentía como una muñeca, usado y maltratado. No le molestaba, no podía pensar en nada más que la pija del otro destrozarlo por dentro sin piedad. Levantaba la cara para soltar algún que otro chillido cuando la punta del glande le rozaba justo donde más placer le generaba.

—Ah, cómo apretás la puta madre –llegó a escuchar que el otro gruñó por lo bajo y su pecho tembló de felicidad. Las lágrimas que caían ahora sobre las mejillas pecosas eran de puro placer.

Estaba muy cerca del orgasmo, su vientre se tensaba con fuerza mientras sus piernas temblaban sin parar. Un fuego en su vientre le cegó la mente mientras sin tocarse, alcanzaba el clímax de una vez, viendo negro. Acabó con un grito sobre las sábanas sudadas y arrugadas. Su cuerpo seguía recibiendo embestidas erráticas que lo sobreestimulaban, seguro Agustín estaba por acabar. Usualmente el castaño le avisaba pero esta vez solo escuchó gruñidos en un tono de voz casi animal. No se equivocaba, con el orgasmo del menor las paredes se contrajeron tanto alrededor de su miembro, produciendo una estrechez increíble que lo hizo venirse adentro del forro con un gemido grave y largo. No tuvo tiempo de avisarle, solo se limitó a disfrutar de los espasmos de sus músculos, como se contraían por todo su cuerpo. Barco seguía recibiendo réplicas del fuerte orgasmo desplomado en el colchón. Mierda, no se sentía así desde hacía años. Si pudiera lo hubiera aplaudido, aunque eso solo alimentaría el ego del castaño.

Era extraño no sentir un líquido llenarlo, pero había tenido un clímax tan fuerte que no pensó en eso. Sintió a Agustín salir de su culo y después de eso, lo escuchó moverse por la pieza. Seguro estaba tirando el forro o higienizándose. No se fijó.

Valentín se giró quedando boca arriba todavía extasiado por lo de recién, sentía los oídos algo tapados y probablemente ninguna extremidad más. Se limpió rápido el rastro de lágrimas y baba que le había quedado en el rostro.

—Mañana, bah hoy, te invito a desayunar y hablamos, ¿te parece? –comentó el castaño con voz ronca y se recostó a su lado. Le acarició el pelo casi anaranjado ante la tenue iluminación de la mesita de luz–. Conozco un lugar por acá al que podemos ir y te va a gustar mucho.

Barco no respondió. Se limitó a disfrutar de las caricias, y callarse. Agustín le dio un beso en la mejilla y se estiró para apagar la luz del velador acostándose a su lado. El tiempo lo pasó mirando el techo a oscuras, escuchando la respiración todavía agitada del mayor hasta que mermó en una suave y tranquila. Se había dormido, por fin.

A la mañana no hubo ningún desayuno, cuando el mayor se levantó ya no había nadie. Ni un rastro de su ex compañero, a tal punto que pensó si había sido un sueño. No fue su imaginación, las sábanas y el estado del cuarto lo delataba. Miró la mesita de noche con un papel y una lapicera encima. Se emocionó al pedo, porque no había nada escrito.

Barco se fue apenas el mayor se quedó dormido, no quería quedarse. Que se lo cogiera de espaldas sin verle la cara, fue lo mejor que pudo hacer. Se pidió un uber y volvió a su hotel, algo en él había cambiado. Por fin dejó la cobardía de lado y tomó una decisión. Dicen que una vez que te rompen el corazón ya después no duele tanto. Y en este caso tenían razón. Si él mismo no se quería, ¿para qué esperar que alguien más lo quiera? Imposible.

A diferencia de la primera vez, Giay sí intentó contactar por varios medios con Valentín, pero este lo ignoró olímpicamente. Si hubiera sabido que esa iba a ser su despedida -o cierre- lo habría aprovechado mejor.

A veces pensaba qué tan sorete había sido. Agustín sabía de los sentimientos de Valentín, pero éste nunca le dijo nada. Estaba consciente, que en un punto, se aprovechó de él. ¿Seguiría queriéndolo después de tantos años? no estaba seguro, aunque a veces no se necesitaban palabras, y Giay lo había aprendido bien. Los ojos marrones con los que lo miró esa última noche en Uruguay hablaban por sí solos. En el pasado, el mayor simplemente no estaba preparado para amar a Valen como se merecía, y su intención nunca fue lastimarlo tampoco. Al fin y al cabo la amistad ya estaba arruinada y jamás iba a volver a ser un tercio de lo que fue alguna vez, quiera aceptarlo o no.

Algunas tardes de nostalgia, mientras tomaba mate solo y miraba el atardecer, en el color anaranjado del sol poniéndose, se acordaba de Valentín. Y sonreía, porque Valentín Barco, su ex mejor amigo, siempre iba a ser un recuerdo lindo en su vida. No importaba cuanto tiempo pasara. Y si conocían bien al ahora ex jugador de San Lorenzo, sabían lo insistente que era cuando tenía una meta fija en la cabeza.

La noticia de que ambos iban a jugar a Europa en la próxima temporada lo dejó muy contento, el pecoso ya no se le iba a escapar tanto, menos ahora con la novedad de que el lateral estaba soltero. Se enteró porque todos los medios de comunicación existentes se encargaron de comentarlo. Al menos, iba a procurar conseguir esa charla de cierre que tanto quiso todos esos años, esta vez sin segundas intenciones; ahí estaba en el televisor de su comedor la primicia del xeneize, mientras veía esa carita incómoda intentando sonreír a las cámaras y reporteros que lo felicitaban por la nueva noticia de su traslado.

Las cosas nuevas le daban miedo, sí, pero intentar empezar de cero no sonaba tan mal después de todo. Apagó la tele y se fue a dormir la siesta, esa tarde soñó con pecas y una piel blanquecina cubierta por una mata de pelo colorado.




(...)

buenas buenas a todo el mundo que tal

la verdad esto era un fic largo y lo resumí en un one shot, asi que quedó esto con final ambiguo

un saludo nos vemos en la próxima demencialidad


¡Cuéntale a milanguchito lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes