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Inversión de riesgo

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Sinopsis

Cuando un matrimonio a una zona suburbana al este de Oregón deberán aprender a convivir con los desafíos de su entorno y la vida misma siendo imperfectos ante los ojos de los demás, pero a veces un poco de locura en su matrimonio puede ser la mejor inversión de sus vidas.

Genero:
Humor,Young Adult
Autor/a:
Wolker
Estado:
hace un mes
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Un nuevo comienzo

En Oregón, bajo el cielo plomizo de Portland, un matrimonio se dirigía a su nuevo hogar en Rockwood, una pequeña zona suburbana ubicada en los límites de la ciudad.

Alex conducía evitando los baches mientras tarareaba una canción de rock alternativo de la única estación que detectaba la radio del vehículo, un Renault cuatro que apenas se mantenía en pie. El tubo de escape escupía hollín en cada acelerada y los vidrios acumulaban una fina capa de escarcha, amenazando con romperse por el cambió térmico con el interior. Para colmo, las llantas estaban reparadas con cinta adhesiva, una solución improvisada por Alex para, según él, ahorrarse el mecánico.

Dina, por su parte, observaba las casas del vecindario a través del cristal animales en los techos, ventanas rotas y música tan fuerte que, si la policía aparecía en ese momento, seguro les multaba a ellos por el tubo de escape desgastado antes que detener las fiestas de los vecinos en plena Nochevieja.

Cualquiera diría que abandonar la casa de sus respectivos padres para irse a vivir juntos e iniciar una nueva vida en la ciudad era un sueño hecho realidad. Pero para Dina, era más bien una decisión de alto riesgo y más estando casada con Alex.

—Bonito lugar, ¿no lo crees, jefa? —dijo Alex sin desviar la mirada del camino—. Vamos a vivir como reyes aquí. Además, la inmobiliaria me aseguró que tendríamos un cine justo al lado de nuestro apartamento. Solo piénsalo si ponemos una grabadora con micrófono afuera de la ventana, podríamos tener películas gratis sin pagar entrada.

Suspiró mientras escuchaba las ocurrencias de su esposo. siempre tenía una idea absurda para todo a pesar de tener treinta y dos años, su mentalidad era la de un niño.

—Bueno, si quitas el hecho de que el aire legalmente se podría considerar una planta nuclear en funcionamiento y las casas grafiteadas... sí, se podría decir que es un bonito lugar. Aunque sigo pensando que el precio no le hace justicia.

Al no ver nada interesante dejó de mirar hacia afuera mientras se reclinaba en su asiento. Esperaba que, por algún milagro, ese arriendo por doscientos dólares, fuera en una zona media con vista a un parque y no en un almacen abandonado junto a la morgue sacado de la sección de clasificados del periódico local, al que Alex solía recurrir para buscar baratijas.

—Además, los cines no funcionan así. Las paredes son gruesas e insonorizadas. Incluso si tu idea de la grabadora funcionara, no creo que sea buena idea sumarle la multa por piratería al alquiler. Apenas nos alcanza para las sopas instantáneas.

Alex se rio con fuerza y le revolvió el cabello con una mano, sin desviar la mirada de la carretera

—Ay, vamos, amor, eres asesora financiera. ¿Y no puedes ver un buen negocio cuando lo tienes frente a ti? Los chicos del barrio pagarían una buena parte de su mesada con tal de entrar al cine a costo reducido. Míralo así ellos se divierten, ganamos una parte de su dinero y pagamos el alquiler. Es un ganar-ganar, si me lo preguntas.

Dina se palmeó la frente, divertida a pesar del razonamiento.

—Alex, en serio no puedo contigo. A veces me pregunto si...

¡BOOM!

Un violento estallido interrumpió sus palabras. Una de los neumáticos se reventó al pisar una piedra afilada en el camino.

¡FIUUUUUUM!

El auto dio un peligroso giro. Dina se agarró con fuerza de la guantera, mientras Alex peleaba con el volante, haciendo maniobras desesperadas para no terminar estrellados contra un árbol. Tras un brusco giro, el Renault cuatro patinó de lado y acabó metido, con un seco chapoteo, en un enorme y profundo charco de lodo en mitad de un parque.

El motor soltó un ruido fuerte, apagándose en el acto, con un hilo de humo blanco constante saliendo del capo, dejando el ambiente en un silencio sepulcral. Sin embargo, la paz duró poco. De la nada, el Loco Willy, un exmilitar del barrio de Dina a quien, según dicen, le cayó un ladrillo en la cabeza y ahora se dedicaba a evangelizar en las calles, emergió de entre los arbustos cargando una bolsa de basura robada de un restaurante cercano. Al ver el auto, sus ojos se abrieron de par en par. Gritando incoherencias sobre el apocalipsis junto al fin de los tiempos, metió la mano en la bolsa, sacó varios tomates podridos lanzandolos, con fuerza contra el capó.

¡SPLAT! ¡SPLAT! ¡SPLAT!

—¡ALEX MIDERSON HERNÁNDEZ SÁNCHEZ! —gritó, enfurecida, golpeando el tablero—. ¡¿Se puede saber por qué mi auto está en medio de un parque cubierto de tomates podridos por el loco de mi antiguo barrio?! ¡Te he dicho mil veces que con los neumáticos genéricos no se juega!

Cuando Dina lo llamó, por su nombre completo, Alex supo que tendría que medir sus palabras, si no quería terminar con su cuerpo en una fosa común.

—¿Tu auto? —preguntó, genuinamente confundido—. ¿No quedamos en que era un bien familiar?

Dina golpeó el tablero con fuerza por segunda vez, justo donde se suponía que debía estar el airbag, y respiró hondo contando mentalmente hasta diez.

—Yo lo pagué con mi salario mientras tú le robabas las piezas originales para revenderlas, diciendo que eran puro lujo —replicó, fulminándolo con la mirada—. Así que, técnicamente, es mi auto. Además, ¿se puede saber qué hiciste con el air...?

¡CRACK!

El mecanismo se activó tarde. El airbag se desplegó de golpe, sepultando a Dina bajo una nube de polvo blanco y restos de látex con diferentes colores.

—¡ALEX! —exclamó, con la voz ahogada bajo la enorme bolsa—. ¡¿Por qué hay restos de globos bloqueando el mecanismo?!

Alex se apresuró a ayudarla a salir de su prisión, sacudiéndole el polvo de los hombros con una sonrisa inocente.

—Bueno, los globos se suponen que son un excelente amortiguador contra impactos. Pensé que, si los combinaba con el sistema de aire a la hora de un choque, el daño sería mínimo. Es pura logica.

Dina se quitó varios trozos de látex del cabello castaño con los dedos, clavando sus ojos miel en las pupilas doradas de su esposo, que brillaban con ese optimismo que a veces le daban ganas de estrangular.

—Agradece que esta situación no pueda ser más humillante, porque si no...

¡SPLASH!

El Loco Willy lanzó un último tomate con una punteria impecable a través de la ventana rota. El cuál aterrizó directo en la cabeza de Dina, bañándola en semillas y jugo podrido.

—¡El fin nos llega a todos, tiempos oscuros están por venir! —predicó el hombre a los gritos—. ¡Chicas, dinero, fotografías, abogado, arquitecto! ¡Nadie se salva, ni siquiera su caballo de guerra!

Habiendo dictado su profecía, se alejó golpeando con una rama la olla que llevaba como casco, perdiéndose entre los arbustos en dirección al río.

—¡Es un Renault cuatro, Willy! —le gritó Alex a la distancia, despidiéndose con la mano—. Es un tipo gracioso, a decir verdad. Aunque... por la expresión de tu cara, creo que tú no opinas lo mismo.

Dina tenía el rostro pintado de rojo, y no precisamente por el color del tomate.

—Que sea gracioso... — se retiró el resto del tomate de la cabeza con una dignidad implacable—... no te va a salvar de pasar una semana entera en el sofá. Más te vale que el seguro cubra esto, o yo misma voy a comprar una casa para perros para que vivas ahí, de acuerdo a tu verdadera madurez mental.

Tras escapar antes de que el vehículo se hundiera aún más en el espeso fango. Alex, logró elevar el auto unos centímetros. Dina intentó ayudarlo desde el otro lado, pero el calzado le jugó una mala pasada: se resbaló de golpe en el suelo, provocando que el vehículo cayera con un seco chapoteo, báñandolos y haciendo más difícil sacarlo.

Alex caminó hacia Dina para ayudarla a levantarse. Definitivamente, no era su mejor noche. El auto parecía ahora una estatua abstracta en pleno parque municipal; su cabello castaño estaba desaliñado, luciendo una catastrófica combinación entre el rojo rancio del tomate y el café espeso del barro además, su ropa había terminado rasgada por los eventos de la velada.

—¿Estás bien, amor? —preguntó Alex con genuina preocupación, mientras usaba su pulgar para limpiar un rastro de lodo de su mejilla—. Si te sirve de consuelo... la ropa rasgada te da un look juvenil bastante moderno.

Tras un largo suspiró. y sacudirse el exceso de lodo de los pantalones, Dina se hizo la misma pregunta que formulaba al menos una vez cada mes ¿Por qué se había casado con ese hombre?

—Sí... Todo bien. No sé por qué me pasan estas cosas a mí cada vez que estoy cerca de tí, pero supongo que ya me estoy acostumbrando. —Dina estiró su camisa y sacó su teléfono del bolso—. Llamaré a la grúa, aunque dudo mucho que el seguro cubra los gastos por negligencia conyugal.

Alex se rascó la nuca, soltando una risa nerviosa mientras Dina comenzaba a marcar el número, esperando que alguien se apiadara de ellos en plena Nochevieja.

—Sí... Bueno, sobre eso... No tenemos un seguro en sí. Verás, usé el dinero de la renovación para invertirlo en unas empresas de nombres divertidos. Tenían unos logos abstractos que se veían super futuristas y confiables, jefa. Era una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar.

Al escucharlo, un escalofrío recorrido si espina vertebral. caminó lentamente hacia el frente del auto, apoyó la cabeza contra el capó cubierto de tomate y comenzó a golpearse la frente contra el metal de manera rítmica.

Tras unos segundos, se dejó caer exhausta hacia un lado. Alex, arrepentido, se sentó con ella en el césped mientras le sobaba el brazo con ternura. A un lado, el teléfono seguía sonando hasta que la voz de la operadora automática, anunciando que no estaban disponibles, terminó con toda esperanza.

Dina observó las pocas estrellas que se asomaban, esperando que alguna constelación divina escuchara sus plegarias mentales y los sacara de esa situación tan precaria en pleno aniversario.

—Alex, te amo, en serio lo hago —dijo Dina, mirando al cielo plomizo—. Pero te lo juro una tontería más y escribo un manual de supervivencia sobre por qué estar casada contigo debería considerarse un deporte de alto riesgo.

—Mmm... Podrías vender varias copias, la verdad. Sería algo que yo leería —admitió con total sinceridad—. Aunque no sé si me lo tomaría como una crítica o como una autobiografía.

Dina ya ni se esforzó en responder. Todas las personas tienen un límite de paciencia y ella definitivamente había alcanzado el suyo.

No fue hasta un buen rato después que el sonido de un claxon oxidado sacó a la pareja de su letargo. Dina levantó la vista y vio una grúa de carga con plancha metálica detenerse justo frente a ellos.

Del vehículo bajó un hombre de mediana estatura, con uno que otro hoyo en la camiseta que apenas lograba ocultar su ombligo de lo estrecha que le quedaba. Llevaba una gorra desgastada con una frase que decía "En el desierto manda mi camión", adornada con un dibujo borroso que pretendía ser un auto chapoteando agua a los costados probablemente una baratija del mercadillo local.

El hombre los vio recostados en el césped y una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro.

—¿Están muertos o quieren que los ayude? —preguntó con voz ronca—. Vengo de paso de dejar a la vieja Becky en el taller, pero si me lo piden de rodillas, puede que considere sacarlos de la tumba en la que se metieron.

Dina, al ver al hombre, se rascó la cabeza mientras se reía de manera nerviosa.

—No, gracias, no se preocupe, ya casi tenemos esto solucionado.

El camionero le echó un vistazo al vehículo atascado a un lado. Había visto autos en el fondo del mar, estrellados contra paredes pintadas y chatarra de todo tipo, pero nunca nada parecido a un vehículo cubierto de tomates y Látex en pleno parque.

—¿Segura? Parece que les gusta iniciar el año con todo —añadió, escupiendo al suelo—. Aunque no estoy seguro de qué tan legal es usar un parque municipal como estacionamiento. En fin, ¿quieren mi ayuda o no? Eso sí, se los advierto el paseíto al mecánico no les saldrá gratis.

Dina se quedó estupefacta. El camionero prácticamente estaba usando su miseria para asaltar su billetera a mano armada.

—No... No, tranquilo. Nosotros ya casi...

—¡Yo pido ir adelante! —exclamó Alex con entusiasmo, levantando la mano—.

Dina se palmeó la frente con fuerza, soltando un largo suspiro y rogando internamente para que esa noche no pudiera empeorar más.

El camión avanzaba mientras Dina se perdía una vez más en sus pensamientos. De fondo, se podía escuchar cómo Alex y el camionero debatían apasionadamente sobre por qué el Liverpool vencería fácilmente al Manchester City en su próximo encuentro, o cómo el cine pirata de su ventana era, en realidad, una idea revolucionaria incomprendida por las autoridades de hoy en día.

Dina no entendía cómo dos hombres que se conocían desde hacía menos de diez minutos ya tenían todo un monopolio estructurado en sus cabezas.

Pasaron los minutos hasta que finalmente se adentraron en el barrio del anuncio. A lo lejos, Dina pudo ver el edificio al que se mudarían una construcción de paredes delgadas y carcomidas, con ventanas de malla rotas, macetas con flores marchitas en los balcones y una antena de televisión gigante en el tejado que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento.

En cuanto la grúa se detuvo, la pareja bajó de la cabina. El camionero se asomó por la ventanilla y les extendió una tarjeta de presentación.

—Bueno, chicos, hasta aquí. llega mi acto de bondad de Año Nuevo. Tomen mi tarjeta, les llamaré en cuanto el cacharro esté reparado —exclamó con sarcasmo, desviando la mirada hacia la fachada del edificio—. Y si por algún motivo necesitan a un plomero de confianza... llamen a este otro número.

Dina tomó los cartones y, al compararlos bajo la luz parpadeante del poste, dándose cuenta del truco.

—Oiga, es exactamente el mismo teléfono en ambas tarjetas —reclamó, mostrándole ambos trozos de papel—. Solo modificó el nombre y cambió su propia foto con un atuendo diferente.

El camionero, sin inmutarse, metió primera, aceleró a fondo y comenzó a alejarse, dejando al matrimonio a un lado del camino.

—¡Ahí se ven! ¡Les llamo la próxima semana a más tardar! —gritó desde la cabina antes de perderse en la esquina a toda prisa.

Alex extendió la mano y se despidió de su nuevo amigo con entusiasmo. Bajo su criterio, el auto estaba en las mejores manos posibles.

—Y ahí va un hombre de cultura y multifuncional. El auto estará listo la próxima semana, jefa —aseguró Alex—. Además, nos sacamos la lotería esta noche, solo mira este increíble lugar.

Al girarse, vieron cómo un gato gordo cayó desde la azotea, aterrizando sobre una bolsa de diarios viejos en un basurero, amortiguando su impacto y levantándose para caminar como si nada.

—Alex, ese tipo era un estafador. O nos desmantelará el auto en un desagüe para venderlo por piezas, o nos cobrará una fortuna por dejarlo mínimamente funcional... si es que nos lo regresa —sentenció, completamente escéptica—. Además, ¿estás seguro de que al menos el agua de este lugar es potable?

Alex contempló el edificio y soltó un silbido de admiración ante lo que, para sus ojos, era un palacio de oportunidades.

—No juzgues un libro por su portada, amor. Puede que el exterior se vea un poco desgastado y que los vecinos sean algo ruidosos, pero oye, al menos el alquiler es barato. Ya quisieran muchos universitarios tener nuestra oportunidad de vivir aquí —Alex se acercó a su esposa, la rodeó con sus enormes brazos y le plantó un tierno beso en la mejilla manchada de tomate-. Además, estás muy negativa desde que empezó el año.

—Es fácil para ti decirlo... Tú procesas el mundo de una manera bastante diferente a la mía —admitió, mirandolo de reojo. Al ver esa mirada tan llena de energía, su expresión se suavizó por completo y terminó por rodearlo con sus propios brazos—. Pero... también es cierto que una aventura es más divertida si huele a peligro, y más si tienes al peligro mismo respirando a tu lado. Por cierto, ¿dónde quedaron nuestras cosas?

A Alex se le abrieron los ojos como platos al recordar ese pequeñísimo detalle.

—Ah, sí... Nuestras cosas. Estaban en la maletera del auto —dijo con un tono inocente—. ¡Ups! Bueno, supongo que las recuperaremos la próxima semana.

Dina ahogó un grito de frustración contra el pecho de Alex, terminando de entender la estafa de aquel camionero con su acto de bondad.

Sin embargo, al separarse y mirar hacia la carretera por donde la grúa se alejaba a todo gas, vieron algo extraño con cada bache, la maletera del Renault se sacudía, hasta que terminó por abrirse de par en par, dejando caer sus cajas de mudanza directamente sobre el asfalto.

—Bueno, al menos una de tus piezas genéricas nos devolvió una parte. de nuestra vida juntos —comentó Dina, dándole una palmadita de resignación en la espalda antes de caminar hacia el asfalto—. Vamos por ellas antes de que el destino nos quite nuestros cinco minutos de ventaja, o de que la televisión termine convertida en una ensalada de vidrios con antena.

Alex la siguió de cerca. Al llegar a las cajas y levantarlas, miró a Dina de reojo, esperando que estuviera un poco más relajada que cuando chocaron en el parque.

—¿Eso significa que me vas a levantar el castigo del sofá? —preguntó con la mirada más inocente que pudo ensayar—. Ya tuve suficiente con que mi suegra me hiciera dormir en el sótano hasta que el desayuno estuviera servido.

Dina le dedicó una mirada analítica, analizando los pros y los contras, para finalmente se encogerse de hombros.

—Debería mantener el castigo. Pero castigarte por un auto que de todos modos estaba destinado a morir y al que no le íbamos a sacar ni tres meses de alquiler de lo desmantelado que estaba... sería injusto de mi parte — retomó el rumbo hacia el apartamento, cargando su caja sin girarse a mirarlo—. Así que considéralo un regalo de aniversario de último minuto.

Tras volver al edificio cargando las cajas, tuvieron que soportar la mirada juzgadora de la recepcionista mientras le explicaban por qué estaban ahí. La mujer no se molestó en ocultar su despreció ante el aspecto de vagabunda que traía Dina, con el cabello cubierto de lodo y tomates podridos, la ropa hecha añicos. Sin decir una palabra, les tendió las llaves para volver la vista a su revista.

—Habitación 3B, subiendo las escaleras al fondo del pasillo, Nuestro ascensor está bajo mantenimiento desde el mes pasado —añadió, abanicándose con la mano en un gesto de burla directa hacia el olor de Dina—. El baño tiene agua las veinticuatro horas. Admito que este lugar no es un paraíso en las Bermudas, pero al menos las regaderas cumplen su función.

Dina la fulminó con la mirada, pero Alex la tomó del hombro con suavidad para calmarla e iniciar la travesía escaleras arriba, cuidando de no tropezar con los escalones mal nivelados por el peso de la carga.

Al llegar y girar la llave, descubrieron que el interior del departamento al menos cumplía con los requisitos mínimos para vivir aunque era un milagro que siguiera en pie. La lámpara del techo tenía los cables al descubierto pero al menos encendía, la madera de los marcos estaba ligeramente mordida por roedores, ademas los azulejos del piso parecían quebrarse con solo mirarlos. Sin embargo, la cocina se veía decente, aunque Dina dudaba seriamente que estuviera pagando doscientos dólares de alquiler por una cocina que tampoco era la octava maravilla del mundo.

Alex se adentró de inmediato en la habitación contigua mientras Dina esquivaba con cuidado los azulejos agrietados, rogando para que la pesada televisión de tubo no terminara convertida en una alfombra moderna en pleno inicio de los noventa.

Al poco tiempo, Alex regresó con lo que para él era un trofeo entre manos, pero que para Dina representaba la primera plaga de su nuevo hogar una rata blanca de pared.

—¡Mira, jefa, a quién encontré mordiendo la pared! Es genial —celebró Alex mientras le acariciaba la cabeza al roedor—. La llamé Stuart. Si la entrenamos, podríamos hacer que contagie de rabia a los ladrones del barrio. Solo piénsalo: seríamos considerados una leyenda urbana en nuestro primer día.

Dina observo al roedor mientras abría la puerta del apartamento.

—Alex, saca a Stuart ahora mismo o la única leyenda urbana que se va a contar es cómo un hombre de treinta y dos años terminó muerto de rabia en su primera noche por sacar a una rata de su escondite —sentenció, preocupada—. Vamos, saca eso antes de que...

Una repentina mancha de humedad comenzó a expandirse en la camisa de Alex antes de que pudiera liberar al animal.

—¡Ah, cielos! ¡Stuart!

Corrió rapido hacia el baño, quitándose la remera en el camino y agarrando una barra de azufre para tallarse las manos con fuerza. Dina se cruzó de brazos bajo el pecho, apoyándose contra el marco de la puerta mientras escuchaba el sonido rítmico y desesperado de las manos de Alex frotándose contra el lavabo.

—¡Amor, creo que Stuart vació el tanque completo en mí! ¡El olor no se va! —exclamó Alex a puerta cerrada—.

—¿Y qué esperabas, Alex? El pobre animal se asustó cuando lo sacaste de su escondite. Además, deja de frotar el jabón con tanta fuerza que se te va a...

¡FIUUUUM! ¡SCRATCH!

—¡¿Alex?!

Empujó la puerta entrando desesperada, solo para encontrarse con una escena de lo más peculiar el agua del lavabo seguía corriendo, la barra de azufre había salido disparada terminando pegada como un chicle a mitad de la pared, y dentro de la tina se encontraba su esposo. Un hombre de un metro noventa, musculoso, cabello negro de ojos dorados, completamente enredado en la cortina de baño, sosteniendo un bote de shampoo como si fuera lo único que había logrado rescatar en la caída.

—Estoy bien... La cortina amortiguó el impacto. — miró hacia abajo, evaluando el plástico que le envolvía el cuerpo—. Aunque el celeste definitivamente no es mi color.

Dina soltó una carcajada y se acercó a ayudarlo. Al menos no había sido la única humillada de la noche.

—Amor, si vas a convertirte en la Estatua de la Libertad en nuestro baño —dijo entre risas mientras lo desenrollaba con cuidado—, al menos preocúpate por aprender a moverte libremente para la próxima, ¿quieres?

En cuanto se vio libre, Alex la rodeó con sus brazos y apoyó la barbilla sobre su cabeza.

—Gracias por aguantarme todos estos años —murmuró—. Se requiere de mucha paciencia para estar con alguien como yo.

Dina le devolvió el abrazo, hundiéndose en su pecho, y levantó la vista para compartir un beso tierno en los labios.

—No te cambiaría por nada. Eres un caos, lo admito... pero eres el único caos que quiero tener en mi vida. Feliz aniversario, mi amor.

—Feliz aniversario, jefa. —Alex arrugó la nariz con una sonrisa, percibiendo el hedor de Dina ahora que la tenía más cerca—. Pero, si quieres, date el gusto de tomar una ducha larga mientras yo voy a buscar algo de comida china.

Ambos se rieron y continuaron abrazados un rato más bajo la luz parpadeante del baño, listos para descubrir qué clase de extrañas aventuras les depararía el futuro en Oregón.

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