El Amor Y La Muerte || Os Chestappen por Deleven en Inkitt
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El amor y la Muerte || OS Chestappen

Sinopsis

«¿Qué pasaría si algún día se abrazaran el amor y la muerte? ¿Se moriría el amor o se enamoraría la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte.» Nota: Esta es una frase que siempre me ha gustado, no se de donde salió o quien la escribió pero bueno... No se que hice, espero les guste :)

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Deleven
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El Amor y la Muerte

El universo se sostenía sobre un contrato silencioso, una ley primal dictada antes de que el primer sol encendiera el firmamento: la vida y el final jamás debían entrelazarse. Era un equilibrio frágil, sostenido por dos presencias que recorrían la existencia en órbitas eternas pero divergentes.

Max era el final de todas las cosas. No vestía la monstruosidad que los mortales imaginaban en sus oraciones aterrorizadas, sino una solemnidad antigua y melancólica. Sus ojos tenían la profundidad helada de un abismo estrellado, y su figura parecía hecha de sombras nocturnas y bruma invernal. Había presenciado la agonía de imperios enteros, el último chispazo de soles moribundos y el cansado suspiro de quienes no podían más. Su toque no era un castigo, pero sí una sentencia: extinguía, marchitaba y congelaba todo a su paso. Llevaba sobre sus espaldas el peso de eones de soledad, marcado por el odio no merecido de las criaturas que le temían y por la certeza de que nadie, jamás, podría acercarse a él sin perecer.

En la otra orilla del cosmos habitaba Sergio; era la fuente, el primer latido, la fuerza invencible del Amor. Llevaba consigo la luz dorada del atardecer, el aroma del follaje tras la lluvia y una calidez suave pero indestructible. Donde Sergio ponía la mirada, nacían raíces; donde caminaba, el dolor de los mortales encontraba consuelo. Su voz poseía el eco de una promesa antigua: la promesa de que, incluso en la penumbra más densa, la existencia valía la pena.

Durante eras incontables, ambos se conocieron únicamente a través de las huellas que dejaban tras de sí. Max llegaba a las ciudades arrasadas por el tiempo para recoger las almas fatigadas y encontraba los rastros de la piedad de Sergio: flores dejadas sobre tumbas, lágrimas que habían sanado rencores antes del último aliento. Sergio, por su parte, caminaba por los valles invernales y sentía el rastro del paso de Max: un silencio sepulcral pero extrañamente pacífico, una caricia de escarcha que descansaba sobre las cosas que ya habían cumplido su propósito.

Invariablemente, en las noches en que los mortales miraban al cielo haciéndose preguntas filosóficas, una sola incertidumbre retumbaba en las sombras del universo:

¿Qué pasaría si algún día se abrazaran el Amor y la Muerte? ¿Se moriría el Amor o se enamoraría la Muerte?

Era una pregunta planteada como una advertencia. Una prohibición implícita. Un recordatorio de que algunas fronteras existían para no ser cruzadas jamás.

El primer encuentro real no ocurrió por accidente, sino por la imperiosa atracción de dos destinos inevitablemente gravitatorios.

Sucedió en los márgenes de una plaga ancestral que devastaba un valle olvidado. Sergio caminaba entre las tiendas de campaña de los enfermos, arrodillándose junto a los lechos, sosteniendo manos temblorosas y filtrando su calidez dorada en pechos que luchaban por respirar. Daba todo de sí, sanando donde podía, pero la mortalidad era una marea que ni siquiera él podía detener por completo.

Y allí, bajo la sombra de un sauce anciano al borde del campamento, estaba Max.

Permanecía inmóvil, erguido como una estatua de ceniza, esperando paciente a que la vida cediera de forma natural para cumplir con su deber. Llevaba una capa de penumbra que absorbía la luz del entorno, y la hierba bajo sus botas de cuero oscuro se tornaba negra, quebradiza.

Sergio levantó la vista desde el lecho de un anciano y los ojos de ambos se encontraron por primera vez.

El choque fue casi físico. La Muerte no vio en Sergio la mirada de pánico o aversión que solía recibir de reyes y plebeyos por igual; vio unos ojos oscuros, profundos, llenos de una empatía devastadora. El Amor vio en Max algo que nadie más se había detenido a contemplar: no a un verdugo, sino a un ser profundamente solitario, castigado a presenciar el dolor ajeno sin poder consolarlo.

Sergio dio un paso hacia el sauce. Max, de inmediato, dio dos pasos hacia atrás, internándose en la espesura del bosque.

—No te acerques —dijo la Muerte. Su voz era como el crujido del hielo al romperse sobre un lago congelado, grave, desgarradora y distante.

Sergio se detuvo a tres metros de él. Podía sentir la corriente de aire gélido que emanaba de su cuerpo, un frío que amenazaba con adormecer la luz en sus propias venas.

—Te he observado desde hace siglos, Max —musitó el Amor. La dulzura de su tono hizo que el pecho helado de la Muerte diera un vuelco violento—. Siempre llegas cuando la luz se apaga. Pero nunca nadie se queda a hacerte compañía.

Max apretó los puños. Las sombras a su alrededor se agitaron con inquietud.

—Mi compañía es el final de todo, Sergio. Si te acercas, la hierba no será lo único que muera. Regresa a tu luz. No perteneces a la penumbra donde yo me arrastro.

—Quizá la penumbra solo necesita alguien que no le tenga miedo —contestó Sergio suavemente, ofreciéndole una leve sonrisa que derribó parte de las defensas que Max había construido durante milenios.

Esa noche, la Muerte realizó su trabajo con una lentitud inusual, sintiendo por primera vez en la eternidad la mirada tibia del Amor siguiéndolo en la distancia, velando su silencio.

Pasaron siglos antes de que volvieran a coincidir tan cerca. Sin embargo, los encuentros a la distancia se volvieron un rito secreto entre ellos.

Max se descubría buscando la figura de Sergio en los campos de batalla, no para ver caer a los guerreros, sino para contemplar cómo el Amor se arrodillaba entre la sangre y la tierra para susurrarles palabras de paz a los moribundos. Sergio, a su vez, aprendió a esperar la llegada de la Muerte en los inviernos más crudos, permaneciendo en los techos de las ciudades para cruzar miradas con la figura oscura que caminaba por las calles desiertas.

No se hablaban a menudo, pero la presencia del otro se volvió el único faro en sus existencias infinitas.

La segunda conversación tuvo lugar en las ruinas de un templo abandonado en la cima de una montaña. Era una noche de tormenta de nieve. Sergio estaba sentado sobre un altar de piedra derruido, viendo caer los copos helados. Max apareció entre la niebla, deteniéndose a la entrada del templo, respetando el límite invisible que los separaba.

—¿Por qué me buscas? —preguntó Max, apoyando el hombro contra una columna de piedra gastada. La escarcha comenzó a trepar por el grabado de la columna de inmediato—. Un ser hecho para dar vida no debería buscar la compañía de lo que la destruye.

Sergio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas. Sus ojos brillaban en la oscuridad del templo.

—Porque la gente cree que eres crueldad, Max. Pero yo sé la verdad. Yo doy el primer aliento, pero tú sostienes el último. Eres la única constante cuando todo lo demás falla. Hay una extraña belleza en tu piedad, aunque tú no seas capaz de verla.

La Muerte dejó escapar una risa amarga, un sonido seco que pareció congelar el aire a su alrededor.

—No hay belleza en el vacío, Sergio. Hay solo un deber abrumador —Max guardó silencio un momento—. A veces... a veces desearía saber qué se siente

—¿El qué?

—Un abrazo —confesó Max en un susurro casi inaudible, bajando la mirada por primera vez en eones. Las sombras a sus pies parecieron encogerse, vulnerables—. Sentir calor sin destruirlo. Tocar algo sin que se marchite en mis manos.

El corazón del Amor se encogió. Se levantó del altar y dio tres pasos lentos hacia la entrada. Max levantó la mano en señal de advertencia, con el rostro tenso por el pánico.

—No. Ni un paso más, Sergio. Hablo en serio.

Sergio se detuvo apenas a un metro de él. Podía ver el matiz azul de los ojos de Max, la palidez de su piel, la rigidez con la que sostenía su cuerpo para no rozar por accidente la túnica de tela dorada que Sergio vestía.

—Podría intentarlo —dijo Sergio, extendiendo una mano en el aire. La distancia entre los dedos de Sergio y el pecho de Max era de no más de cinco centímetros. El aire entre sus dedos chispeaba con una tensión eléctrica, una mezcla de calor dorado y frío glacial que amenazaba con rasgar el espacio—. Podría sostenerte.

—Si me tocas, te apagarás —dijo Max, con la voz temblando por una mezcla de deseo y terror contenido. Sus ojos suplicaban que Sergio no cometiera una locura—. El Amor no puede sobrevivir a la Muerte. Es la ley del cosmos. Si tú mueres, la existencia entera se volverá un páramo sin sentido. No puedo permitir que te sacrifiques por mi egoísmo.

—¿Y qué pasa si la ley se equivoca? —preguntó Sergio, con la respiración entrecortada por la cercanía—. ¿Qué pasa si el amor es lo único que puede sobrevivir a ti?

—No voy a arriesgar tu vida para averiguarlo —sentenció Max.

Con un movimiento rápido y silencioso, la Muerte se dio la vuelta disolviéndose en una ráfaga de viento helado, dejando a Sergio solo en el templo, con la mano aún extendida en el aire frío, anhelando un toque que parecía imposible.

Pero el destino, sin embargo, no permite que las fuerzas primordiales permanezcan en tensión para siempre.

El punto de quiebre llegó en el umbral de una era oscura, en un campo vasto y desolado donde el tiempo parecía haberse congelado por completo. Era el final de un ciclo del mundo: las flores habían muerto, los ríos estaban cubiertos por capas gruesas de hielo y el cielo mostraba un tono plomizo, pesado.

En el centro de aquel valle marchito, una pequeña planta —la última flor de la temporada— luchaba por no ceder a la escarcha. Sus pétalos amarillos eran el único rastro de color en kilómetros a la redonda.

La Muerte caminaba hacia ella. Sus pasos eran lentos, pesados, como si cada milímetro le costara un esfuerzo titánico. Sabía que con solo posar su sombra sobre la flor, el último vestigio de vida en ese rincón del mundo se transformaría en polvo.

—Max.

La voz resonó a sus espaldas. Max no tuvo que girarse para saber que el Amor estaba allí. El aire a su alrededor ya comenzaba a entibiarse, oliendo a tierra mojada y sol de primavera.

—Es el final de este ciclo, Sergio —dijo Max sin volverse, mirando la flor que temblaba a sus pies—. Debo reclamarla. Es mi trabajo. Es lo único para lo que existo.

Sergio caminó hasta quedar a su lado, a la misma distancia de siempre, contemplando la pequeña planta.

—Siempre estás reclamando finales, Max. Pero dime algo... en todos estos milenios de soledad, ¿alguna vez alguien te ha reclamado a ti?

Max se giró despacio para mirarlo. El contraste entre ambos era devastador: Max, envuelto en una marea de sombras nocturnas que amenazaban con consumirlo todo; Sergio, irradiando un fulgor cálido y vibrante que desafiaba a la tormenta de nieve que comenzaba a caer.

—Nadie reclama a la Muerte, Sergio —respondió Max con una tristeza antigua tan profunda que pareció detener el viento—. A la Muerte se le huye. Se le teme. Se le maldice.

—Yo no te temo —murmuro Sergio, dando un paso firme hacia él, acortando la distancia a solo unos centímetros.

—Deberías —suplicó Max, retrocediendo un paso, pero tropezando emocionalmente contra la mirada firme del Amor—. Sergio, por favor. Eres la vida de este universo. Eres la alegría, el refugio, la esperanza. Si mi toque te destruye, no quedará nada. Me quedaré eternamente solo en este vacío, sabiendo que yo apagué la única luz que amaba.

La palabra resonó en el silencio del valle como un trueno.

Amaba.

Max abrió los ojos de golpe, sorprendido de haberse confesado a sí mismo y a él, aquella verdad que llevaba eones guardando en lo más profundo de su ser.

Sergio sonrió. Una sonrisa cansada pero llena de determinación.

—¿No lo entiendes, Max? —susurró Sergio, dando el paso decisivo que rompió la distancia de seguridad—. El amor no le teme al final. El amor existe, precisamente, porque el tiempo es finito. Sin ti, la vida no tendría valor. Tu existencia es la que hace que cada segundo de lo que yo creo sea sagrado.

—No te acerques... —musitó Max, levantando ambas manos temblorosas en un último e inútil intento de barrera.

—No voy a dejarte solo nunca más.

Sergio rompió la ley primordial.

Dio el último paso y extendió los brazos, rodeando los hombros rígidos de la Muerte. Pegó su pecho cálido contra el torso helado de Max, enterrando el rostro en el cuello de la entidad de sombras, entregándose por completo al abrazo.

El cosmos pareció contener el aliento.

Un pulso electromagnético y espiritual recorrió las capas de la realidad.

El frío glacial de Max invadió el cuerpo de Sergio como miles de agujas de hielo. La Muerte sintió el impacto de inmediato: vio cómo el brillo dorado de Sergio comenzaba a parpadear, cómo la piel del Amor se volvía pálida bajo su toque, cómo el calor inagotable que lo caracterizaba luchaba por mantenerse encendido contra la corriente del abismo.

—¡No! —gritó Max en un alarido de pura agonía. Intentó empujar a Sergio, intentó romper el abrazo para salvarlo, pero Sergio apretó el agarre con una fuerza sobrenatural, rodeando el cuello de Max con los brazos, pegándose aún más a él.

—No me sueltes —suplicó Sergio contra su oído, con la voz debilitándose pero firme en su propósito—. No te atrevas a soltarme, Max. Confía en mí.

—Te estás apagando... —sollozó la Muerte, y por primera vez en la historia de la creación, lágrimas de hielo líquido brotaron de sus ojos azules, cayendo sobre el hombro de Sergio—. Te estoy matando... ¡El Amor está muriendo!

Pero Sergio no cedió. En lugar de luchar contra el frío, el Amor hizo lo único que sabía hacer: entregarse sin reservas. Abrió los poros de su alma y comenzó a verter su calidez directamente en la grieta gélida en el corazón de Max. Le regaló cada latido guardado, cada recuerdo de primavera, cada risa de un recién nacido, cada consuelo de dos amantes al atardecer. Envolvió la soledad milenaria de la Muerte en un manto de aceptación incondicional. Sergio no intentó cambiar a la Muerte; amó su oscuridad tanto como amaba la luz.

Y en ese instante de entrega absoluta, la paradoja se resolvió.

En el centro del pecho de Max, algo se rompió. O más bien, algo nació.

El corazón de la Muerte, un órgano de piedra y hielo que jamás había pulsado, dio un latido sordo. Luego otro. Y otro más.

La sombra densa que rodeaba a Max no sofocó al Amor; en su lugar, la Muerte comenzó a derretirse. El frío aterrador se transformó en un frescor de noche de verano. La escarcha que cubría sus manos se disolvió en gotas de agua pura. Max dejó de ser una sentencia para convertirse en un refugio; entendió el valor de su propia piedad. La Muerte, exhausta de eones de soledad, cayó rendida, vulnerada y completamente enamorada de la luz que lo sostenía sin miedo.

Sergio sintió la transición. La palidez de su piel desapareció cuando el calor regresó, no porque el frío hubiera terminado, sino porque la Muerte había aprendido a recibir amor sin destruirlo. Sergio apretó más el abrazo, sintiendo cómo el cuerpo rígido de Max finalmente se relajaba, con los brazos de la Muerte alrededor de su cintura, aferrándose a él como un náufrago a la orilla.

La Muerte que el mundo temía murió en ese abrazo, dando paso a un ser que comprendía el valor de la vida. Y el Amor, al entregarse hasta el límite de la extinción, demostró que su naturaleza era capaz de abrazar incluso al final de todas las cosas.

En el centro de aquel valle antes desolado, donde el Amor y la Muerte permanecieron abrazados durante horas sin tiempo, la nieve dejó de caer. Bajo sus pies, la pequeña flor amarilla no se marchitó; en su lugar, la escarcha a su alrededor se transformó en brotes verdes, y una marea de flores silvestres comenzó a abrirse en abanico desde el punto donde sus cuerpos se tocaban, extendiéndose por kilómetros hasta cubrir el valle entero.

Max separó lentamente el rostro del cuello de Sergio, mirándolo a los ojos con un asombro casi infantil. Pasó las yemas de sus dedos —ahora tibias y suaves— por la mejilla de Sergio, acariciándolo sin que la piel del Amor sufriera daño alguno.

—Sigues aquí —murmuró Max, aún incrédulo, con la voz rota por la emoción.

Sergio sonrió, apoyando la frente contra la de Max, sintiendo el ritmo constante y tranquilo del nuevo corazón de la Muerte latiendo a la par del suyo.

—Siempre he estado aquí, Max. Y ya no me voy a ir.

Ya no eran el principio y el fin como fuerzas enemigas o distantes. En la eternidad que les esperaba, serían el equilibrio perfecto: el ciclo de la vida y el descanso pacífico, unidos para siempre en la belleza inquebrantable de su entrega.

Y tal como estaba escrito en el destino de las fuerzas primordiales: Tal vez la Muerte moriría enamorada y el Amor amaría hasta la muerte.

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