Prólogo
Hospital de Cheyenne, Wyoming — 3:47 a. m.
—¿Por qué los broncos, Riley? —La voz de Sam suena apagada, como si también él tuviera vendas por dentro. Lleva horas en esa silla que cruje cada vez que se mueve. Las manos entrelazadas. Quietas. Los ojos, no.
Yo no puedo moverme.
Las sábanas huelen a lejía y a derrota. En mi garganta hay algo que no se va. No es un tubo. No es sangre. Es silencio. Del que se clava.
—De todas las disciplinas… —insiste—. ¿Por qué justo esa?
Cierro los ojos. Me arde el cuello. Perdí la cuenta de mis lesiones en cuanto el médico empezó a enumerarlas. Pero eso no duele tanto como la pregunta.
Respirar me cuesta más de lo normal. Aun así, respondo.
—Porque un bronco no nace salvaje. —Lo susurro.
—¿No? —Sam se inclina hacia la cama, como si temiera perderse una sola palabra.
—No. —Tomo aire; las costillas protestan—. Un bronco es un caballo que no se deja montar. No porque no pueda. Porque no quiere. Porque ya lo intentaron domar. Porque lo intentaron romper. —Oigo a Sam tragar saliva. No me mira. Sigo—. Montarlos es como intentar tocar algo que no quiere ser tocado. Con cuidado. Con rabia. Como un fuego incontrolable.
—¿Y por qué no lo dejaste antes de quemarte? —Suena frustrado—. Sabes lo que dijo el médico…
No le dejo terminar. Ya conozco el pronóstico. No necesito que me lo recuerde.
—Porque yo ya me había empezado a consumir —digo, con el poco aire que me queda.
El pitido del monitor me recuerda que sigo viva, aunque no lo parezca. Sam se pasa una mano por la nuca. Dice mi nombre, muy bajo.
Pero ya no necesito que diga nada más.
Ya sé que se acabó.








